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La eterna juventud

domingo, 22 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

«La vida de un hombre no pasa generalmente de 60 oc­tubres», decía Jaime Barrera Parra, por allá hacia 1915, y murió cuando contaba 43 años de edad. Quitándole el hado siniestro de esta muerte prematura, sus células nor­males hubieran traspasado aquella frontera de no haber quedado su huma­nidad aplastada, en plena ma­durez física y emotiva, por un teatro de Medellín.

De entonces a hoy —y ya han corrido 40 años— ha decrecido el promedio de supervivencia bajo los rigores de la angustia, del sofoco de nuestros días que atropella el ritmo de la vida, imponiendo caducos marcapasos incapaces de remplazar lo auténtico con lo artificial.

El organismo humano, cada vez más caduco, más frágil y desnutrido, más saturado de impurezas y de ansiedades, se doblega sin remedio ante el ímpetu de fuerzas que todos los días limitan más el ciclo vital. La raza viene en decadencia, y las defensas, pese a las nove­dosas y progresistas in­cursiones de la ciencia, son desequilibradas para contener el deterioro de la humanidad.

Acaso ciertas píldoras y jaleas misteriosas —misteriosas más por la sugestión que inyectan, que por su eficacia— y tratamientos epidérmicos que borran arrugas y enderezan miembros atrofiados, logran remozar fachadas averiadas e inocular calorías y revivir dormidos entusiasmos. Pero la vejez no se detiene, por más que la piel se desdoble con planchados plásticos.

Se pregona el hallazgo de terapias y de atrevidos medicamentos a base de magnetismos y de soplos milagrosos, dentro del tonto empeño de querer prolongar eslabones que, por fuerza, han de reventarse bajo el peso de la inercia.

El hombre se aferra a la vida en desesperado esfuerzo por retener energías que se merman y se destruyen con incontenible rapidez. Busca la fuente de la eterna juventud. Pero se encuentra de pronto viejo en la mitad de la jornada. Se ve desmejorado, se toca marchito y se detiene perplejo ante la juventud que ya torció la es­quina, y mira asustado el porvenir que le llega atropellándolo.

Saber envejecer es un arte. La mayor sabiduría de la vida consiste en aprender a vivir ca­da día a plenitud, sin temor al siguiente y sin nostalgia del anterior.

Suponen los japoneses que al tomar un baño en una tina de oro puro asegurarán un año más de vida. Eso cuenta una revista, y dibuja, entre tantas frivolidades de la época, a un vejete sacudién­dose entre las aguas de una canoa de oro avaluada en un millón de dólares. ¡Vaya puerilidad más necia y estafa más improductiva!

La ley colombiana consagra una pensión de jubilación por veinte años de servicios, sobre la base de haber vivido 55 años de vida, si es varón; porque si es mujer tiene una rebaja de 5 años de su calendario, en un raro privilegio para el bello sexo, que según la ley natural, refrendada por la superviven­cia de tanta viuda joven, demuestra superior potencia que el hombre.

Pero en uno y otro caso la ve­jez remunerada resulta una utopía y al propio tiempo un juego de azar en este mundo de ilusiones, de píldoras energé­ticas, de masajes rejuvenecedores y de sumergidas en tinas milagreras.

El Espectador, Bogotá, 1-II-1975.

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A propósito de chinches

jueves, 12 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Largos insomnios le costó a un científico parisiense descubrir que la chinche, ese vulgar insecto de los ho­teles de mala muerte y de ciertos ma­lolientes hogares, es el mayor depra­vado del mundo animal. Algo gana el hombre con estas investigaciones. Le ha aparecido un espécimen que no so­lo compite con la innata y a veces re­finada ferocidad animal, sino que este «tigre de alcoba» o «bestia», como se le llama en dos tratados que tengo a la vista, va a resultar arrebatando títulos de que no quiere despojarse el hombre.

El insomne investigador demostró que se trata de un insaciable vampiro que ejercita sus armas en pájaros, murciélagos y seres humanos. Lo cual es ya bastante. Tanta es su sevicia, que no se conforma con ser un supli­cio más, sino que se emponzoña en los otros exprimidores con que cuen­ta la humanidad. Ha sido el hombre, con todo, el mayor vampiro de los siglos, afirmación categórica, así resul­te de pronto metido en los palos.

Asegura el profesor ante la Academia de Ciencias Naturales de Francia que este insecto es un vil carnicero. Esto no se opone a que el hombre sea menos bárbaro, en el extenso sentido de la palabra, y para sostenerlo basta repasar las páginas de los diarios, salpicadas con atro­cidades y salvajismos. No solo es vam­piro el que chupa la sangre, sino tam­bién el que en cualquier forma vive a expensas del prójimo.

