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Archivo para julio, 2010

El cura guerrillero

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando en Colombia se habla del cura guerrillero se sabe que se trata de Camilo Torres Restrepo. Se le conoce mejor como Camilo, nombre con el que pasó a la historia. A veces una sola palabra, incluso sin ser patronímica –como es el caso del Che, que identifica al médico revolucionario Ernesto Guevara–, es suficiente para ubicar una personalidad.

La personalidad de Camilo la pinta a la perfección Walter J. Broderick, historiador australiano, en el libro Camilo, el cura guerrillero. El autor reside en Colombia hace más de 30 años y ejerció el sacerdocio católico en varios países latinoamericanos. También escribió El guerrillero invisible, donde narra parte de la biografía del cura español Manuel Pérez, que siguió los pasos de Camilo y murió hace 7 años en las selvas colombianas.

Camilo era hijo del médico bogotano Calixto Torres Umaña y de Isabel Restrepo, dama de carácter iconoclasta. El futuro sacerdote creció en ambiente burgués, y a la vez frívolo, dadas las agrias fricciones de sus padres y ciertas actitudes que desentonaban en la sociedad: mientras el médico poseía carácter irascible y se declaraba anticlerical y librepensador, su mujer producía escándalos con sus extravagancias y su conducta disipada.

Camilo se graduó como bachiller del Colegio Cervantes. Era un joven franco, festivo y de atrayente estampa varonil. Se movía con éxito en los altos círculos sociales. Las muchachas de abolengo soñaban con conquistarlo. Se recuerdan sus amores con Teresa Montalvo, hija de un notable político. Desde entonces mostraba calidades superiores. Su futuro no podía ser más promisorio.

Entró a estudiar jurisprudencia en la Universidad Nacional. Y un día, contra todos los halagos mundanos que respiraba, sintió atracción por la vida religiosa. Deseaba ser fraile dominico, pero temía la oposición de sus padres. Así sucedió, en efecto, al conocerse la noticia. Gracias a la influencia que su madre ejercía sobre él, dicho destino se cambió por el ingreso al seminario de Bogotá, en 1947.

Siete años después, ya ordenado sacerdote, viaja a Lovaina (Bélgica) para adelantar estudios de sociología en la Universidad Católica de aquella nación. Allí se relaciona con el movimiento de los sacerdotes obreros, y en Francia conoce a un abanderado de esa corriente religiosa, el abate Pierre. Cerca de Lovaina presta sus servicios en una parroquia de mineros y, al palpar la dura realidad de ese oficio, se conduele de la miseria humana.

Cuando vuelve a Colombia dos años después, es un hombre nuevo. Ha captado los grandes conflictos del ser humano, ha visto otra dimensión del mundo y regresa con ideas bullentes sobre el puesto que deberá asumir en su patria frente al drama de las clases populares. En el mundo se agitan las ideas socialistas. El nuevo clérigo, por encima de las teorías del marxismo, se siente llamado por las causas del hombre. Allí está su apostolado.

La Iglesia, alborozada con esta promesa repentina que surge en sus predios, lo exalta y facilita su misión. Es nombrado capellán de la Universidad Nacional y miembro de la junta directiva del Incora. En la Esap dirige un seminario de administración social. En el Ministerio de Gobierno da cursos en la Acción Comunal. Funda en Yopal una escuela de entrenamiento para los campesinos. Es el sacerdote de moda. En el país se siente su presencia arrolladora. Los estudiantes están dichosos con este sacerdote inesperado y lo siguen como a un caudillo.

A veces choca con algunas personas. Critica a monseñor Salcedo, director de Radio Sutatenza, al considerar que están equivocados los programas que difunde la emisora entre los campesinos. En la Universidad Nacional pronuncia un sermón de alto tono social, y el cardenal Concha, que desde tiempo atrás encuentra peligrosos sus actos, lo retira de la capellanía y de todos los cargos docentes. Al mismo tiempo, desde Chile lo buscan para integrar un movimiento de reformadores eclesiásticos.

