Archivo

Archivo para sábado, 15 de octubre de 2011

Marihuana en huevos

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Un habilidoso y en apariencia ino­fensivo ciudadano trató de pasar a la cárcel ocho huevos que contenían marihuana. Es un presente que por simple que parezca despierta malicia en la puerta del establecimiento carcelario. No es común que un preso sea obse­quiado con una remesa del vitamínico alimento, entre otras cosas porque de nada le serviría, si debe compartirlo con sus compañeros de reclusión.

El visitante se las ingenió de todas maneras para cambiar la clara y la yema por el contenido alucinante. Se ignora cómo hizo para aco­modar la yerba en forma tan meticulo­sa y luego sellar a la perfección la frágil envoltura. Esto indica que el delito se vale de muchas tretas para cumplir sus propósitos.

En las calles de las ciudades es una mercancía que se adquiere en cualquier  sitio que se sepa buscar. Hay también niveles de fumadores. Unos son abiertos y desenfadados, sin miedo a la ley. Son ellos los veteranos que ya no se detienen y retan el poder de la justicia, porque perdieron el temor a la sociedad o se dejaron em­brutecer. Otros lo hacen con pruden­cia y aun con inhibiciones. Pue­de que más tarde sean fumadores empedernidos, pero por el momento conservan el prurito social que les impide descubrirse ante parientes y amigos.

En las cárceles, el «taquito» que alguien buscó meter escondido entre cás­caras de huevo, es un regalo del cielo. Por lo general, el mismo guardián a quien tienen allí para frenar los intentos absurdos, resulta aliado indispensable del vicio. Está en sus manos ejercer muchos oficios, y como el sueldo es escaso y las obligaciones, apremiantes, no tiene reparo en servir de enlace de quienes transitan en los anchos caminos del delito.

Esta vez, sin embargo, algo falló. La mercancía que portaba la dudosa felicidad quedó detenida en la puerta. Por primera vez nos hallamos con la marihuana disfrazada de huevo. Casi que estoy a punto de felicitar al autor de la maniobra por ser tan ingenioso, pero no quiero exponerme a sospechas.

Cuando la marihuana sea legalizada, a lo que se llegará tarde o temprano, no se llevarán a la cárcel huevos ficticios. Tampoco reales, porque no tienen sentido. Al desaparecer el motivo de la tentación, disminuirán los consumidores de la yerba. O nos volvemos todos marihuaneros, o  nos seguimos alimentando con huevo limpio.

La Patria, Manizales, 20-XII-1980.

Categories: Temas varios Tags:

Invasión de doctores

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La cronista cultural de La Patria pide disculpas por haber puesto entre comillas el título de doctor que le otorgó a don Ovidio la Universidad de Caldas. Dice que además ha debido poner la palabra en mayúscula. En su acto de contrición manifiesta que en forma algu­na quiso con las comillas y la minúscula ser despectiva o irónica. Su intención era destacar la importancia del titulo.

Si no hubiera hecho la aclaración, todo habría queda­do perfecto. No sé por qué le dio a la cronista por rectifi­car una nota que está bien concebida. Y es que este “doctor», entre comillas y en minúscula, es lo que le cae de perillas a don Ovidio Rincón. El nuevo graduado no es un doctor cualquiera y por eso hay que distinguir­lo del común. Esto no sería ironía sino precisión.

En España el «don» es distintivo de difícil con­quista. Era, en otras épocas,  título nobiliario. Había que te­ner méritos para conseguirlo. Quizás hoy los tiempos sean menos exigentes, pero conservan auténtico el senti­do de lo que vale un caballero. El «don» es apelativo de dignidad reservado para la gente distinguida, para la gente culta.

En Colombia todo el mundo es doctor. Lo difícil es ser ”don”. ¿No ve usted, estimada Valentina, la invasión de doctores que salen de las universidades sin saber un comino de la profesión en que se gradúan? Muchos de estos ineptos –no todos lo son, porque también hay gente preparada– llegan a la empresa particular y a la administración pública exhibiendo su título profesional y todo lo desarticulan.

