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La ciudad fantasma

sábado, 16 de marzo de 2024 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 30 años, el 3 de diciembre de 1993 –un día después de cumplir 44 años de edad–, Pablo Escobar caía abatido en el tejado de una sencilla casa donde se refugiaba en el barrio Los Olivos de Medellín. Desde 17 meses atrás, cuando se voló de la lujosa cárcel llamada La Catedral, lo perseguía el Bloque de Búsqueda formado por miembros de la Policía Nacional, el Ejército Nacional y las Fuerzas Especiales del Ejército de los Estados Unidos.

Según la revista Forbes, se calculaba su fortuna en 8 mil millones de dólares, constituida por dinero, edificios, fincas y más de 500 inmuebles. Con la dinamita derribaba edificios, aviones, centros comerciales, sedes periodísticas, y con su ímpetu salvaje arremetía contra las autoridades, las instituciones y quienes pretendieran obstaculizarlo. Era uno de los hombres más ricos del mundo, y el más buscado a comienzos de los años 90.

Estuve en Medellín a finales de 1990, es decir, 3 años antes de su muerte, en una labor bancaria que duró 2 meses. Me correspondió, por lo tanto, conocer y vivir la época más tenebrosa del pánico que mantenía paralizada la ciudad y horrorizados a los habitantes. Medellín parecía un fantasma. A las 6 de la tarde la gente corría a sus hogares, y la urbe quedaba desierta, como si se tratara de un inmenso cementerio.

Quien se expusiera al azar de las calles corría el riesgo de morir bajo el fragor de las balas. Pablo Escobar ofrecía 1 millón de pesos por policía muerto. ¿Cuántos policías murieron en esa operación? Se habla de 657 entre los años 89 y 93. Lo que sucedía en Medellín se extendió al país entero al decretar el capo la guerra total contra el Estado. Imposible suponer ese grado de insania en una persona. Pero él no era un ser humano, sino un monstruo. A Hitler le heredó el instinto aniquilador.

En una alcaldía municipal descubrí el libro También fui Espectador, y supe por el funcionario que Escobar lo había enviado a los alcaldes con la intención de desacreditar a la familia Cano Isaza. El autor del libro, José Yepes Lema, había salido resentido con El Espectador tras prestar allí varios años de servicio, y elaboró la obra para difamar a sus antiguos patronos. Texto tergiversado e injusto que le cayó de perlas al facineroso para darle impulso a ese sucio memorial de agravios dirigido contra quienes lo atacaban desde el periódico.

Con su muerte, Colombia volvió a respirar. Fue el mayor asesino del país, autor de 5.000 homicidios y de la peor época de terror y sevicia. Hasta tal punto llegó su saña diabólica, que grandes figuras de la vida nacional, como Rodrigo Lara, Luis Carlos Galán, Guillermo Cano, Carlos Mauro Hoyos, Enrique Low Murtra, no se escaparon a su maldad y sed de venganza. Había nacido con el odio en el alma. Y murió como un ser rastrero que huía de casa en casa, cual otro fantasma, con 20 kilos de sobrepeso, en busca de un escondite que no encontró. Con el tiempo, su fortuna se esfumó.

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Eje 21, Manizales, 14-XII-2023. Nueva Crónica del Quindío, Armenia, 17-XII-2023.

Comentarios

Este es un escrito para la memoria histórica de los colombianos. Quienes vivimos ese horror agradecemos a nuestras Fuerzas Armadas el permitir respirar otros aires después de que el “imperio” de Pablo Escobar cayó. Eran tiempos donde cualquier ruido atemorizaba, y ver morir injustamente tantas personas afligía el alma. A eso no podemos volver: el país derramó mucha sangre y hoy, en esos 30 años recorridos, entendemos que el mal se puede apoderar de todos y que somos más los buenos que queremos para Colombia tiempos de paz. Nuestro bello país se lo merece. Liliana Páez Silva, Bogotá.

Ingratos recuerdos de esa funesta época. No se explica uno cómo puede existir un ser humano con esa mente tan perversa. También por funciones de mi trabajo me tocó viajar a Medellín varias veces por esos años previos a la muerte del criminal y pude comprobar la soledad que se vivía después de las seis de la tarde. Era impresionante. Ojalá no volvamos a tener un monstruo de esos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Leí el artículo sobre la ciudad fantasma y recordé esos terribles años que nos tocó vivir. Los colombianos no debemos nunca olvidar el terrible daño que le ha hecho el narcotráfico a nuestro país. Eduardo Archila Rivera, Bogotá.

Ciudad de horror

martes, 10 de mayo de 2022 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar 

Cada día se reportan en Bogotá alrededor de siete personas desaparecidas. Según información suministrada por el concejal Rolando González, en los dos primeros meses de este año fueron anunciadas 311 personas como desaparecidas, de las cuales 207 siguen en esa situación y tres se han reportado muertas. En el 2021, de acuerdo con datos suministrados por el Sistema de Información Red de Desaparecidos y Cadáveres –SIRDEC–, 2.446 personas desaparecieron en Bogotá, lo que significa un aumento de 401 casos en relación con los 2.045 del 2020.

