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Archivo para domingo, 25 de julio de 2010

Las letras de monseñor

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Por el diario La Crónica del Quindío me entero de que monseñor Libardo Ramírez Gómez, que fue obispo de Armenia entre 1972 y 1986, se hizo presente en dicha ciudad para recibir varios homenajes que se le tributaron con motivo de sus 50 años de vida sacerdotal. Ordenado sacerdote, se radicó en Roma durante tres años, en cuya Universidad Lateranense obtuvo el doctorado en Derecho Canónigo.

Entre 1986 y 2003 fue obispo de Garzón (Huila), su ciudad natal, en cuyo seminario había sido profesor por espacio de cinco años. Hoy preside, desde hace tres años, el Tribunal Eclesiástico de Colombia. En líneas generales, tal es el itinerario de monseñor Libardo Ramírez Gómez, donde se refleja su brillante carrera religiosa.

Lo conocí en Armenia y tuve ocasión de mantener con él cordial amistad en la época de su obispado. Allí remplazó a monseñor Jesús Martínez Vargas,  fundador de la diócesis (1952), quien durante 20 años dirigió el organismo eclesiástico. La entidad había sido creada 14 años antes de que el Quindío fuera departamento, privilegio que se consiguió por solicitud de los sacerdotes de la región, quienes, ante la ola de violencia que se vivía en aquellos días, expusieron la conveniencia de contar con su propio centro religioso, para evitar los viajes a Pereira y Manizales.

De paso, se logró un adelanto (como sucedió con otras instituciones de índole civil, militar, judicial y educativa) dentro de la campaña que buscaba la independencia administrativa del Quindío. Cuando dicho propósito se hizo realidad en 1966, ya la región contaba con la plataforma adecuada para crear el nuevo ente territorial.

Fue en el Quindío donde descubrí, seis años después de su fundación, una interesante faceta de monseñor Ramírez Gómez: la de escritor y periodista. Así, coincidimos en el mismo terreno y en la misma época: ambos escribíamos artículos de opinión en El Espectador y ambos editábamos libros en la ciudad de Armenia.

Monseñor me sorprendió un día con la llamada telefónica en que me pedía que escribiera unas palabras de presentación para el libro Sus santuarios, que se hallaba listo en Quingráficas. Sólo le faltaba el prólogo. En esta empresa de grato recuerdo, los escritores publicábamos nuestras obras y competíamos por los turnos. Aquella vez supe que, aparte de periodista, el eclesiástico era mi colega como autor de libros.

En la obra citada, el religioso ventila una crónica de viajes por varias ermitas de la Virgen en Colombia y en el mundo. Allí expresa su admiración hacia la soberana universal y recrea su vena de turista, que lo ha llenado de asombro y gozo ante las múltiples muestras de arte visitadas en el planeta. Confundido con el honor, me dediqué esa misma noche a buscar ideas para responder a semejante reto, y al día siguiente dejé en la editorial el sufrido –y por ventura bien enfocado– prólogo, que sudé en la comprensión del tema y en la persecución del vocabulario apropiado.

Pasados más de 20 años desde nuestra última entrevista en el Quindío, vuelvo a encontrarme con monseñor en la capital del país. Ahora es el presidente del Tribunal Eclesiástico, cima de su carrera, a sus 72 años de edad. Y me entero de su progreso como escritor y de su perseverancia en el periodismo, que luego de su regreso a Garzón continuó como colaborador del Diario del Huila, con una columna semanal titulada Mi comentario.

Su obra se compone de diez libros, entre los cuales menciono estos títulos: Un esfuerzo al servicio de la comunidad, Sus santuarios, Pensando en voz alta (dos tomos), Mis recuerdos, Mis personajes, Curiosidades pontificias. Parte de sus escritos de prensa en el Huila los ha convertido en libros, y así les da mayor relevancia a sus ideas.

En su función de periodista ha tocado innumerables temas de interés regional y nacional, que van desde problemas comunes del Huila, como el mal estado de las carreteras, los caminos de la paz, o el drama de los campesinos, hasta grandes conflictos nacionales, políticos y religiosos, como el sentido de patria, la moralidad y la política, los procesos de paz, el desamparo de la niñez, la ética en la vida pública, o la dignidad del hogar. Sus enfoques contienen eminente fondo cívico y moral.

