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Tulio Bayer, el luchador solitario

miércoles, 18 de septiembre de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En mayo de 2016 recibí una llamada del historiador Orlando Villanueva Martínez, quien  me expuso su interés por investigar la vida de Tulio Bayer. Me buscaba por haber leído algunos artículos míos sobre el médico guerrillero, y pedía mi colaboración con el aporte de datos para llevar a cabo dicho propósito.

En efecto, yo era buen referente del personaje. Lo había conocido en 1958 como jefe del puesto de salud de Puerto Leguízamo, estrecho caserío sobre la ribera limítrofe con el Perú. Allí estaba yo vinculado al sector bancario. Desde que nos conocimos surgió una franca amistad que se prolongaría hasta el día de su muerte en París (junio de 1982). A esa sufrida lejanía llegamos casi al mismo tiempo, y regresamos a Bogotá un año después, él como director científico de los laboratorios CUP, y yo dentro de mi carrera bancaria.

Como secretario de Higiene y Educación en Manizales, Tulio Bayer había librado duras  batallas contra los adulteradores de la leche y en general contra la corrupción pública.  Pensaba que CUP sería el sitio ideal para ejercer su especialización en Farmacología y Toxicología adelantada en Harvard, pero se encontró con otro nido de piratas. Destapada la olla podrida que se escondía en su nuevo sitio de trabajo, denunció ante el país la adulteración de los medicamentos como grave atentado contra la salud.

Luego viajó al Vichada como médico indigenista, y más tarde se posesionó como cónsul en Puerto Ayacucho (Venezuela). En ambas posiciones chocó contra los poderosos de la región, explotadores de los nativos y usufructuarios de riquezas mal habidas. La pelea estaba casada, y esto determinó la agresión de las fuerzas adversas. Pidió ayuda al Gobierno, y su voz se perdió en el vacío. Al cerrársele todos los caminos, se alzó en armas.

Ese era Tulio Bayer: una conciencia social irreductible. Prefirió el destierro de la patria, el maltrato y el sacrificio de su tranquilidad, a la caída de sus principios. Siempre fue enemigo vehemente contra la deshonestidad y el abuso del poder. Su pensamiento queda reflejado en varios libros y en abundante correspondencia con sus amigos, e incluso con sus enemigos. Esa correspondencia permitiría hoy elaborar varios libros más –al estilo de Carta abierta a un analfabeto político, su mejor obra–.

Villanueva Martínez, doctor en Historia y profesor titular y emérito de la Universidad Distrital, ha puesto en circulación, luego de tres años de trabajo, el libro Tulio Bayer, el luchador solitario, editado por su universidad. Junto con esta obra sale un segundo tomo: Tulio Bayer: una vida contra el dogma. Correspondencia y otros escritos.

Villanueva Martínez se fue en busca de datos a poblaciones y entidades donde estaba escrita la historia, y por lo general permanecía oculta. Habló con la gente, revisó archivos, cartas, sumarios, documentos de distinta índole, tomó fotografías, y hoy saca a la luz sucesos inéditos y reivindicativos de la vida del médico.

Por otra parte, explaya la realidad de una etapa convulsa del país, en la que Tulio Bayer abanderó solitarias y valerosas campañas a favor de la gente desprotegida y en contra del atropello. Y chocó contra el poder arrasador de la clase dominante. En estas páginas emerge el Tulio Bayer que merece un puesto digno en la historia colombiana, como paradigma que es de la justicia y la equidad. Fulguran el literato y el intelectual, el ideólogo y el periodista, el ecólogo y el científico. Y ante todo, el luchador solitario. (Estos libros se consiguen en la Librería Lerner y en las librerías de las universidades  Javeriana, Nacional y Distrital).

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El Espectador, Bogotá, 14-IX-2019.
Eje 21, Manizales, 13-IX-2019.
La Crónica del Quindío, Armenia, 15-IX-2019.

Comentarios 

Celebro que por fin se pudo editar este reconocimiento a un verdadero revolucionario. Orlando Villanueva Martínez, Bogotá.

