Archivo

Archivo para julio, 2010

Mozart, genio irrepetible

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A Salzburgo, refrescada por las aguas del río Salzach y que cuenta entre sus  tesoros históricos con una famosa catedral barroca, le cupo la suerte de ser la cuna de Wolfgan Amadeus Mozart. Desde el siglo VIII funcionaba en dicha ciudad un poderoso principado eclesiástico, cuya sede fue arrasada por Napoleón en 1803. Medio siglo antes, el 27 de enero de 1756, había nacido Mozart, hijo de Leopold Mozart, violinista que prestaba sus servicios en la corte arzobispal.

Advirtiendo Leopold que su hijo, de tan sólo cuatro años, mostraba una precocidad sorprendente en el arte musical, le dio las primeras clases y encontró en el alumno el campo abonado para el desarrollo de su vocación. A medida que corrían los días, la superación del pequeño era cada vez más asombrosa, como su padre nunca la había hallado en otra persona. Un fulgurante presentimiento le decía que su hijo sería un genio.

A los seis años, Mozart hace en Munich su primera presentación pública y luego actúa ante la emperatriz María Teresa. Su destreza para el pianoforte, el órgano y el clave se traslada a la composición, donde se inicia con un minueto. Más tarde ensaya un concierto para piano. Con esta suma de pericias, donde se nota la mano del padre, al niño prodigio se le abre el horizonte europeo. Años después, el mundo entero aclamará su nombre.

Nadie ha podido explicar el enigma que rodea esta maestría insólita para componer partituras de calidad desde los primeros años de vida. En contacto con los grandes maestros de la música, todos reconocieron su genio. Su fama, en corto tiempo, vuela por el orbe entero. Un día, nimbado de gloria, sale del apacible recinto de Salzburgo y se establece, para el resto de sus días, en Viena, capital mundial de la música. Esta ciudad es un imán para renombrados compositores, como Strauss (padre e hijo), Liszt, Brahms, Beethoven, Schubert, Schuman, Gluck, Haydn. Ahora llega Mozart.

La suerte económica es esquiva para el genio. En Viena pasa enormes penurias, de las que nunca logra recuperarse. En agosto de 1782 contrae matrimonio con Constanza Weber, mujer egoísta y exigente, con quien lleva una vida sin atractivos. Cambia con frecuencia de vivienda (se dice que Mozart residió en Viena en treinta casas), debido a los apremios económicos y a los conflictos que, derivados de su mal genio, formaba con sus vecinos. Trabajaba con mucha intensidad. Su salud era precaria, y a esto se agregaba la crisis religiosa que lo llevó a adherirse a la francmasonería.

En el campo del arte, sus logros eran cada vez superiores. La música sacra, la sinfonía, el cuarteto, el concierto, que conquistaban emocionados aplausos, impulsaron su nombre a las cúspides de la perfección. Abarcó todos los géneroscon portentosa originalidad, y su producción fue inmensa. Mientras tanto, sus enemigos, entre ellos el palaciego Salieri, realizaban secretas intrigas para debilitar el nombre de Mozart en Viena. Cuando estrena Las bodas de Fígaro, su obra más reconocida, las malquerencias tienen que rendirse ante la realidad del talento musical. Sus obras más famosas las compuso en la época de mayores dificultades.

Por aquellos días lo asalta la idea de la muerte, que se le vuelve obsesiva. Su salud va en franca decadencia y sus inquietudes religiosas lo atormentan cada día más. Sus ingresos son deplorables, en medio del encomio. Las deudas lo ahogan. No ha conocido la felicidad conyugal. A su padre le hace esta confesión desesperada: “Nunca me voy a la cama sin pensar que, aunque soy joven, puedo no llegar a ver la aurora”.

A partir de abril de 1791 se ve precisado a aceptar trabajos modestos para poder subsistir. Se siente más agotado y la pobreza amenaza devorarlo. Hace esfuerzos supremos para terminar La flauta mágica y siente próxima la llegada de la muerte. En julio de ese año, un extraño personaje le encarga la elaboración de una misa de difuntos, ocasión que le hace concebir a Mozart su propio Réquiem, que deja inconcluso.

