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El territorio de las sombras

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Armero dormirá para siempre el sueño de los muertos. No podrá ser reconstruida porque es irrecuperable. Quedó convertida en campo arrasado, en erial de tumbas y soledad. Los pocos habitantes que se salvaron corrieron a Guayabal y Lérida. Otros sobrevivientes no volverán nunca al territorio siniestro, como huyendo de la pesadilla de aquella noche fantasmal. Desde el camposanto se mira de frente, como si estuviera a pocos pasos, el soberbio Nevado del Ruiz, dios castigador que hizo desaparecer 30.000 habitantes y 25.000 hectáreas de producción agrícola.

En este recorrido veloz efectuado por la zona del desastre, 16 meses después de ocurridos los hechos, llegué hasta Lérida, que dista una hora de Honda. La región pasa por una de sus épocas más calurosas del año. Ernesto Alcalá, el vendedor de paletas que vive a la caza de turistas en el cementerio de Armero, parece que también les diera de beber a los difuntos.

En tal forma se muestra familiarizado con la vida del cementerio –como si un cementerio tuviera vida–, que puede tomarse por una larva de la tierra o una visión de ultratumba. Creo que este comerciante de la sed mantiene, de tanto caminar sobre los cadáveres, comunicación con los espíritus: así se transfigura una persona a golpes de sugestión.

Doy tres vueltas por la plaza de Lérida en plan de observación y en busca de novedades. Leo sobre una pared: “Lérida: un corazón de sol”. Mejor lema no se ha podido fabricar. La atmósfera parece a punto de incendiarse. El termómetro marca 43 grados. Ninguna hoja se mueve en los árboles cargados de sopor, y hasta la música que suena en el bar de la plaza, donde me he situado en persecución de una cerveza, camina con modorra.

Surge aquí otro personaje parecido al vendedor de paletas. Es el embolador del pueblo. Un moreno de unos 50 años, quemado por muchos soles (llegó de Palmira hace 8 meses), simpático y charlatán. Siempre he pensado que el embolador, por lo bien relacionado que se mantiene, es gran intérprete de la humanidad.

Apenas en la mitad de su trabajo ya me había comentado que la muerte de Armero le dio vida a Lérida. Contrastes del destino. Guayabal y Lérida, antes minúsculos lugares que no lograban surgir a causa de su vecino desarrollado, ahora tienen el porvenir abierto. ¿Y el peligro de una nueva avalancha?, pregunto. Mi contertulio me explica que estas poblaciones se salvaron por una ‘oreja’. Contra esta oreja de la montaña se estrellaron toneladas de piedra y así pudo Lérida –y Guayabal por su lado– protegerse contra la destrucción. Ambos pueblos luchan hoy por su crecimiento.

He aquí otro comerciante de las circunstancias: el embolador de turistas. Se vino desde Palmira en busca de un lote. El pánico inicial hizo que la población se desbandara. La tierra casi la regalaban. Un lote en proximidades de la plaza, de 25 por 40 metros, se conseguía por seis mil pesos. Mi ocasional confidente, que llegó con ocho meses de retardo, lo adquirió por cien mil.

“Hoy me dan cuatrocientos mil y no lo vendo”, agrega triunfante mientras le echa el ojo a otro cliente. Sabe, desde luego, que al correr del tiempo su propiedad valdrá un platal. Ya liberada la deuda inicial, pronto comenzará la construcción de la vivienda. Todo se lo ha dado la caja mágica que hace relucir los zapatos después del recorrido por los senderos polvorientos de las tumbas. El paletero y el embolador deben de tener alguna secreta alianza en el arte de sobrevivir en esta zona castigada por la fatalidad.

Observo que muchos negocios –piscinas, restaurantes, puestos de comida– se montan apresuradamente en busca de turistas. Concateno, por una serie de historias escuchadas al vuelo, todo un eslabón de hechos que se están formando alrededor del oportunismo. Entiendo las dificultades de Resurgir para administrar sus caudales millonarios. Conforme hay gente honrada y recursiva, como los dos pintorescos personajes de esta crónica, que parecen irreales, existen piratas que pretenden pescar en el río revuelto de la tragedia humana.

