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Era un recto varón

miércoles, 23 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En mi columna de la semana pasada, dedicada a Ñito Restrepo, mencioné el Cementerio Libre de Circasia, donde se evoca la memoria del famoso personaje antioqueño por medio de un busto suyo erigido en la entrada del cementerio, y del Himno de los muertos, compuesto por él en Ginebra (Suiza) con motivo de la creación de la obra en el año 1932.

Coincide dicha columna con la muerte en la ciudad de Armenia, hace pocos días, de una de las personas más vinculadas a la Fundación Braulio Botero Londoño, de la que provienen los recursos económicos que permiten la subsistencia y ornato del cementerio, convertido en símbolo de la libertad y gran  tesoro artístico de la tierra quindiana. Me refiero a Hernán Escobar Botero, pariente cercano de Braulio Botero Londoño, persona esta muy acaudalada y filantrópica que fue el motor principal de dicho cementerio.

Durante mucho tiempo, Hernán Escobar se desempeñó como secretario de la Fundación. Sólo vino a marginarse de ella en los últimos años, con motivo de la enfermedad que minó sus fuerzas. Su última morada, por supuesto, ha sido el Cementerio Libre, donde hoy descansa en paz, al lado de parientes y amigos que encontraron allí, en medio del fascinante paisaje quindiano, el reposo eterno.

Durante nuestra estadía en el Quindío compartimos con Hernán y con Fabiola, su esposa, lo mismo que con toda su familia, una estrecha amistad. La última vez que lo visité, postrado ya por las dolencias físicas, pero animado por su  sentido del humor y don de gentes, fue hace cuatro años, cuando estuve en Armenia haciendo la presentación de una novela quindiana. A partir de entonces, su salud se fue deteriorando en forma drástica.

Pertenecía Hernán a esa estirpe antioqueña de gente trabajadora, sencilla, cordial y hospitalaria, muy propia de la zona cafetera. Durante largos años, hasta jubilarse, fue jefe de ventas de Bavaria. Además, como buen quindiano, cultivó una pequeña finca de café. Lo recuerdo al mando de su viejo Willys, el legendario vehículo todoterreno de los quindianos (que no cambian por nada), cuando se desplazaba a su predio rural puede decirse que a paso de mula.

Le encantaba viajar a velocidad mínima y sin afán de ninguna naturaleza. En esa actitud interpretaba yo su propio temperamento sosegado, hecho para la paciencia, la reflexión y la tolerancia. Muchas veces las cosas terminan pareciéndose a sus dueños, o viceversa. En esta asimilación de las cosas que nos rodean se refleja la comunión del hombre con su entorno, que es una manera de saber vivir.

En una época fue masón activo, y no sé si tal práctica se extendió hasta su edad mayor. Era hombre de ideas. Le gustaba debatir temas de la vida nacional o mundial, y lo hacía con espíritu sereno y altas dosis de raciocinio. Nunca fue sectario en ninguna materia.  Por el contrario, era tolerante y conciliador. Hombre silencioso y prudente, su vida transcurría con elegante moderación, rodeado del aprecio de la gente. Su principal virtud, que ejercía de manera ejemplar desde la junta del Cementerio Libre, era la solidaridad humana.

Conservo un valioso obsequio que me hizo en 1979: el libro titulado De Marx a Cristo, del escritor francés Ignace Lepp, que puso en mis manos con la recomendación de que sacara de él conclusiones acerca de la metamorfosis sufrida por un comunista beligerante que terminó encontrando en las doctrinas de Cristo el derrotero de su vida.

Dicho libro lo dejo ahora en turno para volver a leerlo, 31 años después de su primera lectura. Será una manera de honrar la memoria del caro amigo que, al interesarse por las cosas del espíritu, me ha dejado un recuerdo perdurable. Los libros, bien se sabe, unen a la gente a lo largo de los años y se vuelven imperecederos.

Eje 21, Manizales, 30-I-2010.
El Espectador, Bogotá, 4-II-2010.

* * *

Comentarios:

En esta excelente columna encuentro la referencia a Ignace Lepp, vuelvo a rememorar sus libros, transitados todos ellos por su parábola vital desde el marxismo hasta el catolicismo; pero no desde un marxismo estalinista (capitalismo de Estado) sino de uno preocupado por el destino del hombre. Quizá sobre Lepp hubo por esto mismo, en su tiempo, una conspiración de silencio, felizmente rota por las traducciones al español de la Editorial Carlos Lohlé, que ¿existe aún?  Jakemate (correo a El Espectador). 