En el centro de Bogotá se descubrieron las llamadas “casas de pique”, que son copia de las establecidas en Buenaventura en el año 2014. A ellas van a dar los ciudadanos que caen en esta red tenebrosa bajo los efectos de la escopolamina, y luego son sometidos a los peores vejámenes, como el robo, la tortura y la violación.

El alcaloide consumido deja a la persona alucinada e indefensa, situación que permite apoderarse de sus objetos personales y tarjetas bancarias. Este es el paseo millonario, o secuestro exprés, en virtud del cual la persona retenida suministra las claves de sus tarjetas y estas son vaciadas de inmediato.

Las casas de pique son los sitios estratégicos buscados por los facinerosos para tener escondidas a las víctimas. Unas regresan a sus hogares con graves traumatismos, y las autoridades ni siquiera se enteran; otras mueren por el exceso de la escopolamina, que es el hecho frecuente denunciado a diario por los periódicos

Para deshacerse de ellas, son desmembradas y ocultadas en bolsas que se tiran a los basureros o a la calle, o sepultadas en fosas incógnitas de difícil localización. Esta es la macabra industria del crimen que hoy deja en Bogotá y otras poblaciones las mayores ganancias bajo la deficiencia y permisividad de las autoridades y la flagrante impunidad que estremece al país. Por eso mismo, el delito prolifera y atrae a más practicantes de este método diabólico.

¿En qué sociedad vivimos? ¿Hasta cuándo seguirá la comunidad muerta de miedo y expuesta a esta tortura abominable que guarda similitud con los campos de tortura de Hitler? El alma nacional está herida y sangrante. Ha perdido la fe en sus gobernantes y no acierta a explicarse semejante aberración en estos monstruos que andan por el territorio nacional sin Dios ni ley, y no solo por la hoy atemorizada y sacrificada área bogotana, a donde han venido a parar las mentes más siniestras de la delincuencia.

Se dirá que se han tomado medidas para reprimir el crimen cotidiano que se incuba en las casas de pique, lo cual no puede negarse. Sin embargo, al no detenerse esta ola criminal, e incrementarse todos los días según dan cuenta las redes sociales, hay que decir que nos hallamos ante un fracaso conturbador de los encargados de garantizar la vida y los bienes de los ciudadanos. Ojalá el país sepa elegir un buen presidente en la contienda que se avecina.

El Espectador, Bogotá, 7-V-2022.
Eje 21, Manizales, 6-V-2022.
La Crónica del Quindío, Armenia, 8-V-2022.

Comentarios 

Excelente artículo que retrata con realismo la situación que se está presentando en Bogotá. Esto realmente me parece insólito, y lo peor es que uno ya no pueda ni siquiera salir a la calle. Ojalá que esto llegue a las autoridades y hagan algo para evitar el horror que vivimos los ciudadanos cada día por cuenta de la delincuencia. Pedro Galvis Castillo, Bogotá.

Ahora da miedo salir a caminar por cualquier sector de nuestra querida Bogotá. Abrigo la esperanza de que esto cambie. Es posible. New York dejó de ser, en su momento, uno de los lugares más peligrosos del mundo cuando en 1994 nombraron de jefe de la policía de La Gran Manzana a William Bratton, quien redujo el crimen de manera sustancial. Mauricio Borja Ávila, Bogotá.

Es un verdadero horror que nuestra capital llegue a ese extremo de descomposición social y de pérdida de valores. La inseguridad rampante carece de límites. Gustavo Valencia García, Armenia.

Increíble que Bogotá terminara como Buenaventura. Leí la nota, y aterra. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Los habitantes de Bogotá nos sentimos acorralados y en estado de pánico por los horrores que a diario se divulgan en los medios de comunicación. Hemos llegado a insospechados territorios de crueldad, odio, ambición y deshumanización. Ya no vivimos sino que sobrevivimos a los tenebrosos designios de los grupos de maleantes descuartizadores, ladrones y depravados. ¿En dónde podrá el hombre de bien ocultarse ante la ignominia y el dolor y el miedo? No sabemos. Inés Blanco, Bogotá.

Yo creo que Colombia toda fue convertida en un país de pique. Y que quienes más pican son los que están arriba, por acción y por omisión. Somos un país de vergüenza humana. Jorge Rafael Mora Forero (escritor colombiano residente en Estados Unidos).

Nota estremecedora. No nos explicamos los ciudadanos pacíficos cómo el hampa se ha tomado la ciudad sin que los dirigentes gubernamentales, de presidente para abajo, tomen el toro por los cachos y adopten medidas fuertes para garantizarnos la tranquilidad y volver a los caminos de la concordia. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Bogotá, y en general Colombia, están sitiadas por el horror de la inseguridad y la violencia. A muchos nos ha encerrado más esta situación que la misma pandemia. Flor (correo a El Espectador).

Colombia está sumida en la criminalidad, corrupción, negligencia, impunidad. Es un Estado fallido, sin esperanza, donde ser criminal paga. Andrés (en El Espectador).

Las memorias de Alberto Casas

miércoles, 16 de septiembre de 2020 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Leídas las Memorias de un pesimista, de Alberto Casas Santamaría, me queda el grato sabor de encontrar en ellas un compendio del pensamiento del autor, inspirado por sus firmes convicciones políticas, éticas y morales. Como testigo que ha sido de grandes sucesos de la historia nacional, su visión es nítida en los aspectos que trata, y sus juicios son dignos de la mayor consideración por reflejar la postura de un colombiano controversial y respetable, que además es amigo del diálogo y la concordia.

