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Archivo para julio, 2010

El año de Alberto Lleras

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con motivo del centenario del presidente Alberto Lleras Camargo, que se cumple el 3 de julio, Villegas Editores publicará, con prólogo de Otto Morales Benítez, una antología compuesta por cinco volúmenes, con el siguiente título: Alberto Lleras, 100 años: presencia cultural, política e internacional de la democracia colombiana.

El día del aniversario, la Academia Colombiana de Historia exaltará en sesión solemne la memoria del estadista y presentará el libro Sendero histórico y humanístico de Alberto Lleras, de la autoría de Morales Benítez.  Por su parte, el Club de Abogados editará el libro Sentido democrático de lo jurídico, en el que se analizan diversos asuntos relacionados con el Derecho, ocurridos en el gobierno de Lleras. Estos son tres proyectos en marcha (y aparecerán otros), con que se busca engrandecer el suceso que se aproxima.

Morales Benítez, uno de los colombianos que estuvieron más cerca del personaje, tanto en lo político como en lo intelectual, sugiere que el gobierno decrete este año como el “año de Lleras”, para realzar el significado histórico del gran colombiano en las diversas facetas de que es tan rica su existencia: en la democracia, en el ejercicio del poder, en el manejo de la palabra, en el empleo de la inteligencia.

Pocos compatriotas registran el cúmulo de realizaciones alcanzadas por Lleras en más de 50 años de ejercicio político durante el siglo pasado. Morales Benítez fue dos veces ministro en la segunda administración de Lleras (del Trabajo y de Agricultura), y además secretario suyo cuando el caudillo asumió, casi en la clandestinidad (tras renunciar a la rectoría de la Universidad de los Andes), la jefatura del movimiento que derrocó al general Rojas Pinilla.

La austeridad y la modestia fueron virtudes sobresalientes que enmarcaron la vida de Lleras, tanto en el desempeño público como en su vida privada. Bajo esa norma severa, huía de toda pompa que significara la relevancia de su nombre. En el campo editorial, no fueron muchos los libros que publicó, y siempre fue esquivo a esa vanidad. Pero sus ensayos, columnas de prensa, conferencias y discursos, regidos todos por su estilo magistral, darían lugar a la formación de varios volúmenes que entidades y amigos se encargarían de editar.

En 1987, con el auspicio de la Federación Nacional de Cafeteros y la Flota Mercante Grancolombiana, fueron publicados dentro de la Biblioteca de la Presidencia de la República, en el gobierno de Virgilio Barco, cinco volúmenes de lujo que abarcan buena parte de sus escritos, bajo el título Obras selectas de Alberto Lleras. Y se recogió su propia voz en tres casetes grabados por la emisora HJCK, en los que quedan registrados, en discursos estelares, capítulos memorables de nuestro discurrir histórico.

Dentro de esta serie bibliográfica quedó incluido el primer tomo de sus memorias, titulado Mi gente, que había visto la luz una década atrás. Muy lamentable resulta que el historiador no hubiera continuado con esta obra de vasto alcance, como él se lo propuso en su planeación –y lo cumplió de manera formidable en el libro inicial, dedicado al recuerdo de sus raíces familiares–, y que tuvo que interrumpir por la decadencia de su salud en los años posteriores.

En 1992, con el patrocinio de la Universidad de Antioquia y de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín y con prólogo de Otto Morales Benítez, se editaron dos tomos con el título de El periodista Alberto Lleras, en los que se rescata una muestra significativa de su sus notas de prensa. Una vez proclamó el periodista Lleras: “Soy un laborioso trabajador de este oficio, bueno o malo, pero auténtico”.

Otra selección de su refinada prosa –una de las más castizas y galanas que se hayan dado en el país, a la vez que sobria y concisa– la realizó la Biblioteca Básica de Cultura Colombiana, dirigida por Eduardo Caballero Calderón, en el libro Sus mejores páginas, escogidas por Alberto Zalamea. En fin, la obra del escritor es un lujo para muchas bibliotecas particulares. (Yo me enorgullezco de poseer los títulos antes mencionados).

Hoy cobra vigencia la figura del patriota intachable en este año que, por supuesto, debe dedicarse a revivir su memoria. Ya tendré ocasión de volver sobre la personalidad del ilustre colombiano en los campos de la política y las letras.

