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Archivo para miércoles, 18 de noviembre de 2009

Hombre de mar

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Desde niño, y lejos del mar, Jorge Alberto comenzó a sentir el murmullo de las olas en los labios musicales del ángel tutelar que entonaba con ternura, como una canción de cuna, la hermosa melodía Torna a Sorrento. Años después, de esos mismos labios escucharía en repetidas ocasiones el himno marcial Soy pirata, que nuestra madre enseñaba siempre a sus alumnos como una materia fundamental. Por eso, diría el futuro marinero: “Es que mi madre tenía, sin saberlo, la estirpe de un vikingo”.

Yo nunca me había detenido a indagar los motivos por los que mi hermano, en plena juventud, alzó el vuelo para remontarse por los confines de Cartagena, y vine a saberlo por la página autobiográfica que incorpora en su libro de poemas.  Jorge Alberto, por supuesto, llevaba en el alma la sangre de vikingo que le había sido transmitida en la cuna, ante la cual la madre soñadora rezaba en secreto la oración del mañana: Hazlo digno y altanero, / valeroso, noble, fino, / que represente a su raza, / en tierra como llanero / y en la mar como marino.

Nacido en los Llanos Orientales, cambió el verde infinito de las pampas por la inmensidad azul de los océanos. Ambos, el mar y la llanura, se hermanan por su magnitud y majestad, por su profundidad y misterio, por su belleza y fantasía. Erguidos los dos, infunden en el hombre la verticalidad del carácter. Ondulantes, pregonan la regla del criterio flexible y la visión amplia de la existencia, tan necesarias al marino como al habitante de la tierra.

Y se hizo hombre de mar. Hombre de mar y pecho que años después surcaba horizontes fantásticos con su cargamento de principios y ensueños. Conforme los mares se agrandaban en su continuo navegar por latitudes propias y ajenas, veía aumentar en su espíritu la fe en la vida y el amor por la madre ausente que un día le abrió los ojos ante las marejadas del mundo y le inculcó normas diáfanas de dignidad y decoro. Al contacto con las olas, nuestro vikingo colombiano, doblado de poeta, pulsaba en sus travesías la lira sentimental de su alma viajera: Deja, marino, deja en puerto tus pesares / y eleva en la cubierta los mágicos cantares / pues ya suena impasible la cítara del viento.

A bordo de balleneras, veleros, patrulleras, cañoneras, remolcadores, buques científicos, petroleros, destructores, submarinos y toda suerte de navíos, se sumergió en las profundidades de su sueño dorado. Y supo que allí todo es colosal, inalcanzable, inexplicable. La pequeñez no puede refugiarse en la vastedad de los océanos. Aprendió que la vida tiene la dimensión de las olas. Y se volvió soñador y poeta. Hizo de su destino marinero un canto a la vida. Una justificación del hombre-agua que convierte en ideales los embrujos de la mar.

¡La mar! Este vocablo de género ambiguo deja de ser masculino en el uso de la gente marinera, conocedora de que el océano, con su alma y encanto femeninos, no puede ser sino mujer. Por lo tanto, dirá siempre: alta mar, mar picada, mar rizada. El poeta tiene la misma certeza: una declaración de Rafael Alberti a su esposa, la también poetisa María Teresa León, contiene este símil afortunado: Allí surgió ante mí, rubia, hermosa, sólida y levantada, como la ola que una mar imprevista me arrojara de un golpe contra el pecho.

Jorge Alberto es, sin duda, sensible cantor de la mar. Poemas alejados del ambiente de su carrera exhalan también reminiscencias marinas. En sus versos abundan imágenes como las siguientes, que no son otra cosa que finas perlas -vueltas metáforas- pescadas en la mar: la blanca vela de tu encanto… la jarcia de tu pelo… la mar la llevo en las venas… podré entonces anclar en tu camino y arriar feliz mi vela errante en la suave bahía de tus brazos… que la brisa en altamar lleve en su seno mi pena… yo no olvido su penacho de espumas, sal e inclemencias…

El mismo título del libro señala la identidad de su alma romántica: Bitácora de ensueños. Con su retiro de la Armada Colombiana, luego de 38 años de navegar por las rutas seguras de sus convicciones íntimas, corona su carrera con esta cosecha de poemas. Y queda en paz con su alma marinera. Ya lo dijo Pablo Neruda: La poesía es siempre un acto de paz. El poeta nace de la paz como el pan nace de la harina.