El hecho de adjudicarse la calificación de pesimista frente al manejo que han tenido los capítulos más protuberantes de la nación indica su capacidad de análisis y su rechazo a los dirigentes que no han sido capaces de encontrar las soluciones que remedien los agudos problemas que agobian al país. Dice que Colombia siempre ha vivido polarizada entre el sí y el no, a partir del enfrentamiento entre Bolívar y Santander.

El ánimo opositor llevado a extremos arrasadores ha sido la brújula constante en los dos siglos que siguieron a la Independencia. Como nadie quiere ceder y todos quieren ganar, la armonía de los colombianos se ha hecho trizas –expresión muy adecuada en el momento actual, cuando unos defienden los acuerdos de paz y otros quieren destruirlos–. La época de la Violencia, el episodio más nefasto del siglo XX, marcado en sucesivas reyertas por el sí y el no, obedeció a la lucha imparable entre liberales y conservadores, que se disputaron el poder entre 1930 y 1948 y dejaron miles de cruces a lo largo y ancho del país.

Alberto Casas posee amplia autoridad para discernir la realidad del país. Ha sido ministro de Comunicaciones y Cultura, embajador en Méjico y Venezuela, diputado a la Asamblea de Cundinamarca, concejal de Bogotá, miembro de la Cámara de Representantes, senador de la república. En el campo del periodismo ha estado vinculado a El Siglo, las revistas Diners y Bocas, el Noticiero de Mediodía, La FM y La W Radio.

Su presencia en la vida pública viene desde sus albores estudiantiles. Cuenta que a los siete años conoció a Laureano Gómez en su casa de La Candelaria, cuando el líder conservador fue a visitar a sus padres con motivo de sus bodas de plata. “Siempre me pareció una figura descomunal”, anota. Esta admiración ideológica se caracterizó más tarde, siendo estudiante del Colegio del Rosario, cuando se dedicó a promover las ideas de Álvaro Gómez Hurtado. La cercanía con la casa Gómez le fijó un puesto en la política, y ahora, en sus memorias, hace un análisis minucioso sobre el 13 de junio y la dictadura de Rojas Pinilla que nació allí.

Para la gente de hoy resultan lejanos aquellos episodios. Pocos saben que Vicente Casas Castañeda, el padre de Alberto Casas, fue el amigo más leal del presidente derrocado, y que con su célebre paraguas salió a despedirlo al aeropuerto de Techo el día lluvioso que fue desterrado a España, donde años más tarde pactaría con Alberto Lleras Camargo, el líder del liberalismo, la fórmula para acabar con el gobierno usurpador e implantar el sistema de conciliación conocido como Frente Nacional.

El sí y el no, según lo expresa el memorialista, ha sido la mecha detonante que ha agudizado los conflictos sociales de Colombia. Situados en la actualidad, dice que “lo más grave es la incapacidad del sistema judicial para castigar a los agentes de la corrupción e impedir la rentabilidad del delito”.

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El Espectador, Bogotá, 12-IX-2020.
Eje 21, Manizales, 11-IX-2929.
La Crónica del Quindío, Armenia, 13-IX-2020.
Aristos Internacional, n.° 35, Alicante (España), sept/2020

Comentarios 

Muy triste comprobar que nada ha cambiado, que la polarización bipartidista desde hace años ha causado la desgracia para que el país no avance y por el contrario se mantenga en el limbo de una justicia corrupta y un estado inepto. Inés Blanco, Bogotá.

Qué excelente análisis sobre el libro de Casas Santamaría, testigo presencial de muchos hechos nacionales. Jaime Vásquez Restrepo, Medellín.

El drama de Aura Lucy

miércoles, 16 de octubre de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Aura Lucy Garzón, de 49 años y madre de dos hijas, se levanta muy temprano para cumplir su labor como mensajera de una empresa del norte de Bogotá. Es la típica mujer trabajadora que se gana la vida en un oficio modesto y se siente contenta por tener empleo.

En estos días, ella se volvió noticia. El suceso tuvo lugar cuando se abría paso, por entre una multitud de gente vociferante, para llegar al cajero de Davivienda. Allí se realizaba una manifestación de estudiantes frente a la Universidad Pedagógica situada en el sector, dentro de un movimiento integrado por alumnos de varias universidades que denunciaban graves actos de corrupción en la Universidad Distrital.

El movimiento llevaba varios días de agitación callejera y había causado problemas en la movilización vehicular y cometido desmanes con la ciudadanía. Las imágenes mostraban a jóvenes con carteles que lanzaban consignas en relativo orden. Mezclados con ellos, aparecía buena cantidad de encapuchados que se enfrentaban a la policía con artefactos incendiarios en medio de furiosos denuestos.

