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Archivo para noviembre, 2009

Los demonios de Vargas Vila

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar 

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas o bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en nuestro país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo, hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”,  y así pasaría a la historia. Título apropiado para un ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba  arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada ¿Las uñas de Satanás?, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la  engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, que con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por la borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre,  ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en  el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: ¿Las uñas de Satanás? Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este colosal panfletario, de difícil repetición.

El Espectador, Bogotá, 7 de abril de 2005.

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Tierra mojada

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Manuel Zapata Olivella nació en Lorica (Córdoba) el 17 de marzo de 1920 y murió en Bogotá el 19 de noviembre de 2004. Se graduó de médico, pero encauzó sus energías vitales hacia el cultivo de las letras, en los géneros del cuento, la novela y la dramaturgia, campos en que dejó obras valiosas, varias de ellas ganadoras de destacados galardones. Su pasión fue la antropología, ciencia que le permitió interpretar al hombre en sus más amplios aspectos y proclamar los orígenes de su raza negra.

Fue gran defensor de los negros. El nervio de su obra está movido por los dramas de los seres desamparados que vegetan, en medio de penurias, enfermedades y humillaciones, en las riberas de los ríos que él mismo, como habitante de esas latitudes brutales, vivió con intensidad. Antes de morir, dispuso que sus cenizas fueran tiradas al Sinú, el río tutelar de su tierra, a fin de que las aguas proletarias se encargaran de llevar sus restos hasta el África remota, de donde provienen sus orígenes. Con ese rito, a la vez poético y religioso, volvió a encontrarse con sus ancestros y así reafirmó la perennidad de su linaje.

Una de sus novelas más representativas es Tierra mojada, que he releído en estos días como homenaje silencioso al autor con motivo de su fallecimiento. El libro reposa en mi poder desde 1972, cuando fue publicado por Bedout, y ahora encuentro en esas páginas otra dimensión de la historia narrada y mayor acento de la protesta social lanzada por el novelista como vocero de los hombres oprimidos. Duro territorio el del Sinú, donde una legión de pequeños agricultores lucha por sobrevivir en medio de las enfermedades, la pobreza y el hambre, y por retener un pedazo de tierra bajo la tiranía del gamonal, que cada vez los cerca más entre los garfios de la miseria, los extermina y los hace desaparecer en las aguas borrascosas de los ríos.

Esa tierra poblada de arrozales, caimanes y mosquitos y explotada con el sudor de la raza negra, es un retrato de la América india adonde no ha llegado todavía ningún recurso de liberación y se mantiene, por lo tanto, como zona de esclavitud en pleno auge de las libertades. Hombres famélicos y taciturnos, desposeídos de sus parcelas y trashumantes de cosechas oprobiosas, deambulan por esas riberas con sus pesares y sus familias a cuestas, sin manera de levantar sus propios ranchos ni poseer sus propias siembras, ya que el latifundista despojador no puede admitir competencia en sus dominios. El mismo río nutricio, por donde se deslizan los cadáveres, se convierte en un tirano del desamparo.

Zapata Olivella presenta en Tierra mojada un mundo duro, dramático, movido por personajes fuertes y por situaciones patéticas, acordes con la realidad que el narrador presenció y vivió en aquellos cenagales. Esa es su tierra sufrida, pintada como un rostro del dolor universal que padece la gente desprotegida en la defensa de la vida, imagen que el escritor transplanta a otros de sus libros: Chambacú, corral de negros, Changó, el gran putas, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Pasión vagabunda, Cuentos de muerte y libertad, Las raíces de la furia negra…

La vagancia es una idea obsesiva en la obra de Zapata Olivella, y nace de su propia juventud menesterosa. Rodeado de pobreza, un día toma una chalupa y se marcha a Cartagena, y de allí a Panamá, donde es detenido por vago y sospechoso. Liberado, continúa su viaje sin brújula hacia países incógnitos: Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, Méjico… En esos recorridos azarosos, duerme en los vagones del ferrocarril, en los parques solitarios o en los campos abiertos, donde lo coja la noche y descubra un escondite para ocultar su ruina. Es la senda del caminante de la vida y del futuro novelista que vagabundea por todas partes y en todas encuentra miseria, desolación e injusticia.