El centenario de su nacimiento debe llevarnos a reflexionar sobre la democracia y la cultura contemporáneas, que a veces andan de capa caída. Al asumir Lleras la primera presidencia del Frente Nacional, en 1958, la poetisa Laura Victoria le expresaba desde Méjico: “Alberto: ahí tienes la Patria, / te la entregamos toda / con sus enormes cicatrices, / su mansedumbre de relámpagos / y la moneda de sus lágrimas”.   

El Espectador, 18 de marzo de 2006.

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Comentario:

¡100 años! Cómo pasa la vida. Lo conocí muy joven, empezando su carrera política, y lo admiré siempre, hasta el final de su meritoria existencia. Fue un político recto, desinteresado, animado por el solo deseo de servir a su Patria. ¡Y cómo lo hizo de bien! Te felicito, pues, por esta página en su honor y en honor de Otto, ese otro colombiano excepcional por su inteligencia, su erudición y su trabajo en pro de la cultura. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

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Los campos del terror

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Para escribir esta columna sobre las minas antipersonales –uno de los dramas más horripilantes de la era actual–, realicé un recorrido por el mundo a través de la internet. Y quedé abismado frente al sinfín de atrocidades que se cometen en todas las latitudes del orbe por medio de este mecanismo atroz.

En plena época de las globalizaciones, cuando los países luchan por vender sus productos en los mercados internacionales y adquirir a su turno los avances de las tecnologías foráneas, también la perversidad se ha globalizado. La maldad se exporta o se importa como un bien de consumo. La barbarie no tiene límites y cada vez se vuelve más refinada y más universal. El hombre lleva inoculado el odio desde su nacimiento.

Las empresas fabricantes de los artefactos explosivos ejecutan los métodos más novedosos para superar a la competencia y ganar mayores mercados, sin detenerse a reflexionar en los estragos que causan a la humanidad. Por encima de todo está el lucro. Y detrás del lucro, la ruindad moral de los comerciantes de desgracias.

Los 125 estados signatarios del Tratado de Ottawa (1997) llevan destruidas más de 30 millones de minas. Los grandes ausentes de este convenio son Estados Unidos, Rusia y China. Entre tanto, cada año se presentan unas 20.000 víctimas nuevas. Colombia ocupa el cuarto lugar entre los países que afrontan esta calamidad, después de Camboya, Afganistán y Angola.

Se calcula que en los arsenales del planeta existen alrededor de 230 millones de minas. Las sembradas pasan de 110 millones y están listas para explotar en 64 países. Otro dato alarmante revela que después de enterradas, se mantienen activas durante 50 años. Todo esto indica que el universo se ha convertido en un campo minado, no sólo para el presente sino también para el futuro lejano. Hoy, las minas sembradas en el país pueden pasar de 100.000.

Conforme se recrudece la ferocidad de los conflictos armados y se incrementa la ira entre los colombianos, progresa el ímpetu destructor de los grupos subversivos. Según datos del  Observatorio de Minas de la Vicepresidencia, 4.575 personas han sido víctimas de estos atentados entre 1990 y el año actual, la mayoría militares y campesinos (entre ellos, 476 niños). Alrededor del 60 por ciento de los municipios están expuestos a esta acción criminal.

Las minas antipersonales se idearon para mutilar y torturar, más que para matar. En otras palabras, para producir pánico en la población. Hasta esos extremos diabólicos ha llegado la hostilidad del hombre y la agresión de la guerra: su fin primordial es destrozar y amedrentar. Muchos mueren en la explosión, o días después a causa de las heridas, y quienes quedan vivos deben padecer brutales tormentos, tanto físicos como sicológicos.

Con estos atentados se realiza, además, grave daño social al desalojar a los pobladores de sus campos y arrebatarles los medios de subsistencia, con lo cual se merma la producción nacional y se crean situaciones de desempleo y miseria. Los predios rurales, que en otros tiempos fueron fuente de prosperidad e insignia nacional, se han convertido en campos de desolación y muerte.

