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Archivo para martes, 23 de noviembre de 2010

Ospina Pérez en la historia

martes, 23 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La revuelta del 9 de abril tuvo un héroe indiscutible: el presidente Mariano Ospina Pérez. El ánimo sereno, la firmeza y el sentido patriótico permitieron al mandatario, fortalecido por el empuje y la solidaridad de su esposa, doña Bertha, vencer la subversión y salvar la democracia. Ni un titubeo, ni una sombra de debilidad, ni la menor concesión a la anarquía empañaron el ejercicio del mando, lo que  fue determinante para recuperar la gobernabilidad del país en momentos de caos absoluto, cuando la barbarie arremetía por todas partes con sus hordas de destrucción y pánico. De no ser por esa actitud valerosa, la nación entera se hubiera incendiado.

Al cumplirse cincuenta años de la mayor hecatombe que haya sufrido Colombia en todos los tiempos, el escritor y académico Héctor Ocampo Marín escribe una excelente biografía del presidente Ospina, elaborada con rigor histórico y sustentada por fuentes serias de información, texto publicado por la Cámara de Comercio de Medellín. El exministro Rodrigo Llorente Martínez, prologuista de la obra e intérprete respetable de aquellas jornadas dantescas, dice que dicha biografía es “una de las más completas de este tramo de la historia política del país”.

Mariano Ospina Hernández, hijo del gobernante, recuerda la frase trascendental de su padre cuando los generales del Ejército le ofrecieron un tanque para salir de Palacio y un avión para ponerse a salvo con doña Bertha fuera del país: “Para la democracia colombiana vale más un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”.

Ospina Pérez nace en Medellín en 1891. Su padre es el educador y sabio Tulio Ospina Vásquez, hermano de Pedro Nel, presidente de la República en 1922. Su abuelo es Mariano Ospina Rodríguez, presidente de la Confederación Granadina en 1857 y una de las figuras más destacadas en la organización del Partido Conservador. La dinastía Ospina se destaca en la vida nacional con rasgos comunes: personas laboriosas y forjadoras de progreso, formadas dentro de sólidos principios democráticos y religiosos, amantes de la legalidad y el orden, enemigos de los abusos y el despotismo.

Mariano Ospina, el abuelo, es en 1828 conspirador septembrino al rechazar la dictadura de Bolívar, y el general Mosquera lo encarcela y casi lo ejecuta por oponerse a su gobierno. Por su parte, Mariano Ospina, el nieto, termina enfrentado con su impulsor político y aliado de otros tiempos, Laureano Gómez, por no compartir sus métodos extremistas.

Desde joven, Ospina Pérez sobresale en su entorno hogareño y en la vida social de Medellín. En el Colegio de San Ignacio es uno de los mejores estudiantes. Pero su padre, debido a aguda crisis económica producida por la guerra, decide retirarlo del establecimiento por no tener capacidad de seguir atendiendo los gastos de la educación, ante lo cual el rector, en vista de la calidad del alumno, se opone en forma rotunda a su salida. Más tarde, cuando cambia la suerte, el padre paga al colegio la totalidad de la deuda.

De 17 años ingresa Ospina a la Escuela de Minas de Medellín, de la que fue rector su tío el presidente Pedro Nel, y la que está dirigida ahora por su padre don Tulio. Los tres, dentro de una brillante tradición familiar, ostentan el título de ingenieros. Luego, el promisorio estudiante adelanta especializaciones en las universidades de Lousiana y Winsconsin, y a su regreso se vincula como catedrático de la Escuela de Minas, de la que será rector al poco tiempo.

Su carrera pública la inicia como concejal de Medellín, y luego es diputado a la Asamblea de Antioquia. Después será superintendente del Ferrocarril de Antioquia y, de 33 años, senador de la República. Dos años después el presidente Abadía lo nombra ministro de Obras Públicas, y allí ejecuta evidentes realizaciones para el progreso nacional. En 1929 es designado gobernador de Antioquia, cargo que no acepta.

Luego ocupa la gerencia de la Federación Nacional de Cafeteros, donde cumple dinámica labor que redime las postradas finanzas del gremio e implanta programas de enorme beneficio para la población campesina, uno de los sectores más favorecidos por el futuro mandatario. En todas las posiciones por donde pasa deja huellas como hombre de empresa y de extraordinaria visión. Ese es el sello de su raza paisa y de su estirpe Ospina.

