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Archivo para sábado, 15 de octubre de 2011

Monguí, tierra de ensueño

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

A corta distancia de Sogamoso, por carrete­ra bien conservada, se encuentra el municipio de Monguí, recostado en una explanada solitaria. A su lado se desliza el río que lleva su nombre, de aguas limpias y pensativas. Allí el paisaje boyacense se im­pone con densidades taciturnas, que invitan a la contemplación y a la paz del espíritu.

Es pueblo de larga historia, cuya fecha de na­cimiento se remonta a 430 años. Desde los alrededo­res sobresale la torre de la Basílica, famoso templo construido en el siglo XVIII y que alberga una Virgen portentosa, en cierta competencia con su vecina de Morcá, otro atractivo de romerías y milagros.

Es el templo de Monguí, junto con el extinguido convento de los franciscanos que se halla pegado a él, uno de los más deslumbrantes monumentos del arte colonial, convertido en pinacoteca que retiene obras de incalculable valor, de Vásquez y Ceballos. Motivo de admiración es el retablo de la Madona, imagen renacentista de gran hermo­sura que atrae caravanas de turistas de todos los si­tios del país.

El turista se desliza por entre las acuarelas del contorno típicamente campesino, y entrando al pueblo, lo recibe la primera piedra centenaria que atestigua la presencia de un sitio tallado sobre la roca que parece emerger de la prehistoria. Allí esta­rán las casas solariegas y las tapias embardadas, co­mo testimonio de épocas lejanas.

El escaso vecinda­rio permanece de puertas para adentro de sus resi­dencias entregado a la industria de los balones de fútbol, actividad que desplazó a la agricultura y que permite a sus habitantes obtener razonables ren­dimientos económicos. Oficio que practican to­das las familias, con arte y entusiasmo, y sin embar­go no tienen en el pueblo un campo de fútbol.

Las calles, que huyen del modernismo, se en­cuentran clavadas sobre piedras rojas y rectangula­res, en esplendente espectáculo de simetría y firmeza. Los blancos portalones y los espaciosos coberti­zos hacen pensar en épocas de caballerías y remo­tas costumbres manchegas.

La Basílica se levanta majestuosa como guardiana de aquella heredad que no han logrado deteriorar los años. Detenido el turis­ta en mitad de la plaza, se impresiona con la soledad y se maravilla con la fantástica arquitectura que circunda la majestad del pueblo quieto, con siglos de historia, que le huye al turismo falso que termina­ría robándose sus costumbres recatadas.

Por eso, Monguí no quiere restaurantes ni tabernas y prefiere recogerse en sus recónditas intimidades. El boyacense, reser­vado y cauto, lleva en el corazón el paisaje de su tie­rra y no se presta para sospechosas mutaciones.

Monguí se mantiene prevenida contra el cambio mutilador. Repudia las cantinas y los sitios jacarandosos. Consume apenas los licores hogare­ños y rechaza el turismo de las alegres mujeres y los tragos embrutecedores. No quiere dejarse robar la tranquilidad lugareña y no le importa tampoco que a corta distancia la vida se mueva con otros ritmos.

Un puente de piedra atraviesa la hondonada y conduce al final del pueblo, por donde continúa el camino de herradura que se pierde entre la montaña recelosa. Es la montaña que cuida del sosiego de es­tos moradores callados e industriosos que desperta­ron con la noticia de que su terruño fue el premiado en el concurso del pueblo más lindo de Boyacá. Los monguíes no tuvieron necesidad de enlucir una fa­chada ni de cambiar una piedra, porque la belleza de su solar es permanente y auténtica y no necesita de retoques para ser fascinante.

Saben ellos que tienen un tesoro, y si lo compar­ten con los miles de turistas,  es para que Colom­bia les ayude a conservarlo. La Basílica, monumento nacional, vive temerosa de los asaltan­tes, con la mirada atenta de quienes saben custodiar el arte. En Morcá le robaron a la Virgen su preciosa corona, y los habitantes de Monguí se man­tienen prevenidos para que no le suceda lo mismo a su soberana protectora.

Este sencillo municipio boyacense, de escasos ocho mil habitantes, de calles pulcras y piedras relucientes, es una invitación a la paz del alma, esa que sólo se consigue entre la despre­vención de la vida simple. La naturaleza, que es sabia, no ha permitido la perturbación del lugar apacible que no cambiarían los monguíes por la urbe más tumultuosa del planeta.

El Espectador, Bogotá, 21-XII-1980.