Juan Passega es otra víctima inocente de este conflicto demencial. Su profesión de ingeniero civil, que ejercía en Bogotá desde años atrás, lo llevó a trabajar como jefe de interventoría de una mina de carbón a cielo abierto ubicada en el municipio de La Jagua de Ibirico (Cesar). Para cumplir su cometido, tuvo que resignarse a visitar a su esposa e hijos sólo por temporadas. Sacrificio enorme, motivado por la oportunidad laboral y por el deseo de prestarle un servicio a la patria en aquella lejana y riesgosa geografía.

Allí sufrió la pérdida del pie izquierdo al pisar una mina. El horror causado por este infortunio no sólo le obnubiló la mente y le conmocionó el espíritu, sino que hoy, en la lenta recuperación, lucha por recobrar el equilibrio emocional y superar la lesión física. Gracias a la valentía de los soldados que acudieron a sacarlo del lugar del accidente junto con otros de sus compañeros de trabajo, lo mismo que a los primeros auxilios recibidos en Valledupar y a los servicios que le presta el Hospital Militar, su caso, por terrible que sea, resulta milagroso. Y por fortuna, remediable.

Como amigo suyo personal, he seguido de cerca –y lo he sentido en lo más hondo del alma– este doloroso episodio de la guerra fratricida que tiene azotada la paz de los colombianos. Estos crímenes de lesa humanidad reclaman una vigorosa acción de todos los países.

“Mi caso –dice Juan Passega– puede ser el primero dentro de la población no campesina y le puede ocurrir a cualquier persona que por el simple hecho de hacer un paseo a cualquier lugar fuera de la ciudad caiga en un campo minado. Todos los colombianos estamos expuestos y no queremos abrir los ojos ante esta realidad”.

El Espectador, Bogotá, 13 de marzo de 2006.
Revista La Píldora, julio-agosto de 2006, Cali.

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Te agradezco en el alma tus palabras dedicadas a mi caso y el de muchas otras personas. Espero que con esto podamos comenzar a cerrarle las puertas a este mal que tenemos en nuestro país y en el mundo. Juan Passega Avalos, Bogotá.

Te felicito por el artículo y por resaltar el valor y la entereza de nuestro amigo Juan. Jorge Orozco, director de Marketing y Comunicaciones, Synapsis Colombia, Bogotá.

El artículo Campos del terror me abrió la mente a otras realidades que no tenía en perspectiva. Adicional a ser un artículo profundo fue realmente conmovedor. John Ramírez, Bogotá.

Qué buen artículo. Todavía queda mucho por escribir y muchos por recordar. Carlos Eduardo Astrálaga Pertuz, Codensa, Bogotá.

El hombre está empeñado en “convertir la tierra en una lágrima”, al decir de Robledo Ortiz en su Plegaria a San Francisco de Asís. Y tu artículo así lo comprueba. Son estadísticas alucinantes, que roban la tranquilidad y la realidad dolorosísimas que vivimos a diario. Por eso odio la guerra y la violencia, venga de donde viniere, y soy apasionada defensora del perdón, del diálogo, de la búsqueda de caminos de reconciliación. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Lo grave de este problema está esbozado en la última parte de su artículo: no le importa a nadie mientras no sea una víctima, y la mayoría de las víctimas son colombianos anónimos, pobres, ignorantes, explotados por los gamonales y electoreros de turno. Gracias al aprecio por su amigo en desgracia está hoy usted investigando y tratando de hacer algo, pero habrá muchos que no sentirán de cerca la explosión de una mina y seguirán ciegos y sordos ante esta tragedia. Martha Cecilia Sánchez Perdomo (correo a El Espectador).

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Periodista de alta fidelidad

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Conservo una foto memorable donde varios amigos compartíamos con Arturo Abella el vino ofrecido dentro de la realización de un acto académico. Ahora, al conocer la muerte del ilustre historiador y periodista, busqué mi álbum de recuerdos para repasar aquel momento grato, que no creía tan remoto. Sin embargo, habían corrido 18 años.

Con esta mención, quiero hacer notar el paso veloz del tiempo y el declive inexorable de la vida. Arturo Abella, en aquel entonces de 72 años, aparece en el registro fotográfico lleno de vitalidad y exhibiendo su exquisito don de gentes. Siempre se distinguió como el perfecto caballero, obsequioso con las damas y dueño de trato amable con todo el mundo. Era el auténtico “cachaco”, de porte sereno y reposado y sonrisa espontánea, que exhibía el sello aristocrático de los caballeros de antaño.