Muere el 5 de diciembre de 1791 a causa de una inflamación cerebral. Apenas había cumplido 35 años. Al día siguiente es sepultado en el cementerio de San Marcos, en la fosa común, debido a que una tormenta de nieve impide la presencia de sus familiares y amigos. Su cadáver nunca fue rescatado, por no haberse podido localizar la tumba, aunque se ha especulado en sentido contrario: en la Fundación Mozart, ubicada en Salzburgo, se conserva desde 1902 un cráneo que se decía era el de Mozart. Pero un estudio de ADN desmintió esa versión.

Sólo después de muerto, Constanza llega a comprender que estaba casada con un genio. De esta efímera existencia nació, hace 250 años, una historia inmortal.

El Espectador, Bogotá, 24 de enero de 2007.

España, ¿sin fumadores?

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Difícil imaginarse a un español sin su cigarrillo en los labios. Hablo de “su” cigarrillo como si se tratara de una de sus pertenencias de uso ineludible, que en efecto lo es. Hay, claro está, muchos que no fuman, pero la imagen que se ha transmitido al mundo es la de un país envuelto en densas capas de humo.

Es una herencia que viene desde días inmemoriales. Aquella frase según la cual “cada hijo llega con su pan debajo del brazo”, podría modificarse por esta de la misma certeza: “Cada español llega con su cigarrillo pegado a los labios”. Todos los habitantes de ese país, en mayor o menor grado, en forma directa o indirecta, están contagiados por el humo maligno. Si alguien se declara libre del hábito pernicioso, habrá en su propio hogar varios o muchos que lo practican.

La misma literatura española está infestada de nicotina. Don Quijote y Sancho Panza recorrían los caminos y las posadas en medio de fuertes nubes de tabaco. El humo se contorsiona en infinidad de obras con cierto amago de incendio, y sus páginas permanecen intactas. En el cine moderno, el galán acentúa su estampa de seductor con un cigarrillo bailándole en los dedos o en los labios, como gesto de arrogante virilidad que debe encantar a las mujeres.

El cigarrillo es en España parte de su cultura milenaria, como lo es el maíz en Méjico, la coca en Bolivia o la papa entre nosotros. En Colombia logramos erradicar la chicha y el guarapo, con lo que pretendimos liberarnos de un vicio embrutecedor, pero los sustituimos por el aguardiente, bebida que tomada en exceso es tan dañina como aquellos licores aborígenes.

Los españoles llevan el cigarrillo en la sangre y en el espíritu, lo mismo que en los labios: con la mente también se puede fumar. Muchos no inhalan el humo, y gozan lanzándolo al aire como volutas de ilusión. O lo hacen contra el rostro de los demás, con gesto de mala crianza, convirtiéndolos en fumadores involuntarios. En conclusión: todos fuman en España, en forma activa o pasiva. Al igual que en cualquier otra latitud del planeta, fumar es un placer. Placer nocivo para la salud y el bolsillo, que mata a miles de personas en el mundo.

Como nadie –y menos el fumador empedernido– experimenta en cabeza ajena, el enfisema no le da a él sino al vecino. El hijo no aprende que su padre murió de cáncer pulmonar, ni las campañas contra el cigarrillo (frenadas por poderosos intereses comerciales) logran conmover a los fumadores, cuya voluntad es muy débil para dejar un regocijo tan absorbente, y al mismo tiempo –discúlpenme– tan tonto.

El conductor del bus que hace unos años nos transportó por varios países europeos, un catalán obeso y simpático, no abandonó en todo el recorrido su tabaco flamante, con el que parecía inspirarse como si fuera una brújula para el buen desempeño en las veloces travesías. Cuando quisimos viajar por vía férrea a Málaga, para recoger  el automóvil que allí habíamos contratado con destino a Costa del Sol, nos encontramos con la noticia de que no existía cupo en ningún tren por tratarse del desplazamiento masivo que hacen los españoles durante las festividades de la Virgen del Pilar, patrona del país.

Tras larga insistencia, al fin apareció una luz salvadora: podían llevarnos con ‘cierta’ incomodidad ¡en un vagón de fumadores! ¡Qué horror! Pero no quedaba otro camino. Resistir durante un largo trayecto el humo asfixiante de aquel conglomerado de fumadores voraces y dichosos significó tanto como ahogarnos en una atmósfera infernal. Recordando tan tormentosa experiencia, siento que el humo me sale todavía de los resquicios del alma.