Por fortuna, lee las novelas de Gorki y de otros escritores desprotegidos de la suerte, y esas lecturas le dan ánimos para no desfallecer. A medida que recorre mundo, desempeña cuanta ocupación se le presenta: ayudante de mecánica, portero, pintor de brocha gorda, empleado de un manicomio… Cuando a lo largo del tiempo estudia medicina y obtiene el título profesional, ya el mundo ha penetrado en la sensibilidad de este intérprete de la condición humana. Con tal bagaje, estructura su obra literaria. Y se vuelve, al igual que Nicolás Guillén, el gran cantor de la raza negra.

El Espectador, Bogotá, 24 de febrero de 2005.
Libros y letras, boletín No. 1.671, Bogotá, 12 de marzo de 2005.

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Plumas navideñas

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La compilación de 65 artículos navideños, suscritos por 53 columnistas de El Espectador, constituye el libro que con el título Plumas navideñas a diestra y siniestra publicó el periódico en diciembre pasado, como “significativo regalo de Navidad para expresar nuestro agradecimiento a amigos, lectores y anunciantes”, según manifiesta el director, Fidel Cano Correa, en la nota de presentación de la obra.

La idea fue sugerida por Jorge Cardona Alzate, jefe de Redacción, que se encargó de recolectar el material, tarea nada fácil de realizar cuando en el archivo del periódico, a lo largo de sus 117 años de existencia, se guardan centenares de escritos sobresalientes sobre el tema de la Navidad y esto daría lugar a numerosos libros de la misma índole.

Uno de los archivos más ricos de la prensa colombiana es el de El Espectador. El fuego y las bombas no han conseguido, a pesar de su ímpetu arrasador, desmontar el acervo cultural que afamadas plumas de la inteligencia han sembrado en las páginas del rotativo. Este tesoro inapreciable fue el que permitió que surgieran infinidad de enfoques sobre la Navidad, todos dignos de rescate, pero de imposible inclusión en un tomo que se proponía ser ágil y de agradable manejo.

Queda para el futuro, así lo esperamos, la agrupación de otros temas, como el de la crónica y el reportaje, el de los editoriales y las columnas de opinión, el de la caricatura y la fotografía, el de las estupendas prosas que marcaron el nervio y el estilo insuperable del Magazín Dominical. Y en el género literario, el del cuento, que tanto lustre le dio a la literatura colombiana desde las páginas del citado suplemento, y tanto interés despertó en el público.

Aquí están reunidas plumas excelsas como la de Luis Tejada, maestro por excelencia de la crónica colombiana; o la de José María Cordovez Moure, muerto en 1918, que escribió un extraordinario proceso histórico bajo el título Reminiscencias de Santafé y Bogotá, uno de cuyos pasajes fue recogido en la Navidad de 1954; o la Alberto Lleras, autor de tantas páginas magistrales; o la de Gabriel García Márquez, que antes de obtener el Nóbel de Literatura era cronista estrella de la casa Cano; o la de Eduardo Caballero Calderón, figura cimera de nuestras letras; o la de su hermano Lucas –Klim–, cuya mordaz  vena humorística fustigaba a los funcionarios y a los gobiernos y era capaz, al mismo tiempo, de forjar grandes escritos.

Pedro Gómez Valderrama, uno de los escritores contemporáneos de mayor vocación humanística, es autor de preciosa página sobre la tarjeta navideña, costumbre hoy en decadencia y que en otros tiempos representó un fuerte lazo de unión y alegría. Abelardo Forero Benavides dice que “mientras la humanidad se congregue alrededor de la cuna, símbolo victorioso de la humildad sobre los poderes efímeros, habrá para ella posibilidades de rescate”. El padre Camilo Torres, situado frente al desamparo de los pobres en los días del jolgorio colectivo, expresa: “No creamos celebrar el nacimiento de Jesús si no nos decidimos a vivir su vida, a desearla con la austeridad humilde de los pobres, de los pobres a quienes está reservado el reino”.

Íntimo motivo de complacencia representa para mí el hecho de que el artículo Navidad, tesoro perdido, que escribí hace 25 años y que apareció en la primera página del Magazín Dominical, hubiera sido seleccionado dentro de este material. Es la Navidad, sin duda, época de colores, con los que se reflejan distintas tonalidades del sentimiento popular y del ámbito individual. Así lo revelan los títulos de varios de los trabajos recuperados: Navidad gris, de William Jaramillo Gómez; Navidad: luces y sombras, de Plinio Apuleyo Mendoza; Colores de Navidad, de Óscar López Pulecio; Navidades negras, de Guillermo Cano.