Me quedé meditando sobre la oreja pintada tan gráficamente por mi interlocutor, la que descubrí más tarde, y pensé, en efecto, que la vida era caprichosa: esta oreja había salvado dos poblaciones, y la falta de ella había consumido a otra en este desierto pavoroso donde un vendedor de paletas mitiga la sed de los turistas y resuelve, con la elemental caja laboriosa, sus propias necesidades de subsistencia.

El Espectador, Bogotá, 7 de abril de 1987.

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Quindío: 40 años

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 40 años, el primero de julio de 1966, el presidente Guillermo León Valencia sancionaba la ley segunda de ese año, según la cual nacía el departamento del Quindío tras intensa campaña regional. Como primer gobernador fue designado el senador Ancízar López López, uno de los abanderados de la separación de Caldas junto a las fuerzas más representativas de la dirigencia quindiana.

Desde que el Quindío hacía parte del departamento de Caldas –año de 1905, luego de pertenecer a Caldas–, estaba inconforme con esa anexión, a pesar de haberla buscado por intereses de cercanía geográfica e identidad étnica. La indiferencia con que Caldas trató al territorio quindiano, sumada a la concentración de poder en la ciudad de Manizales, determinaron a la postre el rompimiento.

Pasados los años sin que aparecieran reales hechos de armonía geográfica y administrativa, los quindianos no solo se sintieron marginados por sus hermanos mayores, sino que aspiraban, con legítimo derecho y visión de futuro, a constituir un conglomerado autónomo para propender por mayor desarrollo, el que estaba detenido en razón de aquella dependencia inoperante.

El rechazo a la prepotencia manizaleña tuvo su primera manifestación masiva en marzo de 1920, cuando en Armenia y Calarcá ocurrieron fuertes protestas frente a los abusos cometidos contra los sembradores de tabaco. Además, en la mente de los quindianos se hallaba fresca la imagen de la Compañía Burila (fundada en Manizales en 1884), que representó para la tierra quindiana, dentro de desviadas acciones colonizadoras, todo un tormento para los pobladores.

Esta suma de rebeldías explotó con mayor ímpetu y cohesión en los años 50, época en que se creó la campaña “Pro Departamento del Quindío” como fuerza política y cívica que aglutinaba a lo más granado de la sociedad. Surgirían muchas trabas para el buen éxito de la misión, pero los habitantes, que se han caracterizado por su ánimo de lucha, laboriosidad y libertad (signos demostrados por los pijaos en su aguerrida rivalidad contra los españoles), no se detuvieron ante ningún escollo y ganaron la batalla.

Medio siglo atrás habían derrotado a la Compañía Burila. Y al paso de los días lograron, como base para asegurar el futuro independiente, avances significativos como la llegada del ferrocarril, la interconexión vial con todo el país y el auge de la industria cafetera. A esto se sumó la creación de la Universidad del Quindío, de la Octava Brigada, del Tribunal Superior, de la Corporación Autónoma Regional del Quindío y de la Diócesis de Armenia.

Cuatro municipios más de la hoya del Quindío: Caicedonia, Sevilla, Alcalá y Ulloa, afines con la región quindiana por su aspecto geográfico, cafetero y etnológico, han debido hacer parte del nuevo departamento, pero los políticos del Valle condicionaron su apoyo a que se desistiera de esa pretensión. “El Quindío siempre ha vencido imposibles”, dice Horacio Gómez Aristizábal. La aprobación de la ley fue determinada por un voto de diferencia.

Cuarenta años después, los cuatro municipios citados continúan aspirando a su incorporación al mapa quindiano, por considerarse menospreciados por las autoridades del Valle. En estos días se presentaron manifestaciones de protesta en Sevilla y Caicedonia y allí se conformó, como en el pasado sucedió frente a Caldas, el “Comité Pro Integración al Quindío”. Hay aspiraciones legítimas que se reprimen por la fuerza de intereses caprichosos, y a lo largo del tiempo estallan y buscan los cauces naturales.