Al entrar al cajero, Aura Lucy escuchó una explosión y quiso abandonar el lugar. Pero no pudo hacerlo, ya que otro artefacto estalló en la puerta de la entidad bancaria. Las terribles ‘papas bomba’ accionadas por bazucas están elaboradas con pólvora y otros elementos lesivos. Pueden mutilar y desfigurar, e incluso causar la muerte. La diligente mensajera, humilde mujer de pueblo ajena a lo que ocurría, sintió cerca un fogonazo,  al tiempo que las esquirlas de los vidrios rotos se insertaban en su cuerpo.

Cubierta de sangre y con serias heridas en la cara, yo la vi, atribulado, en algún video  pasado por la televisión. Presa del shock y sufriendo intenso dolor, la nueva víctima de la violencia se sentía morir. Por fortuna, un joven que por allí pasaba –su ángel de la guarda– le prestó auxilio en medio de la revuelta, mientras otros huían en desbandada. No la dejó un momento sola, hasta que llegó la ambulancia y la transportó a la clínica. Aura Lucy, que había recibido heridas en el 90% de la cara, fue sometida a una cirugía de reconstrucción de los tejidos.

Convulsionada y presa del dolor y la angustia, la laboriosa trabajadora no sabe qué pensar: la fatalidad la tiene consternada. El mundo se le vino encima en el preciso instante en que ingresaba a la cabina bancaria, como tantas veces lo había hecho, a retirar un dinero dentro de su oficio de todos los días. Más tarde, en medio de sollozos y palabras sobrecogedoras, le contó su drama al periodista que la interrogaba.

Yo vi en ese rostro sangrante, y en esa mirada lánguida, y en esa voz entrecortada, la imagen del país. Es el país que no logra contener la demencia de las calles ni la locura humana. Es el país de la violencia incrustada en todas partes, del atropello callejero, de la injusticia perenne, de la inequidad y la infamia. Mientras tanto, los corruptos y los usufructuarios del poder y el dinero hacen de las suyas a la vista de todos, sin que los políticos y los gobernantes consigan fórmulas de salvación.

Nadie ignora que estos encapuchados pertenecen a grupos anarquistas que buscan, mediante pedreas, explosivos, ataques a la policía, daños a las instituciones, los edificios y los vehículos, sembrar el caos y perturbar la tranquilidad pública. Embisten con rabia contra personas inocentes y cometen toda clase de actos vandálicos. Quizás Aura Lucy se cure de las heridas. Pero el alma nunca dejará de sangrarle. Esa es la propia cara de la Colombia doliente que gime entre las tinieblas de los odios y la barbarie.

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El Espectador, Bogotá, 12-X-2019.
Eje 21, Manizales, 11-X-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 13-X-2019.

Comentarios 

Conmovedor. Pobre mujer. Pobre Colombia. Pobre mundo. Muy linda esta crónica. La compartiré. Los encapuchados son terroristas urbanos de profesión. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Es a esa gleba de anarquistas, vándalos y criminales en curso que forman parte de las milicias guerrilleras urbanas a quienes se les debe dar, como a las víboras, en la cabeza. E igual que las tales marchas pacíficas de estudiantes enredados en sofismas de justos reclamos tienen que someterse al orden legal. El derecho a la sana protesta está establecido, mas no en esas condiciones que propician actos criminales. Carlosmoralej (correo a El Espectador).

Drama es drama y dolor es dolor. Pienso que como sociedad es bueno que nos sensibilicemos con el dolor de los demás. Debemos a toda costa evitarlo. Hherazo (correo a El Espectador).

Los motivos del insurgente*

miércoles, 18 de septiembre de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De paso por Cartagena, un día caminaba por el centro de la ciudad cuando vi de repente, en un puesto de venta callejera invadido por el sol, el libro Carta abierta a un analfabeto político, de Tulio Bayer, que buscaba desde tiempo atrás y no había logrado conseguir en ninguna librería. Le pasé al librero el  billete de la compra, y él me dijo que no tenía vueltas. Le prometí volver en diez minutos, mientras le traía el dinero preciso. Y le encarecí que me guardara el libro. Mostrando una actitud de seguridad, me respondió que no me preocupara, y para mayor certeza me informó que durante el tiempo que llevaba exhibiendo la obra nadie se había interesado en ella.

Dio la casualidad de que pasos adelante me encontré con un viejo amigo, con quien entré a conversar en una cafetería. Y corrieron los minutos. Cuando regresé al puesto callejero, el libro había sido vendido. Protesté, pero mi reclamo carecía de razón, ya que los diez minutos se habían convertido en una hora. Mientras tanto, había llegado otro comprador –el diablillo que nunca falta en estas trastadas de la vida–, y el librero no podía desaprovechar la ocasión.

Este incidente de aparente trivialidad transmite, sin embargo, un signo revelador: que todo lo que giraba alrededor de Tulio Bayer era complicado, duro, tortuoso. Su vida estuvo marcada por la adversidad. Nada le fue fácil. Todas las puertas se le cerraban. Sus luchas sociales en defensa de las clases desprotegidas y en contra de los eternos explotadores del pueblo chocaban contra los poderosos y a él le creaban barreras infranqueables.

Siempre se opuso al atropello y la sinrazón. Tal vez estos dos conceptos fueron los principales resortes de sus ataques y sus diatribas en los círculos donde se desempeñó como médico, científico, profesor universitario, intelectual, periodista, diplomático, guerrillero, escritor o empleado público y privado. En estos campos quedaron huellas de su férrea oposición a las personas o los sistemas que se apartaban de los caminos correctos.

