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Nuestro pobre billete de $ 500

martes, 26 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El robo cometido en el Banco de la República de Cartagena suscita no pocas consideraciones. La atención del país, que solo parece impresionarse con hechos espectaculares, pues estam­os en la época de la estampida y el sensacionalismo, estuvo concentrada en este acontecimiento insólito. No puede ser de otra manera cuando de la noche a la mañana desaparecen $42 millones en papel moneda.

Hoy, apenas tres meses después, la noticia ya no es noticia, y muy pocos se ocupan del desarrollo de los acontecimientos. Las páginas de los periódicos solo de vez en cuando, y como caso secundario, registran cualquier referencia sobre el sonado suceso que mantuvo en suspenso al país durante una efímera temporada de rumores y especulaciones. Al voluminoso expediente ha comenzado a caerle el polvo con que la opinión pública se olvida tan de las cosas trasnochadas.

Se refrescará quizás el caso cuando la justicia deje en libertad al gerente o encuentre motivos para enclaustrarlo definitivamente. Mi colega, entre tanto, que ayer fue noticia y hoy ya no lo es, estará acosado en este momento por angustiosas tribulaciones. Sobre su celda carcelaria está marcada ya esta regla de la vida: “Un instante más y habrás olvidado to­do; otro, y todos te habrán olvidado».

Es tan aguda e insidiosa la imagina­ción callejera que, antes de pronunciarse la justicia en aquellos días de expectativa, se adelantó a acomodar ocultas maniobras, fabricando fantasías. Acaso la historia de Caribesa hizo despertar explicables suspica­cias al repetirse en el mismo escenario otra danza de millones.

Los malhechores, que debieron sen­tirse confusos y deslumbrados con el tesoro que no cabía en sus manos, de­cidieron llevarse la mayor cantidad de dinero grueso para no enredarse con billetes extenuados. Pero nuestra mayor cifra monetaria, los rozagantes billetes de $ 500 escogidos para hacer menos pesada la huida, ha quedado bloqueada por las autoridades. Es una serie aco­rralada. Un billete avergonzado.

Los colombianos corrieron a los bancos (y aún hay muchos afanados) a cambiar las existencias por valores de libre cir­culación. El billete de  $500 es, hoy por hoy, un papel desprestigiado. Los coleccionistas están en dificultades. Muchos preferirán esconderlos antes que prestarse a sospechas o someterse a preguntas incómodas. Otros pasarán necesidades antes que vergüenzas.

Portar en adelante un billete de $ 500 no es, como antes, signo de liquidez ni de distinción. Negro será el horizonte para los cargado­res de este tesoro público cuando, bo­rrados los caminos del libre comercio, se encuentren pobres (como ya suce­dió con varios de ellos) en medio de la abundancia.

El Espectador, Bogotá, 17-VIII-1973.
La Patria, Manizales, 20-XI-1973.

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La Virgen rica y pobre

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El delito tiene muchas modalidades. No respeta personas ni cosas. Ni lugares sagrados. Mucho menos los no sagrados. Es por lo general ingenioso y en ocasiones irónico. Ahora las ba­terías han sido enfocadas contra los intereses de la Virgen. Preciosas joyas acaban de ser ro­badas del Santuario de Las Lajas. El asalto se cometió a plena luz del día, sin me­tralletas ni antifaces.

A estas horas los malhechores se reirán de su proeza. Han dejado un mensaje mordaz. «Laja», en sentido literal, es una piedra lisa. Se ha de­bido, entonces, entronizar allí una Virgen pobre. Pero la jactancia del hombre, tan apegado a lo material, colocó una Virgen rica, excesivamente rica. La llenó de costosas “alhajas”, en lugar de justificar el sentido de «laja», de liso, de mo­desto. Era suficiente la simple evocación. Pero el hombre no se conforma con los símbolos y pre­fiere colmarlos de riqueza.

Quiero imaginarme a la Virgen deshacién­dose de su corona repleta de piedras preciosas, y de su gargantilla de oro purísimo, y de sus aretes de esmeralda, para entregarlos sin resistencia al asaltante. Quién sabe si este llevaba el estómago vacío y lo esperaban en su casa siete cria­turas desnutridas Y de pronto la Virgen se hizo cómplice del asalto.

En Boyacá

Recorriendo los caminos de Boyacá, llegué un día a Monguí. Fue preciso esperar algún tiempo para que se permitiera la entrada a este monumento religioso, que permanecía cerrado con fuertes candados y enormes trancas, como si se tratara de una fortaleza. En su interior el espíritu se conmueve ante el arte, ante la magni­ficencia. Se respira olor a santidad. Los cuadros son verdaderas reliquias.