Raza altiva la de los quindianos, que no se arredra ante ningún reto ni adversidad (como la producida por el terremoto de 1999, desastre que fue superado con el mayor florecimiento de Armenia y la región) y que gracias al tesón, coraje y espíritu comunitarios hizo la proeza de fundar en escasos 2.000 kilómetros cuadrados el departamento más pequeño del país, constituido por doce municipios e impulsado por su gran potencial agrícola y humano.

En la hora presente, cuando la región celebra con júbilo y orgullo los 40 años de vida independiente y rememora la serie de realizaciones admirables que ha ejecutado, siente, al mismo tiempo, desazón por el desvío de las sanas costumbres por parte de fuerzas oscuras –entre ellas, la del narcotráfico y la delincuencia común–, que en los últimos años llegaron a empañar el encanto campestre.

Y llora la muerte de su líder Ancízar López López, primer gobernador, en manos de mentes depravadas que le asestaron duro golpe al alma de la sociedad. Esta efemérides, siendo gloriosa, está enturbiada por el dolor. Tal es la condición humana: alegría y lágrimas.

Pero el Quindío, consciente de su realidad y puesta la mirada en nuevos derroteros, enarbola hoy la bandera de su gesta histórica y prosigue el camino con renovada esperanza. Y habrá de derrotar a los enemigos del progreso y la civilización, como otrora lo hizo con serios escollos que parecían invencibles.

El Espectador, Bogotá, 27 de junio de 2006.

 * * *

Comentarios:

Has hecho una excelente síntesis histórica de los principales acontecimientos que han marcado el desarrollo y la actualidad de nuestra tierra. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Muy buena tu columna y oportuna. Te cuento que en la Academia de Historia del Quindío acabamos de editar una conferencia del historiador risaraldense Ricardo de los Ríos quien, en una charla amena y llena de significados, habló de la creación de nuestro departamento desde la perspectiva pereirana. Paradójicamente cuenta –entre otras cosas– que la mayor fuerza por la segregación no la hicieron los liberales, sino los conservadores: en algún momento se dieron cuenta que el conservatismo apenas era el 15% de la votación azul de Caldas, pero que con la nueva sección ellos pasaban del 15% al 50% del poder por obra y gracia de la milimetría y de la paridad frentenacionalista. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Valioso documento tu columna sobre los 40 años del Quindío. En una apretada síntesis has dicho más cosas que en muchos libros. La imprimí para conservarla. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Aunque el señor Páez habla del Quindío muy bien, sería bueno que también él y otros escribieran más sobre ese camino que Colombia necesita para que así como el Quindío se fue bien hacia el futuro con problemas, Colombia no pierda la esperanza y podamos por medio de las letras acabar con los que ya sabemos. Lucho Sánchez.

Es emocionante y nostálgico leer palabras tan especiales como éstas, en la lejanía. Quindío, corazón mío, ya cumples 40 años y nosotros los que nacimos y crecimos entre esas bellas montañas, seguiremos luchando por tu armonía, mejoramiento y progreso. Lo felicito, señor, por estas palabras y la buena descripción que hizo de una tierra tan especial y sus pobladores. Dios bendiga mi tierra. María Isabel Cardona.

Muy inspirador, Gustavo. Muchas gracias en nombre de todos los quindianos. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

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El fantasma de Lehder

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace cerca de 20 años cayó Carlos Lehder en manos de la justicia y ese mismo día fue deportado a Estados Unidos, donde lo condenaron a cadena perpetua. Era el primer extraditado en la guerra que se libraba contra los capos. El mafioso, que llevaba una vida disipada –dedicado al consumo de marihuana y cocaína–, había  dejado de ser ficha importante para el cartel de Medellín, del que era uno de sus creadores. Todo parece indicar que sus mismos compañeros delataron su escondite para librarse de él y distraer al gobierno.

Con ese hecho se cerraban en el Quindío nueve años de vida borrascosa (1978-1987), que el capo implantó bajo el mandato de las drogas y el imperio del dinero corrupto. Con el regreso a su tierra nativa, de donde había salido en la juventud para volverse ladrón de carros en Nueva York, la comarca inició la peor etapa de su historia. Con su captura y extradición, regresó una calma relativa. Quedaban muchas heridas abiertas tras la época de desenfrenos que desquició los valores de la familia quindiana. Y se necesitaba el paso no de una sino de varias generaciones para borrar el recuerdo de aquellos días funestos.