(Palabras en la carátula del libro Bitácora de ensueños, Bogotá, julio de 2001).

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Cartas de Gilberto Echeverri Mejía

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Marta Inés tenía ocho años cuando conoció a Gilberto Echeverri Mejía, cuya  familia, procedente de Rionegro, se había instalado en Medellín, donde él entró a estudiar en el Colegio San Ignacio y entabló estrecha amistad con un hermano de su futura esposa. Se casaron doce años después, en 1962. La feliz pareja cumplió la parábola del amor ideal, rodeados del cariño de sus hijos y nietos, hasta que el ex ministro y el gobernador de Antioquia cayeron en poder de la guerrilla y fueron acribillados en el monte, de la manera más vil y despiadada. ¿Por qué los mataron? Por ser pregoneros de la paz.

Echeverri Mejía le prestó brillantes servicios a la patria desde importantes posiciones, entre ellas, como ministro de Defensa. Allí se destacó por su ánimo franco y conciliador. Su natural campechanía, fruto del abierto espíritu paisa que se ha convertido en emblema de su tierra, le creaba un talante de llaneza y simpatía que le hacía ganar el aprecio de quienes lo rodeaban. El antioqueño, como hijo de la montaña, es desenvuelto y cordial. En esa misma montaña, y a manos de los insurgentes, fue asesinado con sevicia este hombre de paz.

Su cautiverio se prolongó por trece meses. Durante esos días infinitos, sujeto a toda clase de penalidades, pensaba a cada rato en su familia. El inmenso amor por su esposa y sus hijos le permitía soportar la adversidad con estoicismo. Sacaba fuerzas de donde no las tenía, y con su ejemplo daba valor a sus compañeros en desgracia, víctimas, como él, de esta guerra demencial que se ensaña en las personas de bien y no respeta edades ni clases sociales. Para mitigar la pena y alimentar la ilusión, se dedicó a enviar cartas frecuentes a su esposa. Cartas que al paso de los días brotaban con la llama del amor que no había conocido eclipses en cuarenta años de matrimonio.

Perdido en la montaña, el correo era el único medio que le quedaba para hablar con Marta Inés, bajo el sofoco de las horas cruciales y el acecho de las armas que vigilaban su encierro. Enviaba las cartas por intermedio de sus guardias, las que se convertirían en pruebas de supervivencia que interesaban a sus captores. Marta Inés le confesaba hace poco a Carolina Abad, editora de El Espectador: “Fue un matrimonio feliz, porque era un buen hombre, amoroso, el más querido del mundo entero, muy familiar, una persona brillante que admiré siempre”.

La primera misiva revelaba el cariño profundo hacia su esposa: “Inicio esta carta después de algunos comentarios para decirte una y mil veces que te quiero como a nadie he querido. Me paso todo el tiempo pensando en ti, en la historia de nuestras vidas y en cómo será cuando se produzca nuestro regreso. También sufro mucho al pensar en tu angustia y sufrimiento causados por mi culpa, pero yo conozco tu corazón y tu pensamiento, y sé que en el fondo de tu alma triste me entiendes y perdonas”.

Perdonarlo… ¿por qué? ¿Por ser solidario con el país? ¿Por haberse comprometido en la causa de la paz? Así era él: hombre bueno, de conciencia recta y alma patriótica. Ser romántico que expresaba, como en los mejores días del noviazgo, el amor perenne que ahora truncaba el hado siniestro.

Otra vez le decía: “El vacío que siento al no poder charlar, discutir, mirar, reír con ustedes, es un hueco muy grande, pero tengo que aceptarlo porque tomé un riesgo y perdí. Lo tomé porque tenemos que dar los pasos que sean necesarios para cambiar las cosas de nuestro país por medios no violentos”. Decenas de cartas llenas de ternura y de palabras de consuelo para la amada afligida (la “amada inmóvil” de Amado Nervo), que quizá no volvería a ver nunca más, fueron llenando este fantástico epistolario amoroso, digno de edición.