Tulio Bayer fue un hombre talentoso e inteligente que cumplió con su misión de crear conciencia. Sus libros son un gran legado, y ahora con esta biografía y tus artículos se asegura su puesto en la historia. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

Con el brillante prólogo que escribiste para el libro de Orlando Villanueva, adquirí pleno conocimiento de los ideales del atormentado médico, de los motivos que tuvo para llegar a convertirse en guerrillero, de su valía como escritor y líder social y de su acrisolada personalidad. Y con tristeza, también pude comprobar una vez más la desidia, el desinterés y la abominable indiferencia de los gobiernos y clases favorecidas por los campesinos, indígenas y desposeídos. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.   

En mis trasteos  lo primero que empaco en mi maleta de mano es el ejemplar de Carta abierta a un analfabeto político, en el cual, entre los varios subrayados destaco el de la página 24, de Ediciones Hombre Nuevo: “Si quieres un ejemplo personal y reciente de este fenómeno aparentemente contradictorio, te diré que en la llamada por mi coronel enemigo Álvaro  Valencia Tovar la “campaña del Vichada” se gastó en perseguirnos unas diez  veces más de lo que valía lo que nosotros estábamos pidiendo antes de levantarnos en armas. Lo pedí yo mismo siendo cónsul de Colombia en Puerto Ayacucho”. Javier González Q.

El hombre del puente

miércoles, 6 de marzo de 2019 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Dos años cumple, este 22 de marzo, el deprimido de la calle 94, luego de 12 años de atrasos causados por la falta de planeación, la corrupción, los contratos caducados, los cambios de precios, la desidia oficial. El costo inicial fue fijado en 46.000 millones de pesos, pagados por  cuotas de valorización en el 2008, y la cifra final ascendió a 170.000 millones, reajuste que se quería volver a cobrar a los contribuyentes, hasta que el alcalde Peñalosa destrabó el problema con recursos del distrito. Lo que en este caso ocurre en Bogotá es similar a lo que pasa con la mayoría de obras públicas en el país.

El deprimido de la 94 es el mayor símbolo del carrusel de la contratación, el vergonzoso cartel que tiene en la cárcel al exalcalde Samuel Moreno. El ingenio popular dice que el nombre de “deprimido” está muy bien puesto al reflejar la depresión del ánimo colectivo. Dibuja el abatimiento, la desesperanza, el cansancio, la postración, la humillación que han tenido que sufrir los ciudadanos por culpa de los corruptos y los malos gobiernos.

Al poco tiempo de inaugurada la obra, un hombre de unos 50 años, con cara de buena gente, hizo su aparición en el puente peatonal construido al lado del deprimido. Venía atraído por la posibilidad de ganarse unos pesos en el oficio de barrer el puente. Desde entonces se dedica a recoger con su escoba solidaria la basura que cae en el lugar, que él empuja poco a poco, de manera pausada y eficiente, para que los transeúntes se den cuenta de su trabajo y le aporten alguna ayuda.

La gente lo mira con indiferencia, a veces con fastidio, y sigue adelante. Son pocos los que le dan algún dinero. Nicanor –supongamos que ese es su nombre– es un desplazado de la violencia. Vivía con su mujer y sus hijos en un predio rural del Tolima, y la guerrilla lo obligó a salir de la propiedad. De esta manera, llegó a Bogotá, la ciudad monstruo, la ciudad indolente, donde los desheredados creen que encontrarán oportunidades para trabajar, y se equivocan.

Nicanor sujeta en la baranda del puente la cartelera donde exhibe la certificación del alcalde del pueblo sobre su condición de desplazado. Es la misma suerte de miles de colombianos que deambulan por las ciudades rebuscándose los medios para vivir.

Nicanor “trabaja” los jueves en el puente de la 94. El resto de la semana está en otros puentes. Un día hablé buen rato con él y me contó sus penurias. Supe que su mujer está inválida y que su hijo sufre una enfermedad degenerativa. Él mismo –Nicanor– tiene disminución auditiva y sus fuerzas vienen en decadencia. Aun así, se levanta todos los días, muy de mañana, para conseguir los pesos que le permitan pagar el arriendo en Soacha y subsistir con su familia en medio de la pobreza. Yo creí su historia, porque no había razón para dudar de su infortunio.