En 1946 llega a la Presidencia de la República. La opinión nacional, sabedora de sus capacidades ejecutivas, recibe su victoria con esperanza y muestras de simpatía. El mandatario nombra un gabinete de lujo e inicia una serie de obras de largo alcance, logradas a través de la creación de los Seguros Sociales, del Icetex, de la Empresa Siderúrgica de Paz del Río y de los Ministerios de Higiene y de Agricultura; de la capitalización del Instituto de Crédito Territorial y de la Caja Agraria; de la construcción de las represas del Sisga, Saldaña, Coello y Neusa, entre otras iniciativas que dinamizan la acción social de su gobierno.

La violencia detonada por el 9 de abril, que suele atribuirse al comunismo y cuya interpretación cabal no se ha conocido en medio siglo, y es posible que nunca se conozca, lanza a Colombia a la guerra civil. Pero al frente del Estado se encuentra el hombre prudente y enérgico que frena los disturbios y salva las instituciones. El asesinato de Gaitán, que comete un loco por motivos indescifrables, estremece al país con fuerza demoledora y pone a tambalear al Gobierno. Sin embargo, la mano firme y el recto criterio de Ospina Pérez, traducidos en la adopción de medidas sabias para el momento caótico, restablecen en pocos días el orden público.Y en medio de los escombros, el héroe del 9 de abril entra imperturbable y enaltecido a la Historia grande de Colombia.

El Espectador, Bogotá, 25 de octubre de 2001.
La República, Bogotá, 12 de noviembre de 2001.

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Martínez Mutis

martes, 23 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La amnesia de los tiempos permite que las nuevas generaciones ignoren importantes personajes que en su época fueron honra y prez de la patria. Tal el caso de Aurelio Martínez Mutis, nacido en Bucaramanga en 1884 y muerto en París 70 años después. Está catalogado como una de las figuras más notables de la lírica colombiana, que se ganó el título de “poeta de las epopeyas” por el acento  con que forjó grandes páginas de su producción magistral.

La epopeya del cóndor fue ganadora de un concurso patrocinado en París por Rubén Darío, en competencia con más de 500 participantes. En igual forma, son sobresalientes  La epopeya de la espiga, La esfera conquistada, La Religión y la Independencia, Salve, España gloriosa, entre muchos otros poemas que enaltecen su obra perdurable.

Sin embargo, poco es lo que se sabe hoy de este bardo trascendental. Otros afanes y otros estilos dominan hoy la actividad cultural del país. En este terreno, suele acontecer que lo clásico se cambie por lo aparente, lo frívolo o lo ostentoso. Perduran, por fortuna, mentes inquietas y creadoras, como la del escritor y académico Antonio Cacua Prada, que cuidan la Historia y rescatan valores que no pueden quedar sepultados en el silencio.

En la amplia bibliografía de Cacua Prada son dignos de elogio los volúmenes dedicados a la valoración de insignes personalidades del pasado. Ahora, con el patrocinio de la Universidad Central y en preciosa edición de dos tomos, el  escritor recoge la obra dispersa de su paisano Martínez Mutis -quien va a cumplir 50 años de muerto- y la entrega a las nuevas generaciones para afianzar el patrimonio cultural de la patria.

Leyendo estos poemas, me he acordado de un episodio memorable que menciono en mi recién terminada biografía de Laura Victoria. Tanto Martínez Mutis como Laura Victoria, que no se conocían personalmente, ocupaban la atención de los colombianos por sus brillantes carreras líricas. Ambos tenían renombre internacional y recibían calurosos aplausos de los públicos de América. Corrían los años 30.

En el cuarto de un hotel de Barranquilla, una guitarra trasnochadora no cesa de gemir sus notas sentimentales, y ya empieza la madrugada. La poetisa envía a su hijo Mario, de cortos años de edad, a tocar en la puerta del incómodo pasajero que, bajo la inspiración de las musas nocturnas, le saca tonalidades a su guitarra viajera, sin importarle en absoluto la paz del vecindario.

“Vengo de parte de mi mamá a decirle que nos deje dormir”, balbuce el pequeño. “Dígale a su mamá que soy el poeta Martínez Mutis”, responde el cantante. “Pues ha de saber usted que mi mamá es la poetisa Laura Victoria”, responde el niño con gesto ufano y categórico.