El cura revolucionario denuncia las injusticias, ataca a los poderosos y apoya a los necesitados. Su voz llega a toda la nación en su periódico Frente Unido. Una copla pinta sus andanzas: “Pues el curita en cuestión / apenas dice su misa / se sale a ver si organiza / alguna revolución”. Mientras los estudiantes de la Nacional lo sacan en hombros y forman un desfile tumultuoso, los políticos lo miran con recelo.

Dentro de ese ambiente de agitación de masas, incompatible con la función sacerdotal, no tardará en ocurrir su retiro eclesiástico. En esto viene meditando con desasosiego espiritual, pues ama la Iglesia con verdadero sentimiento cristiano. Pero no acepta la Iglesia inerte ante las angustias del hombre, ni la palaciega del cardenal Concha.

La suya es la de los sacerdotes obreros que ha vivido en Bélgica, en Francia y en el barrio Tunjuelito de Bogotá. “El problema no es de rezar más –le dice a un seminarista–, sino de amar más. Últimamente yo he rezado menos, pero he amado más, y todo lo que es amor es bueno”.

Liberado de sus obligaciones clericales, dice su última misa en la iglesia de San Diego, y en esa mañana plomiza y penetrada de frío, como si fuera un augurio del porvenir que lo espera,  se despide en secreto, y con una lágrima sigilosa en los ojos, de la vida eclesiástica. Observa entre las personas asistentes a varias empleadas domésticas, en cabeza de las cuales percibe la presencia de las clases humildes, por las que va a luchar. Días después se marcha para el monte.

El 15 de febrero de 1966 moría baleado en las montañas de Santander –vereda de Patio Cemento, municipio de San Vicente de Chucurí–, en el primer combate que libraba como miembro del Ejército de Liberación Nacional (Eln), el recién creado grupo guerrillero que comandaban Fabio Vásquez y Víctor Medina. Pocos días antes había cumplido 37 años.

Lo mató la tropa del coronel Álvaro Valencia Tovar, comandante de la Brigada de Bucaramanga, su antiguo amigo y compañero de junta en un instituto oficial. Fue enterrado en el monte y en sitio secreto que nadie ha revelado. Sospechaban que la llegada de los restos a Bogotá provocaría alborotos públicos, y por eso escondieron el cadáver. ¿Por qué no han exhumado sus huesos para darles cristiana sepultura? Esos huesos representan el símbolo de una protesta social y pertenecen a la historia. Camilo se equivocó de camino, pero su causa era justa.

En la selva santandereana quedó insepulta una leyenda, y esa leyenda, de redención y martirio, comenzó aquel día a volar por el país en alas de vientos rebeldes. Y han pasado cuarenta años. Cuarenta años sin verdaderas soluciones sociales.

El Espectador, Bogotá, 7 de febrero de 2006.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 10, abril de 2006.

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Comentarios:

Leí tu artículo en El Espectador sobre el cura Camilo. No soy guerrillero, ni simpatizante, pero tu última frase: “Y han pasado cuarenta años. Cuarenta años sin verdaderas soluciones sociales”, es completamente válida. Raúl Salazar Saldarriaga, Medellín.

Página excelente sobre Camilo Torres, que bien hubiera podido ser mejor tratado y orientado en sus ansias de justicia e igualdad. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.

Qué bueno hubiera sido que usted leyera mi libro El final de Camilo antes de escribir su columna en El Espectador. Allí, entre otras cosas respondo a plenitud la cuestión de los restos del cura guerrillero. Álvaro Valencia Tovar, Bogotá.

(El 8 de mayo de 2006 publico una nueva columna: Los restos de Camilo. GPE).