Hay quienes lo critican por su injerencia en asuntos políticos, que suena extraño en un miembro de la Iglesia Católica. “El ser obispo –comenta– no me quita el querer ser un buen ciudadano. Por eso, hablar como obispo y como ciudadano es lo que a veces se siente un poco mal y no deja de producir ciertas reacciones”.

Ahora, en su visita a Armenia, se refirió con estas palabras a un capítulo brumoso de la sociedad quindiana: “Con valor, claridad y contra la corriente, cuando muchos halagaban al señor Lehder a pesar de que sabían el origen de sus recursos, yo me negué rotundamente a recibir su ayuda para obras sociales”. Recuerdo, a propósito, que monseñor Ramírez Gómez no aceptó la invitación que le formuló Carlos Lehder para que bendijera la Posada Alemana, ante lo cual éste obtuvo la presencia en el acto del obispo de Pereira, monseñor Darío Castrillón.

El hoy presidente del Tribunal Eclesiástico ha sido un jerarca agitador de ideas desde sus escritos en la prensa y en los libros. Suele tomar posiciones abiertas y radicales, y ortodoxas en materia religiosa. Esto lo convierte en figura singular que crea polémica y hace reflexionar. Por encima de todo, priman su espíritu eclesiástico y su amor por la patria. Esa es su mayor insignia en sus 50 años de sacerdocio, suceso que celebro con gran complacencia.

El Espectador, Bogotá, 10 de julio de 2006.
El Catolicismo, Bogotá, 28 de julio de 2006.
Documentos que hacen historia (revista publicada por monseñor Libardo Ramírez Gómez con motivo de sus bodas de oro sacerdotales), Bogotá, septiembre de 2006.

 * * *

Misiva:

He leído su artículo en el cual se refiere a mi persona, a mis escritos y a mis posiciones de verdad claras en los momentos de dificultad, como creo se deben decir las cosas.

Recuerdo muy agradecido también su presentación a mi libro Sus santuarios en el que vertí mi amor a María Santísima y a los lugares y corazones en los que ha tenido especial presencia. Gracias, Gustavo, por su especial presencia en esta época que ha circundado mis bodas de oro sacerdotales. Al recopilar algunos de los escritos que se han hecho en torno a esta tan especial circunstancia colocaré su noble y estimulante escrito. Dios lo bendiga en su vida, en sus actividades, en su delicada transmisión de pensamiento en sus escritos. Un cordial abrazo, Libardo Ramírez Gómez.

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Alberto Lleras: conciencia moral del siglo XX

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Entre las grandes calidades que marcaron la personalidad del presidente Alberto Lleras Camargo, la más sobresaliente es, sin duda, su moral acendrada. Esa brújula dirigió todos sus actos, tanto en la actividad pública como en su vida privada.  En la política, caracterizado por la ecuanimidad, la serenidad y la disposición al diálogo, fue respetuoso con los rivales del partido contrario, y dentro de su propia colectividad guardó absoluta compostura con quienes no compartían sus ideas.

Esto no se oponía a que fuera vehemente en la defensa de sus principios. Su opinión, en cincuenta años del siglo pasado –hasta que él mismo quiso marginarse de la política, argumentando quebrantos de salud en sus últimos tiempos–, pesaba en la nación como la de un certero orientador de la democracia. Resulta imposible concebir el desarrollo social y político de Colombia durante el siglo XX sin incluir a Lleras Camargo entre sus líderes más probos y decisivos.

Como político y gobernante, tuvo actuaciones grandiosas que lo engrandecen ante la historia. Con la tranquilidad y la firmeza de su voz, en julio de 1944, como Ministro de Gobierno, aplasta el movimiento sedicioso que había puesto preso al presidente López Pumarejo en la ciudad de Pasto. Como Primer Designado, en 1945, entra a ocupar la Presidencia por renuncia de López, y al año siguiente, dividido su partido entre Gaitán y Gabriel Turbay, sale victorioso el candidato conservador, Mariano Ospina Pérez.

En momentos de agudo enfrentamiento partidista como el que se vivía entonces, muchos de sus copartidarios le aconsejan que no entregue el poder. Pero él, obrando con el pundonor y el sentido republicano que lo distinguen, cumple con dignidad y gallardía el mandato de las urnas. Para él, la moral política estaba por encima de mezquinas apetencias que destrozaban la armonía entre los dos partidos.