Cuán doloroso resulta el hecho de que esta última nota del ilustre director del periódico, escrita en la Navidad de 1986 (y que se publicaría en forma  póstuma en el mismo diciembre), fuera premonitoria de su propio asesinato a manos del narcotráfico. En ella transcribe la dramática carta de una hija angustiada que ocho años atrás había presenciado el rapto de su padre, de quien no volvió a saber nada. Al anunciar dicho documento, decía don Guillermo en aquella Navidad negra: “Transcribo –aunque comprendo que voy a causar entre no pocos de mis lectores un efecto desagradable cuando todos nos encontramos predispuestos a llegar a la Nochebuena con piticos y cantares– el texto de la carta que me puso a llorar en plena Navidad”.

En el poema Nochebuena, César Vallejo pinta en este cuarteto el claroscuro de las navidades:

Hay labios que lloran arias olvidadas, / grandes lirios fingen los ebúrneos trajes. / Charlas y sonrisas en locas bandadas / perfuman de seda los rudos boscajes.

El Espectador, Bogotá, 3 de febrero de 2005.

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Memorias inconclusas de García Márquez

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Siendo un extraordinario documento familiar e histórico, las memorias de Gabriel García Márquez, Vivir para contarla, que abarcan treinta años de su vida -hasta 1957-, me dejaron una  dura desazón: que cuando más engolosinado estaba con su lectura, el libro llegó a su final.

La historia quedó trunca, a mitad de camino. Varios años más habrá que esperar hasta que aparezca -Dios lo quiera- el segundo tomo prometido a sus lectores por el fabulador de Macondo. Ojalá que esto sucediera en corto tiempo, ya que muchas veces los mejores propósitos y las más acariciadas ilusiones pueden frustrarse por circunstancias imprevisibles.

Otras memorias famosas, las de Alberto Lleras Camargo, que se iniciaron en 1976 con el volumen Mi gente, editadas cuando el autor cumplía setenta años de edad, quedaron detenidas en el relato de los orígenes familiares y la descripción de una generación de guerreros, maestros y políticos. Lleras sobrevivió catorce años al suceso editorial, pero de ahí en adelante le faltó entusiasmo para continuar el propósito concebido con tanto empeño.

Germán Santamaría, que pocos días antes de aparecer el libro de Gabo escribió unas laudatorias palabras de aperitivo, reveló que en las 580 páginas apenas había pescado dos errores veniales. Y retó a los lectores a que los localizaran. Yo, que me precio de leer con mente reflexiva, me dispuse a la faena de buceo, armado de lápiz y ánimo alerta. Mi cosecha, por cierto, resultó mayor que la de Santamaría, aunque también insignificante. Esto pone de relieve la pureza del texto, como es apenas obvio que ocurra con este maestro de la palabra y el rigor gramatical, y con una editorial de tanto renombre como Norma.

El primer gazapo, pequeñito como un conejo inofensivo, atribuible al editor, se ha repetido en cuanto texto bibliográfico o histórico se ha escrito sobre el autor y se refiere a su edad. Al comienzo de la obra figura como nacido en 1928, pero el año verdadero es 1927, como se aclaró en años pasados. Para despejar el equívoco, el escritor afirma en sus recuerdos: “Ahora, con más de setenta y cinco años bien medidos” (página 11). “Fue así y allí donde nació el primero de siete varones y cuatro mujeres, el domingo 6 de marzo de 1927” (página 76).

Veamos otras nimiedades, para responder al reto de Santamaría. En la frase: “Masticando bolas de coca para entretener a la vida” (página 12), sobra la preposición “a”, por no referirse a nombre de persona, de animal o de cosa personificada. Donde se escribe: “El petrolero Taralite, de bandera canadiense que entró con bramidos de júbilo” (página 169), falta una coma después de la palabra “canadiense”.¿Será demasiado rigor volver “oligarcas” a los “aligarcas” de la página 251?

Gabo, por las inevitables nebulosas que produce el paso del tiempo, de seguro ha olvidado el nombre exacto de algunas personas que cruzaron por su vida. El padre Eduardo Núñez, a quien en la página 194 evoca como su profesor erudito, y sobre quien dice que nunca supo si terminó una historia monumental de la literatura colombiana, es en realidad José Aristides Núñez Segura, sacerdote jesuita nacido en Duitama en 1908 y autor de la extensa Literatura colombiana (y de otras literaturas publicadas).