De aquella estampa vital, frente al estado de postración física de sus últimos días, permanecía el ser superior que soportaba en silencio, lleno de dignidad y fortaleza, la amputación de una pierna y sentía en su soledad las ráfagas del abandono y el olvido. Del brillante comentarista de los años 60 y 70, pionero de los noticieros de televisión y que marcó una época en el periodismo político del país, poco quedaba. Pero lo sostenía la fe. En medio de los avatares de su destino cruel, nunca perdió el humor ni dejó de sonreír.

El senador Enrique Gómez Hurtado, uno de sus amigos más preciados, que lo visitaba con frecuencia y con él discutía los sucesos nacionales, dice que siempre salía fortalecido al encontrarlo eufórico, dotado de mente reflexiva y rebosante de chispa, como en sus mejores días. En el año 2001, amputada la pierna para salvarle la vida, llamó por teléfono a su hija María Mercedes y le dijo: “Perdí una pierna pero no la cabeza”.

A finales de los 60, Arturo Abella  adquirió gran popularidad con el famoso Telediario 7 en punto, espacio que manejó durante ocho años en compañía de Juan Álvaro Castellanos y las Teresitas (apelativo cariñoso asignado a las simpáticas damas): Teresa Macía y María Teresa del Castillo. El periodista creó una frase ingeniosa para dar las chivas que había obtenido de los personajes del gobierno o la política: “Una fuente de alta fidelidad contó…”

Telediario se convirtió en termómetro de la vida colombiana. El televidente no sólo quedaba bien enterado de los últimos sucesos, sino que recibía recta orientación gracias a los ponderados editoriales con que el director expresaba sus puntos de vista y glosaba el acontecer nacional. Riguroso con las noticias, recomendaba a sus colaboradores no dejarse manejar por el afán ni por los rumores, e investigar, en cambio, la veracidad y el color de los hechos.

En otras palabras, les decía que no debían “tragar entero”, sino digerir los detalles y presentar el caso con objetividad y en buen castellano. El equilibrio, información y seriedad, ejes donde reposaba su fuerza profesional, le crearon una atmósfera de respeto y confianza. “El periodismo hay que ejercerlo –dijo una vez– con guantes de seda y oído de violinista”.

Elegido miembro de la Academia Colombiana de la Lengua, se convirtió en uno de los pregoneros más conspicuos del bien decir. No sólo enriquecía sus propios conocimientos mediante lecturas selectas, sino que era una cátedra erudita y amena: en la televisión dirigió el programa Diga… y no diga, donde corregía yerros gramaticales e irradiaba sabias lecciones.

Su bagaje intelectual provenía de sus estudios de filosofía y letras en la Universidad Javeriana. Editó 11 libros, la mayoría de historia, entre ellos, El florero de Llorente, Don Dinero en la Independencia, Melo, Biografía de Núñez, Así fue el 9 de abril. Fue columnista de El Siglo, El Colombiano, El Tiempo y El Nuevo Siglo (periódico donde escribió hasta última hora), así como de diversas revistas.

Al preguntársele cómo quería que lo recordaran: como periodista, historiador o filólogo, no dudó en responder: “¡Como periodista!, que ha sido mi gran pasión”. Y vaticinó que moriría siendo periodista. Ya deteriorada su salud en forma severa, su hijo Andrés lo ayudó a sacar en limpio sus dos últimos artículos para el Nuevo Siglo, que él le dictaba. De este modo, se repetía la misma historia de Teófilo Gautier, que en sus días postreros, carente de fuerzas para seguir escribiendo, se empeñaba en hacerlo; cuando no podía escribir, dictaba. Y murió con la pluma en los dedos.

La referencia que hacía el periodista sobre sus fuentes de alta fidelidad, es aplicable a su propia vida. La lealtad fue norma inquebrantable de su espíritu: primero, con sus principios y creencias; luego, con sus amigos, y en tercer lugar, con la política, campo en que mantuvo estrecha amistad con Laureano Gómez y su familia. Nunca fue sectario. Su mente abierta no le permitía serlo.