Es un ser decente, de mirada franca y triste. Le he cogido aprecio. Cuando lo veo ejecutando su oficio pordiosero, es como si viera al país entero: el país de los pobres, los desamparados, los arruinados, los que huyen del Tolima, y del Chocó, y del Cauca… y de buena parte de Colombia. Prófugos en la propia tierra.

Hace varias semanas no he vuelto a encontrarme con Nicanor. No sé si se enfermó, o se murió, o dejó de serle rentable el puente de la 94 y se fue con su escoba a otra parte.

El Espectador, Bogotá, 2-III-2019. Eje 21, Manizales, 1-III-2019.  La Crónica del Quindío, Armenia, 3-III-2019.

Comentarios 

Qué sensible artículo. Gracias por ponerles la cara y las palabras a esa rabia y a esa impotencia que la desigualdad y la indiferencia estatal causan en Colombia. Rodrigo E. Ordóñez (colombiano residente en La Florida, Estados Unidos).

Plenamente justificadas estas críticas sobre el deprimido de la calle 94, obra emblemática de la ineptitud, corrupción e impunidad que está caracterizando tristemente a la dirigencia colombiana en muchas de sus áreas. Y muy sentido el relato sobre Nicanor, que también puede ser el emblema del desaliño y carencia de las políticas sociales de nuestro aguantador país. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

Es verdad lo que dice el artículo: Nicanor es el país. En el puente de la 146 del Transmilenio hay otro Nicanor, este más joven que el de la historia narrada, con las mismas características, barriendo la mugre que la mala educación y la indolencia de las gentes deja abandonada a merced de nadie. Inés Blanco, Bogotá.

¡Cuántos Nicanores hay en este país! Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

El artículo es el reflejo de lo que sucede en el país. Duele Colombia, por diversas causas, que parecen inamovibles: nos rodea la inercia ante lo verdaderamente humano e importante. Elvira Lozano Torres, Tunja.

Dolorosa y pequeña historia que bien recoge todo el drama de cientos de miles de compatriotas que año tras año han de abandonar sus terruños por cuenta del eterno abandono y negligencia del Estado en aquello que tenga el tinte de provincia. El lamentable caso de Nicanor al menos tiene el toque de bondad natural propia de nuestros desplazados que buscan cómo rehacer sus lastimeras vidas en la capital. Carlosmoralej (correo a El Espectador).

La exmonja Julia Ruiz

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

En mi artículo anterior hablé del insurgente Biófilo Panclasta (1879-1942), basado en libro del historiador Orlando Villanueva Martínez. El nombre del anarquista causó curiosidad a los lectores, hasta el punto de suponerlo irreal. Esa suposición también existió en el pasado: cuando la vida de Biófilo Panclasta fue llevada a una obra de teatro, el público creyó que era un personaje ficticio. Su verdadero nombre era Vicente Lizcano, que tampoco dice nada hoy en día, ni se mencionaba en su tiempo.

Julia Ruiz era una humilde mujer de origen boyacense que a corta edad se hizo monja de la Caridad, y diez años después abandonó el convento y emprendió una cruzada a favor de los pobres y los marginados. Como monja fue enfermera en los ejércitos de Rafael Uribe Uribe, caso insólito en los inicios del siglo XX, ya que la mujer se mantenía alejada de la actividad pública y sobre todo de las contiendas bélicas. Lo que vio en la guerra y lo que captó en el discurrir cotidiano incentivaron su vocación por la causa social.

Poseía honda sensibilidad por las dolencias de la gente desprotegida, clase a la que pertenecía y a la que se le hacía objeto de menosprecios y penalidades. La actividad religiosa no le aportaba las soluciones que perseguía, y por el contrario, en el monasterio era víctima de afrentas y discriminaciones. Su estadía en el convento le hizo ver la realidad que no se imaginaba. No comulgaba con ciertas normas de la Iglesia católica, como los diezmos y primicias, y le dolía la actitud arrogante de sus compañeras y directoras, que no mostraban el verdadero espíritu cristiano.