En la página 390 menciona al “general Ernesto Polanía Puyo”, que penetró con porte de caballero a la casa de El Universal en Cartagena, durante los oscuros años de la censura de prensa impuesta por Rojas Pinilla. El texto deja claro que se trata del mismo glorioso militar que años después sería el primer comandante del batallón Colombia en la guerra de Corea, declarado héroe por sus acciones intrépidas (agrego yo), pero su nombre no es Ernesto sino Jaime. Como glosa final, anoto que el libro, como fuente que es de consulta histórica y literaria, ha debido poseer índices onomástico y toponímico. No incluyo algunos deslices históricos, como los mencionados por Carlos Lemos Simmonds en el ensayo aparecido en Lecturas Dominicales de El Tiempo.

Vivir para contarla, que pretendía ser el relato de una estirpe enmarcada en los contornos mágicos de Macondo, abarcó la historia de Colombia en el siglo XX, época convulsionada por la violencia, la guerra  encarnizada entre conservadores y liberales, la masacre de las bananeras, la hecatombe del 9 de abril y varios cuadros más de odio y destrucción. El inocente habitante de Aracataca, víctima de esta atmósfera brutal, comenzó a escribir sus cuentos y novelas bajo el fragor de las contiendas y los gérmenes fratricidas, y más tarde amplió sus horizontes como reportero y cronista magistral.

Las generaciones de su propio linaje, que nacen, mueren y se extinguen en Cien años de soledad, representan a todo el pueblo colombiano, y en general a la especie humana, como personajes de la tragedia del hombre. Contarnos ahora cómo surgieron sus primeras inquietudes de escritor, cómo sufrió y luchó por la conquista de sus ideales y cómo fabricó su mundo iluminado por el realismo mágico, es llevarnos a territorios de sortilegio.

Y no es sólo lo que cuenta, sino la manera como lo cuenta. El poeta que duerme en sus entrañas y que comenzó a revelarse en sus iniciales escarceos como alumno del Liceo Nacional de Zipaquirá, dibujado o desdibujado por sus bigotes insurgentes y su melena insólita, es el mismo poeta que forjó esta obra  que ha prendido entusiasmo en los países de habla española. La definición de Carlos Fuentes es precisa: “Gabriel posee una memoria poética fabulosa”.

El libro es también un homenaje a la amistad. Recuento emotivo de los numerosos amigos y repaso de anécdotas fascinantes. Además, un canto al amor, así sea el amor furtivo de Nigromanta, enturbiado por los lances de la traición y el arrebato sexual, pero representativo de todos los amoríos y todos los enredos de la juventud errátil. Las mujeres fugaces que figuran en las páginas sazonadas con gotas de erotismo, son las mismas mujeres que protagonizan hechos excitantes o rudos en el universo macondiano. Las memorias, en fin, son la vida.

Después llegará Mercedes Barcha, el amor eterno, a quien el escritor deja sentada y expectante en el portal de su casa, lejana y presente al mismo tiempo, como una esperanza posible. Las dotes del novelista ejecutan este suspenso abrupto para que el lector piense en el más allá, en un futuro de sorpresas y hallazgos, a lo largo de los cuarenta y cinco años que Gabo nos quedó debiendo de sus  vivencias. Siempre he creído que lo inconcluso, como lo imperfecto, significa una frustración, hasta que se arme la obra completa.

El Espectador, Bogotá, 31 de octubre de 2002.
Eje 21, Manizales, 19 de abril de 2020.

 * * *

Comentarios:

Excelente nota. Es una escanografía a las “amnesias” de Gabito. Alpher Rojas, Bogotá.

Me quito el sombrero y te hago todas las venias y me asusto de los errores que cometo al escribir, sabiendo que tengo un “buzo” de tal calibre. Pero más que buzo diría que implacable cazador de tiburones. Colombia Páez, Miami.

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Manuelita Sáenz: la pasión inmortalizada

lunes, 30 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Antonio Cacua Prada ha puesto en circulación el libro Manuelita Sáenz, mujer de América, tal vez la biografía más completa y verídica que se haya escrito sobre la amante de Bolívar. Muchas inexactitudes y calumnias se han tejido sobre este mítico personaje, nacidas unas del odio que los malquerientes del Libertador abrigaron contra él -pasión enfermiza que se volcó sobre su fiel y valerosa compañera- y propaladas otras por las memorias ligeras y mendaces del científico francés Juan Bautista Boussingault, aparecidas en 1903, que dieron origen a no pocas falsedades recogidas por libros posteriores.

La obra de Cacua Prada, presentada en la Estancia de Manuelita Sáenz -centro histórico que protege la Universidad de América y que corresponde a la morada de la quiteña en la capital colombiana-, es el resultado de largos años de investigación y ofrece, con amenidad y rigor histórico, los pasos de la “amable loca”, como la llamaba Bolívar, desde su nacimiento refulgente en Quito hasta su ocaso penumbroso en el caserío peruano de Paita.

