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Archivo para octubre, 2013

Cien años de historia

lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Grata sorpresa nos proporciona Luis Carlos Adames, investigador silencioso del periodismo de antaño, lo mismo que de los hechos históricos que giran en derredor, con la publicación del libro que lleva por título Del centenario al bicentenario, al que le agrega la siguiente anotación: Historias de gobiernos, periódicos y periodistas, 1910-2010.

Varios años le demandó al autor la confección de este trabajo minucioso que hoy ve la luz en denso volumen de 518 páginas en gran tamaño, impreso por la Editorial Lealon, de Medellín. Al programa se vinculó la Asociación Nacional de Linotipistas (Andel), de la que es presidente Luis Carlos Adames desde 1997. Andel es una entidad casi centenaria, pues nació en 1923, lo que indica que se trata de un gremio que corre casi parejo con el recorrido de la obra. Es la agrupación gremial más antigua de Colombia.

Adames es uno de los mayores representantes de la linotipia que quedan en el país. Inició su actividad en Cromos y en El Tiempo, y en este último se convirtió en la mano derecha de Calibán en cuanto a la comprensión de sus artículos se refiere, los cuales, escritos en letra menuda e indescifrable, nadie más que Adames era capaz de traducirlos para llevarlos a las páginas del periódico. El asesor de Calibán se había especializado en Sao Paulo, y años después de su labor en El Tiempo pasó a dirigir durante dos décadas la Imprenta del Banco Popular, la que iniciaba la extraordinaria labor que se llevó a cabo con la serie bibliográfica que bajo los auspicios del presidente de la institución, Eduardo Nieto Calderón, tanto beneplácito recibió en el país.

La maestría de Adames fue fundamental para dicho cometido. Él mismo realizó dos grandes  ejecuciones dentro de la serie mencionada: las antologías Escritos escogidos de L.E.N.C (5 tomos) y Obra escogida de Alfonso Bonilla Naar (2 tomos). Además, es autor de los siguientes libros: Calibán y la prensa de opinión, Periodistas, violencias y censuras, y Otto, el periodista que negoció la paz.

Luis Carlos Adames sale ahora con la obra gigante a que se refiere esta nota. Esto de reseñar los hechos sobresalientes que han ocurrido en los gobiernos y en el periodismo del país en los últimos cien años es tarea colosal. No es un tratado de historia, sino la relación sucinta de los principales sucesos, con análisis ágiles sobre cada caso y cada persona, y con prescindencia de juicios críticos, pues tal no es el objetivo de la obra.

De lo que se trata es de presentar el curso de los días bajo el liderazgo de los gobernantes y de los protagonistas del periodismo (ramas esenciales en toda democracia, y que deben ser independientes), donde se hace énfasis en los capítulos más notorios que han marcado la historia colombiana en el ciclo referido. Se ofrecen datos biográficos de los personajes y abundante material gráfico, a fin de que el lector se oriente con facilidad y amenidad dentro de este inventario objetivo y bien discernido. Y busque, si lo desea, otras fuentes de estudio, que las hallará sobre todo en obras de estricto orden académico.

“La información genera la opinión”, se anota en las palabras liminares. A pesar de su extensión, la obra se deja leer con interés y agrado. Es una guía, una síntesis, un libro informativo, elaborado a base de textos breves, concisos y definidores. Es esta condición notable en la escritura del autor, y de ella ha hecho gala en sus libros anteriores. Por lo tanto, es obra valiosa para toda clase de lectores, y merece nuestra voz de aplauso.

El Espectador, Bogotá, 9-III-2012.
Eje 21, Manizales, 9-III-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 10-III-2012.
Revista El Velero, Coempopular, # 21, agosto de 2012.

* * *

Comentario:

Con mucho interés leí la nota sobre el libro que acaba de editar Luis Carlos Adames, y sentí mucha nostalgia pues hace muchos años compré el libro sobre Calibán –a quien leí y admiré mucho– también escrito por Adames. El libro sobre Calibán lo releo de vez en cuando pues jamás pasará de moda. En verdad haces un justo homenaje a un escritor tan talentoso como Adames, que ha pasado desapercibido por el grueso del público, mas nunca ignorado  por el gremio de las letras. Luis Quijano, Houston.

