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El caso Duque

domingo, 30 de octubre de 2011

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

Alberto Duque, llamado barón del café, fue condenado en Es­tados Unidos a 15 años de prisión, fallo que de acuerdo con las leyes norteamericanas quedaría reducido a 5 o 6 años de cárcel efectiva por no existir en el inculpado antecedentes penales. De haberse castigado en todo su rigor los diferentes delitos en que incurrió, éstos habrían signifi­cado 288 años de prisión, cifra irreal para la breve existencia del hombre. Hubo, por consiguiente, generosidad en la sentencia.

No se trata de hacer cálculos innecesarios sino de sacar algunas conclusiones, ya de estricto orden moral, sobre la delincuencia que protagonizan, con espectacularidad y arrojo, los personajes del llamado jet set internacional. Es la misma delincuencia en que caen, dentro del ambiente nacional, al­gunos ejecutivos con ánimo de fi­guración y con ansias incontenibles de poder y dinero.

Alberto Duque, empresario brillante que hubiera podido dirigir con éxito cualquiera de nuestras grandes industrias, prefirió desviarse por los caminos seductores y fantasiosos de la riqueza rápida. Dueño de enorme habilidad para moverse entre los laberintos de las cifras millonarias y extraer de éstas resultados inaccesibles al co­mún de la gente, no se conformó con el ritmo razonable de los números, que aconseja prudencia y sabiduría, sino que se dejó dominar por la am­bición más allá de lo lícito.

La ambición constituye uno de los mayores motivos de las desgracias humanas. Cuando el hombre, pudiendo disfrutar de una vida holgada y gratificadora, pierde la cabeza por el dinero concupiscente, alcanza el infortunio. Duque, a quien el éxito de los negocios llegó muy temprano, se enredó entre su propia destreza para multiplicar capitales. Como quería siempre más, vicio peculiar de los capitalistas, no midió riesgos y se dejó seducir por los dólares frenéti­cos con los que sostenía su imperio de la fastuosidad y el derroche.

Matriculado en el jet set, comen­zaron a surgir yates, automóviles, palacios y lujos principescos, todo lo cual debía alimentarse con los ne­gocios audaces y las chequeras abultadas. Esta red de riqueza, sexo, aventura y escándalo social es la que mueve a los protagonistas de la frivolidad mundana entre excentricidades y apetencias sin fin. Es un éxito caduco, porque también es deleznable.

Ese, por desgracia, es el ter­mómetro que midió la fama del playboy internacional. Así se explica la caída del tristemente cé­lebre barón del café. Se le abonan, irónicamente, su intrepidez y su in­teligencia para penetrar en los complicados círculos económicos de los Estados Unidos hasta realizar transacciones desconcertantes. Con tales recursos y conforme consoli­daba su prestigio de mago de las finanzas, deslumbró a los mayores capitalistas neoyorquinos.

Comenzó saltando simples escollos aduaneros y terminó violando los códigos más rígidos, hasta llegar al fraude al Estado, uno de los delitos más condenados por la legislación norteamericana. El imperio se de­rrumbó de un momento a otro. Y fue tal el impacto de la caída, que el es­cándalo repercutió en todo el mundo. Los abogados, claro está, buscarán la rebaja de la pena. Lo más importante no son los años de prisión sino la pérdida del honor y la afrenta para el nombre de una familia. Ju­ventud frustrada en pleno éxito por el vértigo de la notoriedad y el dinero dañino.

Queda la lección para las mentes inquietas y deslumbrantes que sa­crifican la vida de tranquila por la carrera alocada de los negocios desbordados. Duque, como tantos otros que hemos visto en nuestro país atrapados entre los señuelos del di­nero falaz, hubiera podido acometer grandes empresas de bienestar so­cial. Lo que le sobró de ambición le faltó de prudencia y madurez. Ya se ve que tanta carrera y tanto brillo no conducen a nada.

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La voz del lector. Dice Rafael Genez Prestán, desde Cartagena: «Si después de la visita del Papa sumá­ramos las inversiones realizadas, constataríamos que no menos de cien soluciones de vivienda hubiéramos podido donar a personas pobres y humildes que si desayunan no al­muerzan».

El Espectador, Bogotá, 26-V-1986.

 

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