Si media humanidad vive de la otra media, se deduce que medio mundo tiene características comunes con la chinche. Acertado enfoque que revela un símil del hombre. Si la investigación no ha dado un resul­tado consolador por el parecido que nos encuentra, se trata de un nuevo progreso científico al afirmar la teoría de Darwin sobre nuestros componentes animales, con la diferencia de que mientras estudiosos como Desmond Morris o López de Mesa nos asocian con el mono y el pez –atractivos representantes del reino animal–, el profesor francés nos rebaja a la ca­tegoría de repugnante chinche.

Quedan a flote, además, las abe­rraciones sexuales de esta bestia que no   conoce  el   método  normal de acoplamiento y resulta fecundando a la hembra con dolorosas inyecciones que le inocula en el abdomen. Y, lo que es peor, la chinche masculina no distingue demasiado entre ambos sexos y con frecuencia inocula a otro macho.

Se trata, sin la menor duda, de un consumado pervertido sexual, que no solo es torpe para hacer el amor, sino también ciego. ¿Acaso no es lo mismo que ocurre en nuestro mundo social? Es el vampiro humano más recalcitrante que el «tigre de alcoba», y si no que hablen muchas alcobas.

Plagado está el mundo de vampiros que succionan la honra ajena, que se enriquecen a costa de los demás, que inoculan gérmenes dañinos, que inyectan perversión y sadismo… Al pro­fesor Jacques Carayon, que tal es el nombre del científico, le faltó rea­firmar la teoría del origen de las especies para concluir que el hombre proviene también de la chinche, si son tantas sus afinidades.

El Espectador, Bogotá, 15-V-1974.
La Patria, Manizales, 27-V-1974.

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El desnudismo, una mentira

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No se resigna el hombre a permanecer en la penumbra y su instinto de notoriedad lo empuja, por no decir que lo obliga, a idearse los más exóti­cos medios para llamar la atención. La ley primaria de la conservación es la mayor fuerza creadora del universo, gracias a la cual se vive en permanente actitud de defensa frente al mundo voraz y cada vez más estrecho.

Aun las civilizaciones más anti­guas, en remotos tiempos donde la competencia por la vida era holgada y no había llegado el planeta al hacinamiento y los aprietos actuales, se unían en grupos para afrontar los peligros, las vicisitudes cir­cundantes. Era entonces acaso más placentera, me­nos agobiante la existencia, si bien cada época está marcada por sus propios problemas.

La humanidad, que ha probado los más diversos procesos de evolución, desde la edad de piedra hasta la supersónica del momento actual, vive ahora el ensayo del grito, del frenesí, del exhibicionismo. Con­tinúa el hombre dentro de su secular hábito de no conformarse con el ostracismo y protesta a pulmón lleno al sentirse asfixiado.

Nació, ayer no más, la moda «jipi» (palabra esta que los académicos, si no lo han hecho, deben patentarla cuanto antes, por expresiva), en un es­fuerzo malogrado de escape, de fugas imposibles, de irrealidad. Tonta manera esta de buscar la felicidad en los espacios siderales, tan distantes co­mo quiméricos, rebelándose en vano contra los mol­des de esta sociedad galopante.

No se combate la frustración con sueños sicodélicos ni con evasiones momentáneas. Pero estos protagonistas del ocio, trotamundos sin brújula ni equipaje, protestan, gritan, reaccionan en las formas más extravagantes contra los convencionalismos sociales, sin lograr descubrir el paraíso que todos buscamos.

Su reacción contra el mundo acicalado y con­formista que ellos piensan que es el causante de tanto infortunio, resulta estéril empeño. Todos es­taríamos matriculados en su movimiento si supié­ramos que la paz es conquistable con unas prendas andrajosas, con dejarse crecer la melena y la sucie­dad, con practicar el amor libre o inyectarse traicioneros soporíferos. Caduca escuela esta que, sin darse cuenta del todo, ha retrocedido en lugar de avanzar, al volver a la edad de las cavernas.

Es la era de la inconformidad. La ciencia, con sus prodigiosas evoluciones y sus intransigen­tes avances, acaso ha distorsionado esta época que debería ser más pausada. El ser humano, no pre­parado para tan acelerada metamorfosis, no asimila el progreso, la locura de nuestro tiempo, y resulta un desadaptado.

Por eso grita, por eso protesta, por eso busca la evasión. No lo consigue, ni nunca lo conseguirá, pues tal es la sentencia que pesa sobre la humanidad. Pe­ro se desespera, y rabia contra el sistema, y atropella a sus semejantes. Y hasta se rasga las vesti­duras, alegando, con Poncio Pilato, su mentirosa inocencia. Si el mundo debe recomponerse, no se logrará con frágiles voces en el vacío.