Atraído por esa vida funambulesca, el cineasta Camilo Martín Ortiz se dedicó en los días actuales a investigar las andanzas del capo en aquellos años de protagonismo torcido. Esa historia quedó plasmada en el “El mágico”, documental exhibido hace poco en Bogotá y que debe su título al apodo de “mago” con que algunos llamaban a Lehder por sus increíbles aventuras y fechorías.

El negocio de narcóticos lo dirigía desde Cayo Norman, isla de su propiedad en las Bahamas, que le servía de base para introducir la mercancía a Estados Unidos. Al saber que el Quindío gozaba de una próspera situación a raíz de la bonanza cafetera que hacía caer sobre los campos una lluvia de billetes inesperados, se propuso rendirle un homenaje a su patria chica. Un homenaje a su manera.

Al despacho del gobernador del Quindío llegaba días después un regalo insólito: una avioneta Piper Navajo, para que el mandatario se desplazara con facilidad a los municipios montañosos. Se trataba de producir alboroto para que el nombre del capo sonara con fuerza a los cuatro vientos. Y lo consiguió. De ahí en adelante vendrían días oscuros para la región, aunque alumbrados por el dinero dañino con que se compró la conciencia de mucha gente y se pervirtió la moral pública.

La noticia causó revuelo en la comunidad, y pronto fue identificado el donante como el hijo ausente del ingeniero alemán Guillermo Lehder, hombre silencioso y honorable que en épocas lejanas había construido el ferrocarril de Armenia. Ahora, bajo la falsa figura del benefactor público, éste destinaba sumas flamantes para apoyar obras sociales, crear supermercados populares, financiar el deporte y hacer cuanta donación le creara imagen publicitaria.

El Círculo de Periodistas del Quindío, como muestra de gratitud por un cheque recibido de él para reparación de su sede, le entregó una bandeja de plata y bautizó con el nombre de Salón Bahamas uno de sus recintos. Jóvenes profesionales y jovencitas frívolas, al igual que personas de reconocida trayectoria, pasaron a ocupar puestos de privilegio en el emporio económico. Al propio gobernador lo tentó con la oferta de nombrarlo gerente de su organización. Él no picó el anzuelo, pero sí lo hizo su secretario de gobierno.

Y comenzaron a volar lujosas avionetas por los cielos quindianos. Al principio, el tráfico de drogas fue discreto y después, descarado. Los narcóticos penetraban por todas partes, a ojos vistas, y causaban delirio y ruina moral. De momento no se reparaba en la ruina moral: la fiebre de oro se apoderó del departamento.

Tierras antes invendibles eran transadas a precios fabulosos. Nuevos ricos surgían por doquier. Se construían pistas clandestinas y se hablaba de un territorio cada vez más extenso para la soberanía del monarca. Todo se sabía, pero nadie hacía nada para frenar la perversión. Con esa modorra de la conciencia colectiva se perpetraron infinidad de exabruptos y se perdieron los principios ancestrales de una comunidad respetable. Todo lo compraba el dinero y lo barnizaba la moda.

El mafioso, como por arte de magia, un día se volvió político. De la noche a la mañana aprendió ademanes de orador. Después, llenaba las plazas, tanto del Quindío como de otros lugares del país, con multitudes frenéticas bien remuneradas. Contrató magos para que su imagen se difundiera en el ámbito nacional. Ya el Quindío le quedaba pequeño.

Fundó su propio partido y compró un periódico para difundir su imagen. Quiso entrar a los clubes sociales, pero éstos le cerraron las puertas. Entonces fundó su propio club: la Posada Alemana. En la entrada del complejo turístico hizo levantar una estatua de Lennon –su ídolo–, construida por el maestro Arenas Betancourt. Como el obispo de Armenia no quiso bendecir la sede, se llevó al de Pereira, monseñor Darío Castrillón, quien no se negó a esparcir el agua bendita, acción muy bien retribuida por el capo.