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Las tumbas de Ñito Restrepo

jueves, 17 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A finales de diciembre pasado, el periodista antioqueño-caldense Orlando Cadavid Correa publicó una columna en El Mundo, de Medellín, y La Patria, de Manizales, donde daba cuenta del hallazgo de la tumba de Antonio José Restrepo –mejor conocido como Ñito Restrepo– en el Cementerio Central de Bogotá.

Tiempo atrás, el mismo Orlando Cadavid había escrito otra columna donde lamentaba que no se supiera el lugar de la última morada del ilustre colombiano, nacido en Concordia (Antioquia) en 1855 y muerto en Barcelona (España) en 1933. Como yo sí conocía ese sitio, del que me enteré por la lectura de la excelente biografía de Ñito Restrepo publicada en 1974 por Alirio Gómez Picón, se lo hice saber, incluso señalándole la ubicación exacta en el cementerio bogotano.

Y él divulgó el dato en su columna atrás citada, con la intención que ambos teníamos sobre el traslado de los restos a Concordia, o a Titiribí, pueblo al que Ñito estuvo más vinculado, y que consideraba su verdadera patria chica. Pasado un mes desde la publicación de la columna de Orlando, ninguno de los dos municipios antioqueños ha hecho pronunciamiento alguno sobre el particular, lo que da a entender que no tienen interés en el asunto.

Debe tenerse en cuenta que la llegada de las cenizas a Bogotá, desde la ciudad de Barcelona, obedeció a un acto del presidente Eduardo Santos (hace más de siete décadas), quien las hizo transportar en el barco Magallanes y luego dispuso, como tributo al ilustre escritor y hombre público, la construcción de una bella tumba en el sector 2 del Cementerio Central, denominado Sector Trapecio. Sobre la lápida aparece escrito el nombre de Antonio José Restrepo en letras de hierro, y la tumba, elaborada en piedra maciza, se encuentra  ubicada en tierra, en alto relieve.

Examinando mejor el caso, cabe pensar que aquella determinación del presidente Santos tuvo que contar con la aprobación de la familia Restrepo. Álvaro J. Wolf, uno de los pocos descendientes que quedan de ese tronco, dice lo siguiente en mensaje enviado a mi correo electrónico: “Siempre supimos que estaba enterrado en Bogotá. Dudo mucho que a la gente de Concordia le interese esta información, por el hecho de que si bien Ñito naciera allí, él siempre se consideró titiribiseño. Además, Concordia pertenecía geográficamente a Titiribí cuando él nació. En Titiribí siempre se ha honrado la memoria de Ñito. En su parque existe un busto de mármol que siempre se ha mostrado orgullosamente”.

Por otro lado, Gustavo Álvarez Gardeazábal considera que “un librepensador como Ñito Restrepo debería reposar en el Cementerio Libre de Circasia. Si no estoy mal, el poema que hay esculpido en mármol a la derecha de la entrada del cementerio es de su autoría”. Y agrega: “Yo asumo todas las vueltas y costos de Circasia y contribuyo, si es necesario económicamente, a las vueltas de Bogotá. El homenaje y el ditirambo con que debe revestirse el trasteo se lo dejamos a la sapiencia y el conocimiento que Páez y Otto tienen del personaje”.

En efecto, el poema a que hace alusión Álvarez Gardeazábal existe allí y es de la autoría de Ñito Restrepo. Su título es Himno de los muertos, en una de cuyas estrofas dice: “No me espantan mentidos terrores; / sin doblar la rodilla viví; / del hermano calmé los dolores; / de la Patria el pendón defendí”. El himno fue compuesto como respuesta a la petición que le hizo la Junta Pro Cementerio Libre de Circasia –presidida por Braulio Botero Londoño, el mayor promotor de la obra– en carta dirigida a Ñito el 22 de septiembre de 1932, a Ginebra (Suiza), donde cumplía una misión diplomática del gobierno colombiano.

Vale la pena comentar para los tiempos actuales que el entonces diplomático –ya en las postrimerías de su existencia– había cumplido brillante carrera como abogado, político, parlamentario, poeta, cuentista, periodista, panfletario, traductor, prosista de alto vuelo. Personaje de gran peso en la vida nacional, fue representante a la Asamblea de Antioquia y al Congreso de Colombia, procurador general de Antioquia y de la Nación. Militó en las filas del liberalismo y se caracterizó por su estilo combativo y su espíritu librepensador. Además, manejó la copla y el gracejo de manera magistral. Sus enemigos políticos le tenían terror.