El país anda mal porque no tiene verdaderos doctores. Son pocos los que conquistan esa posición. Anteriormente eran los que ganaban, con suficiente dominio, aptitud para desempeñarse en una de las áreas del saber. La gente salía de las universidades con probada formación académica y se convertía en soporte de la sociedad.

El titulo de doctor va en decadencia porque la universidad colombiana lo dejó deteriorar. Es un fenómeno de los tiempos actuales. La capacidad del país está en las aulas, y cuando estas fallan, toda la estructura se derrumba. Ojalá las universidades graduaran todos los días a personas tan aptas como Ovidio Rincón. Peláez y Adel López Gómez, los últimos «doctores» que le hacen honor a la formación silenciosa. Dejémonos de embelecos y permitamos a los nuevos “doctores” que sigan disfrutando del “don” maravilloso ganado, como en España, con suficiente mérito.

Don Ovidio, por lo tanto, no tiene motivo para disgustarse cuando la cronista hace resaltar el título ganado en buena lid. Si en Colombia todos somos doctores, hasta la gente inculta, faltan los señores, los que se encarguen de reconquistar no sólo la tradición del país letrado, sino la sabiduría que se está escapando por falta de preparación.

El “don” es también sinónimo de caballero y lleva implícito el sentido de la buena crianza. La urbanidad, la cortesía, el porte amable son atributos que se están extinguiendo entre el arrebato de la vida moderna. Un doctor se consigue en cualquier parte, no así un señor.

La persona docta es cosa bien distinta. Al “don”, el caballero ideal, se lo robó la sociedad moderna.

La Patria, Manizales, 21-XII-1980.

 

Categories: Educación Tags:

Un forjador de cultura

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Existe en Manizales, bajo la dirección de Wadis Echeverri Correa, un grupo artístico conocido con el nombre de Hijos de la Tierra, cuya finalidad es  estimular las expresiones del folclor caldense a través de la música, la pintura, la poesía y la literatu­ra. Constituye una asociación de voluntades que bus­can, en el contacto con la naturaleza, la explicación del hombre y que creen en fuerzas superiores como rec­toras de la felicidad

Wadis Echeverri Correa es el perfecto quijo­te de estos tiempos ligeros que tienen afanes muy dife­rentes a los de hacer cultura en este planeta que se extingue por falta de ella. Motiva él, con su ejemplo y sobre todo con su vehemente dinamismo, la presencia de este grupo en la vida de Caldas, y si hay quienes lo catalogan de loco –el mote tradicional que siempre se les ha endilgado a los impulsores de la cultura–, desprecia el calificativo y se impulsa más en sus iniciativas.

No es fácil sostener el entusiasmo ro­deado de estrecheces económicas y de la indiferencia de los que menosprecian estas inquietudes. Si bien Los Hijos de la Tierra cuentan con una demostrada admiración del público que aplaude sus presen­taciones artísticas y que los buscan para conocer sus calidades, la parte financiera se resiente bajo el pe­so de la eterna penuria que es el distintivo de cualquier entidad cultural.

Ellos, muchachos alegres y que ignoran el pesimismo, no retroceden en sus propósitos y refinan más el arte. Para financiar sus gastos tienen montados talleres para la confección de instrumentos musicales autóctonos y arbitran otros recursos con los espectáculos de títeres, pintura o poesía con que llegan a la gente y que representan su medio de identidad.

Ahora a Wadis, luego de algunos tropiezos en Manizales, porque el año bisiesto no lo favoreció, le dio por volver a su nativa Filadelfia y allí acaba de fundar una original casa de la cultura. Escogió la guadua para confeccionarla y protegerla, como ingrediente típico y expresivo, y la rodeó de plantas y árboles. Este ambiente campestre, que cuenta además con piscina y otros atractivos de la naturaleza, alberga la sede de lo que será el Taller de Arte Carrapas, situado en inmediaciones del municipio caldense.

Allí, con Euclides Jaramillo Arango, cuyo nombre le fue puesto a la librería, con Otto Morales Benítez, que bautizó la biblioteca, y con un selecto grupo de poetas y escritores de Manizales, nos cercioramos de la vocación de estos quijotes que tienen el valor de establecer una sucursal en pleno campo. Es la naturaleza la que defenderá en adelante los libros y las pinturas e inyectará inspiración a quienes buscan la creación artística.