Tampoco desnudándose en público. Es otra fór­mula de protesta, imitada por la misma escuela de frustrados, de uno y otro sexo, y sin duda también de bufones, que anda dispersa esperando la inven­ción de nuevos sistemas para hacerse notar. Será por mucho tiempo, contra la prohibición y los rega­ños de las autoridades, y por eso mismo, un excelente medio para reírse de la sociedad.

Es otro recurso de evasión. Pintoresco, o ridículo, u obsceno, según la lente por donde se mire. Y tendrá más adeptos mientras mayor sea la prohibición y mien­tras se dispense más publicidad. El desnudismo se­ría, así, no solo una evasión, sino también una invasión.

Pero el insalubre método terminará extinguién­dose, pues hay cosas que se atrofian por cansancio y por falta de vigor. Hoy por hoy mentes mojigatas y asustadizas le están dando categoría al invento y estimulando el desnudismo que, así practicado, ni es morboso ni es provocativo. Quizás más bien tenga alto grado de infantilismo, si se piensa que la paloma de la paz no se enlaza con carreritas ner­viosas ni con cuerdas destempladas.

La Patria, Manizales, 4-IV-1974.
El Espectador, Bogotá, 15-IV-1974.

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El lustrabotas

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los lustrabotas del Quindío, un gre­mio organizado, escogieron este año la festividad de San José Obrero para fes­tejarse a sí mismos. Designaron su patrono y le pidieron a la ciudadanía que se acuerde de ellos cada 19 de marzo. Un solo día al año, a cambio de la constancia y la efectividad de este me­nudo servidor público que ayuda a la gente, en inevitables jornadas de sol a sol, con una caja de madera portadora de betunes, de cepillos, de telas y hasta de raras combinaciones acuosas, dócil instrumental en manos suyas con el que acomete la dura defensa contra un destino áspero.

Es el lustrabotas personaje fami­liar, pero olvidado. Anda de calle en calle, de café en café, vendiendo sus servicios a trueque de no dejar enveje­cer el calzado. Requiere de habilidad y de cierto toque artístico para que el cliente, tras escasos minutos en que debe borrarse el lodo, evaporarse el polvo y resplandecer el cuero, quede satisfecho y vanidoso.

Ser lustrabotas no solo consiste en embadurnar el cuero y darle brillo. Es­ta competida profesión no admite co­sas a medias. El trapo o el paño han de ser manejados con maestría en perse­cución de las suciedades que han pene­trado hasta las más ocultas costuras, para luego dejar tersa la superficie, que tal es la pretensión de ciertos parroquia­nos –falsos o pedantes intérpretes del poeta cartagenero– que siguen con­vencidos de que no hay como los zapa­tos viejos y olvidan que existen grietas que ya no se detendrán, o arrugas cada día más protuberantes, o fealda­des imposibles de mejorar.

Este humilde servidor de la humani­dad gana sus diarias batallas armado de fáciles herramientas de trabajo que co­bran, en su poder, significado y noble­za. Pocos oficios tan honrados como este donde la vida discurre con esfuer­zo, con tenacidad, con pulso firme. Es un amigo imprescindible de la civiliza­ción, aunque para proporcionar con­fort y limpieza tenga que vivir mu­griento, y quien, como pocos, tiene acceso a los diferentes niveles sociales de donde extrae confusos conoci­mientos de todos los aconteceres, que lo empujan a parlar de política, de eco­nomía o de sexo, de corrido y con chispazos geniales, cuando no a aseve­rar deslices o inconcebibles devaneos de algún parroquiano.

La letra menuda entra fácilmente por el oído del lustrabotas, pero la noticia suele desparramarse en sus labios. Aun­que así sea, su ingenua sabiduría lo convierte en sagaz traductor de este mundo que no es menos engañoso en mentes superiores.

Apenas justo que el lustrabotas tenga su día y bien escogido a San José como su padrino para que en adelante las cajas de madera salgan mejor pulidas de su taller. Grato tratamiento este de ponerle claridad a las prendas deslucidas. Con una buena lustrada se siente como si se desmanchara la conciencia. Y hay toda una poesía en el arte de rociarle colorido a la vida sacándole música a un par de zapatos  viejos.

La Patria, Manizales, 8-V-1974.

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El diablo anda suelto

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Humor a la quindiana

Por: Gustavo Páez Escobar

La advertencia del Papa Pablo VI so­bre la existencia del diablo ha desen­cadenado los más diversos temores, pues no todo el mundo entiende que este personaje bíblico no tiene figura corporal, aunque sí está invisiblemente presente a todo momento, como el principio del mal que es. Querámoslo o no, lo llevamos a cuestas, cuando no es él quien hace lo propio, y pende de nuestra vida como el símbolo de la maldad.