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Los destrozos de la selva

lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando en julio de 2008 fue rescatada Íngrid Betancourt de su prisión en la selva después de permanecer seis años en poder de las Farc, dijo que lo que allí hubiera podido ocurrir en el terreno sentimental, allí se quedaba. A partir de ese momento iniciaba una nueva vida. Esto equivale al borrón y cuenta nueva que en determinadas ocasiones es preciso ejecutar para olvidar los actos, disgustos o errores del pasado, y seguir camino adelante como si nunca hubieran existido.

No sé hasta dónde sea posible lavar la mente y la psique para prescindir de los recuerdos incómodos que en el presente caso giran alrededor de las experiencias selváticas que vivió la protagonista. Lo que sí sé es que la selva no es un mundo común, sino un mundo lejano y misterioso, a veces fantástico y otras tétrico, que solo pueden definirlo las personas que allí han morado. Cuando esas personas han estado sometidas a los vejámenes y las torturas de que fueron víctimas Íngrid y sus compañeros de cautiverio, la situación toma contornos mucho más dramáticos.

Antes de caer en poder de las Farc, Íngrid llevaba un matrimonio feliz con su esposo Juan Carlos Lecompte. Así lo sostiene ella en la declaración que dio a la revista Bocas, en la edición de febrero. Pero el amor se acabó en la selva. Diversos factores se interpusieron para que la armonía conyugal se hubiera deshecho en corto tiempo. “Yo lo quería mucho. Él era mi llave”, exclama Íngrid, y revela que un día su ídolo se vino al suelo cuando supo que andaba de novio. Mientras tanto, ella padecía los suplicios de la selva.

Por su parte, Juan Carlos le atribuye una posible infidelidad conyugal durante el cautiverio. La misma Íngrid narra –en su libro testimonial No hay silencio que no termine– algunos vínculos suyos, que podrían considerarse sentimentales, con amigos en desgracia surgidos bajo la tremenda soledad y el implacable desamparo de la manigua. El país recuerda el momento en que los esposos se encontraron después de los seis años de la separación, donde se les vio fríos y distantes.

El amor intenso de sus días felices se lo llevó el viento de la selva. Ante eso, no quedó otra fórmula que el divorcio, que se formalizó en noviembre pasado. Hoy están enfrentados por asuntos económicos, y no de poca monta, ya que Juan Carlos no solo busca el 50 por ciento de los bienes adquiridos durante el matrimonio, sino la misma proporción por las regalías que han reportado los dos libros famosos de su exesposa. Regalías que representan una cifra considerable, ya que por el último de los libros la autora ha recibido más de seis millones de dólares.

Ella, por su parte, rechaza semejante pretensión con el argumento de las capitulaciones que firmaron antes de casarse. “Lo de él es lo de él y lo mío es lo mío”, le dice Íngrid a la revista Bocas. Sea como fuere, lo cierto y deplorable es que el epílogo del romance haya llegado al vulgar terreno de la plata. Como el pleito lo mueven expertos abogados, la reyerta es seria. Y amarga, claro está.

Extinguida la unión conyugal, los destrozos de la selva son evidentes. Esa selva cantada por José Eustasio Rivera –“esposa del silencio, madre de la soledad y la neblina”– produce en este caso y en otros conocidos, o que se mantienen en silencio, graves desgarros en el alma de las parejas. Cada secuestrado arrastra un drama a veces catastrófico. Las secuelas del secuestro, que suelen quedar en el secreto de los hogares, no respetan siquiera los dominios del amor. Aquí se prueba que el amor no es eterno, por lo mismo que el corazón es incierto e impredecible.

El Espectador, Bogotá, 1-III-2012.
Eje 21, Manizales, 2-III-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 3-III-2012.