Con la captura de Lehder, se desmoronó su imperio. Desapareció la estatua de Lennon y hoy nadie sabe a dónde fue a parar, ni quién se la llevó a hurtadillas. Un incendio misterioso arrasó el comedor principal y por poco consume toda la edificación. Más tarde la lujosa propiedad fue invadida por la hierba y las tinieblas, y así permaneció durante largos años.Lo que antes fue esplendor, ahora eran escombros.

Por allí camina el fantasma de Lehder. Mientras tanto, éste se pudre en su cadena perpetua. Todos lo abandonaron. Todos negaron haber recibido beneficios suyos. Monseñor Castrillón, para justificar el recibo del dinero corrupto, dijo que la plata mala se purifica cuando se destina a obras buenas.

Ya aquellas excentricidades y locuras son cosa del pasado, pero la región no ha podido disipar la pesadilla. Y sigue viendo fantasmas.

El Espectador, Bogotá, 14 de febrero de 2006.

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Comentarios:

Los que vivimos en el Quindío sabemos todo el daño que le hizo al departamento. Magda Polanía de Giraldo.

Queda por averiguar cuántos hijos hay ahora (como fue el caso de Hitler) regados entre las admiradoras que deslumbró en su tiempo. Otra intriga: ¿su padre era alemán de los que huyeron de su país cuando la derrota nazi? Gloria Chávez Vásquez, Nueva York. (Gloria: no hay precisión sobre hijos suyos. Se habla, más como rumor que como certeza, de un hijo con alguna de sus amantes de turno. Su padre, el ingeniero Guillermo Lehder, no llegó a Colombia por asuntos del nazismo. Nació en 1904 en Hannover. Se graduó de ingeniero civil en la Escuela Superior de Colonia. Excelente excelente. GPE).

El artículo es muy bueno, tiene razón en todo lo que dice, en la corrupción política y eclesial del ahora cardenal Darío Castrillón. Sólo falta un detalle: a Lehder sí lo condenaron, ¿pero no sabe usted por qué no se encuentra en ninguna cárcel? Porque él como venganza a la que le hicieron vendió a los suyos y ahora se pasea por Estados Unidos. Y la patria de sus ancestros, Alemania, por los lados de Stuttgart. Kofas Zizim (correo a El Espectador).

Letras de Tuluá

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por gesto amable de Óscar Londoño Pineda, el cronista de Tuluá, he conocido algunas obras de escritores de su tierra, a las que dedico esta columna. Ante todo, registro la salida del cuarto tomo de la serie Tuluá, visión personal, en la que el propio Londoño, con alma emotiva y memoriosa, viene concatenando menudos y grandes sucesos de su patria chica, con especial mención de los personajes literarios y sus realizaciones. Este trabajo constituye pieza valiosa para el estudio de la historia regional.

Durante la violencia partidista que se recrudeció en el país en los años 50 del siglo pasado, Tuluá fue escenario de horrendos sucesos protagonizados por los llamados “pájaros” (sinónimo de matones). Etapa turbulenta que movió a Gustavo Álvarez Gardeazábal a escribir su novela Cóndores no entierran todos los días. Con el fondo de aquella violencia fratricida que dejó en el país una mortandad escalofriante, Fernando Charry Lara elaboró uno de sus más bellos poemas: Llanura de Tuluá.

Hay otro libro que dibuja con agilidad y crudeza aquellos episodios: Horizontes cerrados, de Fernán Muñoz Jiménez, nacido en Tuluá en 1932 y muerto de manera prematura en 1978. Es una breve obra –de 124 páginas– que se publicó en 1954. Al comienzo aparecen unas palabras de Camilo José Cela, futuro nóbel de literatura, quien visitó a Cali en 1953, y dice lo siguiente sobre el autor: “Un artista de la prosa y un desvelado cantor de emociones. Salud, prosista condenado a tu puebluco para expresar el encanto de su monotonía”.