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El poeta en La Habana

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace poco vino a Colombia el poeta José Luis Díaz Granados, desde su exilio obligado en La Habana, y se presentó en la Casa de Poesía Silva con nueva cosecha de versos. Allí se reunió con sus viejos amigos de las letras y luego regresó a Cuba, donde reside desde febrero del 2000. Más de cinco años de destierro –a pesar de la buena acogida que ha recibido en aquel país– son el duro precio que ha tenido que pagar  por su fidelidad a sus ideas políticas.

En Bogotá dirigía desde 1992 la Casa Colombiana de Solidaridad con los Pueblos, y a fines de 1999 recibió amenazas por su simpatía con el régimen cubano. Como su vida corría peligro en Colombia, y no contando con garantías para protegerse en su patria, decidió refugiarse en la isla, donde goza de ambiente propicio para adelantar sus actividades literarias. No obstante la distancia de la patria y de los amigos, se siente satisfecho en Cuba  por el clima cultural que lo rodea.

Allí transcurren sus días actuales, rodeado de tranquilidad y dedicado a lo que sabe y siempre ha hecho: el periodismo literario, a través de crónicas que divulga en Agencia Prensa Latina, y el desarrollo de varios planes, entre ellos, el remate de dos novelas, en las que trabaja con ardor espiritual. En el Instituto de Periodismo José Martí preside la cátedra de grandes periodistas latinoamericanos y dicta clases sobre Pablo Neruda y Gabriel García Márquez.

A sus dos novelas en proceso ya les tiene nombres, según lo revela a Ricardo Rondón en reportaje aparecido en la revista Libros y Letras: “Tengo dos novelas –dice–: una sobre las luces y las sombras del exilio, titulada La noche anterior al otoño, y otra sobre mis años de adolescencia en el barrio Palermo de Bogotá, titulada El aprendiz de brujo”. En el género novelístico, ha editado otros dos títulos: Las puertas del infierno y El muro y las palabras, ganadora la última, en 1994, del Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira.

En 1968 fue el ganador del concurso de poesía Carabela, en Barcelona (España), y en 1990 le fue conferido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. En el campo de la poesía es autor de El laberinto, que ha tenido varias ediciones y ha sido ampliada con el paso del tiempo, y Cantoral, con su producción entre 1988 y 1992. La Universidad del Magdalena publicó en 2003 toda su obra poética en 40 años (1962-2002), bajo el título La fiesta perpetua. Uno de sus cuentos, La metamorfosis del saltimbanqui, fue laureado en concurso de 1980.

Díaz Granados vive en función de la literatura. Es su razón de ser. En Colombia ha colaborado con diversos diarios y revistas y su nombre goza de prestigio. Su fibra romántica –que gana nuevos acentos con su exilio en Cuba– ha plasmado obra valiosa. El amor es la savia de sus sueños. La mujer preside su mundo sensorial, tanto en la creación literaria como en su ámbito cotidiano. “La mujer –dice– es la fuerza motriz de mi alegría y de la totalidad de mi obra literaria”.

Ha sido hombre discreto, sereno y silencioso. Hombre de paz. Su única arma es la inteligencia. Y su haber, su acervo de versos y prosas. ¿Por qué, entonces, se le persigue y obliga a refugiarse en otro país? Cuando alguien me dijo que por sus ideas, trabajo me costó –y me cuesta– admitir que el modo de pensar de este ciudadano sosegado y caballeroso, con derecho a la libre opinión que garantiza la democracia, pueda significarle el destierro, por ironía en un sitio donde la libertad de expresión está restringida.

Al preguntársele en el reportaje atrás citado por su posición frente a la figura de Fidel Castro, respondió: “Es difícil encontrar a alguien de la generación de los 60 que no sienta algún estremecimiento afectivo hacia Fidel o el Che”. Esa circunstancia tiene hoy al poeta lejos de Colombia. Cuando sale al malecón de La Habana y conversa con las mulatas, en plan de averiguar por las honduras de los seres humildes, siente que su alma exorciza los demonios de la soledad. Y se acuerda de Colombia. Evoca la calle 45, la de su tránsito familiar durante tantos años, y el dolor de patria le aflige el recuerdo.