Como una manera de desvanecer esta estampa brumosa, he leído en la prensa que los españoles resolvieron, a partir de este primero de enero, tomar drásticas medidas sobre la materia. Las 50.000 personas que mueren al año por culpa del cigarrillo condujeron, al fin, a implantar la ley antitabaco, en virtud de la cual se prohíbe fumar en sitios de trabajo y en centros cerrados de diversión. Los restaurantes con menos de 100 metros cuadrados decidirán si permiten el cigarrillo, y los de mayor área adaptarán una zona especial para dicho efecto. Además, se prohíbe el expendio de tabaco en los quioscos donde se ofrece la prensa.

Por supuesto, habrá que superar muchos escollos para que la nación más fumadora del mundo rectifique su pasado venenoso. Pero lo más importante es aceptar, como se hace hoy, que el cigarrillo es una enfermedad adictiva y destructora, cuyos resultados están a la vista con la cifra impresionante de 50.000 muertes anuales producidas por la nicotina. España expresa así un excelente propósito de año nuevo. Un mensaje de buena salud para el mundo entero. La rectificación es tardía, pero de todas maneras va a intentarse. ¡Enhorabuena, España!

El Espectador, Bogotá, 31 de enero de 2006.

Sueño sellado

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

De Medellín me llamó Hernando García Mejía a decirme que acababa de enterarse, por artículo de Óscar Domínguez en El Nuevo Siglo, de la muerte de Óscar Echeverri Mejía. Según esa columna, que a mi turno leí en la edición dominical del citado periódico, el poeta falleció el pasado 11 de diciembre en su predio campestre “Aguasabrosa”, situado en Calima-El Darién.

Desde hacía tres años no había vuelto yo a recibir correspondencia suya. En diciembre del 2002, al acusarme recibo de un libro, me ofreció remitirme copia de la nota que publicaría en un diario caleño. Ese artículo nunca me llegó. Una de sus exquisitas muestras de amistad era la de enviar a los autores los recortes de prensa donde comentaba las obras recibidas. Yo sabía que su salud venía en franco deterioro. Por supuesto, su silencio posterior lo interpreté como un signo funesto.

Desde que en agosto del mismo año donó a la ciudad de Pereira su biblioteca particular, que tanto había consentido –conformada por cerca de 8.000 volúmenes–, comenzó a asaltarme el triste presagio de que el poeta se estaba despidiendo de la vida. Hizo coincidir dicho acto con los 60 años de la aparición de su primer libro, Destino de la voz.

A pesar de no haber nacido en Pereira, sino en Ibagué (en mayo de 1918), fue llevado a aquella ciudad a los tres meses de nacido. Allí vivió hasta los 20 años, cuando sus padres se trasladaron en forma definitiva a Cali. En Pereira recibió el hálito de su inspiración poética, y siempre la consideró su cuna sentimental.

En la ceremonia de entrega de su biblioteca fue presentada su última obra: que recopila los poemas dedicados a la muerte en las seis décadas de su laboriosa producción. Profeta de su propio destino, maestro del soneto clásico, le dice a la parca: “No tiene ojos pero nos acecha. / Ignora el almanaque, mas la fecha / que nos asigna nunca se le olvida. / Es la derrota, mas con ella empieza / el duradero triunfo de la vida”. Y en reportaje a Óscar Domínguez le decía poco tiempo atrás: “Yo no pienso en la muerte, convivo con ella”.

Su obra, representada en más de 20 volúmenes, contiene diversas facetas (la romántica, la patriótica, la telúrica, entre ellas) y está movida por profunda  sensibilidad y precioso lenguaje. Fuera de su libro inaugural, editado a los 24 años, su labor deja títulos de gran valía, como Las cuatro estaciones, Escrito en el agua, Humo del tiempo, España vertebrada, La piel de la patria, Duelos y quebrantos.

Fue brillante periodista cultural y gran divulgador de las letras. Su escritura es modelo de casticidad. Con esa virtud, ejerció cátedra ejemplar en las columnas que sobre el idioma –como jefe de relaciones públicas y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua– escribía en diversos diarios y revistas.

