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Salvado por la poesía

jueves, 11 de noviembre de 2010

Por: Gustavo Páez Escobar

A su salida como prisioneros en la selva, tres de las personas secuestradas por las Farc se encontraron con una realidad dolorosa y abismal, tal vez nunca pensada durante los largos años de su cautiverio: la disolución de sus matrimonios, que no pudieron evitar al quedar libres, debido a estados traumáticos del alma que a veces hacen trastocar los sentimientos en el infierno selvático (o más allá de él).

Tales personas, de alta posición social, son el exministro y luego canciller Fernando Araújo, la excandidata presidencial Íngrid Betancourt y el excongresista Jorge Eduardo Géchem. Esto, sin descartar que pueden existir otros sucesos similares en el grupo de suboficiales y soldados liberados, que tal vez nunca lleguen a conocerse.

No siempre es el síndrome de Estocolmo –mediante el cual un rehén se enamora de su captor– el que produce esta distorsión de la conducta. En ninguno de estos casos puede afirmarse, hasta el momento, la existencia del renombrado síndrome (el que puede también, por extensión lógica, abarcar la atracción del cautivo hacia uno de sus compañeros de infortunio).

Los signos visibles que se han revelado indican que en los tres casos dejó de existir el amor de uno de los cónyuges hacia su pareja. Y en todos ellos se puso de presente un drama sentimental, indicativo de que el alma es voluble y el amor, perecedero. No siempre es así, por supuesto, pero nadie está exento de que esto suceda, bien como autor del rompimiento, o bien como víctima.

Fernando Araújo sufrió tremendo desengaño al saber que Mónica, el amor que había dejado en Cartagena cuando cayó en manos de la guerrilla, y que él suponía que le seguía siendo fiel, se había ido con otro hombre. Cuando Íngrid se reencontró a la bajada del avión con su esposo Juan Carlos Lecompte, todo el mundo presenció  el trato distante con que ella lo saludó. Pocos días después se sabría que la unión estaba rota. Por su parte, Jorge Eduardo Géchem manifestó en un comunicado entregado a la prensa poco tiempo después de su liberación: “De común acuerdo y en los mejores términos hemos decidido separarnos”, medida que ponía fin a 17 años de matrimonio con su esposa Lucy.

Estos capítulos contrastan –¡y de qué manera!– con el del exrepresentante a la Cámara Óscar Tulio Lizcano y su esposa Martha Arango, a quien él no dejó de invocar como su “barquerita” durante los ocho años que duró privado de la libertad. El amor insólito de esta pareja, que parece sacado de alguna novela romántica del siglo XIX, lejos de debilitarse por los latigazos de la selva, se fortaleció durante la adversidad. Cuando volvieron a verse bajo un torrente de lágrimas, postrado él en un serio estado de salud, y abatida ella por el suplicio sin cuento de ocho años de separación, sintieron que volvían a ser novios como en su lejana juventud.

Óscar Tulio Lizcano mantuvo en el corazón la imagen fulgente de su esposa, y ella no cesaba de enviarle por la radio mensajes de apoyo y esperanza, de amor y firmeza espiritual, con los cuales él nunca se sintió desprotegido. Y al mismo tiempo sentía cercana a Martha en sus terribles horas de soledad y oprobio. Con esa unión permanente, que retó todas las barreras de la distancia y de los imposibles, las torturas de la pareja se hicieron más llevaderas.

Amante de la poesía, Óscar Tulio Lizcano le escribía a su esposa ardientes sonetos que acumulaba en el cuaderno que le entregaría a su regreso a casa. Cuando llegó el momento de la fuga, aquellas hojas quedaron perdidas en manos de algún guerrillero, o acaso de la propia selva, que no restituye la poesía, pero de memoria pudo reconstruir varios de esos poemas de amor. La memoria en la selva, de tanto afinarse por la fuerza del silencio y el vigor del pensamiento, se vuelve penetrante.

Hubo momentos abrumadores en que el prisionero pensó que moriría en la selva. Pero moriría penetrado de poesía. Al principio, logró conseguir 40 libros de poetas favoritos, como Onetti, Neruda y Miguel Hernández. Después, a medida que lo cambiaban de sitio en sitio, como un tránsfuga de la muerte, su equipaje literario se fue aligerando para hacer más livianos los recorridos.

A la postre, el poeta Miguel Hernández, que en 1942 –de 31 años de edad– murió bajo el terror de la guerra civil española, surgió como su inspiración constante para soportar la otra guerra, la colombiana, que había convertido la selva en el más infamante teatro de crueldad. Y halló entre ambas historias pasmosos puntos de similitud.

Hernández murió en la cárcel de Alicante, víctima del tifo y la tuberculosis, y Lizcano, en la cárcel selvática colombiana, llevaba el mismo destino a merced del paludismo, la desnutrición y otras endemias tropicales. Hernández se aferró desde la cárcel a la imagen de Josefina Manresa, el amor de su vida –a quien llamaba “mi carcelera”–, y le escribió numerosos versos y cartas de amor que engrandecieron la vida de ambos. Lizcano, apasionado por el recuerdo de Martha Arango –“mi barquerita”–, y también el amor de su vida, con 36 años de casados, le dedicó incesantes poemas que iluminaron las sombras del encierro, hasta abrirle a la pareja el camino de la claridad.

En Sentado sobre los muertos, dice el poeta español: “Acércate a mi clamor / pueblo de mi misma leche, / árbol que con tus raíces / encarcelado me tienes, / que aquí estoy yo para amarte / y estoy para defenderte / con la sangre y con la boca / como dos fusiles fieles”.

Hay que considerar a la poesía como antídoto contra la guerra y la maldad humana. La poesía salva al hombre de las tinieblas. Por ella se salvó del exterminio este valiente hombre, Óscar Tulio Lizcano, que se empeñó en romper las cadenas de la barbarie con las luces del espíritu y la fuerza demoledora del amor.

El Espectador, Bogotá, 30 de noviembre de 2008.
Eje 21, Manizales, 30 de noviembre de 2008.

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Comentarios:

Es que el amor es como los buenos vinos: los buenos se mejoran y los malos se vinagran. Madre de Certero33.

Muy bella esta columna. Gracias en nombre de la poesía. Maruja Vieira, Bogotá.

La poesía, como la lectura, libera, salva, enriquece. Sonia Cárdenas, Bogotá.

Aunque nadie está exento, como dice el artículo, me atrevería a decir que en los otros casos el amor no era lo suficientemente sólido para resistir las vicisitudes a las cuales tuvieron que enfrentarse y que de pronto, sin este capítulo tan duro, algo en menor proporción también podría haber afectado las relaciones. Liliana Páez Silva, Bogotá.

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