Díaz Granados es amante visceral de su cuna. Su poesía contiene hermosas expresiones de apego a sus lares nativos, la ardiente tierra samaria que le inyectó bríos de poeta. Hoy siente nostalgia por su gente, por los paisajes de Colombia, por los fríos y las lloviznas bogotanas, por las tertulias bohemias bajo el calor de la poesía. Todo esto le tortura el recuerdo. Dice que volverá pronto a Colombia. ¿Cuándo? La patria lo espera. La literatura nacional lo necesita.

El Espectador, Bogotá, 6 de diciembre de 2005.

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Comentarios:

Inmensamente emocionado y conmovido he leído tu hermosa y generosa nota sobre mi exilio cubano. No tengo palabras para expresarte mi infinita gratitud por tan generoso gesto de solidaridad y amistad. José Luis Díaz-Granados, La Habana.

Soy, por fortuna, un viejo amigo de José Luis Díaz Granados. Ahora que estuvo en Colombia lo invitamos a Manizales y estuvimos una larga noche, alrededor de unos rones de la Licorera de Caldas, hablando de literatura y de viejos amigos. Hace unos cuatro años lo visité en La Habana. Carlos Arboleda González, Manizales.

Muchas felicitaciones por su artículo sobre el poeta José Luis Díaz Granados, exiliado en Cuba. Es un hombre sencillo, valiente y honesto. Me gustaría referirle que no es el único poeta en el exilio (cita el caso Armando Rodríguez Ballesteros, refugiado en Costa Rica). Andrés de la Hoz.

Osuna y Turbay

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En El Espectador del pasado 18 de septiembre, Héctor Osuna dedica todas las caricaturas de Rasgos y rasguños al presidente Julio César Turbay, muerto cinco días antes. No es usual que el caricaturista ocupe todo su espacio con la misma persona o el mismo tema, pero lo hizo en esta ocasión por estar ligado a Turbay por vieja historia, de ingrata recordación. Por supuesto, volvieron a escena los caballos de Usaquén, emblema de turbulenta etapa política ocurrida en el cuatrienio presidencial 1978-1982.

Dos corceles con caras taciturnas aparecen con un lazo de tela adherido a las piernas, en señal de duelo. Dicho atuendo, con figura de mariposa, representa el corbatín histórico del presidente fallecido. El caballo más acongojado –¿o más arrepentido?– cavila con esta frase entrecortada: “…y una nostalgia que me tortura”. Los famosos caballos adquirieron popularidad durante aquellos días accidentados, y hoy, tres décadas después, salen de nuevo de sus establos para darle el último adiós al patriarca.

Osuna, con sus trazos veloces e incisivos, nos ubica en los tiempos del Estatuto de Seguridad implantado por el gobierno de Turbay, norma que se caracterizó por un enconado militarismo bajo el mando del general Camacho Leyva, ministro de Defensa, a quien se consideró el superpoder dentro del Estado. Nefasta época de terror, donde muchos enemigos del régimen fueron a dar a las caballerizas de Usaquén, en las que se les forzaba a confesar sus actos de oposición con el empleo de torturas, entre ellas, por medio de caballos amaestrados que embestían a los presos y les causaban heridas.

La arbitraria detención de dos sacerdotes jesuitas que en septiembre de 1978 fueron vinculados como cómplices del asesinato del ex ministro Pardo Buelvas, movió a Osuna a declarar la guerra periodística, por medio de sus caricaturas demoledoras, contra el atroz estatuto que violó los derechos humanos y escribió una de las páginas más oscuras en la democracia colombiana.

Y se convirtió en crítico severo del Gobierno. Sus líneas punzantes denunciaban la ola de atropellos desatada contra la población civil, en medio del silencio de los organismos de vigilancia. El cardenal Aníbal Muñoz Duque le restó importancia al escándalo de faldas que Turbay protagonizó en un club de Cúcuta (acto reprobado por el obispo de la diócesis), y le envió una carta donde lo absolvía de tan deshonrosa conducta. Por curiosa ironía, aquel obispo de Cúcuta fue la misma persona que presidió las honras fúnebres de Turbay en la catedral de Bogotá: el hoy cardenal Pedro Rubiano Sáenz.