Un día se rebeló contra ese estado de cosas y desertó de la vida religiosa. Pero conservó los principios de la religión. “Yo tuve –dijo más tarde– el coraje y el carácter de abandonar el convento y el hábito talar, porque ni ese hábito ni esa vida convenían a mi altivez espiritual, sentimientos cristianos y energía personales”. Y se volvió anticlerical.

En medio de absoluta pobreza y sin saber qué rumbo tomar en los caminos del mundo, se estableció en el centro de Bogotá, en algún cuchitril que surgió a su paso. Montó un rústico  negocio de mercaderías menudas que vendía a los transeúntes, y esa tarea le permitió la congrua subsistencia. A medida que pasaba el tiempo y palpaba mejor la pobreza, y por eso mismo conocía mejor a la gente, sentía acrecentarse su solidaridad con los desamparados.

Los vecinos admiraban su talante humano, sus actos generosos, su figura amable y sencilla. Julia Ruiz se hizo notar en el sector y se volvió líder de la comunidad. Nadie ignoraba que la exmonja rebelde –y ahora libertaria– era abanderada de las angustias del pueblo. Dirigió cartas vehementes a los periódicos, furiosas cartas de protesta en las que denunciaba la injusticia y clamaba por la libertad y el equilibrio social. Además, abogaba por la causa de las mujeres. Cual otra María Cano, luchaba por los derechos fundamentales de la población y por la dignidad del trabajo. Las dos mujeres estaban motivadas por sus ideas socialistas.

Un día Julia Ruiz sintió poderes de adivinadora y fundó un consultorio en la carrera 9ª número 4-56. Bien pronto corrió la noticia de que la exmonja se comunicaba con los espíritus y descubría o predecía los hechos ocultos. Los habitantes preguntaban a la pitonisa por los caminos que debían seguir, y de consulta en consulta, su fama se extendió por el pequeño poblado de entonces.

Terminó asociada en el negocio de la quiromancia y la creencia espiritista con Biófilo Panclasta, a quien acababa de conocer en estado lastimero. Ella se condolió de su suerte. Maltrecho y menesteroso, el anarquista volvía a Bogotá derrotado por su cadena de infortunios. Había visitado numerosos países, había sufrido hambres y cárceles, se había entrevistado con grandes figuras del mundo, había tenido un hijo con una princesa rusa, y ahora se hallaba en el fracaso total. Estaba entregado a la vagancia y el licor. Y se le apareció Julia Ruiz, que lo sacó del abismo. Ambos tenían las mismas ideas, ambos eran anarquistas, ambos conocían la miseria humana. La pareja perfecta.

Unidos en el amor y la bienandanza que nunca habían disfrutado, pasaron los mejores años de sus vidas. El mundo vino a sonreírles en la edad otoñal, y supieron que la equidad que buscaban para los demás se cumplía en ellos mismos. Corría el año 1934. Cinco años después (enero de 1939), moría Julia Ruiz dejando a su compañero hundido en la desolación. Lo abrumaron la pena y el desespero, y su existencia volvió a derrumbarse. Se refugió en Barranquilla, y allí intentó dos veces suicidarse. Más tarde fue a dar al Asilo de Ancianos de Pamplona, donde falleció de fulminante paro cardiaco en marzo de 1942, tres años después de la muerte de Julia.

El Espectador, Bogotá, 29-IX-2018.
Eje 21, Manizales, 28-IX-2018.
La Crónica del Quindío, Armenia, 30-IX-2018.

Comentarios 

Qué buen trabajo revivir la historia, la que el sistema no quiere que las nuevas generaciones conozcan. Igual pasa con la revolución comunera. En México se sienten orgullosos del grito de Hidalgo, igual al de José Antonio Galán. La historia de Hidalgo en México es un orgullo, la de Galán en Colombia no la conoce nadie. Gupinzón (comentario en El Espectador).