Cuando se siente la peor época de terror y represalia implantada por el gobierno militar de Rojas Pinilla, renuncia a la rectoría de la Universidad de los Andes para dirigir un movimiento que active las fuerzas vivas de la nacionalidad y retorne al país a la democracia. Busca en España al presidente derrocado, Laureano Gómez, que es al propio tiempo la persona más importante del partido conservador –y de quien lo separan hondas ideologías–, y suscribe con él los pactos de Benidorm (24 de julio de 1956) y de Sitges (20 de julio de 1957), que ocasionan el desplome de la dictadura y originan el Frente Nacional.

La alternación en el poder de los dos partidos tradicionales por espacio de 16 años, si bien es criticada con el paso de los días como un sistema perjudicial para el ejercicio de la oposición, representa en el momento un mecanismo eficaz para restablecer el orden quebrantado y propiciar la convivencia de los colombianos. Es el jefe conservador quien señala el nombre de Lleras para iniciar ese período histórico, y el país acoge con entusiasmo esa proclamación. Ante Laureano Gómez, presidente del Congreso, Lleras se posesiona como primer presidente del Frente Nacional, el 7 de agosto de 1958.

Su Gobierno se caracteriza por la pulcritud, la concordia partidista, el respeto a la constitución y el progreso social. Debe enfrentarse, sin embargo, a serios problemas de orden público, y en su propio partido,  a la fuerte oposición de López Michelsen, que se declara en disidencia contra el Frente Nacional. Lleras instituye un mandato equilibrado, reflexivo y firme, que se nutre de la legalidad, el decoro y el espíritu republicano, ejes primordiales que siempre han gobernado su desempeño público. Al término de su administración, la nación entera lo aplaude.

No se sabe qué admirar más en Alberto Lleras Camargo: si al estadista o al hombre de letras. En este último campo, autor de memorables escritos que van quedando registrados en periódicos y revistas, y de magistrales discursos que fijan el derrotero de sucesos destacados, su pluma pasa a la historia como forjadora de páginas de la mejor estirpe literaria.

Este 3 de julio, al celebrarse los cien años de su natalicio, Colombia rinde cálido tributo de admiración a uno de los mayores protagonistas del siglo XX, cuya vida inmaculada debe imitarse por políticos y ciudadanos del común, y cuyo acervo intelectual sirve de paradigma para un país que se ha olvidado de la disciplina de pensar.

El Espectador, Bogotá, 4 de julio de 2006.

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Quindío: 40 años

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Hace 40 años, el primero de julio de 1966, el presidente Guillermo León Valencia sancionaba la ley segunda de ese año, según la cual nacía el departamento del Quindío tras intensa campaña regional. Como primer gobernador fue designado el senador Ancízar López López, uno de los abanderados de la separación de Caldas junto a las fuerzas más representativas de la dirigencia quindiana.

Desde que el Quindío hacía parte del departamento de Caldas –año de 1905, luego de pertenecer a Caldas–, estaba inconforme con esa anexión, a pesar de haberla buscado por intereses de cercanía geográfica e identidad étnica. La indiferencia con que Caldas trató al territorio quindiano, sumada a la concentración de poder en la ciudad de Manizales, determinaron a la postre el rompimiento.

Pasados los años sin que aparecieran reales hechos de armonía geográfica y administrativa, los quindianos no solo se sintieron marginados por sus hermanos mayores, sino que aspiraban, con legítimo derecho y visión de futuro, a constituir un conglomerado autónomo para propender por mayor desarrollo, el que estaba detenido en razón de aquella dependencia inoperante.

El rechazo a la prepotencia manizaleña tuvo su primera manifestación masiva en marzo de 1920, cuando en Armenia y Calarcá ocurrieron fuertes protestas frente a los abusos cometidos contra los sembradores de tabaco. Además, en la mente de los quindianos se hallaba fresca la imagen de la Compañía Burila (fundada en Manizales en 1884), que representó para la tierra quindiana, dentro de desviadas acciones colonizadoras, todo un tormento para los pobladores.

Esta suma de rebeldías explotó con mayor ímpetu y cohesión en los años 50, época en que se creó la campaña “Pro Departamento del Quindío” como fuerza política y cívica que aglutinaba a lo más granado de la sociedad. Surgirían muchas trabas para el buen éxito de la misión, pero los habitantes, que se han caracterizado por su ánimo de lucha, laboriosidad y libertad (signos demostrados por los pijaos en su aguerrida rivalidad contra los españoles), no se detuvieron ante ningún escollo y ganaron la batalla.