No es posible concebir al mundo sin humanismo. El hombre sin cultura será elemento vano. Quizá a Wadis se le califique en delante de más loco, pero él ya escogió su camino y no habrá de detenerse. Entiende el arte como una defensa del espíritu y no está dispuesto a entregar sus armas.

La Patria, Manizales, 17-XII-1980.

Categories: Cultura Tags:

Dos discípulos aprovechados

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Adel López Gómez y Ovidio Rincón Peláez acaban de recibir de la Univer­sidad de Caldas los títulos de docto­res honoris causa en Filosofía y Le­tras. Es el reconocimiento que hace el centro universitario de las cali­dades de estos brillantes exponentes de la literatura y el periodismo, que han cumplido fértiles jornadas, casi paralelas, en las nobles justas de la inteligencia.

Ambos, dentro de diferentes estilos pero semejantes propósitos, tienen iguales méritos para acceder a la más alta distinción que otorga una universidad. Han sido forjadores de una época y sus nombres ya se encuen­tran incrustados en la historia del Antiguo Caldas y del país entero, que los quiere y los admira. Luchadores incansables de las ideas y buen decir, no se han detenido en la senda del humanismo, del cual son discípulos aprovechados, en reto abierto a la indiferencia de los tiempos que se dejan llevar por el materialismo y no quieren encontrar el puerto seguro de la vida espiritual.

Ovidio Rincón Peláez, acaso el pe­riodista más prolífico del país, para quien se acabaron los secretos del ofi­cio pero no la vena de la inspiración, lleva en la sangre el alboroto creador que no le permite permanecer ocioso. Escribe a todo momento, ardoro­samente, y su palabra se desliza como un manantial.

Cáustico unas veces y susurrante otras, expresa juicios certeros, de buen recibo e indudable efecto moralizador. Vapulea las costumbres que se desvían de su cauce natural y pre­gona el sentido ético en todas las ma­nifestaciones del hombre, como la su­prema meta de la humanidad.

Su aldea empinada y solariega le imprimió la melancolía y la digna po­sición en la existencia. Lleva en su al­ma cantares campesinos y le duele que los tonos verdes de la patria se desdibujen en el turbión de los odios. Se parece mucho a los viejos poetas anclados al borde de los caminos y las cordilleras, para quienes el mundo, por extenso que sea, está circunscrito a unos metros de terreno: la aldea.

Adel López Gómez es otro producto de la tierra, del paisaje y la comarca.

Afortunado cantor del alma campesi­na, supo crear motivos auténticos en sus cuentos y en sus divagaciones de soñador y de poeta. La montaña le fue penetrando como una invasión que no puede rechazarse cuando el alma se vuelve permeable a los sonidos de la naturaleza. Después de sesenta años de hacer literatura, se quedó pa­ra siempre adherido al paisaje.

Es otro periodista de dimensiones des­concertantes, reflexivo y depurador de su prosa, para quien el lenguaje perdió sus misterios Con la misma propiedad y la misma vehemencia es­cribe una ficción que un comentario crítico. Encontró el punto exacto de la dicción y ya no tiene riendas para fre­nar su torrente interior.

Estos pioneros de la literatura y el periodismo, inconformes consigo mismos como si no fuera suficiente haber cumplido una vida de absoluta y magnífica realización, llegan a las cumbres del honor apoyados en sus obra, como reto para estos tiempos desprovistos de motiva­ción y de horizontes seguros.

La Patria, Manizales, 19-XII-1980.

 

Caprichos de la moda

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si la moda no existiera, el comercio estaría quebrado. Los artículos se consumen no tanto en razón de su nece­sidad,  como por el mandato de las costumbres. El ele­gante vestido de mujer, ese misterioso compendio de la distinción y la vanidad, que causa la envidia de otras mujeres y despierta el apetito de los hombres, deja de pronto de usarse porque «pasó de moda».

¿Qué es la moda? Un duende oculto, torturador y arbitrario, que descontinúa en el momento menos pensado el mejor atuendo de la mujer y el más sobrio vestido del hombre, para imponerles, en cambio, unas barbarida­des que no se aceptarían como lógicas si todo el conglo­merado no empezara a mostrarlas.