Con carta fechada el 2 de noviembre de 1932, Ñito remitió a Braulio Botero su famoso himno a la libertad, que más tarde fue musicalizado por el maestro quindiano Rafael Moncada. Cinco meses después moría en Barcelona, a donde había llegado de paso, procedente de Bruselas. Su busto fue erigido en la entrada del cementerio, a mano izquierda; y a mano derecha, como lo anota Álvarez Gardeazábal, se encuentra el himno.

Hay un hecho curioso. Navegando por internet, hallé en Wikipedia una pequeña biografía del personaje, de la que extracto lo siguiente: “Sus restos reposan en el Cementerio Libre de Circasia, Quindío, donde se enterraban los librepensadores para hacer escapar a su familia de un vergonzoso entierro en los muladares dispuestos por la Iglesia Católica, de entonces”.

El ex gobernador quindiano Jaime Lopera manifiesta que el hecho importante para la reubicación de la tumba, sea en Antioquia o en el Quindío, es que no permanezca “casi anónima en un oscuro pasillo del cementerio bogotano, sino en un lugar destacado para su recordación”. Por su parte, el ex ministro Jorge Valencia Jaramillo ofrece sus servicios para los trámites respectivos, contando con la experiencia que tuvo en igual sentido con el traslado de los restos de José María Vargas Vila, desde Barcelona.

Queda claro que el espíritu de Ñito Restrepo, superior, por supuesto, a sus restos mortales, pervive en Circasia. Esto no se opone a que deambule también por varios pueblos antioqueños donde pasó sus mejores días entre repentismos, coplas,  tiples y camaraderías, como lo recuerda Juan Fernando Echeverri Calle en mensaje dirigido a esta columna (un legítimo paisa que quisiera, claro está, que la tumba de Bogotá fuera trasladada a su tierra).

El tema se presta para diversos enfoques. Y hay deseos y sentimientos encontrados. Resolverlo no es fácil. Quizá la mejor fórmula es dejarlo como está. En fin de cuentas, son varias las tumbas de Ñito: Barcelona (la inicial); Bogotá, la siguiente; Circasia, la atribuida por Wikipedia; Titiribí, la que sus habitantes llevan en el alma… Lo más importante de todo esto es que a través de los artículos de prensa y del cruce de correspondencia que ellos suscitaron, ha crecido el recuerdo sobre el insigne colombiano (yo diría que antioqueño, bogotano y quindiano a la vez), 77 años después de su muerte en tierra ajena.

El Espectador, Bogotá, 22 de enero de 2010.
Eje 21,
Manizales, 23 de enero de 2010.
Noti20 del Quindío,
Armenia, 24 de enero de 2010.
Mirador del Suroeste, No. 34, Medellín, marzo de 2010.

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Rodrigo Gómez y las causas quindianas

jueves, 17 de marzo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando llegué al Quindío, en el año 1969, llevaba poco tiempo de creado el departamento. Se hablaba entonces del “Departamento Piloto de Colombia” en razón de la sólida organización que mostraba ante el país, y en el plano local se mencionaban los nombres de los líderes políticos y cívicos que habían hecho posible la independencia regional mediante obstinadas e inteligentes campañas nacidas desde muchos años atrás. Entre esas figuras estaba la de Rodrigo Gómez Jaramillo, senador de la República.

Hoy ya es historia la acción intrépida desarrollada por los parlamentarios de la región para conseguir la aprobación de la respectiva ley. Gracias a ellos, en primer término, se sortearon innumerables obstáculos que surgían en la vecindad (tanto por parte de Caldas como del Valle) para plasmar la idea segregacionista.

El plan inicial comprendía la integración a la nueva zona de los municipios aledaños de Caicedonia, Sevilla, Alcalá y Ulloa, los que por su esencia cafetera y los nexos comunes y fraternales que han mantenido con el Quindío, eran indicados para dicho propósito. Pero los políticos del Valle opusieron fuerte resistencia para permitir la reducción de su territorio, y esto hizo fracasar el primer intento separatista de Caldas.

Conformada años después una nueva batalla regional, el Quindío redujo su pretensión a solo diez municipios de entraña quindiana, y aun así se encontró con la rivalidad del senador valluno Hernando Navia Varón, duro contrincante en los predios parlamentarios.