Por aquellos días, el militarismo desaforado arremetía contra la cúpula del M-19, la que causaba graves trastornos con episodios tan perturbadores como el robo de más de 5.000 armas en el Cantón Norte y la toma de la Embajada Dominicana. El M-19 vio gratificada su lucha con el apoyo de Cuba, hecho  determinante para que Turbay rompiera relaciones con dicho país.

En medio del vendaval de críticas y protestas, y de innumerables chistes de sabor sarcástico que corrían a lo largo y ancho del territorio nacional, el Presidente soltó algunas frases que pasaron a la historia y que definen su muy peculiar estilo: “El único preso político soy yo”, “reduciré la corrupción a sus justas proporciones”, “el mío es un gobierno hormonado y testiculado”.

Osuna puso en los labios del Presidente otras frases que guardan coherencia con los actos oficiales de la época, como ésta, a una comisión de Amnistía Internacional que vino en plan de averiguación sobre los derechos humanos en Colombia: “¿Preguntan ustedes por los derechos humanos?… No, no los hemos visto”.

Osuna fue en 1979 el ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, al que renunció bajo un claro imperativo de su carácter: no podía permitir que la presea le fuera entregada por Turbay, a quien fustigaba con sus dardos implacables. En cambio, al serle conferido en 1983 –en el gobierno siguiente– el Premio Nacional del Círculo de Periodistas de Bogotá al mejor caricaturista, lo aceptó, porque no pasaba por las manos presidenciales.

Belisario Betancur le diría: “Gentes de talento e independencia mental como usted, sí le cuentan al gobernante cómo va él y cómo va el país. Gracias por sus urticantes aunque sonrientes lecciones. Saludos de la monja”. (La obesa y simpática monja palaciega, que parece sacada de un cuadro de Botero, fue la figura de combate creada por Osuna en el gobierno de Belisario Betancur).

Queda por decir que la administración de Turbay ha sido una de las más controvertidas de la vida colombiana. Pero no todo es negativo en su obra de gobierno. Se le abonan varios actos notables, que hoy, en la distancia del tiempo y bajo otra óptica, se distinguen mejor que cuando ocupaba la silla presidencial, sacudida por los ventarrones que provocó el estatuto represivo. Entre las notas favorables están la prudencia y el acierto con que manejó el conflicto de la Embajada Dominicana.

Su habilidad y astucia, como “animal político” que siempre fue (maestro en las artes del caciquismo), le permitieron rodearse de gente capaz en el ejercicio ministerial y diplomático. Tuvo varios ministros de alta calidad. Fue auténtico y excelente amigo de sus amigos. Se distinguió por su espíritu equilibrado y conciliador y su sentido de patria. Así penetra en la historia. Y Osuna, con sus caricaturas memorables, se ha ganado el título de agudo historiador.

El Espectador, Bogotá, 27 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Excelente tu columna. Osuna es admirable como caricaturista. El país necesitará siempre, para su progreso moral, intelectual, político y social de mentes lúcidas y críticas que abran nuevos horizontes y que venzan el oscurantismo arribista y feroz de los intereses creados alrededor de los que mandan. Sólo con ellos dejaremos de mirar en una sola dirección, como los caballos cocheros. Hernando García Mejía, Medellín.

Interesante su artículo sobre Turbay, pero no queda uno convencido que manejara con “tacto” la toma de la embajada. Más bien, se debe reconocer que Estados Unidos no le hubiera permitido jamás que pusiera en peligro la vida de su embajador. De Turbay sí podría decirse que escupió la mano de quien lo ayudó. Cuando Cuba desea aliviarlo aceptando los guerrilleros, Turbay paga cortando las relaciones. Y “sentido de patria”, por Dios, la patria de los poderosos tal vez. Los colombianos no le pudieron ver su generosidad y compasión por los humildes y desamparados, al menos durante su gobierno de triste recordación. Javier Amaya, Washington.