Asunto concluido. El poeta-guitarrista traslada sus instrumentos a otra parte: el propio cuarto de la vecina. Solo una pared separaba a dos grandes de la poesía que desde tiempo atrás deseaban conocerse. El destino caprichoso permite que esto suceda en una fría pieza de hotel, donde amanecen enhebrando ensueños. “Así conocí a este inmenso poeta santandereano que desde ese momento fue uno de mis mejores amigos”, recuerda Laura Victoria.

El Espectador, Bogotá, 20 de julio de 2001.

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El lenguaje del fuego

martes, 23 de noviembre de 2010 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El hombre primitivo no conocía el fuego, y su hallazgo casual, siglos después, representó el mayor descubrimiento para la humanidad. Los aborígenes lo consideraban un dios y como tal le rendían veneración en sus religiones. Hoy, al ser algo tan corriente, nos hemos olvidado de su importancia. Pero si no existiera, no habría hierro, ni ladrillo, ni vidrio, ni bienestar. Sin él, la actividad industrial y la vida doméstica serían inconcebibles.

De ser el mayor aliado del hombre pasó a ser su mayor enemigo. La violencia lo volvió elemento de castigo y destrucción. Eso mismo ha sucedido con los grandes inventos: la dinamita, descubierta por Alfredo Nobel como una de las herramientas más poderosas del progreso, es en nuestros días una de las fuerzas más arrasadoras de la civilización. Con ella los terroristas vuelan edificios, destruyen poblaciones, fabrican armas mortales, exterminan la vida.

El fuego redujo a escombros a la Roma imperial en el año 64, a Londres en 1666, A Chicago en 1871, a Tokio en 1923. En Colombia, toneladas de lodo salidas de las entrañas del volcán Arenas, retorcidas por las llamas, se precipitaron sobre Armero y acabaron en minutos con 25.000 habitantes. Cúcuta, Popayán, Armenia y otras poblaciones se desmoronaron bajo la arremetida de los terremotos, que son verdaderas lenguas de fuego de los infiernos. El edificio de Avianca se volvió una chimenea gigante que casi no consigue apagarse.

Cuando no es el hecho fortuito, es la intención criminal la que aviva las conflagraciones. La demencia desatada el 9 de abril de 1948 convirtió a Bogotá en una masa de candela que vomitaba odio y ruinas con furia diabólica. Los rescoldos de esa hoguera crepitan todavía en el alma fratricida de muchos colombianos. En 1952, enardecidas al rojo vivo las pasiones políticas, fueron quemadas las instalaciones de El Espectador y El Tiempo, lo mismo que las casas de Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo. El incendio del Palacio de Justicia, con el sacrificio de magistrados y de otras vidas inocentes, ha sido el peor holocausto producido por el instinto asesino.

En los textos sagrados encontramos el fuego como elemento purificador. Lo mismo que limpia las conciencias, acrisola los metales y perfecciona las piedras preciosas. En el Génesis se lee: “Entonces el Señor llovió del cielo sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego”. En el Levítico: “Si la hija de un sacerdote fuere cogida en pecado, deshonrando así el nombre de su padre, será quemada viva”. En el libro de los Números: “Un fuego enviado del Señor abrasó a los doscientos cincuenta hombres que ofrecían el incienso”.

En los siglos bárbaros de la Inquisición, los herejes y los presuntos herejes (que eran la mayoría) terminaban en la hoguera. Entre los años 1300 y 1700 fueron quemadas unas 70.000 mujeres acusadas de brujería, cuando muchas, como Juana de Arco, la doncella de Orleans, o Marie des Vallées, la “santa bruja”, eran mujeres virtuosas. No se trata aquí de fuego santo, sino de fuego perverso.

Viene ahora la catástrofe de las Torres Gemelas de Nueva York, el mayor símbolo del capitalismo norteamericano, dotadas de 110 plantas y 410 metros de altura. Con solo pensar en las 43.600 ventanas instaladas, en los 55.000 empleados que allí trabajaban y en los 150.000 visitantes diarios, nos hallamos en terrenos de lo insólito. Primero se estrelló contra una de las torres un avión que llevaba en sus tanques 8.500 galones de combustible, y diez minutos más tarde otro avión se incrustaba en la segunda torre, produciendo la mayor conflagración en edificio alguno.

El planeta se estremeció en medio del estupor y la incredulidad. Minutos después, los dos gigantes que se creían invulnerables caían abatidos como muñecos de barro. Alguien gritó: “El infierno se ha desatado, ¡sálvese quien pueda!”. El propósito de los terroristas, animados por un fanatismo religioso incomprensible, estaba cumplido: vengar con el fuego el poder y la arrogancia de sus enemigos.