Nunca se dejó tentar por los halagos del poder ni seducir por la vida cómoda. Huía de la actitud conformista y del gesto complaciente, acaso los mayores generadores de la mediocridad y la apatía ciudadanas y causantes de grandes problemas sociales. Su tránsito por el mundo se convirtió en constante y denodada protesta contra la injusticia y la corrupción. “Yo he sido toda mi vida un luchador contra el abuso y la explotación, y además contra el absurdo”, son palabras suyas al final de su existencia.

Doble rito

Tulio Bayer nació en Riosucio (Caldas) el 18 de enero de 1924. Al presentarse una complicación en el momento del parto, estuvo a punto de morir. Ante dicho percance, su abuelo paterno le aplicó de afán el agua bautismal. El niño sobrevivió, y al surgir la duda de que no había sido bien realizada la ceremonia, fue bautizado por segunda vez en la iglesia del pueblo. Doble rito para un católico que se volvería ateo. Formado en un hogar católico, años después dejó de creer en la existencia de Dios. Sin embargo, creía en Cristo, pero no en el que infunde miedo por su figura amenazante, sino en el verdadero, el bondadoso, el Cristo de los pobres.

Nació con el síndrome de Marfan, que afecta a una de cada cinco mil personas y consiste en el aumento desmedido de los miembros. Este trastorno también puede lesionar el corazón. Pero no la inteligencia. Tales hechos son evidentes en el personaje: de un lado estaban su elevada estatura –que pasaba de dos metros– y la longitud inusual de sus miembros, y de otro, su aguda inteligencia. A fines de los años cincuenta lo conocí “como un simpático y extraño personaje que después se volvería leyenda en la historia de las luchas sociales que han estremecido la vida del país” (así lo percibí). Además, poseía el don de su conversación chispeante y diserta. Con tales características libró todas sus batallas.

La primera batalla tuvo como escenario el Colegio de Nuestra Señora en Manizales, donde recibía el trato áspero y discriminatorio del rector, Baltasar Álvarez Restrepo, quien sería obispo de Pereira. Sometido a humillaciones e injusticias, el alumno promovió contra el jerarca una huelga estudiantil. Fue expulsado del centro docente, pero volvió a ser recibido por mediación de su padre. Sin embargo, en su alma ya había quedado incrustada la marca indeleble de la rebeldía. Con el tiempo escribiría el libro San BAR, vestal y contratista, que tuvo como origen aquella experiencia traumática.

Luchador implacable

Años después, adelantó en Manizales, como secretario de Higiene y Educación, implacables campañas contra los adulteradores de la leche, los traficantes de lotes de la Beneficencia y otros depredadores de la hacienda pública. “No es leche sino veneno caro lo que se consume en Manizales”, clamó desde el diario La Patria. En esta guerra abierta contra la clase política no le tembló nunca el pulso. Los responsables de las fechorías, pertenecientes a la clase alta, de tal forma lo hostigaron que tuvo que abandonar la ciudad.

Fue a dar a Puerto Leguízamo con el oscuro cargo de jefe del puesto de Salud que él mismo había buscado luego de su salida de Manizales y de pasar hambres en Bogotá. En aquella lejanía selvática yo trabajaba en el sector bancario, y nos hicimos amigos cercanos por la empatía y la afinidad de nuestras ideas en el terreno humano e intelectual. Allí descubrió la miseria de los nativos, abandonados por todos los gobiernos y víctimas de los males tropicales y la carencia de medicinas. Protestó contra la indolencia oficial, y perdió la batalla.

Laboratorios CUP: un legado envilecido

De nuevo en Bogotá, ingresó como director técnico de los laboratorios CUP. Esta entidad quería aprovechar su especialización en la Universidad de Harvard en Farmacología y Toxicología. Tulio Bayer era, ante todo, un científico. En tal carácter, se hizo la ilusión de que ahora sí estaba en el lugar adecuado.

Pero se halló con otra realidad decepcionante: bien pronto salieron a flote graves anomalías en la elaboración de las drogas, con peligros latentes para la salud del pueblo. Por otra parte, se agazapaba en esa firma la ambición mercantilista con que se manejaba el negocio. Se enfrentó a los directivos con los códigos de la ética médica y el respaldo de la ciencia farmacológica, pero tales premisas sobraban en un organismo que se movía ahora con otro rumbo y otros afanes.

En consecuencia, fue despedido del cargo en corto tiempo. El caso tuvo revuelo nacional, y al científico se le presentó la oportunidad de denunciar ante la opinión pública la adulteración de las drogas y los negociados que se urdían bajo el prestigio de la entidad. Los laboratorios habían sido fundados con alta mira científica por el eminente médico antioqueño César Uribe Piedrahíta, también especializado en la Universidad de Harvard y, al igual que Bayer, agitador de ideas, escritor y novelista. Muerto el filántropo en 1951, su colega caldense ejerció el papel de ángel vengador dentro del legado que se había envilecido. Él también era filántropo.