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Letras de Tuluá

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por gesto amable de Óscar Londoño Pineda, el cronista de Tuluá, he conocido algunas obras de escritores de su tierra, a las que dedico esta columna. Ante todo, registro la salida del cuarto tomo de la serie Tuluá, visión personal, en la que el propio Londoño, con alma emotiva y memoriosa, viene concatenando menudos y grandes sucesos de su patria chica, con especial mención de los personajes literarios y sus realizaciones. Este trabajo constituye pieza valiosa para el estudio de la historia regional.

Durante la violencia partidista que se recrudeció en el país en los años 50 del siglo pasado, Tuluá fue escenario de horrendos sucesos protagonizados por los llamados “pájaros” (sinónimo de matones). Etapa turbulenta que movió a Gustavo Álvarez Gardeazábal a escribir su novela Cóndores no entierran todos los días. Con el fondo de aquella violencia fratricida que dejó en el país una mortandad escalofriante, Fernando Charry Lara elaboró uno de sus más bellos poemas: Llanura de Tuluá.

Hay otro libro que dibuja con agilidad y crudeza aquellos episodios: Horizontes cerrados, de Fernán Muñoz Jiménez, nacido en Tuluá en 1932 y muerto de manera prematura en 1978. Es una breve obra –de 124 páginas– que se publicó en 1954. Al comienzo aparecen unas palabras de Camilo José Cela, futuro nóbel de literatura, quien visitó a Cali en 1953, y dice lo siguiente sobre el autor: “Un artista de la prosa y un desvelado cantor de emociones. Salud, prosista condenado a tu puebluco para expresar el encanto de su monotonía”.

Muñoz Jiménez ofrece capítulos patéticos sobre la barbarie que le correspondió vivir en medio de disparos, carros fantasmas, asesinatos,  cadáveres tirados a los ríos o colgados de los árboles, desolación y miedo. Los zarpazos del sectarismo político mantenían asustada a la población, y la respuesta a tanto salvajismo era la impunidad. Colombia era una hoguera de odios y terror. La novela, conocida hoy por poca gente, y que es el testimonio de una época demencial, merece ser reeditada.

La Unidad Central del Valle del Cauca ha rescatado otro libro valioso –y olvidado–, de Mercedes Gómez Victoria, nacida en Tuluá en 1837 y quien en 1889 –hace 116 años– editó dicha obra con el título Misterios de la vida. Siempre se ha dicho que Soledad Acosta de Samper fue la primera mujer colombiana que puso en circulación una novela. Esto no es así: Soledad publicó su primer libro de ensayos en 1895 y su obra novelística apareció en los inicios del siglo XX. Se le adelantó la escritora tulueña.

Misterios de la vida, basada en la propia realidad de la autora, es una crítica contra la irresponsabilidad de los padres que descuidan a sus hijos. Los tres personajes centrales de la narración son hijos expósitos, como lo fue la novelista. Con tal condición, ésta plantea pautas de comportamiento social como soporte de la familia.

Omar Franco Duque, escritor, periodista y elemento cívico de amplia trayectoria en sus lares nativos, recoge una sabrosa muestra de la idiosincrasia local en el libro El humor en las letras de Tuluá. Por este trabajo me entero de que su comarca ha sido favorecida con grandes humoristas que, al igual que los miembros de la Gruta Simbólica, conjugan la existencia con gotas de gracia y sapiencia, como píldoras de buena vida.

Eminente personaje del pasado tulueño es Carlos E. Martínez Martínez, muerto en 1960 a la temprana edad de 44 años, y que cumplió destacada actividad cívica, pedagógica, periodística y literaria. Escritor culto y castizo, dejó obra refinada que no alcanzó a publicar en su totalidad, y que con el paso del tiempo, de modo inexplicable, se perdió en buena parte. Dos de sus poemas son de antología: In memoriam y En un álbum. Además, compuso la letra del himno de Tuluá.