Aparte de lo que significa el hecho monstruoso de destruir la civilización, acto que todo el mundo condena con indignación, cabe preguntarnos si en este caso, siendo el fuego el mayor aliado del hombre para fines benéficos, no es también el mayor flagelo de la vanidad. Los rascacielos son símbolos de la potestad de los hombres y encarnan por lo tanto la desmesura humana, la fatuidad, la soberbia, la ambición.

La mejor representación de este desenfoque de la humanidad está en la Torre de Babel, donde Dios castigó el orgullo de los constructores causando la confusión de las lenguas. Así, fue desalojado el hombre de lo que pensaba iba a ser la subida al cielo.

El Espectador, Bogotá, 20 de diciembre de 2001.

El tiempo y la clepsidra

martes, 23 de noviembre de 2010 Comments off

(Palabras de presentación de esta obra de Inés Blanco, en la Casa de España de Bogotá)

Por: Gustavo Páez Escobar

En la portada del primer libro de Inés Blanco, titulado Paso a paso, aparece el rostro radiante de una hermosa mujer. La mirada ensoñadora, los labios sensuales, el cutis nacarado, el rizo seductor, que se entrelazan con cierto hálito de sortilegio, dibujan en esta figura los sutiles encantos de una mujer enamorada. Ese rostro, más allá de reflejar una dulce feminidad, es el rostro del amor, y fulgura en las páginas del libro bajo sugestivas imágenes itinerantes.

Tal parece que Inés, desde que publicó su primer poemario, ya sabía que el amor iba a ser la constante de toda su obra. De ese tono no se ha separado, ni se separará nunca. Para ella el amor es inevitable, como el agua para la rosa. “Ama y haz lo que quieras”, declaró san Agustín, el gran sabio de la Iglesia, primero pecador y después santo, que tenía por qué saber lo que expresaba.

Inés nació poetisa, y desde los jardines de su niñez ya jugaba con las mariposas de la ilusión. Con esa llama en el alma, no le quedaría difícil ennoblecer la existencia y convertir las personas y los elementos de la naturaleza en criaturas vitales. Primero se enamoró de la poesía y después del alma humana. La poesía, como atributo espontáneo de los seres sensibles, es camino seguro hacia el hombre. No puede haber poeta verdadero si sus cantos no son una afirmación de la vida y una sublimación del espíritu.

La obra de Inés Blanco, en continuo ascenso, la conforman tres títulos, todos de la década del noventa: Paso a paso (1993), Piel de luna (1996) y El tiempo y la clepsidra (1999). Cada tres años la amiga generosa nos ha regalado una grata sorpresa. Obra valiosa la suya, de postrimerías del siglo XX -tan caracterizado hoy por el desamor y la desnaturalización del hombre-, que lleva impulso suficiente para recorrer el nuevo milenio con el mensaje del amor y la esperanza, que serán siempre la justificación de la vida. La poetisa, sin salirse de su tiempo y, por el contrario, recogiendo los destrozos de esta época deshumanizada, ha escrito para los días futuros. Y también para países remotos, ya que varios de sus poemas han sido traducidos al inglés y al italiano.

Esto de que el amor sea el cemento con que están armados sus libros, lo dicen, sin excepción, los testimonios escritos que se recogen en las tres ediciones. Criterios convergentes que no sólo enaltecen lo más destacable de la vena lírica de Inés Blanco, sino que proclaman la necesidad de amar como el único camino para la salvación del hombre. Su poesía brota de sus corrientes interiores y se derrama en alborozos y tristezas, soledad y silencio, evocación y distancia. El efluvio de los sentimientos no sería posible fuera de la emoción que dispensa el amor, tanto en el gozo como en el sufrimiento.

Como corolario hay que decir que nuestra distinguida escritora ha hecho de su obra un canto a la vida, lo cual supone la fusión inseparable del hombre y la naturaleza, aliados para proclamar el sentido de la existencia humana. Regresa ella a sus primeros años para encontrarse con los recuerdos que quedaron dormidos en la casa paterna y en los caminos transitados, y surgen diáfanas las iniciales sorpresas y las jubilosas y a veces turbadas sensaciones de la niña y de la adolescente que despertaba al mundo y se enternecía con el concierto maravilloso del universo. Paso a paso recorre sendas secretas y confiesa asombros y plenitudes ante el amor naciente. Amor que es al mismo tiempo confusión y certidumbre, alborozo y pena, misterio y esperanza. En sus otros dos libros no hace cosa distinta que reafirmar el destino irrevocable del corazón.

