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Problemas palpitantes

lunes, 31 de octubre de 2011

Salpicón

Por: Gustavo Páez Escobar

El pronunciamiento que hacen los jerarcas de la Iglesia colombiana, reunidos en asamblea extraordinaria, hace meditar sobre los graves con­flictos de tipo social, político y eco­nómico que golpean la vida de la nación. Es preciso que el país entero, pero sobre todo las autoridades y los partidos, sobre quienes recaen las mayores responsabilidades, tome conciencia de que Colombia, para superar las agudas crisis de todo orden que afectan su estabilidad, debe tomar un rumbo opuesto al que lleva.

«Comprobamos con pesar el cre­ciente deterioro de la situación en lo social, en lo político y en el sentido ético-cristiano de la vida», expresan los prelados, para enumerar a con­tinuación los problemas más palpi­tantes de la hora y exigir del Go­bierno y los políticos medidas urgentes y eficaces para salir del atolladero.

Si el compromiso básico, que el Episcopado antepone a cualquiera otra consigna, es el del amor prefe­rente a los pobres, estamos lejos de interpretar las angustias de las capas más necesitadas de la población. Colombia se ha desentendido de los pobres por haber perdido su vocación cristiana. Aquí se notan, más que en la mayoría de naciones del conti­nente, para no hablar del universo, las hondas desigualdades que sepa­ran a los menesterosos de los ricos, y eso explica la atmósfera de malestar que reina en el pueblo.

De la injusticia social nacen casi todos los males y no es aventurado afirmar que la subversión armada, con sus secuelas del terro­rismo y el secuestro, es consecuencia de la ineficacia del Estado para adoptar verdaderas soluciones. El actual Gobierno tiene como bandera prioritaria la de combatir la pobreza absoluta, pero se encuentra empantanado entre enfrentamientos partidistas y esterilizantes discusiones de los más altos voceros de la nacionalidad.

Mientras tanto, las ideologías ex­tremas y disgregadoras avanzan y hacen carrera fácil en el sector educativo, que debiera ser la brújula maestra para la formación de las juventudes, y en las organizaciones sindicales, preocupadas más por acabar con las empresas que por conseguir auténticas conquistas sociales. Los atentados que en los úl­timos días se han repetido contra las instalaciones petroleras, con lesiones enormes para la economía de la nación y por consiguiente para la seguridad de los trabajadores, son crímenes de lesa trascendencia que sólo caben en mentes apátridas.

Colombia está convertida en una real encrucijada. Parece una jaula de animales furiosos y, sin que a nadie le faltemos al respeto, un patio de locos. Esta cadena de asesinatos, de secuestros, de flagrante terro­rismo demuestra hasta qué grado hemos descendido al nivel de las fieras. El enceguecimiento producido por la droga y la sumisión a toda clase de tropelías, por parte sobre todo de la juventud carente de guías morales, menoscaba la armonía de los hogares.

La angustia que produce el de­sempleo, fenómeno de veras insólito en este país con tanto potencial eco­nómico, le hace perder altura a la vida y reduce la dignidad del indi­viduo. No podemos ser libres si vi­vimos bajo la esclavitud de la deso­cupación o del empleo mal remune­rado.

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Pide la Iglesia con énfasis que los políticos pongan el bien de la patria por encima de los intereses partidistas. Condena el sectarismo como virus fatal. Insiste en el diálogo como medio idóneo para fomentar la concordia y desterrar los antagonismos. Los dos partidos tradicionales, gracias a cuyo ánimo de entendimiento se habían logrado acuerdos para salvar los grandes escollos del pasado, no se ha­blan. Están ausentes de la mesa de conversaciones, como si el enfermo no estuviera grave.

«La democracia —dice el documento de la Iglesia— está amenazada en Colombia por despotismos que avanzan». Aguda crítica, sin duda. Todo un cuadro clínico, en fin, lo suficientemente explícito, sobre el que debe meditarse con serenidad y elevados propósitos a lo largo del nuevo año.

El Espectador, Bogotá, 15-XII-1986.

 

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