Su sobrino Carlos Ochoa Martínez acaba de publicar una obra esmerada donde describe el itinerario de su tío y recoge una selección de su quehacer poético, programa que contó con el patrocinio de la Alcaldía de Tuluá y la vinculación de la Cámara de Comercio. Libro de grata lectura, que permite valorar el desempeño humano e intelectual de una figura olvidada.

Tuluá muestra con estos y otros libros, al igual que con revistas y otras expresiones, permanente afán cultural, que realizan con brillo sus hombres de letras y fomentan las autoridades con amor al arte.

El Espectador, 11 de octubre de 2005.

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Comentarios:

Tuve el día de hoy la fortuna de encontrar su columna titulada Letras de Tuluá. Quería solicitarle su autorización para reproducirla en nuestro periódico La Variante. Somos un medio nuevo, de circulación semanal en más de 20 municipios del Valle del Cauca. No me cabe la menor duda de que su magnífica columna tendría el mayor interés en nuestra comunidad. Ivanov Russi Urbano, Tuluá.

He leído con enorme fruición su admirable artículo. Gracias por Tuluá y por todos los escritores cuyas obras comentas con excepcional maestría y prodigioso poder de síntesis. Carlos Ochoa Martínez, Bogotá.

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García Márquez, ¿plagiario?

viernes, 16 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, escribe un vehemente ensayo donde sostiene que Memoria de mis putas tristes, la última obra de  Gabriel García Márquez, es un plagio de la novela La casa de las bellas durmientes, del japonés Yasunari Kawabata, premio nóbel 1968. Y formula graves afirmaciones, como las siguientes:

“García Márquez, con Memoria de mis putas tristes, estafa conciencias literarias. Muy bueno que se diera el dato de las utilidades de esa estafa por parte de la Editorial Norma. El libro es un hijo bastardo de Gabo… El argumento de Memoria de mis putas tristes es exactamente el mismo de La casa de las bellas durmientes”.

Leí el ensayo con interés y desazón. Frente a la inquietud que despierta la  acusación de López Velásquez, lo indicado es conocer la obra del japonés para confrontarla con la del colombiano. Sin embargo, aplacé la compra del libro por ser hoy exagerado su precio: por el breve volumen de 150 páginas, publicado en España, las librerías están cobrando $ 53.000. Si la edición fuera colombiana, no valdría más de $ 15.000.

Por supuesto, quedé estupefacto ante la posibilidad de que García Márquez pudiera incurrir en el exabrupto del plagio. De todos modos, la controversia es interesante y merece que se ventile en centros académicos y foros literarios. Para contribuir a dicho propósito, retransmití a varios de mis amigos el ensayo de marras, y algunos me expresaron valiosas opiniones.

Desde Medellín, el escritor y periodista Hernando García Mejía, gran lector de literatura colombiana y mundial, dice: “Lo de la última novela de Gabo es cuento viejo. Desde el principio se sabía que se inspiró en La casa de las bellas durmientes del japonés. Lo de plagio es excesivo y, personalmente, no le doy ninguna trascendencia a ese debate trasnochado.

“Lo que sí me parece es que Yasunari Kawabata, a quien leo desde la juventud, es superior a Gabo como escritor. Gabo es hojarasca efectista y retórica, y Kawabata, esencialidad trascendida en profundidad. Yo plantearía la discusión desde el estilo, aunque tampoco parece admisible, habida cuenta de que, como reza el aforismo, ‘El estilo es el hombre’. Y un hombre que escribió El coronel no tiene quien le escriba –¡qué envidia, por Dios!– merece respeto”.