Medio siglo atrás habían derrotado a la Compañía Burila. Y al paso de los días lograron, como base para asegurar el futuro independiente, avances significativos como la llegada del ferrocarril, la interconexión vial con todo el país y el auge de la industria cafetera. A esto se sumó la creación de la Universidad del Quindío, de la Octava Brigada, del Tribunal Superior, de la Corporación Autónoma Regional del Quindío y de la Diócesis de Armenia.

Cuatro municipios más de la hoya del Quindío: Caicedonia, Sevilla, Alcalá y Ulloa, afines con la región quindiana por su aspecto geográfico, cafetero y etnológico, han debido hacer parte del nuevo departamento, pero los políticos del Valle condicionaron su apoyo a que se desistiera de esa pretensión. “El Quindío siempre ha vencido imposibles”, dice Horacio Gómez Aristizábal. La aprobación de la ley fue determinada por un voto de diferencia.

Cuarenta años después, los cuatro municipios citados continúan aspirando a su incorporación al mapa quindiano, por considerarse menospreciados por las autoridades del Valle. En estos días se presentaron manifestaciones de protesta en Sevilla y Caicedonia y allí se conformó, como en el pasado sucedió frente a Caldas, el “Comité Pro Integración al Quindío”. Hay aspiraciones legítimas que se reprimen por la fuerza de intereses caprichosos, y a lo largo del tiempo estallan y buscan los cauces naturales.

Raza altiva la de los quindianos, que no se arredra ante ningún reto ni adversidad (como la producida por el terremoto de 1999, desastre que fue superado con el mayor florecimiento de Armenia y la región) y que gracias al tesón, coraje y espíritu comunitarios hizo la proeza de fundar en escasos 2.000 kilómetros cuadrados el departamento más pequeño del país, constituido por doce municipios e impulsado por su gran potencial agrícola y humano.

En la hora presente, cuando la región celebra con júbilo y orgullo los 40 años de vida independiente y rememora la serie de realizaciones admirables que ha ejecutado, siente, al mismo tiempo, desazón por el desvío de las sanas costumbres por parte de fuerzas oscuras –entre ellas, la del narcotráfico y la delincuencia común–, que en los últimos años llegaron a empañar el encanto campestre.

Y llora la muerte de su líder Ancízar López López, primer gobernador, en manos de mentes depravadas que le asestaron duro golpe al alma de la sociedad. Esta efemérides, siendo gloriosa, está enturbiada por el dolor. Tal es la condición humana: alegría y lágrimas.

Pero el Quindío, consciente de su realidad y puesta la mirada en nuevos derroteros, enarbola hoy la bandera de su gesta histórica y prosigue el camino con renovada esperanza. Y habrá de derrotar a los enemigos del progreso y la civilización, como otrora lo hizo con serios escollos que parecían invencibles.

El Espectador, Bogotá, 27 de junio de 2006.

 * * *

Comentarios:

Has hecho una excelente síntesis histórica de los principales acontecimientos que han marcado el desarrollo y la actualidad de nuestra tierra. Esperanza Jaramillo García, Armenia.

Muy buena tu columna y oportuna. Te cuento que en la Academia de Historia del Quindío acabamos de editar una conferencia del historiador risaraldense Ricardo de los Ríos quien, en una charla amena y llena de significados, habló de la creación de nuestro departamento desde la perspectiva pereirana. Paradójicamente cuenta –entre otras cosas– que la mayor fuerza por la segregación no la hicieron los liberales, sino los conservadores: en algún momento se dieron cuenta que el conservatismo apenas era el 15% de la votación azul de Caldas, pero que con la nueva sección ellos pasaban del 15% al 50% del poder por obra y gracia de la milimetría y de la paridad frentenacionalista. Jaime Lopera Gutiérrez, Armenia.

Valioso documento tu columna sobre los 40 años del Quindío. En una apretada síntesis has dicho más cosas que en muchos libros. La imprimí para conservarla. José Jaramillo Mejía, Manizales.

Aunque el señor Páez habla del Quindío muy bien, sería bueno que también él y otros escribieran más sobre ese camino que Colombia necesita para que así como el Quindío se fue bien hacia el futuro con problemas, Colombia no pierda la esperanza y podamos por medio de las letras acabar con los que ya sabemos. Lucho Sánchez.