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Germán Arciniegas, o la vitalidad

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Llega Germán Arciniegas a los ochenta años de vida gozando de una salud envidiable. Si los periódicos no recuerdan la edad del maestro, bien pudiera él dis­minuirse los años, como las mujeres, pero con la certe­za de que en su caso el almanaque lo traiciona­ría. Tal parece que la fecha lo cogió de sorpresa, por lo acostumbrado que está a sentirse joven. Lo demuestra, y además el país se halla ante uno de los ejemplos des­concertantes del vigor físico y la fuerza espiritual que pregonan plena vitalidad.

Germán Arciniegas es la parábola viva de la juventud, y aquí no se incurre en ningún eufemismo, porque no sólo aparenta buena disposición corporal, sino que re­frenda exuberante salud mental en sus obras y en su constante ejercicio como catedrático y escritor.

Ha encontrado las fórmulas del buen vivir como el obsequio escondido que la naturaleza concede a quie­nes saben encontrarlo, pero que niega a quienes no aprenden la filosofía de la subsistencia. Acostarse tem­prano y levantarse temprano es, entre otras, una regla sabía que él ejerce para sentirse lúcido y productivo.

Abierto su espíritu a la evolución de las generacio­nes, nunca se ha sustraído al diálogo con los muchachos, con quienes se confunde en alegre contacto con la reali­dad del mundo. No subestima las tendencias de los nuevos tiempos, sino que copia de ellos sistemas para amoldarse a las variables circunstancias de la época, que para otros son frustrantes y deprimentes. La depre­sión y el simple desacomodo ambiental o espiritual re­cortan los años y hacen al hombre desgraciado.

Critica los desaciertos de la juventud colombiana que se ha dejado dominar por la marihuana y la frivolidad de las discotecas, pero lo hace sin angustia y con el pro­pósito de ser un buen padre orientador, y no un maestro regañón. De una de esas discotecas salió una vez con el pesar de que los muchachos iban a ser sordos antes de los 40 años, y no volvió por allí para no atentar contra su sana audición.

Como catedrático enterado de las reformas universitarias y compenetrado con la mentalidad de es­ta época de conflicto y permanente choque, ausculta en sus alumnos la transformación de la humanidad. Se mezcla con la juventud y sus problemas para sentirse joven. Prefiere que lo quieran a que lo respeten.

Recorre todos los días buenas distancias a pie, como lo aconsejan los cánones de la salud, y su cuerpo, por eso, se mantiene vigoroso y elástico. No deja entrever los años que hoy le recuerdan los periódicos, y no se preocupa de la edad provecta porque sabe que esta es una ficción cuando la mente vive sana. Sigue los consejos de Lin Yutang que enseñan a los viejos a gozar de las emociones y retener las energías físicas. Recuerda que un corazón consentido es la mejor garantía para una vida abundante.

Es el suyo un corazón pleno de amistad y afecto. Gabriela, la afortunada esposa, ha sido la depositaria de un amor sin eclipses que le ha hecho crecer la dimensión del alma. «El amor, dice el maestro, es bueno porque tiene pasión, porque es conflictivo y porque realiza la confrontación de los sexos».

El corazón, entonces, es el gran motor que atrofia las fuerzas si se le deja debilitar, pero que engrandece la existencia cuando se le trata con cariño. Hay que llenarlo con amor para que responda con generosidad.

Germán Arciniegas es un privilegiado de la vida. Cuando a sus años otros están doblegados por la decrepitud, él exhibe energías y gozo para más largos recorridos. No quiere sentirse jubilado, porque sería tanto como convertirse en un mueble inservible. Es hombre activo que no entra en el deterioro del jubilado sin oficio. Ha escrito cuarenta libros y continúa trabajando con alegría en otros proyectos. No conoce la fatiga, y menos la pereza.

Su trayectoria le da lustre a Colombia por la profundidad y la donosura de su pensamiento. «El arte de la vida, escribió André Maurois, consiste en elegir un punto de ataque y en concentrar en él las fuerzas». Para qué agregar que este viejo ilustre, a quien se le dice viejo por afecto y no por evidencia, se adueñó del secreto de las fórmulas de vida certeras.

La Patria, Manizales, 12-XII-1980.

 

El imperio de los bartolos

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Anda de malas Hernán Gallego Arbeláez, secretario de Hacienda del departamento, cuando a la aburridora interinidad a que lo tiene sometido la politi­quería regional se suma un borracho marihuanero que las emprende a golpes contra su asaltado organismo.

Según la noticia del periódico, el sujeto Bartolo Dávila, vecino del  secretario de Hacienda, venia rondándolo desde tiempo atrás, como lo hace el gato so­bre el ratón, hasta que al fin logró encontrar­lo de cuerpo entero y, sin darle ocasión de reaccionar, le descargó soberana tunda, a mandoble limpio e impul­saos alienados, dejando desorientadas las finanzas oficia­les.