Por aquellos días, una bella quindiana, Clarena Gómez Gómez, había obtenido el título de princesa en el reinado de Cartagena, y con ese carácter ejerció presión ante los políticos del Valle para limar asperezas. Navia Varón quedó impactado con la hermosura de Clarena. Y aquí viene la anécdota. Dándose cuenta Gómez Jaramillo de ese hecho, logró que la princesa les hablara a los miembros de la Comisión Primera del Senado, sabedor –como buen zorro de la política, y sobre todo como agudo intérprete del hechizo femenino de su paisana– de que su colega quedaría flechado por la belleza quindiana. Así sucedió. Desde entonces el senador valluno se volvió decidido defensor de la ley 2ª de 1966, que le dio vida al departamento del Quindío.

Gómez Jaramillo se vinculó desde muy joven a la vida pública. Fue diputado de Caldas, personero y alcalde de Armenia, representante y senador, diplomático de Colombia en el Perú, gobernador del Quindío. En todas las posiciones ha dejado huellas de absoluta probidad. No se le conoce el menor desliz en materia de moralidad, y por el contrario, ha sido implacable fustigador de la corrupción pública. Así lo demostró como director del diario La Crónica del Quindío, desde el cual ejerció firmes campañas contra los desvíos de la región.

Recuerdo el editorial que escribió el 8 de septiembre de 1998 en su periódico, a propósito de mi novela La noche de Zamira, presentada en la Universidad del Quindío y que tiene como fondo la descomposición moral que vivió la comarca por efectos de las bonanzas cafeteras que trastocaron los valores ancestrales de la sociedad quindiana. Dice allí:

“El escritor Gustavo Páez asume en su obra La noche de Zamira la original iniciativa de identificar los perfiles de una época mal llamada de ‘bonanza’, porque lejos de estimular la realización de ideales o de mejorar la calidad de vida de sus protagonistas, rompió los moldes tradicionales donde se han fraguado los valores espirituales y morales que han determinado el comportamiento amable de nuestra sociedad. La súbita irrupción del dinero a canastadas, provocada por la cotización exagerada de los precios internacionales del café, crea una cultura del despilfarro, del consumo irracional, de las inversiones exóticas, de la prostitución y el alcoholismo”.

Palabras proféticas, estas de hace once años, donde el político y periodista no solo enjuicia el manejo dañino del dinero fácil, sino que pone el dedo en la llaga sobre la quiebra de los principios éticos y morales que ha sacudido la paz regional.

Es el único sobreviviente entre los parlamentarios de hace cuatro décadas que lideraron el acto de independencia administrativa del Quindío. Este hecho lo hace fulgurar, en los tiempos actuales, con mayor admiración de sus coterráneos y de quienes nos preciamos de ser sus amigos. Nada tan justo, luego de una vida batalladora y digna, como la exaltación que le hace el Congreso de la República al conferirle la Orden de Gran Caballero.

El Espectador, Bogotá, 11 de diciembre de 2009.
Eje 21, Manizales, 18 de diciembre de 2009.

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Cuando la sal se corrompe

jueves, 9 de diciembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En reciente columna de El Tiempo, Andrés Hurtado García, oriundo de Armenia, se muestra indignado por el nivel de corrupción que vive su patria chica, y que él tuvo oportunidad de detectar con solo tomar un taxi en el aeropuerto y más tarde asistir a un acto programado dentro de las festividades aniversarias de la ciudad.

Por el radio del taxi escuchaba Andrés Hurtado una serie de defraudaciones cometidas por sus paisanos, ante lo cual no pudo ocultar su enojo. Pero el taxista, restándole importancia a esa situación que se ha vuelto rutinaria en el Quindío –y que es la misma que invade al país entero–, le dijo con la mayor tranquilidad: “¡Déjelos, no sufra, que aprovechen su cuarto de hora!”.

En un acto público, sus acompañantes le señalaban a personajes locales que se pavoneaban en la graderías y que eran autores de diversos delitos de corrupción  que permanecen sin castigo bajo la ola de impunidad que ha hecho de Colombia uno de los territorios más corruptos del mundo. Dice el columnista que él los miraba estupefacto, avergonzado de su tierra, mientras los delincuentes de cuello blanco aparecían satisfechos, sonrientes, felices.

