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Una gran dama quindiana

viernes, 11 de noviembre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar

Este año se crece el Cordón de los Fundadores al serle asignado a Virginia Uribe de Botero. Acierto indudable. Su nombre simboliza todo lo bueno que tiene Armenia. Entregada toda una vida a las nobles causas de la ciudad, bien en el campo de las obras sociales o bien en el pro­greso regional, no ha conocido descanso en su apos­tolado silencioso.

Siempre prefirió la modes­tia a la ostentación, y por eso su labor discreta ha pasado inadvertida para muchos. Los que la cono­cemos de cerca sabemos que ha sido una trabajadora admirable en múltiples ac­tividades, y sobre todo en la protección a los más nece­sitados.

Faltaba que este recono­cimiento fuera público, como ahora lo es gracias a la junta encargada de con­ferir la presea municipal. La distinción se hizo esperar mucho tiempo, pero de todas maneras resulta hoy válida para destacar una vida dedicada al bien público.

Modelo de virtudes hoga­reñas, sobresale como la matrona ejemplar que levantó a sus ocho hijos den­tro de los mejores preceptos morales y cívicos. Con su esposo el médico Alfredo Botero Álvarez, muerto hace varios años, fundó un hogar estructurado por el afecto y convertido en centro del amplio núcleo familiar que se desprende de aquel tronco respetable.

Al crecer las familias, lle­gan nuevos hogares que se ramifican para continuar prolongando la especie, y no siempre conservan la unidad de la raza. En cambio, el hogar de Virginia ha mantenido el calor de los primeros años. Esto obe­dece, sin duda, al papel de esposa, de madre y de abuela entrañable que siempre ha ejercido. Su casa es toda una institución en Armenia. En ocasiones el infortunio la ha golpeado con dureza incomprensible, y ella, cual otra viuda del Evangelio, ha sabido su­perar los reveses y dar ejem­plo de fortaleza y dignidad, sin olvidar que la lucha y el sufrimiento ennoblecen a las almas grandes.

Virginia Uribe de Botero se ha ganado el cariño de la ciudad que le testimo­nia la gratitud y la admira­ción por su vida colmada de méritos, que es preciso imitar.

La Crónica del Quindío, Armenia, 13-X-1992.

 

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