Ocultaba su amargura interior. La queja estuvo siempre ausente de su vocabulario. En otra misiva le decía: “El sacrificio que yo hago es mínimo al lado del tuyo”. A sus nietos les recomendaba que quisieran a Colombia y nunca se dejaran dominar por el desaliento hacia la patria. Incluso tuvo tiempo de escribir un libro de educación. ¿Cómo lograba serenar la mente en medio del horror? A sus guardias les daba lecciones de coraje, de civismo y amor por la patria, tanto con el ejemplo como con la palabra.

En su última carta, días antes de su muerte, manifestaba: “Si en vez de retención hubiese sido mi muerte lo que hubiera sucedido aquel 21 de abril, mi tema sería asunto del pasado, y ustedes estarían dando a sus vidas otro manejo. Si el llamado acuerdo humanitario requiere unos meses para ser terminado positivamente, se justifica continuar en este estado, pero si el horizonte es de años y de dudas, prefiero pedirle a Dios que me lleve lo más pronto posible (…) Soy católico y dentro de lo que me enseña mi religión, no haré nada contra mi vida y salud, pero sí le ruego a Dios que me permita partir para que mi gente pueda volver a la normalidad (…)”

Marta Inés no recibió ninguna de estas cartas. El Ejército las halló arrumadas en el cambuche donde quedó el cuerpo de Gilberto Echeverri Mejía, perforado por muchas balas y con el fatídico tiro de gracia con que los monstruos rematan a sus víctimas para cerciorarse de que no les queda ningún aliento de vida. Estas cartas son el testamento inmensurable de un hombre valiente, patriota a carta cabal, que hizo del amor la mejor defensa contra el infortunio y la desesperanza. Cartas que se suman a muchas más que acrecientan el monumento de la infamia.

El Espectador, Bogotá, 14 de octubre de 2004.

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Temas literarios

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Gaviotas y jardines en la vida de Chéjov

miércoles, 18 de noviembre de 2009 Comments off

 Por: Gustavo Páez Escobar

Antón Pávlovich Chéjov, el mayor dramaturgo y cuentista de Rusia, lleva a escena en 1896, en la actual Leningrado, su primera pieza teatral, La gaviota, que se convierte en un completo fracaso. Promete entonces no volver a escribir para el teatro. Con todo, dos años después la obra es montada de nuevo, esta vez en Moscú, y obtiene un éxito extraordinario. Con el tiempo se sabrá que es su mejor creación en este género. Poco tiempo antes de morir escribe su última pieza, El jardín de los cerezos (1903), que se desarrolla en una finca rústica como la que él habitaba en sus últimos años. Este par de obras poseen especiales connotaciones en la vida del escritor. 

La gaviota es un símbolo de su propia alma transparente y triste. Ave blanca como la espuma. Inteligente y soñadora. Provista de grandes alas, con las que desafía (o desafían ambos: la gaviota y Chéjov) el tiempo tormentoso. El jardín representa el contacto con la vida rural, ambiente en que  escribe sus mejores obras: primero, en un predio rural en Melijovo, donde mantiene estrecha relación con grandes escritores de su patria; años después, en Crimea, a donde, enfermo de tisis, se traslada a los 37 años de edad en busca de mejor clima, y allí se dedica al cultivo de la tierra en medio de profunda soledad; y al final de su vida, en el balneario alemán de Badenweiler, en la Selva Negra, donde muere hace un siglo, el 2 de julio de 1904. Había nacido en Taganrog, puerto ruso a orillas del mar de Azov, el 17 de enero de 1860.

Su padre era un tendero que, arruinado en su propia localidad, se traslada a Moscú en busca de mejor suerte. Allí comienza Chéjov a estudiar medicina a la edad de 19 años, profesión que ejercerá al lado de la literatura. Desde muy joven siente pasión por las letras. En Moscú escribe sin pausa para periódicos y revistas, de los que obtiene algunos honorarios para ayudar a sostener la familia. Su nombre toma vuelo, pero no consigue que aparezca un editor que apoye sus escritos. Esto sucede en 1886 con la edición que él mismo hace de Cuentos variopintos, libro que llama la atención de un destacado director de revista que le brinda la ayuda que necesitaba.