Muñoz Jiménez ofrece capítulos patéticos sobre la barbarie que le correspondió vivir en medio de disparos, carros fantasmas, asesinatos,  cadáveres tirados a los ríos o colgados de los árboles, desolación y miedo. Los zarpazos del sectarismo político mantenían asustada a la población, y la respuesta a tanto salvajismo era la impunidad. Colombia era una hoguera de odios y terror. La novela, conocida hoy por poca gente, y que es el testimonio de una época demencial, merece ser reeditada.

La Unidad Central del Valle del Cauca ha rescatado otro libro valioso –y olvidado–, de Mercedes Gómez Victoria, nacida en Tuluá en 1837 y quien en 1889 –hace 116 años– editó dicha obra con el título Misterios de la vida. Siempre se ha dicho que Soledad Acosta de Samper fue la primera mujer colombiana que puso en circulación una novela. Esto no es así: Soledad publicó su primer libro de ensayos en 1895 y su obra novelística apareció en los inicios del siglo XX. Se le adelantó la escritora tulueña.

Misterios de la vida, basada en la propia realidad de la autora, es una crítica contra la irresponsabilidad de los padres que descuidan a sus hijos. Los tres personajes centrales de la narración son hijos expósitos, como lo fue la novelista. Con tal condición, ésta plantea pautas de comportamiento social como soporte de la familia.

Omar Franco Duque, escritor, periodista y elemento cívico de amplia trayectoria en sus lares nativos, recoge una sabrosa muestra de la idiosincrasia local en el libro El humor en las letras de Tuluá. Por este trabajo me entero de que su comarca ha sido favorecida con grandes humoristas que, al igual que los miembros de la Gruta Simbólica, conjugan la existencia con gotas de gracia y sapiencia, como píldoras de buena vida.

Eminente personaje del pasado tulueño es Carlos E. Martínez Martínez, muerto en 1960 a la temprana edad de 44 años, y que cumplió destacada actividad cívica, pedagógica, periodística y literaria. Escritor culto y castizo, dejó obra refinada que no alcanzó a publicar en su totalidad, y que con el paso del tiempo, de modo inexplicable, se perdió en buena parte. Dos de sus poemas son de antología: In memoriam y En un álbum. Además, compuso la letra del himno de Tuluá.

Su sobrino Carlos Ochoa Martínez acaba de publicar una obra esmerada donde describe el itinerario de su tío y recoge una selección de su quehacer poético, programa que contó con el patrocinio de la Alcaldía de Tuluá y la vinculación de la Cámara de Comercio. Libro de grata lectura, que permite valorar el desempeño humano e intelectual de una figura olvidada.

Tuluá muestra con estos y otros libros, al igual que con revistas y otras expresiones, permanente afán cultural, que realizan con brillo sus hombres de letras y fomentan las autoridades con amor al arte.

El Espectador, 11 de octubre de 2005.

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Comentarios:

Tuve el día de hoy la fortuna de encontrar su columna titulada Letras de Tuluá. Quería solicitarle su autorización para reproducirla en nuestro periódico La Variante. Somos un medio nuevo, de circulación semanal en más de 20 municipios del Valle del Cauca. No me cabe la menor duda de que su magnífica columna tendría el mayor interés en nuestra comunidad. Ivanov Russi Urbano, Tuluá.

He leído con enorme fruición su admirable artículo. Gracias por Tuluá y por todos los escritores cuyas obras comentas con excepcional maestría y prodigioso poder de síntesis. Carlos Ochoa Martínez, Bogotá.

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Miradas a Boyacá

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Boyacá y su academia

En el Ciclorama del Puente de Boyacá, el pasado 9 de abril, la Academia Boyacense de Historia se reunió en sesión solemne para celebrar sus cien años de vida. No ha podido escogerse mejor escenario para esta efeméride: allí palpita el corazón de la patria en medio de los símbolos que recuerdan la derrota de la opresión española y el nacimiento de la libertad. A partir de ese momento se iniciaba la historia grande de un pueblo que rompía las cadenas de la esclavitud y se volvía soberano.