Muchos, empero, ante las pa­labras papales temen encontrarse con este fantasma que la imaginación (por lo menos la mía, en un ayer ya supe­rado) lo representaba resoplando can­dela por todos los orificios, rojo de la rabia y de la vergüenza por habérsele despojado de su privilegio de príncipe de los ángeles rebeldes y listo a embes­tir con su tridente implacable y su mortífera cornamenta.

Hoy para mí no existe el espíritu maligno así encarnado, lo que no obsta para encontrarme con él a diario y a cada instante, vestido de las más disími­les maneras. No soy, contra lo que pueda de pronto sospecharse, un pose­so como la sordomuda de Usaquén de que habla algún periódico, en quien han fracasado todos los exorcismos e intentos parasicológicos, pues sigue ella de todas maneras soñando con el ejército de diablos que toda una vida la ha perseguido en plan de violarla, sin que las visiones hayan pasado de ser simples amenazas. Como la anciana es muda y sorda, y esto da lugar para pen­sar cualquier cosa, puede suponerse que los tales demonios no son otros que sus propios semejantes en quienes ha encontrado sin duda siniestras in­tenciones.

Harto me esforcé inculcándole a cierto amigo que no fuera crédulo, que no fuera liso, que dejara de ser tan pendejo, sin que me escuchara ni cre­yera en mis admoniciones, hasta que terminé viéndole crecer los cuernos que su mujer le puso. Pobre diablo este que, al igual que muchos, creen que todas las esposas son unas santas y olvidan que la mejor concepción del demonio es, ni más ni menos, con cola y con cuernos.

La Iglesia, a través de los siglos, ha reunido siempre el bien y el mal como fórmula inseparable de la natura­leza humana. Donde hay algo sano, siempre existirá el espíritu dañino tra­tando de atacarlo y de corromperlo. En el arte gótico eclesiástico se en­cuentran demonios retorciéndose al compás de danzas desbocadas y provis­tos de estridentes con los que arrojan las almas al infierno, figura esta de in­dudable provecho para la sana Edad Media.

En otros casos aparece el mal representado por un horripilante dra­gón que yace aplastado bajo los pies del santo. Sucede, en nuestros tiem­pos, que el mundo se ha desquiciado al influjo del desenfreno y es la voz del Papa la que se deja oír para recordar, cuando la perversión es tanta, que el diablo anda suelto.

Por ahí en las esquinas hay mucho ingenuo esperando verlo en carne y hueso. Y es posible que sueñen con él, cuando es tanto el miedo y la sensibi­lidad hacia este reptil que, sin darse cuenta los muy tontos, está dentro del propio ser, tratando de imponerse en la conciencia.

Y es que el Diablo, a quien esta vez le doy la solemnidad de una mayúscula, tiene muchos intérpretes. Lo conoce­mos como el «cojuelo» Asmodeo pa­seando por Madrid durante la noche y desentejando los techos, con un es­tudiante de la mano, para ver cuanto pasa en las puras e impuras intimida­des.

Desde siempre el hombre es un ser enredador, travieso y malévolo. ¿No ha visto usted, acaso, en su vecino, en su amigo, en su pariente, este siniestro personaje de Vélez de Guevara? No es­pere hallarlo con tridentes y vomitan­do chispas, pues a todo momento pasa a su lado con otra forma, si es que Asmodeo no se ha reencarnado en us­ted mismo cuando le da por ser fisgón y meterse en la vida privada de los de­más.

Una de las mayores condiciones demoníacas es la astucia. Y la astucia engendra la picardía, el engaño, la raposería, el dolo, la envidia, la usura, la calumnia… ¿Será preciso designar más diablejos para convencernos de que el Papa no se equivoca? Además, por ló­gica, el diablo es de pésimo genio, co­lorete y muy feo; aunque, por otra parte, habiendo sido Lucifer, o sea, ple­no de luz, conserva signos distin­guidos, lo que indica que nadie se salva de tener ingredientes satánicos, acen­tuados o en potencia.

Yo pintaría, en esta era moderna, mi propio diablo: un ser elegantón, muy cachaco, a veces feo, a veces her­moso, de ojos azules, signo de vi­veza, pero también de veneno, ágil, parlanchín, con sombrero ocultándole los cachos, sociable quizás, aunque sul­furoso, de pronto intelectual, de pron­to ignorante, astuto o falsamente apo­cado… Suministro tales rasgos genéri­cos para quienes andan despistados. Y en alguna parte le colocaría la cola. No debe olvidarse, finalmente, que el mundo no solo está poblado de demo­nios, ya que el mal no distingue sexos, y la diabla es la mujer del diablo.

La Patria, Manizales, 22-III-1974.
Revista Ventanilla, Banco Popular, junio de 1975.
El Espectador, Bogotá, 13-V-1983.

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