Todas las lealtades ocuparon sitio eminente en el carácter de Arturo Abella. Pero el periodismo fue su más alta fidelidad.

El Espectador, Bogotá, 25 de febrero de 2006.

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Comentarios:

Retrato fidelísimo de Arturo Abella, inolvidable periodista del buen decir, a cuya memoria dedicas uno de tus mejores artículos, que lo retrata psicológica y físicamente con gran maestría. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

 Como estudiante de periodismo aquí en La Sabana es de suma importancia conocer el legado del señor Abella como periodista. Siempre escuché de los abuelos de los insuperables momentos de “7 en punto” en los 60 y 70, y ahora me encargo de su conocimiento por medio de sus libros y escritos. Trabajo para el periódico de la facultad y compuse una pequeña nota necrológica a propósito de su muerte, presenciando su inhumación el pasado 20 de febrero en el Cementerio Central. Para mi tristeza fui el único medio presente allí y noté también la ausencia de sus “amigos” de la política con los cuales siempre se codeó. Carlos A. García R., Sala de Redacción del periódico Indirecto, Universidad de La Sabana, Bogotá.

Lo felicito por la columna en El Espectador sobre ese gran hombre y periodista don Arturo Abella. Es un homenaje póstumo para ese gran señor de las letras y del buen castellano. Tuve el honor de conocer a don Arturo Abella y fue para mí piedra fundamental para encarrilarme en el periodismo. José Linares Suárez, Miami.

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La cátedra de Drezner

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando en 1984 Preguntas y Respuestas, de Manuel Drezner, cumplía  35 años de vida en las páginas de El Espectador, Pedro Gómez Valderrama decía en el mismo diario: “Hay algo que es fascinante en ese género de columna periodística, y es la posibilidad de permitir que el lector exprese sus dudas, sus inquietudes, su humor. Manuel lo hace a la perfección, con unas respuestas envidiables por su sabiduría, precisión y lógica”.

Hoy la sección lleva 57 años de ejercicio continuo y se ha convertido en la columna más antigua de la prensa colombiana y una de las más llamativas del rotativo bogotano. Durante casi medio siglo, Preguntas y Respuestas ha sido dirigida por Manuel Drezner. Antes estuvo a cargo de Gonzalo González, GOG, el inolvidable director del Magazín Dominical en una de sus épocas más floridas. (De paso, sea oportuno lamentar la desaparición del Magazín, escuela de escritores que no ha sido superada por ningún otro espacio).

Don Guillermo Cano, director de El Espectador, le propuso un día a Manuel Drezner que manejara dicha sección en vista del retiro de GOG. Aunque el nominado, ingeniero de profesión, se desempeñaba en el mismo periódico en campos que no tenían nada que ver con resolver consultas de los lectores (era comentarista musical y cultural), le pareció interesante la idea y asumió el reto.

Para marcar otro tono, introdujo algunos cambios a la columna e implantó este derrotero claro: hacer una sección ágil y variada donde prevalecieran la amenidad, el humor y la sencillez, y que fuera recinto de temas novedosos, sin penachos de sapiencia pero con respuestas certeras que dejaran enseñanzas útiles para toda clase de lectores.

Drezner, que es persona de fino humor y al mismo tiempo erudito sin pretensiones, y por añadidura investigador impenitente (una de las claves de la sabiduría), implantó su propio estilo. Y se ha mantenido en las páginas del periódico por cerca de cincuenta años, hazaña que poca gente consigue.

Hoy es el decano de los escritores del rotativo, después del éxodo silencioso de José Salgar. Otro veterano de la misma casa, aunque con algo menos de antigüedad y con tiempo interrumpido, es el caricaturista Osuna, maestro en su género y además columnista de opinión, independiente y original. Drezner dice que no tiene afán de jubilarse y que no sabría qué hacer cuando se desconecte de su público.

Las más variadas inquietudes, provenientes de personas ilustradas o de gente del común, son resueltas por el periodista con claridad, gracia y talento. Cuando no abarca el tema o se le escapa algún detalle, no tiene inconveniente en reconocerlo y entonces acude a los propios lectores para que aporten luces o información precisa que permitan dilucidar el asunto.