Crítico social

Bayer asociaba este episodio con el ocurrido durante su año rural en los municipios antioqueños de Dabeiba, Turbo y Anorí, donde recibió la propuesta de un gamonal para que formulara determinadas medicinas –existentes, por supuesto, en la droguería del político– a cambio de una comisión. Su negativa le acarreó serias dificultades en su ejercicio profesional y de paso le descubrió los caminos de la corrupción que le mostraban desde entonces la realidad que viviría en diversos escenarios. A raíz de dicha experiencia, escribió la novela Carretera al mar.  

Su pensamiento acerca de la medicina y el área de las drogas, expuesto en conferencias, tesis, debates, artículos de prensa y en el libro autobiográfico Carta abierta, es luminoso. Durante su estadía en Manizales expuso respetables puntos de vista sobre los asuntos sociales y los pecados de la administración pública. Penetró en los terrenos de la salud, la educación, el desamparo de los humildes, las causas de la prostitución, y lo hizo con lenguaje vehemente, a veces mordaz y siempre justiciero.

El rincón del Jaibaná, su columna de La Patria, fue tribuna combativa y erudita. Nunca decayó en sus denuncias. En cualquier espacio donde actuaba, y en cualquier momento en que sufría  oprobios y persecuciones, su voz fue siempre categórica y fustigante. Como no transigía en el  terreno de la rectitud y se enfrentaba a cuanta depravación o desafuero surgían en su entorno, se hizo a grandes enemigos que lo hostigaban y no le permitían ejercer su profesión y vivir en paz. Fue un colombiano indeseable para muchos e incómodo para el “establecimiento”.

Cónsul en Puerto Ayacucho

Después de la salida de CUP fue médico indigenista en el Vichada. Además, cónsul en Puerto Ayacucho (Venezuela). Desde este cargo puso su mayor empeño en resolver los apremios de los residentes en esa zona fronteriza, pero tropezó con escollos insalvables al no recibir respuestas del ministerio ni el apoyo del embajador colombiano en Venezuela. Por otra parte, la aversión del cónsul anterior, hombre fuerte en la zona y dedicado a operaciones oscuras, tornó nugatoria su labor.

Se sentía solo, arrinconado, impotente para brindar soluciones. Quería trabajar por el bien de la comarca y de la gente, y nadie le prestaba ayuda. Mientras tanto, desde el interior del país le llovían epítetos como “conflictivo”, “revoltoso”, “locato”, “comunista”… Vientos huracanados se arremolinaban en su territorio selvático para frenar su misión e impedirle una vida digna. La patria le era ajena. Sintió entonces que el destierro y el desprecio lo lanzaban a la rebelión.

En el Vichada conoció a Amira Pérez Amaral, quien fue su secretaria en el consulado y era hermana de varios coroneles venezolanos. La bautizó con el curioso nombre de “Tanque”, y se convirtió en su intrépida aliada de la subversión y su leal compañera sentimental hasta la muerte del médico en París dos décadas después. Fue su segunda esposa, después de Morelia Angulo Peláez, efímera relación que había quedado atrás. Cuando todos lo abandonaban, apareció Amira, la razón perfecta para no sucumbir.

Se levanta en armas

El hambre fue una constante en la vida y en la literatura de Tulio Bayer. Dedicó una página entera de Carta abierta para escribir la palabra hambre en distintos tamaños y en diversas direcciones, como apuntando hacia todas partes. El hambre fue símbolo del abandono que padecía en su propia vida y que veía manifiesto en miles de colombianos marginados. Repitiendo palabras de Gaitán, decía que “el paludismo no es liberal ni conservador, ni el hambre es liberal ni conservadora”.

Cuando todos los caminos se le habían cerrado, se levantó en armas en el Vichada. Corría el año 1961. Organizó un grupo subversivo y se lanzó a la guerra contra el régimen. Su destino guerrillero era ya imparable. Su caso produjo impacto en el país. Desde luego, un joven médico de 37 años, con capacidad para ser brillante científico o destacado político, llamaba la atención de la opinión pública.

Colombia estaba a cinco años de presenciar el levantamiento en armas del sacerdote Camilo Torres, asesinado por el Ejército en febrero de 1966. En octubre de 1967, caía en Bolivia el Che Guevara, líder de la revolución cubana. Dentro de la Iglesia católica latinoamericana avanzaba la Teología de la Liberación, corriente cristiana que se basa en el Evangelio para redimir la miseria de los pobres.

El momento era de agitación social y de toma de conciencia de las desigualdades humanas, toleradas y fomentadas por los gobiernos y la propia sociedad. Contra ese estado de cosas se rebeló Tulio Bayer. Pero su voz se ahogó en el abismo.

No duró mucho tiempo en la guerrilla. El 10 de diciembre de 1961 fue capturado, junto con su esposa, por el coronel Álvaro Valencia Tovar. Varios hechos se conjugaron en su contra: la arremetida militar, la traición de algunos de sus compañeros y el agotamiento físico. Llevado a Villavicencio, quedó incomunicado más de un mes en los calabozos del Batallón Vargas.

La prensa nacional no cesaba en los improperios: “desquiciado mental”, “desadaptado social”… El coronel Valencia lo calificaba de “esquizofrénico con complejo de Edipo”, “bandido sin ningún ideal social o político”, “frustrado”, “fracasado”… Pero, cosa extraña, fue el presidente de la Corte Suprema de Justicia quien dijo estas palabras cuando se producían los mayores ataques y las peores injurias: “Tulio Bayer no es un bandido ni un asesino, ni un loco, simplemente es un rebelde”.