* * *

Comentarios:

Su columna me pareció muy bien escrita, como corresponde a un escritor y periodista de su trayectoria. El tema no fue de mi agrado. Ya leímos el libro de doña Íngrid y ya conocimos detalles suficientes del término de su relación con don Juan Carlos. La parte mezquina, y un poco miserable, de las ambiciones de ambos, para mí, carecen de importancia y considero que no son ni noticia ni tema de interés. Gustavo Valencia Garcóa, Armenia.

Eso pasa cuando estas relaciones están pegadas con babas: con la primera dificultad, se rompen, y cada quien le tira la culpa al otro, siendo todos, los culpables de este rompimiento; y si hay dinero o protagonismo de por medio, los dos, o cualquiera de ellos, se sienten con más derecho a opinar o a reclamar, y en ese orden de ideas, le echamos la culpa a la selva, mas no a nuestra relación salvaje. Pachopacho (correo a El Espectador).

Habrá que estar en la ropa de un secuestrado para saber lo que se siente. Por eso yo le perdonaría a Íngrid, pero no esa imagen de subestimación de su pareja. Aunque él reciba mucho dinero, creo que le falta carácter. Tenemos que respetar a las mujeres, pero también a los hombres. Marmota Perezosa (correo a El Espectador).

Creo que las condiciones que se viven como secuestrado en la selva son excepcionales y se debe relativizar cualquier acto o palabra dicha durante este lapso. Dalilo (correo a El Espectador).

Solo agregar la enseñanza bíblica: «El que esté libre de culpa que tire la primera piedra” Rodrigo Otálora Bueno (correo a El Espectador).

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Mujer

lunes, 28 de octubre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

La mujer ha subyugado al mundo. Admiro en ella la sutileza, la fragancia, el porte airoso, su fe­minidad. La mujer es el bálsamo de la vida. No le exijamos mucho, como no se le pide a la rosa que deje de tener espinas para que sea deslumbrante. Por un rostro hermoso, por un talle esbelto, por una sonrisa acariciadora, el hombre es capaz de brin­dar un imperio. Y agreguémosle un alma sensitiva y un corazón apasionado y tendremos la mayor maravilla del universo. Su delicadeza se parece mu­cho a los finos cristales que brillan porque son re­fulgentes, pero que se rompen porque son frágiles.

Armenia, 1977.

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Tres poetas

jueves, 10 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Jorge Gaitán Duran.– La revista Mito, fundada por Gaitán Durán en 1955, sembró un hito en Colombia y en América Latina y se convirtió en brújula del talento y del quehacer literario. Conforme crecían sus páginas, el escritor enriquecía su obra en diversos campos (el cuento, el ensayo, la dramaturgia, el periodismo) y afianzaba, sobre todo, su vena lírica como cantor de la mujer, la angustia, la sensualidad, el recuerdo, el amor, la muerte. En peregrinaje por Europa, su poesía adquirió nuevos acentos y tono universal. El erotismo en su obra siempre caminó al lado de la muerte, y entrelazados estos conceptos como la savia y el final de la vida, urgió a la carne para que se fundiera con eI espíritu. Parecía como si caminara de afán por el mundo, en busca del placer estético y del goce de los sentidos. Su actitud reverencial ante la muerte –el tánatos sagrado de los griegos– marca su escritura con anuncios de predestinación y con destellos de inmortalidad. Murió joven –en 1962–, en un accidente de aviación. Apenas tenía 38 años de edad. Su muerte trágica se convirtió en ofrenda a su obra. Y creció su mito en Colombia. (Se publican los poemas Sé que estoy vivo y Quiero).