Es un museo de extraordinario valor, que debe conservarse y protegerse. Me encontré allí con otra Virgen rica. Confieso que me deslumbró tanto derroche, tanta suntuosidad. Abandonando el recinto, pregunté si esta era más milagrosa que la de Morcá, su vecina. Pregunta ingenua, casi que infantil. La respuesta era lógica:

—Es más milagrosa la nuestra. Y también más rica. ¿No sabe que a la de Morcá acaban de robarla?

A Monguí se llega por carretera asfaltada, muy bien mantenida. El camino a Morcá es abrupto, casi de herradura. Pero experimenté una grata sensación al visitar a la Virgen pobre. La iglesia estaba abierta y solitaria. En la plaza dos parroquianos espiaban. De seguro no desconfiaban, pues la patrona había perdido todos sus bienes. Cuando los recobre, la puerta de la iglesia no permanecerá tan desamparada.

Si de mí dependiera, haría rápido un traslado: me llevaría la Virgen de Morcá a Las Lajas, desprovista de atuendos y fantasías, como yo la vi. En el vacío, mi paisana exhibiría como una reina su pobreza boyacense. La de Las Lajas no tendría inconveniente en ascender el escarpado camino, tan transitado como el de Ipiales en tiempo de romería.

Pero el regionalismo y el exceso religioso no permitirán estos canjes. Entre tanto, seguirán llegando donaciones convertidas en coronas, y en gargantillas, y en aretes. Quizá la evolución de la Iglesia permita que se transmuten esos obsequios en obras benéficas, sin herir sus­ceptibilidades. La Virgen no necesita oro. El mundo tiene hambre. Su vida transcurrió entre los tablones y virutas de un taller modesto. Allí no había el menor atisbo de opulencia. ¿Para qué tentar ahora la codicia?

Esta multiplicación de Vírgenes es separa­tista. Los bienes tienen carta de propiedad en ca­da región. Y los ladrones van también a romerías, a explorar mercados. Se abusa de la fe religiosa, hasta el punto de inventar símbolos, o piendamós, como imán para los incautos.

Pero la Virgen está prevenida después de los últimos atentados y es posible que ilumine a alguien para que el patrimonio que se le ha acomodado sirva para calmar penurias, antes de que los vivos sigan apuntando sus baterías.

El Espectador, Bogotá, 4-IX-1972.

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El milagro de Armenia

domingo, 10 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El paisaje oscilante que de Bogotá a Armenia va impresionando la pupila y nutriendo el espíritu con acuarelas y sensaciones de variados contrastes, parece que llegara a su clímax al coronar el punto más empinado de la cordillera. La Línea, con su eterno manto de nieve, aproxima al cielo. El sitio, álgido y siempre brumoso, calienta el corazón. Porque el corazón se tonifica con el rocío.

Comienza el descenso mientras el miedo se va descolgando entre riscos y sobresaltos. Y de pronto, desde un recodo se divisa una pincelada en el paisaje. A las pocas vueltas se deja la última piedra melancólica y el panorama cobra repentina vivacidad.

Estamos en el Quindío. Calarcá, la señorial, nos tiende su mano afectuosa. En contados minutos se llega a Armenia. Arribamos a una ciudad maravillosa donde la cordialidad se respira al instante.

El desprevenido transeúnte, o acaso el hijo pródigo desterrado por la violencia, quienes seguramente la consideran aún como un punto, algo así como una referencia geográfica, tienen que descubrirse ante el milagro. La adolescente de pocos años atrás sigue siendo joven, pero joven con mayoría de edad. Aldea ayer, y hoy centro pujante, es un desafío al desarrollo. La ciudad avanza a ritmo desconcertante. Todo se planea, todo se avizora, y nada la detiene. Los edificios se levantan en cada esquina, en cada hueco ocioso. Avenidas engalanadas y parques florecidos cautivan desde el primer momento. Y como ingrediente impulsor, la hospitalidad.

El forastero es recibido sin celos ni recelos. Ciudad noble y cosmopolita por instinto, no requiere de motes inútiles para atraer turismo. El encanto está por dentro, se inhala en el ambiente. La gente llega y se va quedando. Y la ciudad crece todos los días.