Como diplomático visitó España, Méjico, Venezuela y Panamá, y como alma andariega descubrió amplios horizontes. Pertenecía a distintas entidades académicas y literarias de Colombia y del exterior. En 1994 el escritor y periodista español Severino Cardeñosa Álvarez le rindió espléndido tributo de admiración al recoger en edición de 400 páginas buena parte de su obra poética.

“Aguasabrosa”, su reino terrenal, conoció sus horas de sosiego –y al mismo tiempo de infatigable creación– en la mejor etapa de su vida. Dicho rótulo era como una insignia ambulante de su espíritu, pues primero se lo asignó al predio rural donde residía en Buga, y al trasladarse años después a su nuevo domicilio en Calima-El Darién, con el mismo nombre bautizó esa morada. Su amor por el campo se lo transmitió su padre, que además, como poeta elemental que era, alentó la visión literaria del futuro escritor.

Ha muerto un inmenso poeta. El nombre de Echeverri Mejía entra a engrandecer el acervo cultural de la patria.

El Espectador, Bogotá, 20 de diciembre de 2005.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 11, junio de 2006.

 * * *

Comentarios:

Le escribo a nombre de Lourdes Carrasco de Echeverri, la esposa del poeta Óscar Echeverri Mejía. Desafortunadamente, al poeta le repitió el derrame que lo aquejaba a comienzo de los años noventa. Fue tratado en Buga y remitido a Cali por lo delicado de su estado. El miércoles 7 de diciembre entró en coma. El domingo 11 de diciembre había fallecido. Por disposición de la familia se programó todo lo necesario de manera rápida (…) Pedro Henao Montes, Cali.

Desde el invernal Madrid, mi cordial abrazo de navidad y año nuevo. Y gracias por tu homenaje al poeta Echeverri Mejía, de cuyo fallecimiento la prensa ha hecho un silencio, este sí, sepulcral. Luego te enviaré uno de sus poemas que más aprecio. Comparto tu criterio de que fue un gran poeta. Augusto León Restrepo, España.

No supe de la muerte del poeta Óscar Echeverri. Ni siquiera en La Patria, donde escribió durante tantos años, se dijo nada. Me duele la partida de un buen amigo y de un excelente poeta. Yo le publiqué un libro de poesía. Era, además, un excelente conversador y muy grato. Carlos Arboleda González, Manizales.

Acabo de recibir por medio del amigo Pedro Henao la columna que usted le ha dedicado en El Espectador a Óscar Echeverri Mejía, en la que incluso se alude a mi trabajo de 1994; muchas gracias por sus palabras. La verdad es que para mí ha sido un duro golpe. Este acontecimiento me ha producido gran tristeza, se marchó algo de mí. Severino Cardeñoso Álvarez, Madrid (España).

Mi amiga Aída Jaramillo Isaza, quien en el silencio de su hogar y lejos del mundanal ruido mantiene permanente comunicación con el mundo cultural, me ha enviado este “Sueño sellado”, única información que tengo de la muerte de Óscar Echeverri Mejía. Otro grande que se fue en su romántica “Aguasabrosa”. Gloria López de Robledo, Manizales.

Nos ha llegado, por el poeta Hernando García Mejía, el artículo “Sueño sellado”, que usted escribió para nuestro común amigo Óscar Echeverri Mejía. Estoy preparando un documento para el poeta de “Aguasabrosa”, en el que quisiera que figurase su trabajo. Le pido permiso para reproducirlo, dándole crédito, claro, a usted, como periodista y escritor colombiano. Reciba un cordial saludo desde Madrid de alguien que aprendió en Cali (1960-1965) a amar a Colombia. Juan Ruiz de Torres, Asociación Prometeo de Poesía, Madrid. (Julio 21/2006: El artículo quedó registrado en la revista Prometeo, de manera permanente, en la sección “Fondo Documental).

Categories: Poesía Tags:

Semblanza de Eduardo Santos

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar*

El historiador boyacense Gustavo Mateus Cortés, gran promotor de la cultura regional, publica un detenido estudio sobre las raíces familiares y el entorno afectivo del presidente Eduardo Santos. El linaje Santos, del que hace parte la heroína y mártir de la Independencia Antonia Santos (y en línea más lejana, el autor de la biografía), tiene sus orígenes en el departamento de Santander y se vincula a Boyacá en el siglo XVII.