El síndrome de Estocolmo al revés

Como la vida es rica en paradojas, a veces incomprensibles, Valencia Tovar fue a visitar a Bayer en su sitio de reclusión y entabló con él un diálogo civilizado e incluso cordial. Se encontraban cara a cara dos escritores e intelectuales. Con el tiempo tendrían un franco intercambio epistolar, y el militar publicaría sobre el médico algunos artículos en la prensa. Ya habían cesado los dardos venenosos y brotaban en el coronel palabras de elogio hacia ciertas facetas de su adversario. Ahora el síndrome de Estocolmo se producía al revés: el sentimiento de admiración iba del captor hacia el capturado. Bayer lo acusó de haberse apropiado de algunos papeles personales cuando lo capturó en Santa Rita, los que dieron origen a la novela Uisheda (1969) que escribió Valencia Tovar en torno al conflicto armado.

Por otra parte, el biógrafo enjuicia novelas y escritos que a lo largo del tiempo calificaron al médico como personaje caricaturesco, deformándolo y ridiculizándolo. Entre los textos de esa índole están las novelas Bulevar de los héroes, de Eduardo García Aguilar; La guerra en todas partes, de Jaime Restrepo Cuartas; Uisheda, de Álvaro Valencia Tovar; algunos artículos de Gustavo Álvarez Gardeazábal; un reportaje desenfocado de Eligio García Márquez, y la presunta biografía titulada Tulio Bayer, solo contra todos, de Carlos Bueno Osorio, que es en realidad un plagio elaborado con la propia redacción de Bayer en sus libros.

Tulio Bayer fue recluido un año en la cárcel Modelo. A raíz de aquella vivencia, a la vez tétrica y creativa, escribió la novela Gancho ciego: 365 noches y una misa en la cárcel Modelo. Testimonio patético de su última desventura en Colombia. Se le imputó el delito de rebelión. La rebeldía era su fuerte y lo movía a combatir la desigualdad social. Después del año de encierro quedó en libertad, sin haber sido juzgado ni definida su situación. Luego, viajó a Caracas.

El comunismo no lo seducía

Estuvo varios días en Méjico y de allí pasó a Cuba, donde fue director de un hospital. El régimen y la ideología de Cuba lo desencantaron. Se convenció de que el castrismo no era la solución para las angustias del continente. Visitó varios países socialistas, habló con importantes líderes y sufrió la misma frustración. El comunismo no lo seducía. A la postre, se radicó en París como refugiado político. Allí se le consultaba como experto en los problemas latinoamericanos. Y declaró que era un “guerrillero en uso de buen retiro”.

En París prestó servicios ocasionales como médico de un hospital y médico legal al servicio de la policía. Con todo, obtenía mejores resultados económicos como traductor de una enciclopedia médica. Los años finales de su vida los dedicó al estudio y difusión de la ecología como base de la vida del hombre en el planeta, y hacía énfasis en los peligros que encierran las centrales termonucleares, para aprovechar, en cambio, la energía solar. No cesaba de insistir en que Colombia no tenía conciencia ecológica. Nunca dejó de pensar en la patria. Era un gran patriota.

Maestro de la palabra, sus escritos son modelo de sabiduría y belleza idiomática. Carta abierta, su inicial obra autobiográfica (en realidad todas poseen ese carácter), puede leerse como novela. Vigorosa, poética y espléndida narración de su vida combativa. Toda su verdad está contenida en este libro. Fue lector empedernido y poseía vasta cultura. Iba por el cuarto libro, y quedó sin publicar Fineglass, un tratado sobre el homosexualismo. “Dejo mis libros –manifestó– como testimonio de un hombre que morirá como ha vivido: como territorio libre del cosmos”.

Especialista en bancarrotas

Durante los últimos cuatro años mantuve con él nutrida correspondencia, parte de la cual está  recogida en mi página web. En ese lapso fui su corresponsal más constante y más convencido del significado de sus luchas, de la ingratitud del país hacia este patriota incomprendido y de la certeza de que algún día Colombia sabrá reconocer su mérito. El médico batallador, que nunca echó marcha atrás, se calificaba como un especialista en bancarrotas a quien no asustaban los fracasos.

Considerar a Tulio Bayer un quijote del siglo XX no es comparación despectiva. Por el contrario, es la manera genuina de representar su vocación idealista y altruista como fórmula para buscar la dignidad humana. Así precisa el Diccionario de  la lengua española al quijote: “1. Hombre que, como el héroe cervantino, antepone sus ideales a su conveniencia y obra de forma desinteresada y comprometida en defensa de causas que considera justas. 2. Hombre alto, flaco y grave, cuyo aspecto y carácter hacen recordar al héroe cervantino”.

El luchador solitario

En ambas acepciones está descrito, en cuerpo y alma, el luchador solitario de que se ocupan estas páginas. En su lecho de enfermo, le dijo Bolívar a su médico minutos antes de morir: “Los tres grandes majaderos de la historia hemos sido Jesucristo, Don Quijote… y yo”.