A veces, el corresponsal no está de acuerdo con determinada respuesta y controvierte el tema. Así se enriquece la cultura. La incredulidad, inmortalizada por el apóstol Tomás, es camino para llegar al conocimiento. De tal manera, la sección se ha convertido en cátedra de amplio bagaje, trabajada por profesor y alumnos.

Otras veces, la duda que se plantea es tan curiosa, imprecisa o insólita, que el consultor debe echar mano de penetrante imaginación para ofrecer hipótesis valederas y al mismo tiempo creíbles, sin llegar al dogmatismo. Preguntar, por ejemplo, como lo hizo la persona que desde Cali se firmó como Richi, cuál es el sexo de los ángeles, es algo que se sale del caso corriente.

Tal vez a nadie más que a Richi se le ha ocurrido presentar semejante acertijo, pero Drezner se las ingenió para escudriñar el secreto angelical tan bien guardado. El maestro, después de mucho tocar y oler el campo bíblico, llegó a la conclusión de que, por tratarse de seres divinos, los ángeles son asexuados y por tanto desconocen las artes de la reproducción.

Con el título ¿Cuál es el sexo de los ángeles?, Manuel Drezner recogió hace poco, en obra editada por Editorial Fonolibros de Colombia, una selección de sus luminosas respuestas, que deben extenderse –así lo esperamos– a varios tomos  más. Se trata de valioso texto de consulta que entra a enriquecer la bibliografía cultural del país y que recibimos con alborozo los lectores constantes de la columna emblemática de El Espectador.

El Espectador, Bogotá, 5 de marzo de 2006.

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Álvarez Gardeazábal: literatura y política

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El crítico norteamericano Jonathan Tittler, experto en literatura hispanoamericana y profundo conocedor de la cultura colombiana, gastó 26 años investigando la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Como resultado de ese escrutinio, publicó el ensayo titulado El verbo y el mando (Colección CantaRana, Tuluá), donde realiza un detenido análisis de los libros y la vida del novelista, con la siguiente conclusión: mediante el uso de la palabra, Álvarez Gardeazábal obtuvo, como se proponía, el peso político que llegó a tener.

En el estudio que realiza Tittler de las doce novelas del autor, aparece un cotejo entre los temas descritos en estos libros y los hechos sociales que ocurrían en el Valle del Cauca y sobre todo en Tuluá, patria chica del novelista y escenario detenebrosa época de terror. La  ficción, en este caso, es fiel copia de la realidad: en varios episodios figuran incluso nombres propios de personajes de la comarca, y otros simulados son de fácil identificación.

La novela más representativa de Álvarez Gardeazábal, Cóndores no entierran todos los días (1971), está calificada como uno de los enfoques mejor logrados sobre la violencia que vivió el país en los años 50 del siglo pasado. Acción que en Tuluá estuvo dirigida por León María Lozano, jefe de los ‘pájaros’, apelativo que recibieron los matones políticos de aquellos días y con el que pasaron a la nefasta historia nacional. Este testimonio histórico, plasmado en breve novela de escalofriante dramatismo, consagró al autor como agudo intérprete de la realidad.

Toda su obra es de denuncia y está manejada por la insatisfacción y la rebeldía que nacieron en el escritor por el contacto con la barbarie reinante en su tierra nativa. Desde joven presenció la descomposición social provocada por políticos y hordas criminales que, tanto en Tuluá como en el resto del país, produjeron el flagelo del terrorismo, la tiranía y el menosprecio de la dignidad humana. Como escritor contestatario y dueño de un estilo descarnado y mordaz, que hería a sus enemigos y dejaba hondas cicatrices, sus libros y artículos de prensa se enfocaron a combatir a los gamonales y denunciar los abusos de poder y las corruptelas públicas.

Con el éxito de sus novelas, que tuvieron alta repercusión en los años 70 con seis títulos publicados en esa década, crecía su vocación por la política. Dicho ideal, según lo expone Tittler (a quien hay que creerle), lo llevaba latente desde la juventud. El ejercicio vigoroso de la palabra le permitía trabajar su liderazgo regional. Era un político nato que, apoyado por sus actos y escritos polémicos, robustecía su imagen pública y de paso se convertía en historiador.