Francisco Santos Galvis, padre de Eduardo, ocupó en Santander importante posición política y social a finales del siglo XIX, y en el año 1879 se casa con la dama tunjana Leopoldina Montejo Camero, quien por su simpatía, distinción y acendradas virtudes se hace célebre con el apelativo cariñoso de “Polita”. En 1888 nace en Tunja el futuro presidente de Colombia, y luego la familia se traslada a Bogotá.

La niñez de Eduardo Santos transcurre en el barrio de La Candelaria. Se gradúa de bachiller en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, y en la Universidad Nacional obtiene el título de abogado. Después viaja a París, donde adelanta estudios de literatura y sociología. En Tunja, lugar de su nacimiento, sólo había residido los dos primeros meses de su vida. Esto determina que a lo largo del tiempo no se le conozca como tunjano sino como bogotano.

No figuraba, por supuesto, en la galería de presidentes boyacenses, aunque notables escritores como Germán Arciniegas y Juan Lozano y Lozano sabían que era nativo de aquella región. Así lo habían revelado en algunas ocasiones, pero sin mayor resonancia ante el público. En el año 2000, Mateus Cortés daba en Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia Boyacense de Historia, un avance sobre este descubrimiento.

Con tal hallazgo, Boyacá pasa a tener 14 presidentes, en lugar de los 13 en que estaba detenida la cuenta desde el mandato del general Rojas Pinilla. Al cabo de los años y de paciente búsqueda, que parece tener artes de magia, la partida de bautizo fue localizada en los libros parroquiales de la catedral de Tunja, con enorme dificultad, ya que en el índice no aparecían los apellidos del bautizado, sino sus dos nombres de pila: “Eduardo Fructuoso”.

En 1913, Santos adquiere El Tiempo de manos de Aquilino Villegas, su futuro cuñado. Cuatro años después contrae matrimonio con Lorencita Villegas, con quien tiene a su única hija, Clarita, muerta en 1926 de manera trágica, pena de la que nunca logran recuperarse sus padres. Con la compra del periódico, se inicia la vida pública de Santos. Este medio se convierte en su gran enlace ante la sociedad y le permite ganar mucha imagen en el país.

Su itinerario político no conoce eclipses. Es concejal, diputado, parlamentario, gobernador de Santander, presidente del Congreso, diplomático, director de su partido, primer designado. Y en 1938, Presidente de la República. En el campo de la diplomacia, se recuerda su brillante actuación en la Sociedad de Naciones en Ginebra en torno al conflicto de Leticia. Y en el campo académico, su larga vinculación a la Academia Colombiana de Historia, de la que fue cuatro veces presidente.

Los despojos de su padre, Francisco Santos Galvis, quien en 1900, a la edad de 51 años, se suicida por causa de una enfermedad incurable, reposaban en el cementerio laico de Curití (Santander). Su hijo, al llegar a la Presidencia 38 años después, los hace trasladar a Bogotá. El biógrafo incluye en su trabajo la dramática carta que don Francisco escribió a una hermana suya el día anterior de la fatal determinación: “Cuando al corazón se le presentan grandes torturas ofrécese hermosa ocasión para viajar hacia lo desconocido, y mañana a las seis de la tarde estaré dormido a la sombra de mi árbol favorito”. En la plaza de Curití fue levantado un busto suyo como tributo de la población.

Los últimos años de Eduardo Santos, alejado de pompas y vanidades, los pasa  en medio de silencio y reflexión, entre la academia y la biblioteca. Ayuda en secreto a personas vergonzantes y sigue patrocinando las obras sociales de su esposa, muerta en 1962. Es un mecenas discreto de escritores y poetas. Hace poco vino a saberse que a Gabriela Mistral, perseguida por un gobernante de su país, le prestó valioso apoyo en medio de las angustias económicas que entonces agobiaban a la poetisa.