Aquí cabe aplicar el pasaje de la Biblia en que Cristo les dice a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra, y si ustedes se corrompen, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo cristiano?”. Eso fue lo que le sucedió al Quindío: con la desviación de la moral pública que protagonizó Carlos Lehder en los años de su infernal imperio económico (1978-1987), las virtudes ancestrales de la región se vinieron al suelo.

Más de veinte años después de aquella nefasta noche de corrupción (que dio lugar a mi novela La noche de Zamira, publicada en 1998), el fantasma de Lehder continúa recorriendo las calles de la querida comarca. Y sobre todo, duerme aún en la conciencia de muchos ciudadanos ávidos de placeres y del dinero dañino. Qué fácil es deformar una obra buena, y qué difícil reconstruirla.

Hoy recuerdo, con el mismo estupor que refleja Andrés Hurtado en su columna, la época aquella de concupiscencia y derrumbe de los sagrados principios que guardaba la ciudad, época en que todo lo compraba el dinero y todo se pervertía bajo su influjo.

Un día me acerqué a un grupo que dialogaba en una esquina de la ciudad. Se hablaba de Lehder. Uno de los contertulios, médico muy prestante, se ufanaba de que el capo le estuviera enviando numerosos pacientes a su consultorio, ante lo cual alguien del grupo le preguntó por la tarifa establecida. El médico le repuso, con visible satisfacción, que era abierta, al precio que él quisiera, y que además la cobraría en dólares, como se lo había indicado la organización de Lehder.

“Yo no soy ningún bobo”, agregó el galeno. Estaba en el cuarto de hora que acentuó el taxista del aeropuerto de El Edén, y que al columnista de El Tiempo lo estremeció.

Ese cuarto de hora fue el que acabó con la moral pública en el Quindío. En aquel banquete opíparo se sirvieron los platos y los vinos más suculentos de la perversión, que se pasaban con las drogas más sofisticadas. Amparado por el falso emblema de benefactor público que fomentaba obras sociales, abría supermercados para las gentes pobres, apoyaba obras pías, dispensaba auxilios al deporte y a los periodistas, compraba gente “incomprable” y se apoderaba de todos los hilos de la ciudad, Lehder montó su imperio desestabilizador y monstruoso.

La corrupción se apoderó de toda Colombia. La moda es hacer dinero rápido, antes de que pase el cuarto de hora. La clase política, antigua guardiana de la heredad, hoy vive ausente de principios. El delito de cuello blanco se pasea por las altas posiciones del Estado.

De los 1.115 municipios del país, 870 están investigados. Se compran y se venden notarías, y gana el mejor postor. Se va a la cárcel, y se sale de ella para seguir en las mismas. El poder es para poder: para delinquir y enriquecerse.

La conciencia colectiva duerme la deliciosa modorra de esas caras satisfechas que vio Andrés Hurtado en Armenia. Mientras tanto, vibra en las almas buenas la sentencia bíblica, que destroza los oídos: Si la sal se corrompe, ¿cómo evitar que se corrompa el pueblo colombiano?

El Espectador, Bogotá, 7-IX-2009.
Eje 21, Manizales, 7-XI-2009.

* * *

Comentarios:

Conocí a Andrés Hurtado desde que era yo muy niño. Entré a estudiar al Colegio Champagnat (antiguo Instituto del Carmen de los hermanos Maristas) a hacer kínder. Andrés siempre ha tenido un temperamento crítico, activo, altruista, ambientalista, en fin, un personaje con tantas cualidades que el ser contestatario se suma a las mencionadas, ya que lo hace de forma directa, sin tapujos, altivo y con la justa razón de las cosas. Ando un poco desconcertado, algo confuso y con mucho desánimo por la cantidad de corrupción existente. Todo el mundo quiere llegar a los 40 con casa, carro, beca, y no hacer nada más en la vida, cuando lo más bello es poder construir una vida honesta. Ricardo Hernández Rodríguez, Bogotá.

Tu columna es como la punta de la flecha clavada en el corazón, sin posibilidades de liberarse de ella. Cómo nos duele la patria sumida en la corrupción. Inés Blanco, Bogotá.

 

Recuerdo de Moravia

martes, 5 de octubre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No voy a hablar, como pudiera pensarse, del novelista italiano Alberto Moravia, autor, entre otras obras, de Los indiferentes, La campesina y La romana. Tampoco de la región de Moravia en la República Checa. Hablaré del barrio Moravia en la ciudad de Medellín.