Atrayente historia de amor la de la monja Julia, que le he mandado, para promoverla, a Daniel Ferreira, el excelente novelista que acaba de publicar la abrumadora novela sobre la Guerra de los Mil Días y la batalla de Palonegro. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

Muy interesante, y por qué no decir, conmovedor, el artículo sobre Julia Ruiz y su compañero, quienes al final de la vida encontraron el amor «perfecto» en medio de sus avatares como seres rebeldes. Tal para cual, diría mi abuela. Es una aproximación de carácter novelesco. Inés Blanco, Bogotá.

Memoria de la insurgencia

lunes, 22 de octubre de 2018 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

El historiador y profesor Orlando Villanueva Martínez es una autoridad en el campo de la insurgencia colombiana. Ha publicado alrededor 15 libros sobre esta materia, y 5 más se hallan inéditos. Tras exhaustivas investigaciones, ha revelado la vida y las circunstancias en que actuaron grandes figuras de los conflictos sociales, como Camilo Torres, Guadalupe Salcedo, Dumar Aljure, Biófilo Panclasta, Manuel Quintín Lame, Sangrenegra, Pedro Brincos. Y viene en camino el libro ya concluido sobre el médico Tulio Bayer, el luchador solitario.

He leído en estos días 2 de estos textos, y a ellos voy a referirme. Más allá de narrar la vida de los líderes de la violencia partidista que se acentuó en las décadas del 40 y 50 del siglo XX, Villanueva escruta las causas que dieron origen a los movimientos de protesta y rebelión. Se calcula entre 200.000 y 300.000 los muertos por las luchas entre liberales y conservadores.

¿Alguien sabe quién fue Pedro Brincos? El historiador lo cuenta en libro reciente de la Biblioteca Libanense de Cultura. El apodo respondía al nombre de Roberto González Prieto, honorable habitante de Líbano (Tolima), donde había nacido el 8 de mayo de 1921 y ejercía el oficio de dentista. En 1948, cuando estalló la violencia con la muerte de Gaitán, fue asesinado su padre y quemadas las propiedades de la familia. Esto determinó que su hijo, que había prestado servicio militar, se vinculara a un grupo armado en el norte de Tolima.

En la región se desató implacable combate entre liberales y conservadores. El odio campeaba en todo el país. Pedro Brincos militaba en la fuerza rebelde, y el grupo vengaba la matanza de liberales. Con el tiempo, 3 de sus hermanos caerían asesinados. Los chulavitas y los “pájaros” del Valle arremetían contra los liberales. Unas células comunistas azuzaban a los campesinos para la toma del poder.

Pedro Brincos se convirtió en el jefe supremo de la revuelta. Se volvió bandido con todas las de la ley, porque a eso lo obligaban los hechos. Muchas veces fue a dar a la cárcel. Se desplazaba por muchos sitios de la región y del país. La Dirección Nacional Liberal le enviaba armas y recursos para la defensa. A la postre, lo dejó solo. Un día se marginó de la contienda y se acogió a la ley de amnistía que había sido decretada por el Gobierno.

Pero no lo dejaban tranquilo. Fue atacado desde los periódicos por habérsele otorgado un préstamo dentro del programa de rehabilitación. Su causa tenía motivación social, pero esta pasaba inadvertida en la guerra fratricida que desangraba al país. El 15 de septiembre de 1963, a la edad de 42 años, cayó abatido por el Ejército en área rural de Lérida.

* * *

¿Alguien sabe quién fue Biófilo Panclasta? Su nombre de pila era Vicente Lizcano, nacido en Chinácota (Norte de Santander) el 26 de octubre de 1879. En 1904 adoptó el alias de Biófilo Panclasta por sugerencia del escritor y revolucionario ruso Máximo Gorki, a quien había conocido en sus andanzas por el mundo. La primera palabra significa en griego “amante de la vida”, y la segunda, “enemigo de todo”. Definición perfecta para este anarquista consumado.

Villanueva Martínez describe en libro de Editorial El Búho la extraña, enigmática y alucinante personalidad de Panclasta, quien a los 20 años es expulsado de la Escuela Normal de Bucaramanga por indisciplinado. Allí comienza su itinerario de rebeldías. En la dictadura de Juan Vicente Gómez, en Venezuela, va a dar a la cárcel por revoltoso, entre 1914 y 1921. Allí padece los peores horrores, y la experiencia lo hace más rebelde y a la vez más fuerte.