El autor de la semblanza enfoca su mirada hacia otros miembros prestantes de la familia. Entre ellos, Enrique Santos Montejo –el famoso Calibán–, hermano de Eduardo. En 1909, Calibán funda La Linterna en la ciudad de Tunja y allí ejerce un brillante periodismo de combate, que le trae varias excomuniones en aquella época inquisitorial de ingrata recordación. Luego, su hermano se lo lleva para El Tiempo, donde será su mano derecha  y  escribirá la columna más leída de la prensa: La daza de las horas.

Del exgobernador de Boyacá Carlos Eduardo Vargas Rubiano es la siguiente frase ingeniosa: “Con la ida de Calibán, se apagó La Linterna, pero se encendió El Tiempo”. Un hijo del segundo matrimonio de Calibán, Enrique Santos Molano (en esta dinastía abundan los Enriques), sigue las huellas de su padre y es hoy destacado periodista e historiador, autor de varios libros de renombre.

Eduardo Santos, el tunjano ilustre –y bogotano por adopción–, murió hace tres décadas, en marzo de 1974. Se trata, sin duda, de una de las figuras políticas más importantes del siglo pasado.

El Espectador, Bogotá, 14 de diciembre de 2005.

 * * *

Aclaración:

No sé si los errores son suyos o del citado Mateus Cortés, pero Eduardo Santos recibió su grado de la Universidad Republicana y su cuñado era Alfonso Villegas Restrepo y no Aquilino. Luis Enrique Nieto.

Es mío el error de decir que el cuñado de Eduardo Santos era Aquilino Villegas, en lugar de Alfonso Villegas. En cuanto a sus estudios en la Universidad Nacional, dicha información la tomé del libro de Mateus Cortés. Así figura, además, en otras fuentes que he consultado. Puede deducirse que el dato equivocado se ha reproducido en diversos textos. Gustavo Páez Escobar.

Categories: Líderes, Política Tags: ,

En deuda con Ignacio Chaves

martes, 20 de julio de 2010 Comments off

Gustavo Páez Escobar*

Extensa y fructífera labor cumplió Ignacio Chaves Cuevas en el Instituto Caro y Cuervo. Ha sido uno de los grandes líderes de la entidad en sus 63 años de vida. En ese cargo lo precedieron el padre Félix Restrepo, José Manuel Rivas Sacconi, Rafael Torres Quintero (y Fernando Antonio Martínez, director encargado), todos los cuales contribuyeron en forma brillante al desarrollo del Instituto como pilar sustantivo de la lengua española en el mundo hispano.

Al Caro y Cuervo se le considera el organismo más avanzado en el estudio, difusión y  salvaguardia del idioma español. Taller acrisolado de las disciplinas del bien decir. En la administración de Chaves Cuevas, que se extendió por 19 años –desde 1986 hasta febrero del 2005–, se lograron resultados de suma importancia, como la culminación del Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana, programa trascendental iniciado por Rufino José Cuervo y que representa el mayor aporte al idioma, en cuya ejecución se emplearon 123 años.

En 1994 fue presentada la obra ante la Unesco, en París, como homenaje a don Rufino (cuyos restos reposan en París), con motivo de los 150 años de su natalicio,  y al año siguiente se realizó acto similar ante los reyes de España, con asistencia del director de la Real Academia Española y de otras autoridades del idioma.

En 1999, Chaves Cuevas recibió a nombre del Instituto el Premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades, uno de los galardones más preciados por los hispanistas. En el acta del jurado se dejó constancia de que este reconocimiento obedecía a “la dilatada trayectoria de esta institución, que a lo largo de medio siglo ha desarrollado una extraordinaria labor dirigida al conocimiento, estudio y difusión del idioma español”.

En 2001 le fue otorgado, por el Ministerio Español de Asuntos Exteriores y la Casa de América, el Premio Bartolomé de las Casas por el trabajo realizado en el campo de la lingüística indígena, y en el 2002, el Premio Elio Antonio de Nebrija, otorgado por la Universidad de Salamanca. Esta presea se había conferido a personas particulares para premiar el estudio y difusión de la lengua y cultura españolas, y por primera vez recaía en una entidad abanderada del castellano.

En el terreno colombiano y en diferentes épocas, Chaves Cuevas fue distinguido con la Condecoración Simón Bolívar del Ministerio de Educación Nacional, con la Orden Antonio Nariño del Círculo de Periodistas de Bogotá y con la Orden Andrés Bello, entre otras menciones connotadas. Su entrega a la causa de la cultura nacional tuvo siempre un propósito relevante dentro de su formación académica y su espíritu patriótico.