La Academia Boyacense de Historia fue fundada el 9 de abril de 1905 con el nombre de Centro de Historia de Tunja (que llevó hasta 1946), por Cayetano Vásquez Elizalde, y su primer presidente fue el canónigo Aquilino Niño Camacho. A través de los años, la entidad se ha encargado de mantener prendida la llama del nacionalismo y el culto a las tradiciones, comenzando por afirmar los episodios históricos de la propia región. Pocas zonas del país aglutinaron en los días de la Independencia tanta variedad de personajes y de sucesos heroicos como los ocurridos en esta tierra de epopeyas y oraciones. Y pocas poseen en los días actuales su misma esencia cultural.

El segundo presidente fue el canónigo Cayo Leonidas Peñuela Quintero, tío de la poetisa Laura Victoria, célebre historiador y polemista que en 1912 fundó el Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia, que acaba de llegar a 341 ediciones. Se trata de la revista más antigua de las academias regionales de Historia y del departamento de Boyacá, por cuyas páginas han desfilado egregios escritores dedicados a destacar los valores de la comarca, decantar la historia, fortalecer la cultura y afianzar el sentido de pertenencia a la patria. Publicación de lujo y de sólido contenido, en la que se ventilan los temas más variados y profundos que hacen relación con el campo académico, siempre con la mira puesta en Boyacá y en Colombia.

Quince presidentes ha tenido la entidad en su siglo de existencia. Seis de ellos provienen del ámbito eclesiástico, lo que refrenda una de las características más propias de Boyacá: el espíritu religioso que se respira en todas partes. Y dos secretarios perpetuos: Ramón C. Correa Samudio, que estuvo al frente del cargo, con ejemplar entrega y maravillosa labor productiva, durante 68 años, y Enrique Medina Flórez, insigne personaje de las letras y la docencia, que lo remplazó en 1991 y acaba de recibir, en la ceremonia del Puente de Boyacá, la exaltación como miembro benemérito. El presidente actual, que ha ocupado la posición en dos ocasiones, es Javier Ocampo López, maestro de Historia y gran promotor de la cultura boyacense.

En el centro académico se ha dado cita, a través de todas las épocas, lo más granado de la inteligencia boyacense: literatos de amplio prestigio, historiadores de vasta cultura, prestigiosos sacerdotes, profesores e investigadores, dedicados todos a la causa común de escudriñar la historia y difundirla en conferencias, libros y otros medios de comunicación. Son ellos, sin duda, una de las fuerzas vivas con que cuenta el departamento para mantenerse como modelo cultural del país.

Hay varias actividades institucionales que merecen especial mención: una es la Cátedra de Boyacá, dirigida a maestros y estudiantes, programa que se desplaza por los municipios con seminarios sobre la Historia, las letras, el arte y la arquitectura, entre otros aspectos, y que busca la identidad local y regional; otra, el equipo de las “guardias cívicas”, conformadas por grupos juveniles que impulsan el civismo y preservan el patrimonio histórico en toda la comarca; la tercera, la administración del Archivo Histórico Regional de Boyacá, donde se protege la memoria documental que viene desde la conquista y colonización del país; y por último, la estupenda labor bibliográfica que, estimulada por la Gobernación de Boyacá, ha hecho posible la publicación de 135 libros hasta el momento, sobre diferentes asuntos históricos y culturales.

El paisaje y el espíritu son en Boyacá las insignias mayores de una raza legendaria, a la que tanto le cantó Armando Solano en páginas memorables. No en vano los actuales directivos de la corporación prosiguen en el empeño que animó al fundador y a sus colaboradores: recoger e interpretar el alma boyacense en los innumerables estudios realizados por parte de las mentes eruditas que engrandecen la vida regional.

La Cardeñosa

En julio de 1537, cuando los españoles buscaban el camino para llegar a los Llanos Orientales y descubrir el tesoro de El Dorado, encontraron a los indios teguas, que moraban en el actual municipio boyacense de Campohermoso y poseían grandes conocimientos medicinales extraídos de las yerbas. Eran famosos por sus sorprendentes poderes curativos y puede decirse que de allí nació la ciencia médica en Colombia. De ellos se derivó el término “tegua”, con el que más tarde se denominaría a la persona que ejerce la medicina sin poseer título profesional.