Chéjov descubre en el relato breve un venero para su imaginación. Al darse cuenta de que a la gente le gusta más el humor que los tonos graves, comienza a forjar jocosas historias tomadas de la vida cotidiana, aliñadas con finas dosis de gracia e ironía y con la almendra oculta que le pone la magia al verdadero cuento.

Es él quien sienta las bases para el relato corto y sustancioso que ha llegado a nuestros días, género que domina con lúcida maestría. Su penetración en el alma de la gente y en los problemas sociales lo dota de agudo espíritu crítico frente a las angustias populares y los abusos de la aristocracia.

Con lenguaje llano y expresivo, en que campean el sutil ingenio y la sátira punzante, el gran sicólogo que hay en Chéjov retrata a los actores de una época dramática, la vivida en Rusia bajo la tiranía de Alejandro III. Y describe un estado social. Son cuentos llenos de vitalidad, que se pasean por el ambiente y las costumbres de la época y toman al hombre como el centro de un proceso histórico.

Amigo irreductible de la verdad, defensor acérrimo de los humildes y crítico contumaz de los sistemas opresivos, el escritor sugiere un cambio en la vida de su pueblo. Sus personajes, dotados de enorme fuerza sicológica, son seres del montón que ejecutan los más simples quehaceres y al mismo tiempo muestran sus lacras y fragilidades humanas.

En aquel mundo de burócratas, jubilados, pequeños comerciantes, potentados caídos en desgracia, mujeres frívolas y hombres anodinos, el cuentista dibuja la condición humana. En Yalta, a donde se desplaza en temporadas de convalecencia y trabaja como médico rural, se familiariza con los campesinos, los cazadores, las criaturas indefensas, la pobre gente de provincia. En 1890 viaja a Sajalín, en Siberia, para investigar la situación de los deportados que se aglutinan en la cárcel de la isla. Tres años después escribirá La isla de Sajalín.

Sus relatos son de una simpleza desconcertante. En ellos nada sucede en apariencia, pero todo se transforma. Chéjov abrillanta cualquier tema. La magia de su escritura reside en el realismo, mezclado de impresionismo, con que trata los sucesos de la vida corriente. Al trabajo creativo se entrega con fervor pasional. Como cree en la bondad humana, impugna la conducta rastrera. No es practicante religioso, ni militante político: su credo es el hombre. Su ética cotidiana es el amor a la gente.

Lo ofuscan los fulgores de la fama y confiesa que prefiere ser un hombre y no un monumento. En entrevista de 1957, William Faulkner, uno de sus mayores discípulos, manifiesta lo siguiente: “Un cuento se acerca a la poesía en que casi cada palabra debe ser exacta. En la novela puedes ser descuidado, en el cuento no. Me refiero a los buenos cuentos, como los que escribió Chéjov”.

La noticia sobre la tuberculosis irrumpe en plena producción literaria del escritor, a los 29 años de edad. Noticia que como médico lo perturba en grado sumo, al saber que su vida será muy corta. Vivirá 15 años más, pero de ahí en adelante le corresponde sufrir la angustia existencial bajo los más crueles tormentos. En el plano sentimental ha tenido algunos amoríos pasajeros. En 1901 se casa con la actriz Olga Knipper. Es un matrimonio casi platónico, ya que ella continúa trabajando en Moscú, mientras él, agobiado por la tisis, se mantiene en el campo. En este período le escribe a su esposa tiernas cartas de amor, que más tarde serán editadas como parte de su obra literaria.

En 1904 hace crisis su situación económica, y Olga se va a vivir con él al campo. A los pocos meses, Chéjov muere en el balneario de Badenweiler. Por ferrocarril se traslada su cadáver a Rusia, y el pueblo le tributa grandioso homenaje. Antes de morir, le había dicho a su médico: “Es inútil poner hielo sobre un corazón vacío”.

El Espectador, Bogotá, 4 de noviembre de 2004.