Es el Quindío región privilegiada por la mano de Dios. Sus tierras pródigas lo mismo engrandecen la economía de la patria, que embrujan el espíritu. Por entre los cafetales de racimos copiosos y los platanares doblados por la exuberancia y bruñidos de sol, se deslizan ríos de leche. La naturaleza es agresiva y rechaza la esterilidad.

Si algún día me toca desandar el camino, en el ascenso a La Línea me detendré de trecho en trecho para no irme del todo. Desde cualquier balcón colgado en el vacío miraré al fondo para aprisionar la imagen, antes de que los copos de nieve la opaquen en lo más alto de la cordillera. De la cordillera que aproxima al cielo.

El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 10-IX-1972.
La Patria, suplemento especial, 23-VIII-1972.

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Un homenaje a la amistad

jueves, 7 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con todo acierto ha sido bautizada Armenia La Ciudad Milagro. Porque, siendo tan joven, ha crecido con extraordinario vigor y, lo que ayer era apenas comarca, hoy es pujante cen­tro que ha alcanzado su mayoría de edad.

El progreso de Armenia se confunde con el pro­greso del Quindío, el más pequeño de los departamentos y, sin embargo, una de las regiones más fecundas para la economía del país. Este de­partamento, que sólo tiene 1.811 kilómetros cua­drados, parece enfrentarse a extensos te­rritorios nacionales para recordarles que, aunque pequeño, es el Departamento Piloto de Colombia.

Región privilegiada por la naturaleza, ubicada en el corazón de la República y circundada por innumerables ríos y riachuelos, lo mismo que uni­da al país por todos los medios de comunicación, es el Quindío un pedazo de tierra que ha apren­dido de sus mayores a forjar fortuna para el en­grandecimiento de la patria.

De generación a generación se ha transmitido, como el mejor legado, la invitación a trabajar, a crear riqueza. Con ese espíritu altruista y llevan­do en la sangre el ancestro de la arriería, este pueblo que creció rodeado de leyendas no ha ol­vidado su pasado glorioso, pero tampoco se ha detenido a vivir del recuerdo y continúa entre­gando el esfuerzo creador en manos que no quie­ren, ni pueden, dilapidar la herencia.

El hacha clavada en el tronco legendario es el mejor emblema de la ciudad de Ar­menia. Porque allí reposa el símbolo del trabajo y no solo le rinde homenaje a una época, sino que se levanta como motivo de inspiración para el futuro. Con insuperable acierto, el hacha y el leño se erigieron en monumento a los fundadores de Armenia y, por extensión, como homenaje al pueblo trabajador.

Llega Armenia a sus 80 años de vida rodeada del aprecio y la simpatía del país. Ciudad noble y hospitalaria por tradición, ha crecido con puer­tas abiertas para recibir al forastero, y lo alberga sin egoísmos. La amistad en Armenia es algo na­tural, algo que se respira todos los días. La mano amiga y el gesto afectuoso son características irrenunciables que no han logrado disminuir ni el vertiginoso crecimiento de la ciudad ni su con­tagio con una época nueva. Pero si esos dones, que son tan propios como sus riquezas materiales y culturales, se borraran con el devenir de los días, no valdría la pena el progreso material.

Estas líneas son un modesto homenaje a Ar­menia en su fecha aniversaria y llevan implícito el cordial saludo a sus gentes de un forastero agradecido.

Revista Ventanilla, Banco Popular, N° 8, septiembre de 1969.

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Bolívar en Soatá

viernes, 25 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siete veces pasó Bolívar por Soatá, unas por breves horas y otras con estadía mayor. El general O’Leary, en viaje de 1827, pintó a Soatá como “una villa aseada y bonita, compuesta de varias casas de teja que encierran una plaza amplia y buenas calles”.

El  Libertador se quedó en una casona colonial del costado norte de la plaza, vecina de la residencia de mis abuelos. La imagen de Bolívar está exaltada en aquella mansión –convertida por él en palacio ambulante de gobierno–, pero el verdadero recuerdo del héroe quedó grabado para siempre en la memoria de la población.

El origen de la casona donde moró Bolívar es bien antiguo: el terreno lo compró en 1808 el párroco de entonces, José Eusebio Camacho, y la construcción concluyó en 1814. Fue primero casa cural y después cuartel en las guerras de la Independencia. Se aproxima a los 200 años de existencia, cifra de respeto en la vida de los inmuebles –e impensable para los mortales–, aunque inferior a la edad mucho más longeva de la casa de mis abuelos, que cumple 252 años.