Hernán Gallego Arbeláez, tranquilo ciudadano que con na­die pelea, no se imaginaba que el denuncio que había puesto para que Bartolo Dávila dejara de alterar la paz del ba­rrio con un gramófono a todo volumen y con sus frecuentes bohemias, provocara semejante arremetida. Hernán Gallego intervino a nombre de todos los vecinos e invocó el peso de su autoridad, la que en este caso se volteó contra él mismo, porque la órbita de mando de Bartolo era superior.

Se suponía que en corto tiempo se restablecería la tranqui­lidad, pero todo hace pensar que ha quedado más altera­da. Desde que Bartolo viene convertido en jefe de una pandilla juvenil y entregado al deporte de saltar en mo­tocicleta los obstáculos que Gallego Arbeláez hizo cons­truir sobre el pavimento, demuestra que no le tiene miedo al jefe de las finanzas departamentales.

Desde entonces El Nogal, barrio que ignoraba el alboroto, no ha vuelto a tener sosiego. Hernán Gallego no tendrá así cabeza serena para combatir el contrabando de licores ni enderezar las cifras de su despacho.

Eran dos fuerzas que se encontraban a hurtadillas: la de mi estimado amigo Hernán Gallego, de espíritu tranquilo y tranquilizador, y la del alborotado pandillero que goza retando la resistencia de las autoridades y la paciencia de sus vecinos,  entre los que hay jueces, magistrados y economistas, y entre todos no son capaces de desalo­jar el ánima perturbadora.

Había indicios funda­dos para el triunfo de la razón sobre la locura, pero suce­dió lo contrario. Bartolo, que está sobreprotegido en su hogar, se sentirá hoy rey del ba­rrio, si la fuerza pública no ha podido interferir sus andanzas y calaveradas.

La ciudad está llena de bartolos y vive intimidada por ellos. Cuando no son los motociclistas que, sin res­petar norma alguna, irrumpen en cualquier dirección ex­poniendo la vida de los transeúntes, son los marihuaneros que al amparo del paternalismo incursionan por los mundos del atropello y el desenfreno.

La sociedad mira atónita estos desvíos de la conducta y no consigue defenderse de los peligros que la acechan detrás del mucha­cho desubicado que salta fronteras, como lo hacía Barto­lo, y como lo continúa haciendo, seguro de que nada malo habrá de sucederle. Cuando más, lo llevarán al permanente y lo someterán al rutinario in­terrogatorio del que saldrá bien librado.

De nuevo en el barrio o en el sitio de reunión con sus camaradas, tramará la manera de vengarse de quien lo hizo conducir al permanente. Vendrá el ajuste de cuen­tas, como sucedió en este típico episodio de la vagancia, y perderá el ciudadano honrado, el personaje del cuento representado por Hernán Gallego, caballero cabal, el sujeto preciso para ser vapuleado en la vía pública. Pero la víctima bien puede ser usted, que parece reírse de estas trastadas del des­tino, y también el cronista, que no ignora de lo que son capaces los bartolos.

Vamos a tener que encomendarnos a al­gún santo protector de las trompadas, pues bien claro está que no valen influencias oficiales ni asociación de vecinos para huir de los espíritus traviesos. O utilizar sus mismas armas, como quien dice, aprender a mane­jar la yerbita y luego volar por los aires a merced del arrebato mental y la emoción delirante.

La Patria, Manizales, 11-XII-1980.

 

 

 

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La cara fea de Armenia

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Sin darnos cabal cuenta, Armenia se deteriora todos los días. Cuidar la parte estética de la ciudad debería ser uno de los principales empeños de toda administra­ción. Los parques, los jardines, las avenidas florecidas entran al espíritu y producen regocijo. En esto somos cuidadosos. El turista admira el esmero con que se mantienen varios de nuestros sitios de exhibición. Pero se desencanta cuando advierte el desaseo de las calles y el abandono de las fachadas.

Unas manos femeninas, casi invisibles, cuidan la vi­da de las flores y le regalan a la ciudad la sonrisa que el turista encuentra con sólo iniciar el recorrido por nuestros predios. En cambio, otras manos dañinas destruyen fa­rolas y escriben consignas afrentosas en las paredes. Son enemigos públicos que avanzan en la penumbra, sin obstáculos ni castigo.

Armenia se desgasta, y así la de­jamos. Está, en primer lugar, el problema de sus casas vie­jas en pleno centro, que no se echan al suelo porque sus propietarios todavía no han calentado del todo la gallina de los huevos de oro. Son los famosos lotes de engorde que acumulan crecientes utilidades. No hay afán por edificar en ellos porque se espera, al amparo de la generosidad municipal, una valorización superior.

Así pasan los años, sin ninguna presión de la Alcaldía. La remodelación de Armenia debe ser programa vigoroso y armónico que rechace los lotes vacíos y las casas en ruinas. Y que imponga patro­nes serios de construcción.