Es emocionante y nostálgico leer palabras tan especiales como éstas, en la lejanía. Quindío, corazón mío, ya cumples 40 años y nosotros los que nacimos y crecimos entre esas bellas montañas, seguiremos luchando por tu armonía, mejoramiento y progreso. Lo felicito, señor, por estas palabras y la buena descripción que hizo de una tierra tan especial y sus pobladores. Dios bendiga mi tierra. María Isabel Cardona.

Muy inspirador, Gustavo. Muchas gracias en nombre de todos los quindianos. Gloria Chávez Vásquez, Nueva York.

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Explosión de egoísmos

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En Estados Unidos, luego de una elección presidencial, los candidatos perdedores no solo se apresuran a felicitar al ganador, sino que le ofrecen su apoyo para el buen éxito de su administración. Eso sucede en las democracias avanzadas del mundo: el bienestar del país está por encima de eventuales diferencias políticas.

Quedan entonces zanjadas las discordias surgidas en la etapa electoral, y al margen de ideologías, posiciones personales o banderas partidistas, todos piensan en el bienestar de la patria. Esto no significa que se renuncie a los propios principios, ni dejen de ejercerse los canales de la controversia y la oposición.

“Menos política y más administración”, clamó el presidente Reyes, acosado por los agudos obstáculos que frenaban el progreso de su gobierno. Ha pasado un siglo y la frase continúa teniendo la misma vigencia que tuvo en aquellos días.

En los recientes sufragios, fuera de la demora de los perdedores en aceptar el veredicto de las urnas, las palabras de dos de ellos –y de varios dirigentes políticos– carecieron de grandeza. No hubo gallardía para reconocer el triunfo abrumador de Uribe. En cambio, abundaron los dardos envenenados, las suspicacias malignas, las expresiones arrogantes de los malos perdedores.

Al decir Serpa, por ejemplo, que Uribe “venció, pero no convenció”, mostró tremendo desatino, aparte de abrupta soberbia. Esto es no saber perder. Y al ignorar la contundente realidad, le faltó nobleza para admitir la derrota y felicitar al contendor. Del mismo ex candidato es esta frase salida de tono: “Hitler también fue elegido por la mayoría”. Comparar a Uribe con Hitler es, por supuesto, un exabrupto que apenas cabe en la mente confundida.

Carlos Gaviria, cuya ubicación en el segundo puesto electoral lo lanza a un futuro promisorio (a él y a la izquierda), también fue mordaz y presuntuoso en su discurso triunfalista. Ambos discursos tuvieron tono desdeñoso: el de Gaviria (con el 22 por ciento de la votación) y el de Serpa (con el 12 por ciento), mientras la alocución de Uribe (con el 62 por ciento) mostró espíritu sereno, noble y conciliador. Antanas Mockus exhibió sensata compostura, con lo que puso en evidencia sus lecciones ciudadanas.

“Perdedores sin gallardía” es el título que le da Marcela Monroy Torres a su columna de El Espectador, días después de las elecciones. Es la voz más nítida que he leído como respuesta a las exaltaciones de ánimo que presenció el país. Un lector de El Tiempo, Carlos Castillo Cardona, manifiesta en la edición del 4 de junio: “Los que perdimos debemos evitar toda actitud agresiva o vengativa”. Queden estas dos manifestaciones como constancia de las actitudes sensatas.

Vivimos llenos de egoísmo. Con esta venda en los ojos es imposible reconocer, y menos tolerar, el mérito ajeno. El egoísmo, tan común en los predios de la política –y que también campea en ciertos espacios periodísticos–, es una ponzoña que carcome la vida nacional. Está bien ejercer la oposición,  pero la oposición razonable, la crítica de altura.

El presidente Uribe ha ganado en franca lid. Su triunfo es inequívoco. No pueden ignorarse los aciertos que ha tenido en temas relevantes de su gobierno, como la seguridad pública, la economía y la recuperación de la imagen internacional.

Bajo esa captación, la inmensa mayoría de los colombianos respaldó los resultados de este cuatrienio, a pesar de las dolencias que subsisten en varios terrenos cruciales, y le abrió margen de confianza para que en el próximo período se ejecuten mayores realizaciones, sobre todo en el terreno de la seguridad social.

Qué fácil es destruir y qué difícil construir. Cuando todo se ve negativo, o nebuloso, o catastrófico, no hay espacio para la mesura y el buen juicio. Los profetas del desastre encuentran tempestades por todas partes y pretenden que solo sus ideas o sus líderes son los valederos: el resto no cuenta. Este mar de egoísmos y vanidades tiene ahogado al país.