La primera visita tuvo lugar en octubre de 1814 y correspondió al primer viaje que Bolívar realizó desde Venezuela al interior de nuestro país. Tenía 31 años. Trece años atrás había enviudado, sin cumplir aún los 19 años, y ese hecho lo empujó a ser héroe: “Quise mucho a mi mujer y su muerte me hizo jurar no volver a casarme. Si no hubiera enviudado, no sería el general Bolívar, ni el Libertador. La muerte de mi mujer me puso muy temprano en el camino de la política”.

En 1814 ya había cumplido resonantes acciones políticas en su tierra nativa. Era figura de prestigio que incursionaba con éxito en los destinos de su patria y quien se señalabga como una esperanza para acaudillar grandes causas por la libertad. Durante sus años de estudio en España lo picó el germen de la política, y en Europa se sintió seducido por las ideas de Voltaire y las epopeyas de Napoleón. En Roma juró dedicar su vida a redimir su pueblo de la esclavitud española, y en Londres pidió ayuda para proteger su patria contra la invasión extranjera.

En octubre de 1813 –un año antes de su viaje a Soatá– entró jubiloso a Caracas, donde fue proclamado Libertador. Con esos arreos llegó a Soatá, un oasis de hospitalidad en medio de aquellas latitudes abruptas. Debido a su posición estratégica, Soatá era un cruce de caminos entre el Nuevo Reino y Venezuela. Tierras tranquilas y serenas donde todo caminaba con lentitud y modorra, y rodeadas de despeñaderos bruñidos de sol.

A Bolívar se le recuerda el día de su aparición en la primera calle del pueblo, cansado y sudoroso tras fatigante jornada a caballo. Apuesto, recorrió las calles llenas de vecinos entusiastas que le daban la bienvenida. En la plaza se apeó de brioso corcel y se encontró con el país, ya que llegaba no solo a Soatá sino a toda Colombia. A mi pueblo le correspondió el privilegio de ser la antesala de las gestas libertadoras. Desde entonces la tierra soatense quedó impregnada de gloria. El sentido de patria y libertad que la poetisa Laura Victoria irradia en su vida y en su obra se origina en su patria chica.

En octubre de 1821, vencedor en Carabobo y en camino hacia el sur de Colombia, el Libertador pasó de nuevo por Soatá. El 25 de marzo de 1828, por última vez. De allí se dirigió a Bucaramanga a observar el desarrollo de la Convención de Ocaña, uno de los episodios más amargos de su vida. Derrotado en la Convención, los partidos políticos comenzaron a alinearse en cabezas de Bolívar y Santander.

Lo sucedido a partir de ese momento no podía ser sino el reflejo de la atmósfera encarnizada que causó el derrumbe de la Gran Colombia. El héroe caía abatido por la insensatez. Había roto las cadenas de la opresión y ahora era víctima de la ingratitud humana. Dos años después marchaba hacia las playas de la muerte.

A Soatá, por cruel ironía, le correspondió presenciar dos sucesos memorables y antagónicos de la vida del Libertador: primero, su camino a la gloria, en 1814; luego, su marcha al ocaso, en 1827. Trece años de distancia marcaron el ascenso al poder y el descenso a las sombras. Si retrocedemos en las páginas de la Historia, hallaremos dos hechos similares, demostrativos de que la vida está siempre marcada por el éxito y el fracaso: primero, el triunfo de los conquistadores al derrocar al cacique Soatá; luego, la derrota de estos bajo el genio militar de Bolívar.

Y todo sucedió en un cruce de caminos…

El Espectador, Bogotá, 21 de mayo de 2010.
Eje 21, Manizales, 22 de mayo de 2010.

* * *

Comentarios:

No sabía que al honor de ser Soatá cuna de escritores ilustres se añadiera otro tan honroso: haber sido punto de estadía de nuestro Libertador cuando triunfa y se convierte en héroe inolvidable y luego cuando declina su fuerza vital y nos abandona. Me complace mucho este conocimiento histórico. José Antonio Vergel Alarcón, Ibagué.

Me ha impactado tu relato, por cuanto mi tío Miguel Feres (q.e.p.d)  regaló alguna vez un reverbero de aluminio en el que nuestras bisabuelas le habían calentado el café a Bolívar cuando llegó a Soatá a la casa de las Mesa. Dicho reverbero está ahora en París en manos de un amigo francés.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Para los soatenses es un orgullo leer un artículo sobre nuestro querido municipio y tan detallado sobre la historia.  Juan Rubier Ayala Mejía, Bogotá.

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