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Terrorismo

domingo, 2 de octubre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar

La ola criminal que se ha desatado sobre Medellín y que mantiene atónita a la ciuda­danía no puede ser más monstruosa ni más sintomática de algo muy grave que está sucediendo en Colombia. Una ciudad que como Medellín, emporio de riqueza y de prosperidad social, se ve de pronto desviada de su destino histórico por bandas de delincuentes que pretenden sembrar el caos, está diciéndole al país, con su sacrificio, que es preciso reaccionar con firmeza y valor para que se frene el atropello contra la dignidad humana.

Un aterrador cómputo de calamidades para el pueblo antioqueño señala que en dos años se han registrado 28 secuestros. Cuadro in­verosímil de degradación moral. La sociedad así vilipendiada no puede resig­narse a la suerte de unos cuantos facinerosos que buscan implantar el terrorismo para proseguir en su macabro itinerario de atrocidades.

Las dos últimas víctimas, un niño de once años y un empresario que entendía como un deber patriótico el de generar fuentes de trabajo para sus conciudadanos, han caído cobardemente sacrifica­das por la depravación de estas fieras —ya que no puede ha­blarse de seres humanos— que juegan con la vida sin el menor escrúpulo. Es una nueva herida que se abre en el propio corazón de la patria.

Las gentes, entre tanto, se preguntan hasta qué límites llegará este flagelo público que desde años atrás viene azotando la tranquilidad de una región clave para el desenvol­vimiento del país. Por las calles de Medellín y sus alrededores camina la furia satánica. Lo que ayer fuera la villa apacible, asiento de un pueblo alegre y dinámico, es hoy un recinto asustado que ha perdido, por añadidura, la fe en las soluciones. La ciudadanía no puede tener confianza en la vida cuando cada quince días, cada mes, y a veces día de por medio, caen en las trampas mortales rehenes propicios para continuar delinquiendo al amparo de la impunidad.

No hay que dudar que sobre Medellín se ha volcado la peor gangrena social de los últimos tiempos y que sus cabecillas obedecen planes trazados para perturbar el orden social. En cada amenaza, en cada boleta que deslizan en los hogares, y finalmente en el secuestro y la muerte, se ejerce un depravado medio de terrorismo que mantiene sin respiración a este conglomerado que lleva en sus venas ímpetus para no arre­drarse ante el peligro, pero que ante la brutal embestida que no termina, tiene que des­corazonarse ante tanta insania y corrupción.

Este choque trae decaimiento en el rendimiento empresarial. Las noticias comienzan a dar cuenta del decrecimiento en los índices de la producción y, lo que es más grave, del azora­do clima de incertidumbre —contrapuesto, por ironía, al clima de la eterna primavera— que está minando la iniciativa creadora de que tantas muestras ha dado el pueblo antioqueño.

No se conoce, de buen tiempo para acá, ningún proyecto de envergadura en la capital por excelencia de la industria, lo que no puede ser sino un pésimo augurio. La mayor desocupación reside hoy en Medellín. Resulta triste paradoja que el mayor número de desemplea­dos se encuentre en la ciudad que más sabe de industria. Cuando los hornos de la produc­ción se frenan, y se deprimen los mercados, y no afloran nue­vas fórmulas de trabajo, y los industriales se desconciertan, y la ciudadanía vive de angustia en angustia, algo grave sucede.

Las autoridades, que han puesto su mayor interés para frenar esta ola de descomposición, se encuentran ante un panorama complejo. Nuevos remedios, de muy alto poder, serán necesarios para extinguir el foco infec­cioso y superar el gran reto de la época: el terrorismo.

El país ha mirado siempre hacia la montaña prodigiosa como hacia la tierra prometida. Hoy se sobrecoge con el dolor del gran pueblo que atraviesa por días aciagos y deposita la fe en las autoridades para que termine pronto la horrible noche.

El Espectador, Bogotá, 12-XI-1976.

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