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Las memorias de Alberto Lleras

domingo, 25 de julio de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar

Alberto Lleras Camargo, uno de los mayores estrategas de la política colombiana y conocedor como pocos de los reflujos del país, escogió la ocasión precisa para anunciar su retiro de la actividad pública. Muchos calcularon que su decisión sería revocada y formularon votos de esperanza para contar con sus luces cuando arreciara la tormenta.

Otros, al revés, pensamos que su actitud era inmodificable, y el curso de los días nos lo confirmó. Partícipe desde temprana edad en los sucesos nacionales y promotor de no pocos actos del ajetreo político durante cerca de sesenta años, se sintió con derecho a obtener de su partido y de la patria permiso para recogerse en su vida privada. No era la suya una emergencia ni una táctica. Era un propósito maduro, sin duda difícil, y por lo demás una aspiración justa de quien había dedicado lo mejor de sus energías y de su inteligencia al bien común.

Dejaría de ser el escritor público que había librado decisivas batallas en la contienda de las ideas y que había influido en el rumbo del país con su sagacidad y su curtida experiencia, para convertirse en el sereno ordenador de sus propias memorias. Aislado del bullicio mundanal en la placidez de su refugio de Chía, y frecuentado solo por un estrecho número de amistades, no se dejó convencer por la tentación –que para él ya no lo era– de saltar de nuevo a la arena política.

Se consideraba relevado de nuevos compromisos y sólo aceptó, en excepcional ocasión, el encargo académico de exaltar en Barichara la memoria de otro gran patricio, Aquileo Parra, circunstancia que no rehusó a fin de recordar a la clase dirigente las virtudes de uno de los más probos conductores del país.

Las salidas de Lleras Camargo, lo mismo que sus silencios, suscitaron siempre especial interés en el ánimo de los colombianos. En no pocas ocasiones fue el árbitro indiscutible para solucionar pugnas internas dentro de su partido y crear sucesos en el panorama nacional. Esta vez se confirmó, ya de manera inequívoca, el retiro del caudillo.

Su oración ante el recuerdo de don Aquileo, trabajada con los ingredientes que deseaba inyectarle, y pieza maestra como todas las suyas, a más de polémica para mover el marasmo de ciertas conductas, despertó, a cambio de la sorpresa política, temas de reflexión para los dirigentes del país, a quienes encareció volver los ojos al pasado glorioso y no enredarse en la política menuda.

Comprometido con el empeño de rescatar sus recuerdos, se mete en su propia existencia para narrar sus impresiones y añoranzas sobre los hechos y los hombres que influyeron en su vida. Retrocede al siglo XIX en busca de sus ancestros, y surge una generación de generales y guerreros, de maestros y políticos, con fondo de batallas y  tensiones permanentes, que fueron el mayor espectro del país en aquella centuria marcada por irreconciliables refriegas partidistas.

Con énfasis y orgullo, Lleras Camargo se reencuentra en sus recuerdos con su abuelo “formidable”, Lorenzo María Lleras, cuya personalidad lo seduce. Esa sombra patriarcal contribuye a plasmar el carácter del historiador que buscando sus raíces se ve sugestionado por la estampa señera. Al bautizar el primer tomo de sus memorias con el nombre de Mi gente, apuntala un ángulo imprescindible de su carácter.

Y es inevitable que al repasar sus orígenes se detenga en los campos de Boyacá y  Cundinamarca, de donde provienen los Lleras y los Camargo, “las dos familias democráticas y sencillas”, y se solace en el ámbito campesino donde transcurrió su primera infancia. El hombre requiere volver con frecuencia a la niñez, no solo con la memoria, sino sobre todo con la emoción, para encontrase consigo mismo y descubrir las claves de su existencia.

Este primer libro de sus memorias, dedicado casi por completo al recorrido de las dos familias por entre guerras y afectos hogareños, resume importantes trozos de historia patria y revela los primeros perfiles de la vigorosa personalidad del propio memorialista. Forjador de buena parte de la vida del siglo pasado, Lleras Camargo fue testigo de excepción para dejar su testimonio sobre grandes episodios nacionales.

Con prosa brillante y aguda penetración sobre las personas y los hechos, pocas plumas tan maestras como la suya para desentrañar la historia y dar a los sucesos su cabal interpretación. Cuando en Mi gente evoca sus recuerdos, matizados con la elegancia del pensamiento y el garbo del estilo, es como penetrar en mundos fantásticos que sólo logra plasmar el verdadero escritor.

Nadie, por lo tanto, tan indicado como él para entregarle al país las memorias que planeaba dentro de la serenidad de su senectud vivificante. Por desventura, luego del primer tomo le sobrevinieron serios quebrantos de salud que frustraron ese empeño de largo alcance. Así, naufragó el propósito de incursionar en intensos capítulos de la vida colombiana durante el siglo XX, donde él mismo fue protagonista como político, gobernante, escritor y periodista.

Pero sus escritos, discursos e innumerables páginas periodísticas constituyen un legado imperecedero, que ahora rescata el país al celebrar el centenario de su natalicio.

El Espectador, Bogotá, 30 de mayo de 1976 y 31 de julio de 2006.
Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nos. 46 y 47, enero-abril de 1990.

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Comentario:

Excelente semblanza del gran colombiano y patriota que fue Alberto Lleras. Ojalá los políticos contemporáneos aprendieran el legado y herencia política de este prohombre: servicio a la patria y sus compatriotas sin esperar prebenda alguna, total desprecio por los bienes y recompensas materiales y un amor infinito por su patria y su partido. En síntesis, un verdadero y auténtico colombiano. Luis Quijano, Houston (USA).

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