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La exmonja Julia Ruiz

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En mi artículo anterior hablé del insurgente Biófilo Panclasta (1879-1942), basado en libro del historiador Orlando Villanueva Martínez. El nombre del anarquista causó curiosidad a los lectores, hasta el punto de suponerlo irreal. Esa suposición también existió en el pasado: cuando la vida de Biófilo Panclasta fue llevada a una obra de teatro, el público creyó que era un personaje ficticio. Su verdadero nombre era Vicente Lizcano, que tampoco dice nada hoy en día, ni se mencionaba en su tiempo.

Julia Ruiz era una humilde mujer de origen boyacense que a corta edad se hizo monja de la Caridad, y diez años después abandonó el convento y emprendió una cruzada a favor de los pobres y los marginados. Como monja fue enfermera en los ejércitos de Rafael Uribe Uribe, caso insólito en los inicios del siglo XX, ya que la mujer se mantenía alejada de la actividad pública y sobre todo de las contiendas bélicas. Lo que vio en la guerra y lo que captó en el discurrir cotidiano incentivaron su vocación por la causa social.

Poseía honda sensibilidad por las dolencias de la gente desprotegida, clase a la que pertenecía y a la que se le hacía objeto de menosprecios y penalidades. La actividad religiosa no le aportaba las soluciones que perseguía, y por el contrario, en el monasterio era víctima de afrentas y discriminaciones. Su estadía en el convento le hizo ver la realidad que no se imaginaba. No comulgaba con ciertas normas de la Iglesia católica, como los diezmos y primicias, y le dolía la actitud arrogante de sus compañeras y directoras, que no mostraban el verdadero espíritu cristiano.

Un día se rebeló contra ese estado de cosas y desertó de la vida religiosa. Pero conservó los principios de la religión. “Yo tuve –dijo más tarde– el coraje y el carácter de abandonar el convento y el hábito talar, porque ni ese hábito ni esa vida convenían a mi altivez espiritual, sentimientos cristianos y energía personales”. Y se volvió anticlerical.

En medio de absoluta pobreza y sin saber qué rumbo tomar en los caminos del mundo, se estableció en el centro de Bogotá, en algún cuchitril que surgió a su paso. Montó un rústico  negocio de mercaderías menudas que vendía a los transeúntes, y esa tarea le permitió la congrua subsistencia. A medida que pasaba el tiempo y palpaba mejor la pobreza, y por eso mismo conocía mejor a la gente, sentía acrecentarse su solidaridad con los desamparados.

Los vecinos admiraban su talante humano, sus actos generosos, su figura amable y sencilla. Julia Ruiz se hizo notar en el sector y se volvió líder de la comunidad. Nadie ignoraba que la exmonja rebelde –y ahora libertaria– era abanderada de las angustias del pueblo. Dirigió cartas vehementes a los periódicos, furiosas cartas de protesta en las que denunciaba la injusticia y clamaba por la libertad y el equilibrio social. Además, abogaba por la causa de las mujeres. Cual otra María Cano, luchaba por los derechos fundamentales de la población y por la dignidad del trabajo. Las dos mujeres estaban motivadas por sus ideas socialistas.

Un día Julia Ruiz sintió poderes de adivinadora y fundó un consultorio en la carrera 9ª número 4-56. Bien pronto corrió la noticia de que la exmonja se comunicaba con los espíritus y descubría o predecía los hechos ocultos. Los habitantes preguntaban a la pitonisa por los caminos que debían seguir, y de consulta en consulta, su fama se extendió por el pequeño poblado de entonces.

Terminó asociada en el negocio de la quiromancia y la creencia espiritista con Biófilo Panclasta, a quien acababa de conocer en estado lastimero. Ella se condolió de su suerte. Maltrecho y menesteroso, el anarquista volvía a Bogotá derrotado por su cadena de infortunios. Había visitado numerosos países, había sufrido hambres y cárceles, se había entrevistado con grandes figuras del mundo, había tenido un hijo con una princesa rusa, y ahora se hallaba en el fracaso total. Estaba entregado a la vagancia y el licor. Y se le apareció Julia Ruiz, que lo sacó del abismo. Ambos tenían las mismas ideas, ambos eran anarquistas, ambos conocían la miseria humana. La pareja perfecta.

Unidos en el amor y la bienandanza que nunca habían disfrutado, pasaron los mejores años de sus vidas. El mundo vino a sonreírles en la edad otoñal, y supieron que la equidad que buscaban para los demás se cumplía en ellos mismos. Corría el año 1934. Cinco años después (enero de 1939), moría Julia Ruiz dejando a su compañero hundido en la desolación. Lo abrumaron la pena y el desespero, y su existencia volvió a derrumbarse. Se refugió en Barranquilla, y allí intentó dos veces suicidarse. Más tarde fue a dar al Asilo de Ancianos de Pamplona, donde falleció de fulminante paro cardiaco en marzo de 1942, tres años después de la muerte de Julia.

El Espectador, Bogotá, 29-IX-2018.
Eje 21, Manizales, 28-IX-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-IX-2018.

Comentarios 

Qué buen trabajo revivir la historia, la que el sistema no quiere que las nuevas generaciones conozcan. Igual pasa con la revolución comunera. En México se sienten orgullosos del grito de Hidalgo, igual al de José Antonio Galán. La historia de Hidalgo en México es un orgullo, la de Galán en Colombia no la conoce nadie. Gupinzón (comentario en El Espectador).

Atrayente historia de amor la de la monja Julia, que le he mandado, para promoverla, a Daniel Ferreira, el excelente novelista que acaba de publicar la abrumadora novela sobre la Guerra de los Mil Días y la batalla de Palonegro. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Muy interesante, y por qué no decir, conmovedor, el artículo sobre Julia Ruiz y su compañero, quienes al final de la vida encontraron el amor «perfecto» en medio de sus avatares como seres rebeldes. Tal para cual, diría mi abuela. Es una aproximación de carácter novelesco. Inés Blanco, Bogotá.

Memoria de la insurgencia

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El historiador y profesor Orlando Villanueva Martínez es una autoridad en el campo de la insurgencia colombiana. Ha publicado alrededor 15 libros sobre esta materia, y 5 más se hallan inéditos. Tras exhaustivas investigaciones, ha revelado la vida y las circunstancias en que actuaron grandes figuras de los conflictos sociales, como Camilo Torres, Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, Biófilo Panclasta, Manuel Quintín Lame, Sangrenegra, Pedro Brincos. Y viene en camino el libro ya concluido sobre el médico Tulio Bayer, el luchador solitario.

He leído en estos días 2 de estos textos, y a ellos voy a referirme. Más allá de narrar la vida de los líderes de la violencia partidista que se acentuó en las décadas del 40 y 50 del siglo XX, Villanueva escruta las causas que dieron origen a los movimientos de protesta y rebelión. Se calcula entre 200.000 y 300.000 los muertos por las luchas entre liberales y conservadores.

¿Alguien sabe quién fue Pedro Brincos? El historiador lo cuenta en libro reciente de la Biblioteca Libanense de Cultura. El apodo respondía al nombre de Roberto González Prieto, honorable habitante de Líbano (Tolima), donde había nacido el 8 de mayo de 1921 y ejercía el oficio de dentista. En 1948, cuando estalló la violencia con la muerte de Gaitán, fue asesinado su padre y quemadas las propiedades de la familia. Esto determinó que su hijo, que había prestado servicio militar, se vinculara a un grupo armado en el norte de Tolima.

En la región se desató implacable combate entre liberales y conservadores. El odio campeaba en todo el país. Pedro Brincos militaba en la fuerza rebelde, y el grupo vengaba la matanza de liberales. Con el tiempo, 3 de sus hermanos caerían asesinados. Los chulavitas y los “pájaros” del Valle arremetían contra los liberales. Unas células comunistas azuzaban a los campesinos para la toma del poder.

Pedro Brincos se convirtió en el jefe supremo de la revuelta. Se volvió bandido con todas las de la ley, porque a eso lo obligaban los hechos. Muchas veces fue a dar a la cárcel. Se desplazaba por muchos sitios de la región y del país. La Dirección Nacional Liberal le enviaba armas y recursos para la defensa. A la postre, lo dejó solo. Un día se marginó de la contienda y se acogió a la ley de amnistía que había sido decretada por el Gobierno.

Pero no lo dejaban tranquilo. Fue atacado desde los periódicos por habérsele otorgado un préstamo dentro del programa de rehabilitación. Su causa tenía motivación social, pero esta pasaba inadvertida en la guerra fratricida que desangraba al país. El 15 de septiembre de 1963, a la edad de 42 años, cayó abatido por el Ejército en área rural de Lérida.

* * *

¿Alguien sabe quién fue Biófilo Panclasta? Su nombre de pila era Vicente Lizcano, nacido en Chinácota (Norte de Santander) el 26 de octubre de 1879. En 1904 adoptó el alias de Biófilo Panclasta por sugerencia del escritor y revolucionario ruso Máximo Gorki, a quien había conocido en sus andanzas por el mundo. La primera palabra significa en griego “amante de la vida”, y la segunda, “enemigo de todo”. Definición perfecta para este anarquista consumado.

Villanueva Martínez describe en libro de Editorial El Búho la extraña, enigmática y alucinante personalidad de Panclasta, quien a los 20 años es expulsado de la Escuela Normal de Bucaramanga por indisciplinado. Allí comienza su itinerario de rebeldías. En la dictadura de Juan Vicente Gómez, en Venezuela, va a dar a la cárcel por revoltoso, entre 1914 y 1921. Allí padece los peores horrores, y la experiencia lo hace más rebelde y a la vez más fuerte.

Odia a los dictadores y en general a los usufructuarios del poder. Busca estar al lado de los desamparados. Él es uno de ellos. Participa en mítines y aviva las luchas populares. Una vez declara: “Yo de los gobiernos no he comido otro pan que el de las cárceles”. La cárcel parece ser su morada continua. Es expulsado de su propia patria. Sufre 3 años de destierro en Siberia. En todas partes forma problemas y termina detenido. En ningún lugar o gobierno halla respuesta a las angustias del hombre.

Escribe libros, poemas, cartas, panfletos. Conoce a grandes personajes (Lenin, Gorki, Rasputín, Kroptokin –uno de los principales pensadores de la causa anarquista–). Nietzsche es su filósofo de cabecera. Despierta simpatía en la gente que trata, y conquista amores fugaces. Tiene un hijo con una princesa rusa. Comenta: “He tratado a príncipes y mendigos; he sufrido, he amado, he esperado. Mis libros son obras vividas, son páginas escritas con sangre y lágrimas”. En su vida se mezclan el amor y el odio, el idealismo y la miseria.

En suma, un personaje de leyenda. Excéntrico y genial, loco y cuerdo, filósofo y revolucionario, vagabundo y borracho, nunca disfruta de sosiego ni satisfacción. Con sus propias fuerzas se encara al mundo y reta a todos los tiranos. Recorre más de 50 países y descubre todas las miserias humanas. Notables escritores, como José Antonio Osorio, Rafael Gómez Picón, Luis Eduardo Nieto Caballero, Armando Gómez Latorre, Gonzalo Buenahora, dejaron sobre él páginas memorables que están rescatadas en el libro que comento.

Vino a encontrar el amor otoñal en Julia Ruiz, exmonja de la Caridad que se había retirado del convento impulsada por la frustración religiosa y el ánimo de servirle a la gente en el ámbito seglar. Ella muere en enero de 1939. Julia merece página aparte, que me propongo escribir otro día. En marzo de 1942, en completa soledad y víctima de un fulminante paro cardiaco, fallece Biófilo Panclasta en el Asilo de Ancianos de Pamplona, a la edad de 62 años. Los 3 años que siguieron a la muerte de su compañera fueron de absoluta desolación. Al fin conoció el amor verdadero, pero fue un amor trágico. Como toda su vida.

El Espectador, Bogotá, 15, IX-2018.
Eje 21, Manizales, 14-IX-2018.
La Crónica del Quindío, Armenio, 16-IX-2018.   

Comentarios 

Su pluma impulsa a leer las obras de Orlando Villanueva sobre esos héroes a los que la historia oficial ni siquiera da cabida en la contracarátula, pero que son hilos, e hilos muy fuertes, que llevan al fondo de la madeja del conflicto social que ha atravesado nuestra historia con un ADN de odio y discriminación. Jorge Mora Forero (colombiano residente en Weston, Florida, USA).

Nunca había escuchado ni leído nada sobre Pedro Brincos ni sobre Biófilo Panclasta. Desconocía su existencia, y tal vez si alguna vez olvidada por mí llegaron a mi cerebro, tuve que imaginar que eran personajes ficticios, pues con esos nombres no puede uno pensar en otra cosa. Esta columna aporta nuevo conocimiento sobre la historia colombiana. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

A los insurgentes alzados en armas no se les pacifica quitándoles las armas sino quitándoles las razones que tienen para utilizarlas. julioh78 (en El Espectador).

Reinas pero desdichadas

jueves, 14 de junio de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Muy indicado el título de Reinas pero desdichadas con que Eduardo Lozano Torres bautizó su reciente libro sobre las esposas de Enrique VIII, publicado por Intermedio Editores. La dinastía Tudor reinó en Inglaterra por 118 años y dentro de ese periodo Enrique VIII ocupó el poder durante 37 años. Fue rey de Inglaterra desde los 18 años.

La famosa Casa de Tudor se caracterizó por ser una monarquía autoritaria y controvertida que jugó papel fundamental en los sucesos de Europa y del mundo, habiéndose iniciado bajo su mando la exploración de América. El tono y la severidad del régimen se reflejaron, en el caso de Enrique VIII, en la dureza –rayana en la crueldad– que el rey implantó para el manejo de sus seis esposas y sus numerosas amantes.

Su primera esposa fue Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos, con quien se casó por conveniencias de ambas monarquías. En las casas reales no eran los contrayentes los que escogían a sus cónyuges, sino sus padres. El sentimiento amoroso no tenía ninguna importancia. Catalina le dio una niña, y esta murió en el alumbramiento. Un año después, nació un varón, que murió al poco tiempo. El tercer hijo nació muerto. Lo mismo ocurrió con el cuarto. El quinto parto correspondió a una niña, que sería reina de Inglaterra 37 años después. El sexto parto  fue el de otra niña, y esta también nació muerta.

En definitiva, dejó de existir el hombre que se requería para asegurar la sucesión varonil de la Casa de Tudor. Mientras tanto, Enrique vivía enredado en amoríos con otras mujeres, y con una de ellas tuvo el anhelado varón, que moriría de tuberculosis años después. Todo esto significó una verdadera desgracia para el rey y su familia. Como su esposa no podía concebir hijos varones, Enrique le solicitó al papa Clemente VII la anulación del matrimonio, para casarse con Ana Bolena, una de las damas de compañía de Catalina de Aragón, petición que fue negada por el pontífice.

No obstante, Enrique se divorció de Catalina de Aragón mediante una ley del Parlamento, lo que trajo como consecuencia la ruptura entre Roma e Inglaterra y el nacimiento de la Iglesia anglicana. Con Ana Bolena tuvo una hija, y también un varón, que murió al poco tiempo. Acusada por adulterio e incesto, la reina murió decapitada por decisión de su esposo. La  quinta esposa, Catalina Howard, que había sido su amante, sufriría la misma pena de la decapitación por infidelidad con el rey.

Las otras esposas fueron Juana Seymour, Ana de Cléveris y Catalina Parr. Ninguna conoció la felicidad a su lado. El repudio hacia ellas era una constante en la conducta del monarca. Las tenía más como presas palaciegas que como las mujeres fulgurantes que les daba su condición de reinas. Con Ana de Cléveris el matrimonio nunca se consumó. Catalina Parr, la sexta esposa, fue la única que le sobrevivió.

Enrique VIII fue un soberano extraño e incomprensible, cuyo carácter displicente, ostentoso y autoritario sembraba a su alrededor una atmósfera de distancia y miedo. Sin embargo, duró 37 años en el trono. Murió enfermo y desolado.

Este repaso histórico, que parece sacado de la fantasía, nos traslada a la rancia monarquía inglesa de hace 5 siglos. Eduardo Lozano Torres –autor de La caja de Pandora, Diccionario de mitología y Bolívar, mujeriego empedernido, del mismo sello editorial– le dedicó a la obra varios años de investigación y logra atrapar la atención del lector con estos episodios de apasionante crudeza.

El Espectador, Bogotá, 9-VI-2018.
Eje 21, Manizales, 8-VI-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 10-VI-2018.

Comentarios

Muy cruel la vida de estos personajes, quienes teniéndolo todo, han sido miserables y asesinadas. El rey Enrique VIII hizo de las suyas, ser despreciable como hombre y sin duda como rey. Qué bueno no ser reina y tener que acostarse con un personaje de esa talla. De las monarquías es fascinante leer sus historias de terror. El Renacimiento nos dejó ejemplos espeluznantes. Por algo está la serie de Los reyes malditos que me la leí toda. Me encanta la historia novelada. Inés Blanco, Bogotá.

Qué interesantes todos estos datos personales que de manera jocosa se relacionan con la popular frase: “Pasa hasta en las mejores familias”. Un rey que trató de coger el cielo con las manos en sus tantas mujeres y que no cultivó ninguna, por lo que lo acompañaron en el poder y no en su desdichada soledad, cuando con seguridad necesitaba de una mujer que lo cuidara y lo protegiera de los designios dolorosos que a veces tiene la vida. Liliana Páez Silva, Bogotá.

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Violencia política de los años 30

miércoles, 3 de agosto de 2016 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En el libro ¿Por quiénes doblaron las campanas?, de reciente aparición, Antonio Cacua Prada revive una época nefasta de la violencia partidista en el país: la que azotó a la provincia de García Rovira, en el departamento de Santander, durante los años 30 del siglo XX.

El estallido de la conflagración comenzó el 29 de diciembre de 1930, cuando la policía municipal de Capitanejo, que era liberal, asesinó a un grupo de campesinos conservadores que se inscribían para votar en la elección de diputados en febrero del 31. Ese hecho se repitió en Guaca el 2 de febrero y dio origen a la formación, en ambos bandos, de las llamadas “chusmas”, que eran grupos de ataque y de defensa, de triste recuerdo en la historia del país.

El 29 de junio de 1931 fue asesinado el párroco de Molagavita, Gabino Orduz Lamus, oriundo de San Andrés (provincia de García Rovira), por el agente de la policía departamental Roberto Tarazona.

A lo largo de la década se recrudeció la ola de asesinatos en la provincia. Al concluir la hegemonía conservadora e iniciarse la liberal con el gobierno de Enrique Olaya Herrera, en 1930, irrumpió la represión del partido ganador contra sus adversarios. Esta época violenta tuvo su mayor expresión en Santander y en Boyacá.

Con el cambio de un partido al otro vino la renovación de la policía, la que sin ser numerosa, dada la proporción del país, producía numerosos muertos en el bando contrario. Era una policía rudimentaria, pero de todos modos contaba con las armas gubernamentales y con el amparo de la impunidad. Lo que había sucedido en los gobiernos conservadores se trasladaba ahora a los liberales, situación que llegaría hasta el año 1946, cuando volvieron los conservadores al poder con el triunfo de Mariano Ospina Pérez.

La realidad monda y lironda era que la violencia estaba empotrada en Colombia desde la derrota del dominio español. El país permanecía en guerra constante, con el objetivo claro de exterminar a los situados en la frontera opuesta. Ahora, en 1930, el turno correspondía a los liberales, y esta vez la saña era más recalcitrante que la ejercida en años anteriores.

El inicio de la nueva etapa de la barbarie fratricida tuvo ocurrencia en Capitanejo, población limítrofe con el norte de Boyacá, hecho que dio origen a repetidas masacres. Se mataba con alevosía y a sangre fría, como lo recuerda Antonio Cacua Prada en esta memoria histórica.

El 10 de septiembre de 1932, el alcalde de San Andrés, Clímaco Rodríguez, dirigió feroces acciones que se tradujeron en la muerte de numerosos labriegos, la intención de asesinar al coadjutor, Carlos Colmenares, el ataque a las religiosas del hospital y del colegio de señoritas y la destrucción de la imprenta donde se editaban el  semanario Lucha y Defensa y la Hojita Parroquial.  

Don Pedro Cacua Jaimes, padre del historiador Cacua Prada, había fundado dicho semanario el 13 de diciembre de 1930, y su vida se extendió hasta el 10 de septiembre de 1932. En estos días su hijo Antonio tenía apenas seis meses de edad. Para evitar ser asesinados, la familia tuvo que refugiarse en la finca de un familiar y ocultarse durante varios días en unas cuevas indígenas.

Pasados los años –el 10 de febrero de 1979–, don Pedro Cacua Jaimes, que había alcanzado alto liderazgo político en su tierra, y que moriría días después, le dijo a su hijo: “Como eres un apasionado por la historia, te tengo un regalo muy especial. Te voy a entregar tres colecciones de periódicos, empastados, y un folleto, en ellos encontrarás parte de la historia de tu pueblo, y de Guaca”.

En esto consiste el libro que edita hoy Antonio Cacua Prada: en reproducir en forma textual los artículos publicados en el semanario Lucha y Defensa, que se convierten en testimonio fiel de una de las etapas más sanguinarias de la vida colombiana. Han pasado 37 años desde el día en que recibió el legado de su padre, y 86 años desde que en García Rovira estalló uno de los capítulos más tenebrosos del odio y la retaliación movidos por la pasión política. Época cavernaria de ingrata recordación.

El Espectador, Bogotá, 31-VII-2016.
Eje 21, Manizales, 29-VII-2016.

Comentarios

Este recuento histórico de la violencia en Santander y norte de Boyacá se reprodujo en otros sitios de Colombia. Baste recordar los hechos acaecidos en el Valle del Cauca y que sirvieron a Álvarez Gardeazábal para su novela «Cóndores no entierran todos los días». Infortunadamente el 90%, y creo no exagerar, de los colombianos ignora cómo y quiénes fueron los generadores de la violencia que desde hace muchas décadas ha golpeado al país y frustrado la anhelada paz. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Este artículo y el libro del escritor Cacua Prada son la historia de la provincia y las ciudades colombianas: ora violencia partidista, ora ataques guerrilleros, ora el narcoterrorismo, ora las matanzas de paramilitares, ora la sevicia de las bacrim y ora… En Colombia siempre hay una nueva violencia que falta por suceder. Ojalá algún día tengamos la inteligencia colectiva de cambiar este mal endémico. Armando Rodríguez Jaramillo, Armenia.

Leí la columna con la desazón que me causan escritos de ese corte; con él recordé el Quindío de mi niñez. Cada vez me convenzo más de que este es un país de bobos bravos, muchos de ellos de muy mala clase. Josué Carrillo, Barcelona (Quindío)

Ese es un vergonzoso capítulo  de la historia política de Colombia que se ha querido borrar para culpar al partido conservador y específicamente a los expresidentes Ospina y Gómez como «los padres de la violencia partidista en Colombia».  Mi padre, quien fue veterano suboficial del Ejército en los años veinte y comienzos de los treinta, me contaba cómo en un país que venía en paz, ésta fue rota por unas masacres de decenas de conservadores inermes concentrados en las plazas de mercado en algunos municipios de  Caldas, en  Gachetá y en Salazar de Las Palmas. Luis Granados Morales, Bogotá.

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Nariño: prócer olvidado

lunes, 23 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

El próximo 13 de diciembre se cumplen 190 años del fallecimiento en Villa de Leiva del gran Precursor de nuestra Independencia, Antonio Nariño. Con tal motivo, la Academia Patriótica Antonio Nariño, presidida por Antonio Cacua Prada, y de la que es vicepresidente Eduardo Durán Gómez, realizará el mismo 13 de diciembre, en la casa hacienda El Cedro, de Bogotá, un acto conmemorativo de la muerte del prócer.

Por otra parte, la revista Semana, asociada con la Gobernación de Cundinamarca y el Banco de Bogotá, ha elaborado una edición especial de 130 páginas para celebrar los 200 años de la independencia de Cundinamarca, donde el actor principal es Antonio Nariño. Duele decir que su nombre, que tanta participación tuvo en la gesta emancipadora de la corona española, y tantos presidios y dolores sufrió por la causa de la libertad, se encuentra opacado en nuestros días.

Poco es lo que a las nuevas generaciones les dice hoy la figura de Nariño, y de ahí la importancia de los dos sucesos antes mencionados. El hombre contemporáneo se ha desentendido en tal forma de la historia que configuró nuestro carácter republicano, que le cuesta trabajo identificar a los próceres del pasado. Con dificultad distingue a Bolívar y Santander, y de ahí en adelante surge una enorme nebulosa.

Ignora, por ejemplo, que la Casa de Nariño, o Palacio de Nariño, donde reside el Presidente de Colombia y es la sede del Gobierno nacional, se construyó en el terreno que ocupó la casa natal del héroe. Y se le dio su nombre para recuerdo de los tiempos futuros. Sin embargo, semejante tributo ha dejado de tener significación en los días actuales, por deplorable olvido de la Historia, que ni se enseña en los centros educativos, ocupados a veces en afanes baladíes, ni ejerce su papel de maestra y orientadora de la vida social del país.

Antonio Nariño nació en Santafé de Bogotá en 1765. Pertenecía a una de las más distinguidas y acaudaladas familias santafereñas. En tal condición, hubiera sido uno de los hombres más prósperos de la época. De hecho, fue notable su éxito en la vida de los negocios. Pero él era más de estudio e ideas que atado al dinero. Como persona ilustrada, bien pronto se identificó con los líderes de la Revolución Francesa. A su biblioteca llegaron los libros de Voltaire y otros pensadores franceses.

En 1794 utilizó su imprenta Patriótica para imprimir y difundir la Declaración universal de los derechos del hombre y el ciudadano, que él mismo había traducido del francés. Por este hecho, considerado un delito, fue condenado a diez años de cárcel. Además, se le confiscaron todos sus bienes y fue desterrado a perpetuidad de la Nueva Granada. Tres veces recibió condenas penitenciarias. Buena parte de su vida la pasó en la cárcel. Lograba escapar, pero más tarde era aprehendido.

Nunca desistió de sus ideas, y siempre chocaba contra obstáculos poderosos: tanto los provenientes de las autoridades españolas, como los infligidos por contradictores de sus causas patrióticas. En 1814 realizó ante el Congreso una defensa magistral de su posición ideológica, hecho que acrecentó su fama de estadista.

Agotado por esa racha de adversidades, sus últimos días los pasa en Villa de Leiva. Allí ha ido a buscar reposo y la cura de su salud. Aparentaba veinte años más de los que tenía. Tres meses después de su llegada a la población boyacense, muere a la edad de 58 años, el 13 de diciembre de 1823. Sobre él dice Indalecio Liévano Aguirre que “personifica los valores auténticos de la nacionalidad, porque nadie como él los encarna con mayor grandeza”.

El Espectador, Bogotá, 30-XI-2013.
Eje 21, Manizales, 30-XI-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-XI-2013.
Mirador del Suroeste, N° 50, Medellín/2014.

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Comentarios:

En mis nebulosos recuerdos de bachillerato leí un epitafio de Nariño que decía algo así: «Amé a mi patria, cuánto la amé…” Me gustaría que me enviaras el texto completo del epitafio. En cuanto a los jóvenes de ahora, escasamente se acuerdan de Bolívar y Santander. Luis Quijano, colombiano residente en Estados Unidos.

Respuesta. Este es el epitafio, pronunciado por Nariño cuando entró en los momentos de la agonía: “Amé a mi Patria: cuánto fue este amor lo dirá algún día la Historia. No tengo qué dejar a mis hijos sino mi recuerdo. A mi Patria le dejo mis cenizas». GPE


En buena hora tu pluma sale en defensa de la memoria del prócer. Acertado escrito, que estoy seguro tendrá un importante impacto entre la intelectualidad colombiana. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

Es cierto, ahora no se  enseña historia, mucho menos valores patrios. A pesar de su temprana muerte, fue mucho lo que Nariño hizo por el país y por  las futuras generaciones. Inés Blanco, Bogotá.

Antonio Nariño es el verdadero héroe de nuestra revolución y prócer colombiano. Es triste que las nuevas generaciones y algunas viejas no lo conozcan. Estoy seguro que seríamos una mejor sociedad si intentáramos seguir sus ideales y vocación de servicio hacia la comunidad. Ojalá los políticos actuales tuvieran algo de su grandeza y rectitud. King62 (correo a El Espectador).

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