Odia a los dictadores y en general a los usufructuarios del poder. Busca estar al lado de los desamparados. Él es uno de ellos. Participa en mítines y aviva las luchas populares. Una vez declara: “Yo de los gobiernos no he comido otro pan que el de las cárceles”. La cárcel parece ser su morada continua. Es expulsado de su propia patria. Sufre 3 años de destierro en Siberia. En todas partes forma problemas y termina detenido. En ningún lugar o gobierno halla respuesta a las angustias del hombre.

Escribe libros, poemas, cartas, panfletos. Conoce a grandes personajes (Lenin, Gorki, Rasputín, Kroptokin –uno de los principales pensadores de la causa anarquista–). Nietzsche es su filósofo de cabecera. Despierta simpatía en la gente que trata, y conquista amores fugaces. Tiene un hijo con una princesa rusa. Comenta: “He tratado a príncipes y mendigos; he sufrido, he amado, he esperado. Mis libros son obras vividas, son páginas escritas con sangre y lágrimas”. En su vida se mezclan el amor y el odio, el idealismo y la miseria.

En suma, un personaje de leyenda. Excéntrico y genial, loco y cuerdo, filósofo y revolucionario, vagabundo y borracho, nunca disfruta de sosiego ni satisfacción. Con sus propias fuerzas se encara al mundo y reta a todos los tiranos. Recorre más de 50 países y descubre todas las miserias humanas. Notables escritores, como José Antonio Osorio, Rafael Gómez Picón, Luis Eduardo Nieto Caballero, Armando Gómez Latorre, Gonzalo Buenahora, dejaron sobre él páginas memorables que están rescatadas en el libro que comento.

Vino a encontrar el amor otoñal en Julia Ruiz, exmonja de la Caridad que se había retirado del convento impulsada por la frustración religiosa y el ánimo de servirle a la gente en el ámbito seglar. Ella muere en enero de 1939. Julia merece página aparte, que me propongo escribir otro día. En marzo de 1942, en completa soledad y víctima de un fulminante paro cardiaco, fallece Biófilo Panclasta en el Asilo de Ancianos de Pamplona, a la edad de 62 años. Los 3 años que siguieron a la muerte de su compañera fueron de absoluta desolación. Al fin conoció el amor verdadero, pero fue un amor trágico. Como toda su vida.

El Espectador, Bogotá, 15, IX-2018.
Eje 21, Manizales, 14-IX-2018.
La Crónica del Quindío, Armenio, 16-IX-2018.   

Comentarios 

Su pluma impulsa a leer las obras de Orlando Villanueva sobre esos héroes a los que la historia oficial ni siquiera da cabida en la contracarátula, pero que son hilos, e hilos muy fuertes, que llevan al fondo de la madeja del conflicto social que ha atravesado nuestra historia con un ADN de odio y discriminación. Jorge Mora Forero (colombiano residente en Weston, Florida, USA).

Nunca había escuchado ni leído nada sobre Pedro Brincos ni sobre Biófilo Panclasta. Desconocía su existencia, y tal vez si alguna vez olvidada por mí llegaron a mi cerebro, tuve que imaginar que eran personajes ficticios, pues con esos nombres no puede uno pensar en otra cosa. Esta columna aporta nuevo conocimiento sobre la historia colombiana. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

A los insurgentes alzados en armas no se les pacifica quitándoles las armas sino quitándoles las razones que tienen para utilizarlas. julioh78 (en El Espectador).

Maltrato y crueldad

martes, 14 de noviembre de 2017 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El maltrato y la crueldad son dos factores que andan unidos en la creciente ola de violencia intrafamiliar que azota a Colombia. En este campo de la intolerancia y la barbarie, movido por el machismo ancestral, la mujer es vulnerada hasta extremos inauditos. Por lo general, el drama queda escondido tras los muros del hogar. En esta forma, la impunidad es aberrante en una nación que se dice civilizada y que no ha salido, sin embargo, de la era cavernaria.