Ha sido la moda la gran dominadora de los tiempos. Una mujer hermosa, que por sí sola atrae admiración, deja de asistir a un acto social porque no tiene la falda con el distintivo que otras llevan, o porque “hoy ya no se ve bien esconder las piernas…» Y si el peinado no encaja dentro de los últimos dictados del peluquero, se aguará la fiesta. Los zapatos dejaron de ser cerrados, para volverse tentadoramente abiertos.

Las mujeres, desde ese momento, vo­larán a los almacenes en busca de las hermosas zapati­llas que han roto, de improviso, la tradición y es preciso exhibirlas para vivir dentro de los cánones del buen vestir. Como días después aparecerá el tacón ancho, por enésima vez, en lugar de la diminuta base que había formulado algún zapatero economizador, ha­brá que iniciar otra vez el recorrido habitual en persecu­ción del novedoso estilo que lleva la vecina encopetada.

Cuando se abre el ropero de una mujer,  cual­quiera puede descubrir en su propio hogar un increíble depósito de cosas antiguas, que llaman ellas, y que son las prendas a medio utilizar que han tenido que arrinconar­se por ser hoy inservibles. Los modistos, desde su trono impe­rial, planean otras líneas al día siguiente de lanzar las actuales, revolucionarias unas y bobaliconas otras, que harán recoger los trapos viejos para iniciar una nueva dictadura en el vestir.

La moda, en fin de cuentas, no es sino un sistema opresivo que hace delirar a las mujeres y torturar a los hombres. La cuenta en el almacén aumentará cada vez que sale otra novedad, y como la mujer, por instinto, debe renovarse de manera constante, habrá necesidad de adquirir varias unidades al tiempo, con ligeros cambios que hagan romper la monotonía. Pero al poco tiempo se tirarán de nuevo al rincón de los desechos, porque la trabillita ya varió la dirección, o el prensado de la blusa hoy está suprimido, o la falda debe ir ahora por encima de la rodilla…

También los hombres, aunque más tradicionalistas, vivimos presionados por los cambios. A los modistos les cuesta mayor esfuerzo convencemos, pero lo consiguen a la larga. Es más duro el hombre para aceptar la modificación de sus prendas, acaso por ser menos exhibicionista, pero también se deja dominar por la vanidad.

Cualquier día se modificó el diseño de la corbata y se fue pasando, en forma casi inadvertida, de la frágil telita con que todos nos sentíamos apuestos, al vigoroso lazo que parecía hecho para dominar un toro salvaje. Hubo protestas secretas por tanta exageración, pero al cabo del tiempo nos quedamos con la corbata gruesa por suponer que era símbolo de virilidad. El tamaño del nudo se convirtió en emblema sexual y nadie quería mostrarse de inferior potencia. Vuelve hoy la corbata a su antigua dimensión y ya comienza la curiosidad por saber quién es más hombre: si el que permanece con la firme lazada anterior o el que regresa a la desmirriada rayita de la moda actual.

Cambiar de carro es igualmente prurito social. Lo mismo de casa y de chalet, y casi iba a decir que de mujer. La revolución del mueble es otro de los arrebatos que no se entienden. Se sale del mejor mobiliario únicamente por veleidad. Al mismo tiempo habrá que actualizar las alfombras y las cortinas, porque hay que ser modernos. Las molduras de los cuadros pasaron a ser metálicas. Dentro de algún tiempo volverán a sus viejos moldes, y para entonces ya no existirán las estructuras que se habían desmontado. La moda es un círculo vicioso.

De trapo en trapo y de capricho en capricho, la moda se ríe de la humanidad. El orgullo manda. Nadie quiere permanecer atrás. Quien lo haga tendrá carácter, pero se verá como un parche en medio de la sociedad exigente que cambia todos los días de apariencia. Desentonar no es, por supuesto, buena fórmula y traería desequilibrio social, y lo que es peor, desajuste emocional. Lo mejor, entonces, será vivir a la moda, para que no nos califiquen de atrasados y de tacaños.

La Patria, Manizales, 16-XII-1980.

Categories: Temas varios Tags: