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El obispo periodista

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En días pasados cumplió sus bodas de plata episcopales monseñor Libardo Ramírez Gómez, obispo de Garzón. Lo conocí como obispo de Armenia en 1972. En 1986 se trasladó a la recién creada diócesis de Garzón, su tierra natal.

Sus 14 años de estadía en el Quindío le permitieron conocer dos hechos sobresalientes que perturbaron la vida de la región: la irrupción de Carlos Lehder como fenómeno social, y la bonanza cafetera, que tantos descalabros produjo en la comarca. Lo que no conocía era su carácter de crítico social, que años después se revelaría en sus notas periodísticas como columnista de El Espectador y de la prensa huilense. Es comentarista severo de los desvíos morales, los abusos del poder y los desajustes de la sociedad.

Existe en él otra faceta interesante y poco conocida: su peregrinación por los santuarios de la Virgen en el mundo entero. Esta experiencia la recoge en el libro Sus santuarios, para el que escribí las palabras del prólogo, transcritas en seguida. Ellas se convierten en homenaje al sacerdote en su efemérides episcopal, y al colega periodista en su labor de censor público.

* * *

«Escribe monseñor Libardo Ramírez Gómez un libro espontáneo que le brota de corrido, sin artificiosas galas literarias, y que busca transmitir un sentimiento.  Lo hace de manera desprevenida, como esos viajeros que se dejan conducir por los caminos abiertos de las emociones y encuentran en cada travesía y en cada parada motivos suficientes de admiración y regocijado desconcierto. Saber encontrar las cosas bellas de la vida y sobre todo ser sensibles a las manifestaciones del arte y sus confortantes encantos, es la mejor manera de darle ritmo a nuestro universo interno. El alma se marchita cuando se pierde la capacidad de asombro.

«Este libro de viajes que fue escribiendo en los santuarios de la Virgen dispersos en todos los sitios del planeta, es el testimonio del peregrino entusiasta y siempre embelesado ante la maestría de grandes dibujos y monumentos que exaltan la figura de la soberana universal. Los genios del Renacimiento italiano hicieron surgir bellísimas expresiones de esta mujer serena que le da aliento a la humanidad. En el mundo entero, pintada en las más variadas formas, es la Virgen el símbolo más deslumbrante de la belleza.

«Por el suelo italiano se multiplican las madonas de portentosas líneas y exquisitas y sobrenaturales gracias, unas veces representadas en la doncella campesina que contempla la ternura de su hijo, y otras en la dama majestuosa que parece levantarse por el aire como una ficción inalcanzable. Monseñor Ramírez Gómez, que por espacio de tres años adelantó estudios en Roma, quedó herido para siempre con estos cuadros de impresionante maestría.

«Sigue a su patrona por todos los sitios y lo mismo la encuentra en la Pietá de Miguel Ángel que en Nuestra Señora de las Lágrimas, en Siracusa, o en esta dulce campesina boyacense que conocemos como La Virgen de los Tiestos. La   persigue por Francia, por Egipto, por Rusia. En todas partes está. Se le desliza en el Santuario de las Lajas, y desciende hasta el abismo para no perderla. Y es que además la lleva en el corazón.

«Es en Armenia, que lo aclamó como su obispo recién consagrado, donde publica este diálogo con la Virgen. Estas páginas caen en buen terreno, en tierra sensible al arte y que también sabe de Vírgenes artísticas y de bellas y virtuosas mujeres salidas de la naturaleza».

El Espectador, Bogotá, 26-V-1997.

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Casa de hacienda

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Uno de los libros navideños que pu­blica Villegas Editores es el que lleva por título Casa de hacienda, arquitectura en el campo colombiano. Nueva obra de arte dotada del esplendor, la pulcritud y la magia que sabe imprimir la firma edi­tora a todas sus producciones.

Recorriendo sus páginas, se recibe la sensación de un viaje alucinante por la arquitectura colonial localizada en la Co­lombia campesina, donde la vida trans­curría con placidez entre el laboreo de la tierra y el ensueño de los paisajes.

Villegas Editores rescata el patrimonio cultural diseminado a lo largo y ancho del país y representado en esas joyas coloniales, por ventura todavía en pie a pesar del embate de los tiempos, que se conocían como las casas de hacienda. Y muestra la evolución de esta arquitec­tura en los diferentes sitios de Colombia, labor realizada con la lente de Antonio Castañeda, fotógrafo del embru­jo, y los novedosos textos del arquitecto Germán Téllez, maestro en bellas artes.

Esas casas anchurosas y espléndidas eran como fortalezas que se levantaban en las propiedades rurales y defendían el patrimonio contra el paso de los años y el azar de los caminos.

Eran, a la vez, símbolos de la familia trabajadora que sembraba en los campos no sólo las semillas fructíferas sino la so­lidez del hogar. En esas casonas, sosteni­das por gruesas paredes y embellecidas por amplios corredores y ambientes ge­nerosos, los hogares fortalecían sus espe­ranzas en el esfuerzo cotidiano de la vida rural, hoy casi borrada de la Colombia contemporánea.

La contemplación de este patrimonio, tan bellamente plasmado en las 300 páginas del libro, es un regreso al pasado. Pasado de glorias y recuerdos regocijantes que aún lo apreciamos quienes tuvi­mos ocasión de saber lo que significaban, y significan, esas casas viejas como for­jadoras de la nacionalidad. Para las nuevas generaciones, nacidas en el tor­bellino de las ciudades y tan ajenas a la fascinación de los campos, adentrarse en esos territorios remotos, así sea con los ojos de la imaginación, representará, sin duda, inmenso placer.

Eso es lo que logra Villegas Editores con sus libros de arte: rescatar el pasado y despertar el gusto estético. Dibujando al país, como lo hace Benjamín Villegas con tanta propiedad, se aprenden leccio­nes de historia patria y se estimula el amor por lo nuestro, por lo auténtico y lo co­marcano –como este de las casas de ha­cienda–, que invita a la admiración y el halago de los sentidos.

La región cafetera del antiguo Caldas, para la que escribo la presente nota, está llena de este tipo de construcciones y aún conserva en gran parte su raigam­bre campesina. Además, es el país entero el que desfila por la obra de Ville­gas Editores y recibe, por consiguiente, un obsequio inestimable.

La Crónica del Quindío, Armenia, 28-XII-1997.

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Caos en la seguridad social

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Nunca imaginó el presidente Ospina Pérez que una de las realizaciones más destacadas de su gobierno, el Instituto de Seguros Sociales, creado en 1946, llegaría al grado de postración en que hoy se encuentra. En mensaje al Congreso de 1947, el mandatario expresó lo siguiente: «La ley 90 de 1946, por la cual se estableció el seguro social obligatorio y se creó el Instituto Colombiano de Seguros Sociales, representa una de las mayores conquistas en beneficio de nuestro pueblo». Desde entonces, la seguridad social ha tenido su principal soporte en este organismo, cuyas fuentes de financiación provienen de tres sectores: los empresarios, los trabajadores y el Estado.

Suena a paradoja el hecho de que este último, debiendo ser el contribuyente más efectivo de la entidad oficial que se ideó para proteger la salud y el régimen pensional, sea el mayor deudor del sistema. Debe responsabilizarse a las administraciones del Seguro por el deterioro gradual de la institución que no parece tener hoy pies ni cabeza. Responsabilizar a las directivas del Seguro es lo mismo, claro está, que inculpar a los gobiernos nacionales que han permitido los vicios protuberantes que han subsistido por tantos años.

Se dice que el sindicalismo es otro de los causantes de la crisis, y éste, a su vez, señala a la Administración. De esta manera, tirándose la pelota unos a otros, se llega a un punto ciego donde todos se echan la culpa y nadie da verdaderas soluciones. Mientras tanto, el tiempo pasa, como pasan los gobiernos y los hombres, y el problema sigue vivo. Ha sido una larga historia de despilfarras, fraudes, malversación de fondos, falta de vigilancia administrativa y fiscal, de moral y de ética, bajo el gigantismo arrasador de una institución inmanejable.

Las víctimas de esta nebulosa situación son los sufridos afiliados, que hoy pasan de 4,6 millones en el ramo de la salud. La triste realidad es que el Seguro Social no alcanza a atender tan crecida demanda, y por eso la atención es pésima. El servicio, que desde tiempo atrás era deficiente, lo empeoró la ley 100 de 1993 al ingresar al sistema, sin duda con buenas intenciones pero con torpe planeación, a un número exagerado de usuarios, cuando la estructura de la entidad no estaba preparada para semejante explosión.

Esto explica que hoy no haya medicamentos, clínicas ni médicos suficientes, ni espacios adecuados en las instalaciones, ni consultas médicas oportunas, y en cambio proliferen la desatención, la descortesía, los tratos despóticos y la indolencia absoluta de muchos funcionarios.

Como el Seguro no paga oportunamente las cuentas a hospitales y clínicas a donde remite a sus propios pacientes, ha dejado de cumplir con el margen de solvencia reglamentado por el decreto 882 de 1998, que obliga a las EPS a atender en el curso de 30 días sus compromisos con los proveedores de bienes o servicios, para no verse sancionadas con la prohibición de recibir nuevos afiliados, castigo que desde hace tres años pesa sobre el Seguro Social, con efectos desastrosos: el incumplimiento de los pagos tiene en estado de quiebra y en vía de extinción a otras entidades sanitarias, lo cual favorece el expediente de los sobornos para conseguir la agilizado de las cuentas, como sucedió en mala hora en la Clínica Shaio. Varios hospitales han tenido que cerrarse, como sucedió en Bogotá con el Lorencita Villegas y el San Juan de Dios, por insolvencia económica.

En el campo de las jubilaciones, el panorama no es menos sombrío. A cada rato oímos que las reservas se van a acabar, y que en el futuro cercano, si no se elevan los aportes, se aumenta la edad para tener derecho a la pensión y se imponen otras restricciones, vendrá la hecatombe. Esto no sucedería si los recursos se hubieran manejado en forma correcta.

Como en el renglón de la salud, los abusos, los fraudes, la malversación de recursos y la desidia del propio Estado produjeron el desbarajuste financiero. Hoy, para obtener el reconocimiento de una pensión, hay peticionarios que gastan dos y más años en estos trámites desesperantes. El Gobierno, que se dice abanderado de las clases trabajadoras, somete al ciudadano al vía crucis de la angustia, el hambre, el abandono, la enfermedad y a veces la propia muerte, por falta de eficiencia y sensibilidad social.

El flamante y desfigurado Seguro Social, con su propaganda populista, afirma que este derecho se otorga máximo en dos meses, y su presidente, doctor Fino, sale con frecuencia en un programa de televisión y recorre el país resolviendo los reclamos –desde luego favorablemente– de quienes le escriben contándole las demoras de la entidad. Lo que no muestra el funcionario son las numerosas cartas tapadas de quienes le escriben en las mismas circunstancias sin que sus reclamos salgan al aire.

Conozco el caso de una persona que llevaba dos años y medio tramitando su pensión y se había encontrado con tantas trabas y suplicios, que tuvo que acudir a una acción de tutela para conseguir ese derecho. También ese reclamante le había escrito al doctor Fino, pero su caso se ahogó entre los malabares de la televisión y la publicidad.

La inoperancia estatal suele causar desastres como los esbozados en esta columna. La ministra de Salud, Sara Ordóñez, se ha retirado por diferencias  con miembros del Gobierno y por no estar de acuerdo con el nombramiento de la nueva superintendente de Salud. Esto agrava la crisis del sector y dibuja el desgreño administrativo a que se ha llegado.

Así, las instituciones y las mejores conquistas sociales, como ésta del presidente Ospina Pérez, se van a pique, como también ocurre con Cajanal y Caprecom, entre otras. ¿Dónde estará el líder que salve en el futuro (ya que el presente es de nieblas e incompetencias) esta calamidad pública?

El Espectador, Bogotá, 1-XI-2001.

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Amores de cocodrilo

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

Cayó hacia atrás, y mostró una mueca de dolor. El populacho, frenético, hacía resonar en sus oídos una algarabía infernal. Varias bombas estallaron a lo lejos. Los soldados corrían como ratas, atajando las multitudes que querían irse contra el Cadillac color gris, que avanzaba por la Avenida Girasol, frente al Palacio Tiburón, lentamente, reptando como una culebra.

Delante de él los esbirros del Gobierno, carabina en mano, con olfato de sabuesos, se abrían paso y llenaban de improperios a los que pretendían llegar hasta el automóvil ventrudo donde el presidente yacía sofocado, con la mirada vidriosa. La gorra le cayó de medio lado sobre la cara. Ahora no había tiempo para arreglar al presidente, a quien el pueblo llamaba Cocodrilo, o Coco, apodo perfecto.

Parecía un cocodrilo por su trompa alargada, sus garras impresionantes, su mirada feroz. El cuello potente sostenía la cabeza descomunal, de rostro inexpresivo y mirada fulminante. Sus ojillos sanguinolentos no siempre se veían en el semblante adusto. Se escondían detrás de las cejas pobladas, como fieras en acecho, reposadas pero instantáneas para el asalto. También lo llamaban Papá Cocodrilo por su dominio absoluto durante catorce años de dictadura. Era un monstruo, un asesino, un acaparador de riquezas. Sin embargo, el pueblo no lograba quitárselo de encima.

Por toda la zona tropical, plagada de dictadores, de reyezuelos tiránicos, de bestias y de cocodrilos, sobresalía la leyenda de este amo de superiores capacidades, que se sostenía a pesar de las reyertas, los atentados y las conspiraciones del exterior. Su gobierno, que provocaba polémicas en las políticas continentales, era un estorbo, pero se le toleraba porque permitía el establecimiento en su territorio de bases estratégicas e ideologías audaces que avanzaban poco a poco, a paso de cocodrilo, por la región tropical.

Papá Cocodrilo alcanzó a abrir un ojo, en forma maquinal, y continuó roncando con estertores lentos y vigorosos. Movió su manota velluda, en nuevo acto inconsciente. En el pecho robusto se veía la perforación de dos balas, por donde salía un torrente de glóbulos rojos que formaban cauce por la superficie peluda.

El animal de su sexo, puesto al descubierto en esta rápida exploración de zonas afectadas, era un miembro desgonzado e insignificante dentro de las miedosas proporciones del toro impetuoso. Ese apéndice, elemento de placer y atropello, hubiera podido arrancarse de un tajo y exhibirse al populacho como un despojo de la guerra, si los guardias, cada vez más enfurecidos, no impidieran el acceso al automóvil y no se hubieran convertido en protectores de aquella marcha entre fúnebre y victoriosa.

El amo había sido alcanzado por las balas, pero todavía respiraba. Era una respiración que aún mantenía el imperio del brujo: una especie de dios y de diablo. Su caja torácica parecía un depósito de vientos huracanados que ni siquiera disminuían su fuerza después de los cinco agujeros abiertos en todo el cuerpo.

Un negro, tan negro y corpulento como él, y envenenado contra él por haber abusado de su mujer y sus dos hijas, se vino con ímpetu y arremetió contra la guardia. Alcanzó a desarmar a uno de los esbirros y encañonó con el fusil a los otros, pero una descarga de metralleta lo fulminó contra el capó. Después las llantas pasaron encima del cuerpo, en movimientos repetidos, como constancia contundente para la multitud de que el jefe supremo, contra el que era imposible atentar, podía repeler cualquier asonada. Coco estaba protegido por fuerzas misteriosas. Su imagen se agigantaba con las leyendas sobre sus hechicerías y su alianza con espíritus y poderes sobrenaturales.

Había surgido del propio pueblo como líder de barriada para imponer su larga dictadura. Primero con discreción y luego con influjo cada vez más reconocido, encarnaba una figura que no por grotesca dejaba de ser magnética. Al principio se le empujó a ganar posiciones, creyéndolo una esperanza para el país. Surgía un líder extraído de la entraña del pueblo para acabar con el despotismo reinante, que se mostraba interminable. Así Coco se hizo gran jefe, hasta terminar como tirano. El pueblo no tenía por qué saber que caía una dictadura intolerable para iniciarse otra todavía más sanguinaria.

Se embriagó con el poder y la gloria. De allí al abuso solo había un paso. Comenzó expropiando tierras. Luego se apoderó de cosechas y ganados, de industrias y bancos. Explotaba a los negros y violaba a sus mujeres. La nación era su gran hacienda, y ni siquiera sus conmilitones podían retener ninguna propiedad, porque pronto la perdían en garras del brujo todopoderoso que no se dejaba dar golpes de Estado, ni permitía la menor indisciplina, ni toleraba la competencia. Sus armas vengaban cualquier brote, cualquier apetito indebido.

Era hombre frío, como fabricado de mármol. Nunca reía y nunca perdonaba. Sentado en su despacho, hasta donde se llegaba por hileras de súbditos armados hasta los dientes, parecía un dios, acaso la misma personificación del fuego o del infierno. Figuras repugnantes de búhos, lagartijas, calaveras, reptiles… presidían su recinto, su sancta sanctórum, trono majestuoso del poder y la gloria, desde donde manejaba a punta de bayoneta y con ímpetu luciferino el país de pobres brutos que no había acertado a crear otro líder.

Lo haría él, se dijo con furor. No era posible tanta atrocidad. Negro como Papá Cocodrilo, un día su amigo y ministro de confianza, y luego caído en desgracia, se vengaría. ¡Se vengaría, se vengaría…! El eco del odio acumulado taladraba sus entrañas y lo incitaba a volverse asesino. Había que salvar al pueblo, vengar a los esclavos, volver por las mujeres deshonradas, esas indefensas mujeres –sus esposas y sus hijas– a quienes Coco sometía a terribles orgías en su harén de negrerías inconfesables.

Lo haría él, negro como el amo, pero con el alma limpia. Caviló durante noches enteras. Le ardía el corazón y se le rebelaba la sangre. Tenía que ser él, con sus propias manos. No era para menos, si el brujo le había arrebatado a su mujer y la había hecho su amante. Mejor: su esclava.

Coco la tomó con sus manazas lujuriosas y se la pasó al marido por los ojos, incapaz éste de hacer nada, dominado como se encontraba por dos centinelas. La hizo desfilar varias veces, mientras la desnudaba. El acto lo realizaba con saña y sadismo, prenda a prenda, para cumplir mejor su propósito de venganza y pasión. Al final la contempló desnuda y se relamió de placer. Ella lloró con sofocos entrecortados y al marido se le desenfrenó la furia. Uno de los matones le descargó un culatazo cuando éste pretendió levantarse de la silla. Luego Coco se vino encima de su rival, como poseído por sus serpientes y sus diablos, y le escupió la cara. Le dijo que de él nadie se burlaba.

El marido presenció la escena horrorosa. Escuchó, petrificado, el grito de terror de su mujer, y luego la risa convulsiva de la bestia. Era la primera risa que le escuchaba, y para siempre se quedó taladrándole los oídos. Era como el rescoldo de su propia ira. ¡Se vengaría, se vengaría…! El pueblo entero buscaba hacerlo a través de él.

Cuando lo vio aparecer en la Avenida Girasol, frente al Palacio Tiburón, sintió gusto. Coco, rodeado de lacayos, recibía los vivas forzados del pueblo. El vengador tomó una posición estratégica. Desde allí lo dominaba a la perfección con la mira telescópica. Su destino de asesino era ya irremediable. Repercutía en sus entrañas aquella risa convulsiva del bruto, que se ampliaba en sus entrañas como risotada de los infiernos. Veía a su esposa forcejeando contra los desmanes lascivos de la bestia. Todo esto lo degradaba, lo escarnecía, le desgarraba el sentimiento.

Ni un temblor, ni la más mínima indecisión. Lo puso en la mira. Lo repasó con rigurosa atención, palmo a palmo, para mejor devorarlo, en la misma forma como el monstruo se había complacido con el cuerpo de la mujer, prenda a prenda. Luego lo llevó al centro de la cruz, como marcándolo con sevicia para el sacrificio, y disparó tranquilo, con gozo infinito, tiro a tiro, hasta que se borró el fantasma.

Coco se dobló con gesto de dolor. Dos veces se estremeció e intentó levantarse. Pensaba que todo lo podía, hasta darle órdenes a la muerte. Pero sus fuerzas estaban doblegadas. El pueblo se arremolinaba alrededor del vehículo, con ímpetus vengadores, mientras los esbirros luchaban por proteger la vida del amo.

Cuando el negro despertó en el hospital, supo que el déspota había muerto. Se lo imaginó con la gorra de medio lado, incapaz de hacer nada, como había caído en el Cadillac. De nuevo sintió regocijo. Hasta escuchó sus estertores desesperados y su último aliento de fiera destruida.

Había desaparecido Papá Cocodrilo para siempre. Estaba vencida la ignominia. La venganza del negro quedaba cumplida hasta la saciedad. Se sintió tranquilo y deseoso de presenciar la alegría de los suyos –de las personas de su sangre y del pueblo entero– por el final de la época tenebrosa. El país, el pequeño país tropical que hacía germinar las dictaduras con misteriosos fermentos, podía respirar de nuevo.

De pronto irrumpió en la pieza del hospital un séquito afanoso y solemne. Ante sus ojos volvió a aparecer el pelotón de esbirros. Entraron en confusión y rodearon la cama. Supuso que lo iban a proclamar héroe de una epopeya, para tributarle allí mismo el tributo de las masas. El negro se incorporó en su lecho, aún somnoliento y sin la completa noción del mundo externo que con ecos confusos llegaba a sus oídos desde las calles tumultuosas. Escuchaba tambores lejanos que movían el ritmo de melodías negras, adormecidas en su sangre africana, y acaso llegó a pensar que lo cargarían hasta la plaza para mostrarlo al pueblo como un trofeo de la guerra por la libertad.

Cambió de opinión cuando vio aproximarse, paso a paso, al propio Papá Cocodrilo, con su trompa alargada, sus garras monstruosas, su mirada feroz, su figura de bestia apocalíptica. Sus ojos despedían chorros incendiarios. Y se le antojó que los colmillos se le habían alargado y la ira se le retorcía en las vísceras. Volvía a encontrarse con la misma calaña que él había abatido entre descargas mortales, y que sin embargo seguía viva. ¿Qué había sucedido? Que los monstruos nunca mueren. Se les pueden disparar todas las ráfagas de las guerras, y apenas les producen rasguños. Siempre sobreviven. Quizá el negro estaba soñando, o se tropezaba de nuevo con el fantasma, más allá de la muerte. Pero estaba vivo. Ambos estaban vivos.

La sangre se le congeló cuando el monstruo, levantando la metralleta, se dispuso a la ejecución. El arma se mantuvo en el aire, hablando el lenguaje de la atrocidad. Así se sostenía un imperio, entre el escalofrío del miedo. Antes de disparar y matar, era preciso que la víctima conociera el pánico. La retina de Papá Cocodrilo llevó a su víctima al punto más recóndito del furor y la represalia. El negro sintió que esa mirada de escorpión era su mayor suplicio. Luego centellearon los ojos iracundos del matón. Y alcanzó a percibir el gesto fulminante que disponía su muerte. Ni siquiera tuvo tiempo de moverse. Quedó quieto en la cama, destrozado por un arma que no se había hecho para perdonar.

Nené Cocodrilo, que comenzó llamándose Coquito, tomaba en esa forma el poder. El negro, que en medio de su desconcierto había confundido a su asesino, no alcanzó a distinguir el nacimiento de la nueva era, que cumple ya catorce años de dominio absoluto. El mismo período alcanzado por Papá Cocodrilo, que su heredero se propone superar como una constancia de fortaleza histórica.

(Del libro Humo, 2000).

 

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Glóbulos rojos

sábado, 11 de febrero de 2012 Comments off

Cuento de

Gustavo Páez Escobar

El niño miraba con ojos dilatados el movimiento de personas en la sala del hospital. Muy cerca, su madre lo animaba a ser valiente.

–Ya pronto nos llegará el turno –lo consoló.

El niño se tocó el estómago y se quejó. Se veía demacrado. Otro niño, a su lado, con signos de vitalidad, parecía burlarse de él mientras movía figuras en su tablero de entretención. Jairo se sentía morir. El estómago le crujía como si llevara en sus cavernas extraños cocimientos. Desde días atrás la diarrea era inclemente. La sensación de vacío y desacomodo no le permitía un minuto de sosiego. Ahora, en el salón lleno de personas ansiosas, donde debía revestirse de paciencia mientras su madre conseguía hablar con el médico, se creía miserable. Su vecino no se mostraba dispuesto a compartir con él su tablero de juegos.

Las enfermeras cruzaban de afán por todas partes, sin tiempo para detenerse ante la infinidad de requerimientos que salían del público. Los pacientes las reclamaban con insistencia desde todos los lugares, y ellas, acostumbradas a la vida de los hospitales, desoían el clamor general. Diestras para la circulación por entre ese hervidero humano, no se dejaban abordar y seguían de largo. Los médicos estaban encerrados en sus despachos, y si alguno se hacía visible, nadie se atrevía a interceptarlo.

–¿Qué tiene su hijo? –le preguntó el galeno mientras examinaba el rostro descompuesto del niño.

–Diarrea, doctor.

–Está muy pálido –comentó el médico.

La madre había logrado, al fin, traspasar la barrera de la paciencia. Era como si hubiera descargado un enorme peso que la agobiaba. Con solo estar en el despacho del facultativo, ya creía salvado a su hijo. Todos los remedios habían fracasado, y como el paciente mostraba languidez, surgió la alarma. Alarma justificada, teniendo en cuenta la muerte de otro de sus hijos, cuatro meses atrás, con síntomas similares. Recordando los casos de mortalidad infantil ocurridos en su barrio, se decía que el peligro estaba conjurado.

–Lo noto barrigón –dijo el pediatra.

Algo quiso explicar la madre, que no pudo precisar, y convencido el doctor de que el síntoma era de anemia agravado por una parasitosis aguda, ordenó la hospitalización.

–¿Está grave, doctor?

–Su caso es delicado. Le haremos exámenes de laboratorio y le controlaremos la diarrea. Su hijo está desnutrido y hay que fortalecerlo. La palidez de la piel y de las mucosas indica que hay pérdida de glóbulos rojos. El picor estomacal demuestra que está invadido de oxiuros.

–¿Oxiuros? ¿Qué enfermedad es ésa? –preguntó la madre con inquietud, como si hubiera escuchado la palabra muerte.

–Sí –repuso el médico–: o-x-i-u-r-o-s… Unos animalitos que se enquistan en los intestinos y pueden provocar desastres si no se exterminan a tiempo. De ahí nacen las molestias digestivas de su hijo. Por eso siente el hormigueo y tiene el pulso acelerado, ¿me entiende usted?

Iba a decirle que no entendía. Ya el doctor salía del despacho. La enfermera tomó al paciente de la mano y lo hizo desaparecer en instantes por el pabellón de los enfermos delicados, venciendo la resistencia de su protectora. La mujer, enredada en el tránsito de enfermeras, médicos y pacientes, alcanzó a su hijo en el momento en que éste traspasaba la puerta donde no se permitía el acceso de particulares.

Como en el recorrido se tropezó con expresiones duras y con una temperatura agitada, terminó dominada por la inseguridad. Cuando un médico y una enfermera celebraban algo en común, entre risas insólitas, se preguntó la madre cómo se podía estar contento en la apabullante atmósfera de los hospitales.

El médico entró al consultorio de maternidad, donde su colega amonestaba a una madre potencial por su deseo de abortar.

–Es un crimen –le decía–. Abortar es lo mismo que matar.

Ella, apenas una niña, se fue con su problema a cuestas, un poco cortada con la aparición del intruso. Pasó cohibida frente a él y no se atrevió a enfrentarse con su mirada escrutadora. El pediatra pensaba que mientras el ginecólogo quería retener en el vientre de la madre un elemento natural, él iba a desalojar las larvas invasoras.

–¿Cómo te sientes, Jairo? –le preguntaba el médico ocho días después.

–Cansado.

–Te aliviarás.

Por el camino se decía el pediatra que si se hubiera demorado el tratamiento, la deshidratación habría sido fatal. El proceso se mostraba lento, pero la cura era manifiesta. Jairo sonreía en su cama de recuperación. Anhelaba el tablero de juegos que no tenía, pero estaba a gusto en aquel ambiente de enfermeras y vecinos complacientes.

Cuando días después vio llegar a su madre con la pequeña maleta, supo que era la hora de partir. Ella había cruzado los mismos pasillos que días antes halló fúnebres. Ahora, llena de entusiasmo, aparecían con vida. Ya no veía carreras de angustia ni rostros endurecidos, aunque la rutina del hospital era la misma. En el pecho llevaba una sensación diferente.

A cambio del niño barrigón, con diarrea y anémico, iba a recibir un niño sano. O-x-i-u-r-o-s, repetía, como destrozando con los dientes una plaga criminal. Sin embargo, su estado de ánimo se modificó al verlo avanzar hacia ella, delgado y paliducho. No acertó a entender que su hijo estuviera sano, si ya no poseía su aspecto rollizo.

En vano la enfermera le explicó que eso se debía al desalojo de los gusanos, pero como la madre no podía aceptar un niño disminuido, corrió furiosa al consultorio del médico. Su ímpetu no fue suficiente para que le permitieran la entrada, y como de todas maneras deseaba protestar, así se expresó ante los asistentes:

–Pueden ver en qué condiciones recibo a mi hijo. Lo traje gordo y me lo devuelven sin carnes. Le han sacado la sangre para vendérsela a los ricos. En los hospitales nos engañan a los humildes… ¿Dónde están los glóbulos rojos?

Uno de los presentes intentó calmarla. Pero la mujer no oía razones. Horas después, ya agotada por el esfuerzo, se dispuso a abandonar el hospital. Sosegado el ambiente, el pediatra salió de su consultorio en compañía del ginecólogo y se enfrentaron a miradas curiosas, que prefirieron ignorar.

–¿Qué hubo de la paciente del aborto? –preguntó el pediatra.

–Abortó.

De lejos los dos galenos veían avanzar por el patio a la madre con su hijo, hasta que la figura desapareció por la puerta principal. Luego el pediatra se encaminó al salón de enfermos. Y antes de atender otro caso de anemia y parasitosis, ahuyentó de la mente algún pensamiento incómodo. Acababa de morir otro niño por la misma causa, y se dijo que no todos tenían la suerte de Jairo.

–¡Médicos explotadores! –protestaba ella.

En ese momento sacaban el féretro del niño fallecido. Un séquito afanoso lloraba el suceso.

–¿De qué murió? –preguntó la madre.

–De anemia.

–Al mío, en cambio, que estaba lleno de glóbulos rojos, le sacaron la sangre para vendérsela a los ricos…

–Pero está vivo –replicó la interlocutora.

Jairo no entendía las protestas de su madre, por sentirse con una sensación de alivio después de los días terribles de su enfermedad. El pequeño caminaba con expresión risueña en medio de la caravana fúnebre.

–¡Médicos explotadores! –gritaba la madre iracunda.

–¡Pero está vivo! –replicó la otra madre.

–¡Médicos explotadores…!

(Del libro Humo, 2000).

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