Carlos Castro Saavedra.– Su vocación literaria se manifiesta desde muy joven en Medellín, donde él nace en 1924. Diversas facetas de la poesía conforman su obra: el amor, el dolor, la patria, la naturaleza. Sus versos poseen vigor y expresión y están imbuidos de delicadeza, ternura, armonía, color y sentimiento. Vasta es su producción, y el nombre del escritor perdura en las nuevas generaciones colombianas a pesar del paso del tiempo. A veces se va por los temas de la violencia, como una incitación a la paz. No solo es polifacética su creación lírica, sino que está elaborada con lenguaje pulcro y galano. Su poema Mensaje de América fue premiado en un concurso realizado en Berlín. El nombre de la patria resuena en diversas composiciones, y el poeta es un enamorado de los campos, los ríos, los caminos y las montañas. Además, se desplaza al mundo de los niños y les enseña a soñar. (Se publican los poemas En ti beso la patria y El mundo por dentro).

Carlos Pellicer.– Desde que Pellicer apareció en Bogotá como agregado cultural de la Embajada de Méjico, a finales de la segunda década del siglo pasado –y cuando no había llegado a los veinte años de edad–, ya despertaba interés por su vivacidad intelectual. Su precoz vocación literaria se reflejó en 1921 con su primer libro, Colores en el mar, editado en la capital colombiana. Desde entonces, toda su obra literaria, que es amplia, tendería hacia el mismo objetivo: interpretar al hombre con mirada universal y recoger el concierto del mundo en la parábola de la poesía sensorial y descriptiva, que es la suya. Bajo esa óptica, captó el alma americana y escudriñó los secretos de la tierra. Es la suya una visión pluralista que se recrea en sus lares de Tabasco para luego tomar vuelo cósmico. Se le conoce como «el poeta de América» por sus raíces telúricas, pero la definición va más allá: es un poeta del orbe. Su obra lírica tiene el color de la tierra y el alma de las emociones. La maravilla del poema se la transmite la presencia de Dios en sus versos, convertidos en canto perenne al amor, la belleza, el paisaje, la magnitud, en fin, de todo lo creado. (Se publican los poemas Deseos y Al dejar un alma).

Prometeo Digital, Madrid (España), agosto de 2006.

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La vida sonreída

jueves, 10 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

(Palabras en la solapa del libro La vida sonreída,

de José Jaramillo Mejía)

En 1980, cuando vivía en Armenia, conocí el primer libro de José Jaramillo Mejía: A mitad de camino, y tres años después, residente de nuevo en Bogotá, leía su segunda obra: ¿Qué hay por ai? Y pasaron 22 años para volver a tener noticia bibliográfica del jovial amigo quindiano, que desde vieja data se encuentra radicado en Manizales, donde ha cumplido destacada labor cultural, tanto a través de su columna permanente en el diario La Patria, como de diversas expresiones de su inquieta inteligencia.

Su último libro, La vida sonreída, representa, fuera del grato reencuentro con el dilecto colega de las letras y el periodismo, la ocasión de unir los eslabones distanciados por los azares del tiempo. Y de saber, por otra parte, que su creación ha sido perseverante, con ocho obras publicadas. Sus amenas crónicas sobre la vida cotidiana tienen la virtud de pintar el ambiente comarcano con toques de gracia, naturalidad y viveza. De los sitios por donde discurre su existencia, saca siempre motivos de reflexión para conjugar los sucesos menudos y transformarlos en paradigmas de la sociedad.

Interpretando la aldea, con sus hechos comunes y sus personajes pintorescos, dibuja el alma universal de los pueblos. Su humor vivencial, que no deja decaer ni en circunstancias adversas y que hace de su literatura un hervidero de ocurrencias sutiles y geniales, es el nervio de toda su producción. Incluso cuando formula discrepancias o censuras, se vale del gracejo y de la sátira mordaz penetrada de simpatía. Es frecuente hallar en sus páginas filones de filosofía y dardos de jocosidad.

Hasta con la muerte es juguetón. Esto se evidencia en los sorprendentes versos que titula 12 sonetos para leer después de muerto, que hacen parte de su «vida sonreída». Poemas de fino humor, a lo Luis Carlos López, llenos de ironía y encanto. Este cortejo con la parca hace pensar que ni siquiera en el último trance dejará su estilo bromista e ingenioso que lo salvará de los sinsabores de la despedida final.

2006.

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