La insuficiencia aórtica con que llegó al mundo terminó con su vida en París a los 58 años, el 27 de junio de 1982. Al enterarme de la triste noticia, recordé las palabras que me había expresado días antes: “Pongamos las cosas en su punto: yo no soy sino un episodio de una larga guerra. Las batallas que me tocó librar las perdí. Pero aun perdidas, esas batallas contribuyeron a crear una conciencia política”. Esa conciencia política es la que se ventila a lo largo de esta biografía.

Este estudio biográfico le hace justicia a Tulio Bayer. Es el resultado de varios años de investigación en los sitios donde el personaje protagonizó sus acciones insurgentes. Orlando Villanueva Martínez se fue en busca de datos a poblaciones y entidades donde estaba escrita la historia, y por lo general permanecía oculta. Habló con la gente, revisó archivos, cartas, sumarios, documentos de distinta índole, tomó fotografías, y hoy saca a la luz sucesos inéditos y reivindicativos de la vida del médico. Todo esto le permitió conformar el material gráfico que exhibe el libro y que constituye prueba amplia de su rigurosa indagación.

Por otra parte, el historiador explaya la realidad de una etapa convulsa del país, en la que Bayer   abanderó solitarias y valerosas campañas a favor de la gente desprotegida y en contra del atropello. Y chocó, como queda dicho, contra el poder arrasador de la clase dominante, situada bien en la esfera oficial o bien en la privada. La obra no solo establece la evidencia de aquella contienda social, tan desdibujada en sus días, sino que pone al descubierto a los detractores y los señala con nombre propio, y de manera fehaciente, a través de sus escritos o libros vejatorios.

Su carácter histórico

En estas páginas emerge el Tulio Bayer que merece un puesto digno en la historia colombiana, como paradigma que es de la justicia y de la equidad. Fulguran el literato y el intelectual, el ideólogo y el periodista, el ecólogo y el científico. Y ante todo, el luchador solitario que le da el título a esta obra. Aquí está el líder ignorado y vejado en su tiempo, que con su duro trajinar en la vida contribuyó a crear la conciencia política que él resaltó en una de sus cartas. Yo, tan conocedor de la vida de Tulio Bayer, quedé muy satisfecho con su biografía. Es una investigación seria, exhaustiva, precisa y justa. Está bien documentada, y esto dará credibilidad ante los lectores.

En la prestigiosa producción de Orlando Villanueva Martínez figuran textos de famosos líderes de la insurgencia, como Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, Camilo Torres, Sangrenera, Biófilo Panclasta, Manuel Quintín Lame. El año pasado publicó Canciones de la guerra, libro que recoge el folclor musical que ha corrido de boca en boca y describe el alma llanera a través de su historia, su gente y sus tradiciones.

Mi novela Ráfagas de silencio (2007) fue publicada con ocasión de los 25 años de la muerte de Tulio Bayer, como homenaje a su memoria. Su escenario es la selva, y la obra presenta una semblanza del médico insurgente que comenzaba a sobresalir con su rebeldía en aquella lejana frontera de la patria. No tuve la pretensión de hacer una novela histórica sobre este personaje legendario, sino la de dibujar su espíritu justiciero y sus gritos de protesta social en la selva del Putumayo. Esa fue la antesala de su vida guerrillera.

Bogotá, abril de 2018 

 * Prólogo del libro Tulio Bayer, el luchador solitario, de Orlando Villanueva Martínez (Universidad Distrital Francisco José de Caldas, abril de 2019). Junto con dicho libro salió un segundo tomo: Tulio Bayer: una vida contra el dogma. Correspondencia y otros escritos, del mismo autor y publicado por la misma universidad. 

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 Eje 21, Manizales, 16-IX-2019.

Comentarios

Celebro que por fin se pudo editar este reconocimiento a un verdadero revolucionario. Orlando Villanueva Martínez, Bogotá.

Tulio Bayer fue un hombre talentoso e inteligente que cumplió con su misión de crear conciencia. Sus libros son un gran legado, y ahora con esta biografía y tus artículos se asegura su puesto en la historia. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Con el brillante prólogo que escribiste para el libro de Orlando Villanueva, adquirí pleno conocimiento de los ideales del atormentado médico, de los motivos que tuvo para llegar a convertirse en guerrillero, de su valía como escritor y líder social y de su acrisolada personalidad. Y con tristeza, también pude comprobar una vez más la desidia, el desinterés y la abominable indiferencia de los gobiernos y clases favorecidas por los campesinos, indígenas y desposeídos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.  

En mis trasteos  lo primero que empaco en mi maleta de mano es el ejemplar de Carta abierta a un analfabeto político, en el cual, entre los varios subrayados destaco el de la página 24, de Ediciones Hombre Nuevo: “Si quieres un ejemplo personal y reciente de este fenómeno aparentemente contradictorio, te diré que en la llamada por mi coronel enemigo Álvaro  Valencia Tovar la “campaña del Vichada” se gastó en perseguirnos unas diez  veces más de lo que valía lo que nosotros estábamos pidiendo antes de levantarnos en armas. Lo pedí yo mismo siendo cónsul de Colombia en Puerto Ayacucho”. Javier González Q.