Los poemas de Inés Blanco poseen, en mi sentir, dos altas calidades que deseo destacar. Son, en primer lugar, poemas intimistas que ahondan en las fibras más secretas del alma  y permiten descubrir los sentimientos con fulgurante realismo. Es como si los versos perforaran con cinceles mágicos las pasiones recónditas que se anidan en el alma humana, y que sólo los poetas consiguen captar con autenticidad y belleza. La otra calidad, muy ligada a la anterior, es la sensibilidad para percibir, más allá de lo que acontece con el común de la gente -y también de algunos poetas- los latidos del corazón y los ecos de la naturaleza. Bajo el poder de las emociones y el conjuro de la palabra surgen en su obra poemas embrujados por delicado y exquisito sensualismo, el cual se hace más deleitoso y de superior estirpe con el fulgor de las metáforas.

Inés, por encima de otras excelencias, es cantora vibrante del alma y de la naturaleza. En sus libros palpita el mundo elemental y se engrandece la vida cotidiana bajo el hechizo de la metamorfosis encantada. Es una maestra del verso libre, tendencia moderna que a simple vista no obedece ninguna regla métrica, pero que desentona y mortifica cuando carece de emoción y ritmo. No puede haber ritmo en la poesía si el ritmo no se lleva en el alma. Además, la brevedad fascinante con que la artista cincela sus versos se hermana con la brevedad del colibrí, el milagro alado de los vientos.

Con esa brevedad ha fabricado sus tres libros. Desde luego, la poesía tiene poder de síntesis, pero la síntesis no puede ser válida si carece de profundidad y belleza. Las publicaciones de Inés Blanco se destacan por su elegancia y cuidadosa confección editorial. No sólo es ella una artesana de la palabra sino la directora artística de sus propias ediciones, y como tal le señala pautas a la casa impresora, ejerce una vigilancia implacable de los textos y las carátulas, y sufre cuando algo sale imperfecto. Dicho en otras palabras, se entrega a sus libros como lo que en realidad son: sus hijos espirituales.

Oportuno señalar este don estético para entender por qué los títulos de sus obras y de muchos de sus poemas han sido, por lo certeros y expresivos, el  resultado  de severas pesquisas. Tal, por ejemplo, el rótulo de su segundo libro: Piel de luna. Tal vez no ha habido poeta en el mundo que no le haya cantado a la luna como fuente de inspiración, ni enamorado que no haya buscado en ella una fuerza magnética para sus cuitas y ansiedades. Piel de luna es una metáfora afortunada, una metáfora que se vuelve mujer y pasión. La propia autora se oculta a veces bajo el seudónimo insinuante de Luna de Abril, nombre poético con el que ha querido proclamar el mes triunfal de su nacimiento -el cual tiene a Aries como signo zodiacal generador de fuego, energía y creatividad- y de paso compenetrarse con la luna como astro del amor.

Su tercer libro, alrededor del  cual estamos esta noche reunidos, recibe otro nombre elocuente: El tiempo y la clepsidra. En él la poetisa insiste en el hallazgo de sus caminos, sólo que esta vez pone mayor acento en la melancolía, la soledad, la ausencia, el olvido y la muerte, como lo expresa en el poema Búsqueda incesante: “Así, oculto entre latidos breves, compartías mi lecho primigenio y esta búsqueda incesante de encontrarnos, cara a cara con la vida, trecho a trecho con la muerte”.

Inés Blanco es la sensible tejedora de los sentimientos del hombre en todas las temperaturas de la emoción. Sabe medir la vida, gota a gota, como si el tiempo se deslizara por la clepsidra de su propia existencia. Resalta las conquistas y placeres del amor con la misma densidad con que describe el dolor y la nostalgia, el desencanto y el vacío, la amargura y la desilusión, ya que los sentimientos son tornadizos, como es cambiante la naturaleza humana.

La música que lleva en el espíritu le permite percibir con autenticidad las resonancias del mundo y las pasiones del hombre, que luego interpreta con palabras enamoradas, como un himno a la vida. En todos sus libros surge palpitante el tema eterno del amor, movido a veces por delicado erotismo, siempre luminoso, porque ella sabe que sólo con amor es posible vivir.

Bogotá, 29 de agosto de 1999.

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