Estos indios valerosos se opusieron al conquistador español y lucharon con desespero por proteger sus valiosas riquezas, representadas en oro y esmeraldas, que guardaron con sigilo en profundas guacas diseminadas en sus tierras montañosas. De ellos se dice que eran formidables constructores de acueductos y puentes colgantes. Además se distinguían por su amor a la naturaleza y su organización comunitaria. A lo largo del tiempo, los guaqueros se apoderaron en forma gradual de la fortuna escondida en los montes, hasta hacer desaparecer toda huella de la comunidad teguana, que se extinguió durante el siglo XX, en forma silenciosa y en medio del olvido de los nuevos tiempos.

De aquella cultura emerge la imagen fulgurante de la Cardeñosa, india de extraordinaria belleza, rescatada como prototipo de la mujer teguana y, por extensión, de la mujer boyacense. El ilustre escritor de la comarca Pedro Gustavo Huertas Ramírez, expresidente de la Academia Boyacense de Historia y catedrático de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es autor de una serie de investigaciones sobre este personaje legendario, y a través de los años se ha convertido en el mayor pregonero de sus atributos y su trascendencia histórica.

La primera noticia que tuve sobre la Cardeñosa fue en el libro Guerreros, beldades y curanderos. El enigma de los indios teguas, que el citado escritor publicó en 1995. Ahora, de su misma autoría, sale la obra Boyacá: perfiles de identidad regional y nacional, donde, con el rigor histórico con que Huertas Ramírez elabora sus trabajos, ofrece distintos enfoques sobre la idiosincrasia boyacense y sus símbolos regionales. Entre ellos está el de la preciosa nativa, que esta vez adquiere mayor relevancia gracias al reconocimiento público que ha recibido tanto de los medios culturales como del sector oficial.

¿Quién era la Cardeñosa? La mujer más bella que los españoles hallaron en tierras colombianas, ante quien se sintieron deslumbrados como si el hechizo proviniera de una deidad mágica. Todos pretendían conquistar sus favores, pero ella, recatada y huidiza como el viento, esquivaba los asedios y mantenía su reputación impoluta. Juan de Castellanos dice que era “una india que doquiera pudiera ser juzgada por hermosa, gentil disposición y rostro grave”. Fray Pedro Simón afirma que “era tan hermosa, modesta y grave, que podía competir con la española más adornada de estas prendas”. El obispo Lucas Fernández de Piedrahíta la describe como “una india que en cualquier parte del mundo pudiera señalarse en hermosura”. Todos los documentos de la época coinciden en el mismo concepto.

Las crónicas no revelan el verdadero nombre de la india, pero se sabe que se le dio el apelativo de Cardeñosa por su semejanza con una española dotada también de singulares encantos que los conquistadores habían conocido en la ciudad de Santa Marta, fundada doce años antes. A su turno, la dama española debía su nombre al hecho de ser oriunda del municipio de Cardeñosa, circunstancia ignorada en la época actual y que vino a descubrir el historiador Huertas Ramírez. Con ese motivo viajó en agosto de 2004 a aquella distante localidad española y se entrevistó con sus autoridades para hacerles conocer la existencia de otra Cardeñosa: no un pueblo, sino una india colombiana convertida en mito.

El municipio de Campohermoso, donde se han confeccionado diferentes obras artísticas para exaltar a su diosa aborigen, creó además el galardón bautizado como la Cardeñosa de Oro, estatuilla con que se premia cada dos años a los ganadores del Festival Regional del Folclor Llanero. Así, el fervor popular conserva la memoria de aquella etapa histórica iluminada con el embrujo de esta mujer fabulosa.

 Los demonios de Vargas Vila

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas, bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en el país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo,  hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad  irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”, y así pasaría a la historia. Título apropiado para este ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada “¿Las uñas de Satanás?”, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la Historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como un ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, quien con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por una borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores, que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre, ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suya suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: “¿Las uñas de Satanás?”. Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este panfletario de difícil repetición.

Julio Flórez, poeta esencial

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva en secreto a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad  con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de un manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como una leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos (serenatas a él mismo) en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo de un alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla. Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todos nos llega tarde, hasta la muerte…”

Bogotá, 2005.