Fuera del Caro y Cuervo, se desempeñó como secretario perpetuo de la Academia Colombiana de la Lengua, decano del Seminario Andrés Bello, secretario del Instituto Colombiano de Cultura Hispánica y de la Facultad de Economía de la Universidad La Gran Colombia, miembro correspondiente de la Real Academia Española, miembro de la junta directiva de la Fundación Santillana para Iberoamérica, miembro de la Casa de Poesía Silva y presidente del Consejo Superior de la Universidad Central.

En la Universidad de los Andes cursó la carrera de Filosofía y Letras. Adelantó estudios de especialización en Florencia (Italia); en Madrid, en la Universidad Complutense, y en Aix-en-Provence (Francia), en el Instituto de Estudios del Tercer Mundo. Su hoja de vida y su desempeño profesional, siempre sirviéndole a la cultura, fueron sobresalientes y esto lo hizo merecedor del beneplácito con que tanto las instituciones como las personas reconocieron sus altas ejecutorias.

Sin embargo –y esto resulta inexplicable–, la actual ministra de Educación, María Consuelo Araújo, entidad de la que depende el Instituto, determinó prescindir de sus servicios a comienzos de este año (“me insinuaron que renunciara”, dijo Chaves Cuevas a la prensa), ante una investigación administrativa que ella había ordenado para dilucidar algunos asuntos de la entidad.

Ese fue el trato injusto e indigno que se dio a un eficiente y desvelado servidor de la cultura, por la simple presunción de culpa en situaciones internas del organismo, las que han debido establecerse con plena evidencia antes de tomar una medida fuera de tono. Pero no: la intención era la de salir del funcionario, dentro de un “plan de renovación en esta y otras entidades públicas”, como lo expresó la ministra a un medio de comunicación.

Por aquellos días (23-II-2005), Daniel Samper Pizano hacía la siguiente anotación en su columna Cambalache de El Tiempo: “Después de prolongada y notable labor en el Instituto Caro y Cuervo, que le valió a esta obra el Premio Príncipe de Asturias, se retira de la dirección Ignacio Chaves. O lo retiran. Pero en vez de sacarlo por la puerta de adelante, como correspondería, lo expulsan por la de atrás… No podrán borrar, sin embargo, el Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana”.

Ignacio Chaves quedó anonadado ante dicha conducta oficial, y su alma, hundida en la tribulación. De esa pena no logró reponerse hasta el día de su muerte, que acaba de ocurrir en viaje de descanso por Argentina. Cuando hace ocho meses le pidieron la renuncia, manifestó que pensaba retirarse en octubre.

Hoy, ante la noticia luctuosa, la cultura nacional está de luto. Además, en deuda con quien le prestó servicios invaluables, por desgracia ignorados a la postre por una funcionaria con ánimo de “renovación” administrativa, que buscó el cambio generacional y se olvidó de toda una trayectoria de méritos.

El Espectador, Bogotá, 22 de noviembre de 2005.

* * *

Comentarios:

No me cabe duda que hay ciertos golpes que afectan el corazón y uno de ellos es un despido injusto. La autoestima queda afectada; la frustración, la autoculpa son un cuadro negro de tribulación. Ignacio hizo una espléndida labor que alguna vez le será reconocida como se debe. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

La historia triste es que a Ignacio lo sacaron por la puerta trasera, cuando había maneras más comedidas y justas de presionarlo para un retiro digno de la gran labor que realizó. Daniel Samper Pizano, Madrid (España).

Es muy triste que una vida y una obra tan meritorias hubieran recibido un trato tan peyorativo por parte de la ministra. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

La muerte de Ignacio Chaves es un dolor para esta pobre patria en poder de gente sin sentido. ¡Qué pesar tan grande sentí y siento ahora al leer tu página, excelente y merecidísima! Se nos van los grandes adalides de la cultura e importa más el grito de Shakira. En fin, Gustavo, sigamos adelante y esperemos un futuro mejor, dentro de unos 300 años… Y cuídate tú, otro trabajador incansable de la cultura. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Categories: Cultura, Líderes Tags: ,