La ceguera de la pasión sectaria no deja ver el camino. Todo lo obstruye y todo lo arrasa. Y Colombia necesita avanzar. Ahora, lo importante es facilitarle al Presidente el desarrollo de la misión a que se ha comprometido. Si frustra la esperanza nacional, el mismo pueblo que lo reeligió será su juez implacable.

El Espectador, Bogotá, 13 de junio de 2006.

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En la muerte de una monja

domingo, 25 de julio de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Habíamos salido muy temprano de Bogotá para asistir en Villa de Leiva al entierro de la hermana Ana Josefa, carmelita descalza. Cuando llegamos, antes de las nueve de la mañana, todavía la población se encontraba dormida. Algunas personas se movían en la plaza como sombras de la noche anterior. Y es que en Villa de Leiva el tiempo no corre. Ese es su secreto.

No hay allí afán para nacer, y tampoco para morir. Parece, al igual que Comala –el pueblo quieto de Juan Rulfo–, territorio de almas vaporosas. Pueblo de sombras, de resplandores etéreos. Algún parroquiano se apostará en la pared centenaria y se dedicará a ver correr el tiempo. Y como éste no corre, también el vecino sospecha que está fosilizado. Ambos, la persona y el tiempo, se encuentran en un ángulo de la plaza y dialogan sobre la inmovilidad de sus existencias.

En el convento de las Carmelitas Descalzas, enmarcado entre pesadas y blancas paredes de eternidad, la quietud era absoluta. Podía masticarse la paz. Por ninguna parte había vestigios de muerte. Nos deslizamos hasta el torno, como si fuéramos parte de las sombras, y tocamos. Hablamos con duda y reverencia. Pensamos que iba a contestar el silencio, pero no. Cuando oímos el ¡Ave María Purísima! , supimos que adentro había vida. En la salutación recibimos un aire, un respiro del encierro conventual.

Íbamos, sin embargo, a buscar a la hermana Ana Josefa, la muerta de la madrugada. Y por allí debía estar, entre aromas de naranjales y lirios. Al otro lado –o sea, la separación del mundo y el edén espiritual–, la voz de nuestra interlocutora, tenue voz de santidad, nos informó que en la capilla, atravesando el parque, estaba la hermana Ana Josefa. Nos lo dijo con suavidad, sin tono mortuorio y casi con alegría.

Como en el sacro recinto no existía alteración alguna, ni signos fúnebres ni lloros mundanos, hubiera podido pensarse que nada había ocurrido. Y aquí, otra vez, la sensación de que en Villa de Leiva el tiempo está detenido. Con mayor razón en la densidad del convento.

No localizábamos a ninguno de nuestros familiares que habían viajado el día anterior. Tal vez ellos, también, se habían vuelto invisibles, como tantas cosas inertes de la población. Al fondo de la capilla divisamos dos siluetas que velaban ante el féretro. Eran dos hermanos de la monja, compenetrados con su recuerdo. Hablaban en secreto con quien, fuerte ante la última arremetida de la dura enfermedad, se había ido adelante.

La hermana Ana Josefa –Lucilita, como la llamábamos cariñosamente–, que un día fue superiora del convento, nos esperaba allí, en la iglesia del Carmen, serena y angelical. No estaba muerta. Por el contrario, la vimos bella y radiante. Algo debe pasarles a las religiosas en su último trance terrenal, cuando toman carne fresca y actitud de vuelo. Se van convencidas de que se han reencarnado en Cristo, y por eso sonríen, y derrotan las enfermedades, y expiden perfumes celestiales. Penetran en su última morada con belleza seráfica.

En la misa concelebrada por siete sacerdotes y con la presencia de una legión de diáconos y monjas, todos hermanos en la religión, que no lloran sino que cantan, la hermana Ana Josefa ascendió entre salmos y alborozos a su reino espiritual. El recinto no olía a muerta: olía a santa.

La escena parecía sacada de Comala, el pueblo de las almas errantes, que quedan flotando para siempre por los contornos del sueño. En Villa de Leiva parece que la vida fuera inmaterial. Allí la misma muerte es silenciosa. Tiene algo de fascinante. Cuando una monja muere, sólo ocurre un aleteo. Apenas se siente un suspiro.

El Espectador, Bogotá, 22 de agosto de 1988.

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