Hija natural de un comerciante de importaciones, a los 20 años contrae matrimonio con Jaime Thorne, que la dobla en edad y de quien se ha dicho que era médico. Cacua Prada revela que se trataba de un naviero inglés, poseedor en Lima de una sólida posición social y económica. La boda no se realiza por la propia voluntad de la novia, sino por deseo manifiesto de su padre, quien encuentra favorable esa circunstancia para acercarse al mundo de negocios que maneja el acaudalado ciudadano inglés.

La pareja se traslada a Lima al poco tiempo del matrimonio, y ella, por su belleza y especiales atributos femeninos, se convierte en el centro de atracción de aquella brillante sociedad imbuida de puritanismos. Las preclaras señoras quiteñas se escandalizan con las extroversiones de la desenfadada damita, quien se exhibe de continuo cabalgando a horcajadas en brioso corcel. Pero todos la admiran. Manuelita, exquisita amazona que se distingue por la fibra sensual y el carácter fogoso, no concuerda con el temperamento reposado y flemático de su consorte, lo cual comienza a menoscabar la unión mal avenida.

Sin embargo, no es ella la que desestabiliza la vida conyugal, sino él. Hecho evidente: Thorne se ha conseguido una amante, lo que enfurece a su esposa, que se muestra poseída por los celos. Cuando Bolívar entra victorioso a Quito tras las batallas de Bomboná y Pichincha, Manuelita le lanza desde un balcón una corona de laurel. El Libertador se encuentra con la dulce mirada de su admiradora y a partir de ese momento se inicia el profundo romance que los unirá por el resto de sus días.

De ahí en adelante se vuelve su mejor aliada de las gestas libertadoras y el bálsamo amoroso de sus triunfos y desengaños. Es ella la antena infalible que lo pone alerta contra las intrigas y las deslealtades que se urden a su alrededor. Conforme crece la agitación política y se enrarece el ambiente contra el Libertador, más aguza ella los sentidos para descubrir patrañas y mantenerse en guardia contra los traidores. Aquel 25 de septiembre de 1828, cuando los enemigos conspiran en la sombra, la insomne vigilante de las horas peligrosas detecta la llegada de los asesinos y en segundos lo salva de la muerte. Bolívar salta por la ventana prodigiosa y se protege en el puente cercano, mientras la conjuración se deshace como por artes de embrujo. “Tú eres la Libertadora del Libertador”, le expresará más tarde el héroe, y con esta aureola pasa a la historia como la gran heroína del amor y la libertad.

Abandonado por sus amigos y rodeado de tremenda soledad e infinita tristeza, muere el Libertador dos años después. Sus enemigos toman venganza contra la indefensa mujer y la convierten en blanco de los mayores agravios, injusticias y persecuciones. Expulsada de Colombia por Santander, comienza a vagar de pueblo en pueblo y de recuerdo en recuerdo, entre escarnios, humillaciones y miserias, y no logra que su propia patria ecuatoriana le ofrezca protección.

Así llega a Paita, triste caserío perdido en las orillas del mar, que Alberto Miramón, en La vida ardiente de Manuelita Sáenz, define como “melancólico pueblito. Arenal de sequedad y ardor”. En aquel destierro pavoroso, rodeada de soledad, pobreza y melancolía y víctima de terribles dolencias físicas -reumatismo, artritis, hidropesía, parálisis total…-, pero fortalecida con la llama perenne de su amor imperecedero, pasará los 26 años que le restan de vida.

El libro de Cacua Prada es obra valiosa por su seriedad documental, por la exaltación de la “loca divina” -símbolo del heroísmo, la lealtad y la pasión amorosa- y por la rectificación que hace de muchos errores históricos, nacidos de otra pasión: la del odio y el sectarismo. Esta mujer vilipendiada y condenada al olvido tras su dorada época de triunfos y caudillismo patriótico, es la misma amada inmortal a quien su héroe le manifestó un día, en los momentos amargos del crepúsculo de su existencia y de la ingratitud humana: El hielo de mis años se reanima con tus bondades y gracias. Tu amor da una vida que está expirando. Yo no puedo estar sin ti. Ven, ven, ven.

El Espectador, Bogotá, 17 de octubre de 2002.
Boletín de Historia y Antigüedades (órgano de la Academia Colombiana de Historia), No. 819, Bogotá, diciembre de 2002.
Revista Susurros, Lyon (Francia), No. 14, febrero de 2007.

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