Llenar lotes con construcciones provisionales es otro atropello que facilitan las autoridades. Quien no quiera o no pueda construir a la altura de las exigencias, debe ser obligado a vender. La ciudad exige moldes preci­sos. Hay que llegar a la ciudad llena. Y a la ciudad mo­derna.

No es lo mismo poseer una casa antigua, bien conservada, que una casa en ruinas. Muchas de las viejas construcciones en bahareque se están cayendo fatigadas por los años. Por ahí las vemos inclinadas, como tristes ancianas mendicantes, obstruyendo el paso de los transeúntes y atentando contra sus vidas.

Son los andenes otro de nuestros grandes problemas. Parece que en la zona comercial cogieron ventaja. Hoy no se puede recorrer con tranquilidad el centro de la ciudad. Estamos expuestos a los raponazos y a fracturarnos una pierna en cualquier hueco que se abre en todas partes. Los andenes están averiados, incompletos, perforados. Se necesita una cruzada para recuperarlos.

Y además para que se enluzcan las fachadas de los edificios y las residencias. Hay que lavarle la cara a la ciudad. Una niña bonita, pero mugrienta, se ve fea. Los andenes no sólo presentan grandes desperfectos, sino que sobre ellos, lo mismo que ocurre con la vía pública, se depositan materiales de construcción por días interminables.

Nos acostumbramos a convivir con esta clase de estorbos y adefesios y por eso no protestamos. También nos acostumbramos a la mugre y a los afiches que invaden la ciudad, a los huecos en las calles, a las casas en ruinas y al abandono, en fin, del buen gusto. No seamos apáticos con la urbe moderna que reclama mantenimiento.

Son lunares que hay que borrar. Esto hace de Armenia una ciudad fea. Las flores nos inyectan vida por otros ángulos, pero su aroma se evapora entre malos olores.

Mientras delicadas manos femeninas consienten los parques y las avenidas, manos destructoras atentan contra el urbanismo. No es posible que por simple indiferencia aceptemos el abuso diario contra la estética y la buena conducta ciudadana.

La Patria, Manizales, 14-XII-1980.

 

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Morales Benítez y el pueblo

sábado, 15 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ha venido insistiendo el doctor Otto Morales Benítez en que su eventual candidatura presidencial, de la que ya se habla con entusiasmo en distintos núcleos de la opinión publica, solo será posible si el pueblo la de­sea. Considera él que ser candidato de su partido es un acto que depende de la voluntad expresa del pueblo. Así volvió a corroborarlo en el homenaje que un grupo de intelectuales de todos los sitios del país le tributó en días pasados en la ciudad de Pereira.

Otto Morales Benítez invocó al pueblo como el soberano dispensador de la democracia. «El pueblo –dijo– tiene su desdén y su protesta; guarda silencio, no aplaude, no rodea a quien lo quiere someter. Y cuando se trata de decidir, no vota».

En este homenaje, que contó con la presencia del pueblo y además con la participación de distinguidas personalidades del país, como el doctor Lleras Restrepo, y un brillante grupo de periodistas y escritores, fueron destacadas las virtudes cívicas e intelectuales de este denodado batallador de la democracia y la inteligencia, convertido hoy en una de las esperanzas más positivas del país.

Analizó Morales Benítez el deterioro de la moral y re­clamó mayor participación de las masas para no permitir que el país continúe precipitándose hacia su disolución. Es un país resignado que todos los días se encuentra con una nueva frustración, y que sin embargo no reacciona ante tanto atropello a que está sometido. Dominado hoy por las mafias y los gamonales de todas las denominaciones, parece un ente sin voluntad para recuperarse. La moral pública está pisoteada y se ha perdido la noción de la decencia porque no entendemos que es preciso rebelarnos contra los malos dirigentes que conducen a su acomodo los destinos de un país adormecido.  

«De allí que se necesite de una batalla nacional para impedir que siga progresando esta manera de pervertir la vida», agregó Morales Benítez, y reclamó «una insurgencia del común contra los sistemas de intimidación”. Esa movilización social que parece tardía, pero que debe reactivarse, será la que ha de imponer en el futuro inmediato un rumbo diferente.

Resultó estimulante para quienes creemos en la existencia de hombres con capacidad de dirigir grandes movimientos de opinión pública y de reivindicación social, ver a Morales Benítez pregonando con voz sonora y decidida estos principios que buscan rehabilitar nuestro perdido nacionalismo. Ojalá, como él lo pide con vehemencia, se forme una conciencia de masas, de crítica y de suficiente análisis, y sobre todo resuelta a no dejarse atropellar, que mire por encima de los afanes burocráticos y la politiquería para salvar a la patria del derrumbe a que está llegando.

La Patria, Manizales, 6-XII-1980.

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