Jorge Consuegra, reconocido crítico literario y promotor cultural, manifiesta: “Siempre he creído en la opción de la crítica, y el reclamo, el comentario, son válidos en todos los campos. Y creo que García Márquez no ha plagiado. Él, antes de Cien años de soledad, lo dijo: ‘Me encanta La casa de las bellas durmientes y me gustaría hacerle un homenaje’. Y lo hizo”.

Desde Armenia, Carlos Fernando Gutiérrez, columnista de La Crónica del Quindío y literato, dice: “Pienso que hay que leer la novela del nobel japonés, para hacerse un criterio más personal y menos apasionado que el escrito por el director de Mefisto. Algunos han planteado que la mejor literatura son reescrituras”.

Por su parte, Borges recomienda evitar “la confección de novelas cuya trama argumental recuerde la de otro libro. Por ejemplo, el Ulises de Joyce y la Odisea de Homero”.

Hernando García Mejía tuvo la gentileza de facilitarme una novela exquisita de Kawabata: Lo bello y lo triste –edición de Ultramar Editores, Barcelona, 1985–. Obra que, junto con País de nieve –que leí hace mucho tiempo–, me permiten corroborar el concepto de que el autor es un enorme novelista, tal vez el más representativo de Japón.

Nació en Osaka en 1899 y se suicidó en Zushi en 1972, en el pequeño apartamento que poseía frente al mar. Cuatro años antes de su muerte había obtenido el Premio Nóbel de Literatura. Antes de los 15 años de edad murieron, en forma sucesiva, sus padres, su única hermana y sus abuelos. A raíz de su juventud desolada, fue un ser solitario e introvertido.

Su estilo se caracteriza por la sutileza con que maneja las historias, la agilidad de los relatos, la técnica de los diálogos, las dosis de sicología con que actúan los personajes. Y como aspecto fundamental de la buena novela, la trama excitante de los argumentos, urdidos con habilidad y delicadeza, para que el suceso atrape al lector y lo mantenga en suspenso hasta la última página.

Artífice de la “novela miniatura”, es un placer leerlo. La brevedad y dinámica de sus relatos es todo un monumento en las letras japonesas. Aprendió que el vigor de la acción narrativa se consigue con ahorro de palabras innecesarias, por más bellas que suenen al oído (lo cual es más propio de la poesía), y con precisión y gallardía del estilo. Para Kawabata, la hojarasca literaria no existe. Ahí está su gloria.

El Espectador, Bogotá, 6 de septiembre de 2005.

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Comentarios:

Muy buena tu columna. Yo tengo las bellas durmientes y aunque el tema es el mismo, no puede considerarse un plagio. Y eso que a mí García Márquez, como persona, no me gusta. Carlos Arboleda González, Manizales.

Plenamente sensato y pertinente tu artículo sobre Gabo y sus tristísimos putas tristes. Como tú sabes, los idólatras de Gabo son muchos, pero sospecho que la gran mayoría ni siquiera lo han leído como se merece. Espero no haber sido  demasiado injusto con él, pero, qué diablos, eso es lo que pienso después del deslumbramiento de El coronel no tiene quien le escriba. Hernando García Mejía, Medellín.

Desde un principio supe que no todo el mundo iba a estar de acuerdo. Eso es normal. De todas maneras, lo importante es continuar un análisis, una evaluación. Borges dijo que una cosa es recrear una historia literaria y una muy distinta calcar. Decía que un escritor nunca debía calcar a otro, que el escritor surgía de su propio interior. Sostengo que García Márquez calcó. Su escrito enriquece sobremanera el debate. Germán López Velásquez, director de la revista Mefisto, Pereira.

La verdad, me encanta García Márquez, pero esta novela en particular me decepcionó. Además, considero que el título no tiene nada que ver con el contenido. Creo que las palabras grotescas le encantan a mucha gente hoy en día: quizá se trató de una alternativa publicitaria para llegar a muchísimas personas. Para mí su obra cumbre por excelencia, conmovedora, es El amor en los tiempos del cólera. Esperanza Jaramillo García, Armenia.