En las décadas del 70 y del 80 su fama literaria logró las mejores notas de su carrera. Ayudado por esa condición y por su ejercicio como catedrático universitario, conferencista y periodista pugnaz, labores en que predominaba el ánimo combativo demostrado desde los primeros años, puso en marcha la conquista del poder. Fue concejal de Tuluá y de Cali, diputado a la Asamblea del Valle, primer alcalde por elección popular de su ciudad nativa en 1988 y reelegido en 1992.

Más tarde es elegido gobernador del Valle con 780.000 sufragios, la votación más elevada en toda la historia de Colombia. Le quedó faltando la Presidencia de la República. Al abordar en forma progresiva y fulgurante las citadas posiciones, deberes que asumió con ardentía –y con eficiencia en muchos casos–, reafirmaba su estirpe política. Conquistado el poder, vino un receso forzoso en su producción literaria y más tarde un declive en la calidad de su obra, que ha tratado de enmendar.

Este itinerario de éxitos vino a frustrarse con su vinculación al proceso 8.000, hecho que lo llevó a prisión y le hizo perder la posibilidad de volver a postularse para cargos de elección popular. En otras palabras –¡vaya ironía!–, perdió el poder por el cual había luchado con tanto arrojo e indudable voluntad de servicio a la comunidad. El rigor con que fue condenado por la venta de una estatuilla negociada en siete millones de pesos, que le fue pagada con dineros provenientes del cartel de Cali (hecho ocurrido dos años antes de ponerse en marcha el proceso 8.000), lo sacó de escena y representó el triunfo para sus detractores y sus émulos políticos, quienes de esa manera vieron despejado el camino para la lucha por la Presidencia.

Con este capítulo de la picaresca política se pone en evidencia uno de los dramas más amargos del servicio público. Pocos colombianos, como Álvarez Gardeazábal, han tenido que sufrir un revés tan apabullante e injusto, que significó para él la inhabilitación vitalicia de su nombre para las contiendas electorales. Dice Tittler que en el mundo entero no existe una pena similar. Comentario que entraña dura crítica a muchas de nuestras enrevesadas leyes que, manejadas a veces de afán y con pasión política (vicio muy colombiano), estropean la democracia e inmolan víctimas propicias que se exhiben ante el país entero, aparentando así la aplicación de castigos ejemplares.

El Espectador, Bogotá, 17 de febrero de 2006.
El Nuevo Día, Ibagué, 12 de marzo de 2006.

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Comentarios:

Muchas gracias por tan entrañable artículo sobre el libro del profesor Tittler. Hoy mismo lo he remitido a su correo y al del profesor Bolaños. Gustavo Álvarez Gardeazábal.

Mil gracias por la concienzuda y rigurosa reseña que usted ha hecho de mi libro sobre la vida y obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal. Da gusto entregarse al trabajo cultural cuando los lectores ejercen sus oficios con tanta lucidez como usted ha demostrado en su artículo reciente en El Espectador. Jonathan Tittler, Estados Unidos.

Este artículo tiene para nosotros, los que hemos tenido conocimiento de la labor de Gustavo Álvarez Gardeazábal, un sabor a reivindicación que debemos difundir. Le pido muy cordialmente me dé la posibilidad de publicar este artículo. Para su información, estoy ubicado en Londres y tengo comunicación con las revistas y periódicos del medio. Jorge Luis Puerta, Londres.

A Gardeazábal lo cegó la política. La búsqueda y obtención del poder cambió su verdadero rumbo: la literatura. En este país es imposible no salir manchado de la política porque los intereses particulares siempre terminan primando sobre los de la gente. Gardeazábal se equivocó, pues con la literatura estaba transformando la conciencia de la gente y ejercía como vigilante de la situación social colombiana. Erró al creer que con el poder en la mano podía cambiar el mundo. Creo que si hubiese seguido escribiendo, ya lo hubiera logrado. Gobernar no es la mejor herramienta del hombre para combatir las desigualdades sociales. Nadim Marmolejo Sevilla.

Me gustó mucho tu columna. Le haces justicia a la obra de Gustavo, a quien veía con mucha frecuencia en vida de Euclides Jaramillo. Íbamos a visitarlo a su casa en Tuluá. Esperanza Jaramillo García, Armenia.