Miles de casos llegan a la justicia, pero las cifras de la infamia, lejos de disminuir, muestran en los últimos años un crecimiento no solo significativo sino catastrófico. El estado de descomposición social nos sitúa como el segundo país más violento del hemisferio. Ya se sabe, de tiempo atrás, que Colombia está considerada como uno de los territorios más violentos del mundo. ¡Qué triste realidad!

La violencia intrafamiliar se refleja en el maltrato físico, sicológico o verbal. Esta situación llega a casos tan extremos que la mujer, que es la principal víctima de las agresiones –debiendo ser la reina del hogar–, se convierte en un ser pisoteado, humillado, sumiso, indefenso, compelido en su derecho al respeto y la dignidad. En tales condiciones, la mujer no solo pierde la alegría de vivir sino que padece en silencio serios trastornos depresivos, cuando no graves enfermedades.

No hace mucho el país entero vio el video en el que un hombre golpeaba en forma brutal a su novia, en el ascensor de un edificio de Chapinero, y luego hería a un joven que intentó defenderla. ¿Qué le ocurriría más adelante a esta mujer en caso de llevar vida marital con ese energúmeno?

Si se trata del abuso sexual contra la mujer, el panorama es mucho más desastroso, y no menos preocupante. En estos días, cuando han salido a flote innumerables episodios de esta naturaleza y se han suscitado agudos debates en las redes sociales y en los medios de comunicación, las noticias estremecen al país. El ataque sexual se volvió una pandemia, de tanto repetirse a todo momento y en todas las esferas de la sociedad.

En la mayoría de los casos, la violencia sexual queda silenciada por el miedo, la vergüenza o el temor a represalias que sienten las mujeres ultrajadas. Muchas veces el agresor es parte de su misma familia, y aquí el encubrimiento es mayor. Además, se desconfía del funcionario judicial ante el que hay que poner la denuncia, por la sospecha de que es otro criminal en acecho. Y tampoco se cree en la eficacia de la justicia.

La impotencia de la mujer para protegerse y conseguir el reparo contra el abuso es la que agiganta la impunidad. Colombia es un país de impunidades en todos los órdenes: en el oficial, en el político, en el judicial, en el económico…

La Fiscalía General presentó en días pasados un proyecto de ley para endurecer los castigos a quienes incurran en los maltratos físicos o sicológicos a que se refiere esta nota, proyecto que contempla la privación de la libertad entre 4 y 8 años y el aumento de la pena en una cuarta parte en caso de reincidencia. La sociedad debe protegerse. De por medio está la dignidad de la familia, un tesoro que ha caído en el mayor nivel de degradación humana.

Eje 21, Manizales, 10-XI-2017.
El Espectador, Bogotá, 10-XI-2017.
La Crónica del Quindío, Armenia, 12-XI-2017.
Mirador del Suroeste, n.° 70, Medellín, diciembre/2019.

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Es un tema que a algunos colombianos, infortunadamente solo a algunos, nos genera un triple sentimiento: tristeza, vergüenza e ira. No es lógico que del más maravilloso órgano de un ser humano, como es el cerebro, pueda brotar una conducta tan irracional, capaz de causar daño y sufrimiento a otro ser humano, la mayoría de las veces indefenso y en desventaja física. Me apena tener congéneres que más parecen animales rabiosos sin capacidad de discernimiento que integrantes de una sociedad que se dice civilizada. Eduardo Lozano Torres, Bogotá.

En mi concepto la violencia sicológica llega a hacer más daño que el maltrato físico. Lo que estamos viendo me hace pensar que vamos de regreso a tiempos de horror. Esperanza Jaramillo, Armenia.

Estupendo diagnóstico, ahora a dar soluciones. Exigir a los nuevos matrimonios cursos de ética, pues con las generaciones actuales no creo posible enderezar el camino. Josué López Jaramillo, Bogotá.

Es aberrante no solo en Colombia sino en el mundo la forma como algunos hombres tratan a la mujer y la hacen víctima de atropellos innombrables que terminan con el asesinato. Como mujer me horrorizo ante el salvajismo, son tratadas como objetos y  se consideran con derecho de matarlas. Y… no pasa nada. Inaudito en pleno siglo XXI. Inés Blanco, Bogotá.