Dicho nombre lo lleva un sector pobre que en estos días se volvió noticia nacional debido al voraz incendio que destruyó humildes viviendas y dejó en la calle a más de 1.000 habitantes. Hace 17 años visité el suburbio, ubicado en una ladera abrupta del nororiente de Medellín, cuyo asentamiento se iniciaba sobre el terreno que había sido basurero de la ciudad.

Gloria Inés Palomino, directora de la Biblioteca Pública Piloto, me llevó a conocer Moravia. Deseaba mostrarme el prodigio surgido alrededor de la biblioteca que  había fundado allí y que hacía parte de la red que se extendía por diferentes sectores marginados, como organismos satélites de la Piloto. Una manera de rescatar de la vagancia a los jóvenes castigados por la pobreza y el abandono era crear en su propio territorio el motor cultural de una biblioteca pública.

Unas calles mal trazadas le daban a Moravia apariencia de barrio. Brotaban las primeras casas con fallas evidentes de construcción –muy explicables, desde luego–, que los propios vecinos levantaban de afán, ignorantes de toda norma de planeación. Aquellos pobladores presurosos, movidos por la necesidad del techo propio, iniciaron la invasión que dos décadas después está hoy constituida por más de 40.000 personas que se alojan en 8.300 viviendas, la mayoría de ellas auténticos tugurios.

Regresando a la época de mi visita, que coincidió con los días en que el novelista  Alberto Moravia moría en Roma (personaje que podría ser el padrino de este barrio deprimido), alcancé a vislumbrar el nacimiento caótico que tendría la comuna 4, de la que hacen parte los sectores de El Bosque, Moravia, El Morro, El Oasis Tropical y la Herradura.

Con Gloria Inés llegué a la biblioteca local al filo del medio día, cuando los alumnos, que asistían a la pequeña escuela en la mansión de los libros, finalizaban la jornada matinal y convertían sus pupitres en mesas para almorzar. La directora del grupo era una vecina del sector dotada de idoneidad para fomentar el hábito de la lectura y enseñar los primeros conocimientos escolares.

Los jóvenes del barrio aprendieron a querer los libros. Y como deseaban que su casa de cultura tuviera más volúmenes, una brigada de aquellos muchachos entusiastas se encargó los fines de semana de buscar chatarra en los basureros, que vendían a clientes seguros para comprar nuevos libros.

Los estudiantes disponían de un carné que les permitía llevar las obras a su casa. Entre ellos había un lector apasionado que a la vuelta de los días solicitó la expedición de otro documento para su padre, ante lo cual la directora se mostró extrañada, ya que un carné era suficiente para los dos. Pero el alumno le explicó que su padre, que también se había vuelto lector, utilizaba sus libros y no le permitía una lectura tranquila. Por lo tanto, sorprendió a su progenitor, el día de su cumpleaños, con el regalo de un carné expedido a su nombre.

Moravia ya no es aquel barrio sosegado que conocí hace 17 años: se volvió un problema social. La invasión de nuevos moradores llegados en tropel y acosados por la angustia de sobrevivir rompió los límites razonables y creó un caos en la montaña de basura. Se levantaron ranchos de tablas, plásticos y cartón. Las casas de cemento son muy contadas y las condiciones de vida, desastrosas. Como consecuencia del crecimiento desordenado, la zona se llenó de cantinas, droga y prostitución.

A una veladora se atribuye el incendio colectivo que acaba de pasar, el quinto ocurrido en los últimos cinco años. La fragilidad de las viviendas y la existencia de materias comburentes del antiguo basurero seguirán perturbando la vida de estas familias hermanadas en la desgracia. La Alcaldía de Medellín trabaja desde el año pasado en un plan cuyo costo es de 53 mil millones de pesos, con el que se busca trasladar parte de la población a viviendas de interés social. Ojalá le alcance el tiempo al alcalde Fajardo para dejar en marcha su programa.

Moravia, por afinidad, es cualquiera de las zonas de invasión de los centros urbanos del país. El éxodo del campo a la ciudad representa una de las principales causas para la creación de los cinturones de miseria que algún día explotan, como sucedió en Medellín, y muestran la cara amarga de la pobreza y la desigualdad social.

Quiero pensar que el viejo basurero de Moravia, que por ironía lleva nombre de escritor, conserva en pie aquella biblioteca ejemplar que formó lectores y sembró ideas para combatir la desesperanza.

El Espectador, Bogotá, 30 de marzo de 2007.

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