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Archivo para domingo, 16 de octubre de 2011

El sofisma universitario

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La universidad se aleja cada vez más de la realidad colombiana. Si por tal se entiende el campo que for­ma al estudiante en las disciplinas de una ciencia o un oficio, habrá que reconocer que el país no dispone ni de cupos ni de ambiente más idóneo para capacitar a los dirigentes del ma­ñana. El mayor rompecabezas de los estudiantes de bachillerato, y desde luego de sus padres, es saber qué irá a ocurrir después de obtenido el decaído título escolar que antes, por lo menos, cuando había menos doc­tores, se convertía en una defensa. Hoy cualquiera es bachiller, pero también cualquiera es doctor, mientras no se demuestre lo contra­rio, como afirmaba Alzate Avendaño.

La explosión demográfica del país hace menos accesible, por lógica, el acceso a la universidad, pero además la ligereza impuesta en los estudios superiores, dominados por huelgas y afanes inexplicables, limi­ta la formación que debiera ser ga­rantizada para quienes logran llegar al campo universitario. El estudian­te bachiller no puede darse el lujo de buscar la carrera de su preferencia, sobre todo si es de las tradicionales, porque en cualquier sitio del país la demanda supera muchas veces la disponibilidad de los cupos.

Comenzará entonces el aspirante su peregrinaje por todas las univer­sidades del país, con  desgaste no sólo físico sino también emocional, para no hablar de la parte económi­ca, y en cada una de ellas quedará inscrito su nombre como remo­ta perspectiva para ingresar al círcu­lo de los privilegiados. ¿De cuáles privilegiados? Lo cierto es que tam­poco puede considerarse esa coyuntura en los que obtienen el pase de favor, ya que de ahí en adelante, por las circunstancias ya comentadas de huelgas y superficialidad, la educa­ción adolece de serios defectos.

Quienes han tenido que cambiar de rumbo al no lograr matricularse en el área de su vocación, no sólo serán unos frustrados sino ma­los profesionales. En esto no pode­mos engañarnos. Escoger un oficio debe corresponder a un acto de con­vencimiento, y seguir otro, a veces opuesto, es tanto como traicionar la conciencia. La sociedad pagará más tarde las consecuencias. El país, ba­jo tales desvíos, no puede caminar bien. No es extraño, entonces, observar la incompetencia que nos ro­dea en todas las direcciones y que a veces queremos atribuir  a la frivolidad tan característica de la época, sin recapacitar en que es el Estado el que de­muestra menos acierto para en­cauzar las nuevas generaciones.

Y no se entra, por la brevedad del comentario periodístico, en los costos de la educación. Pero será preciso anotar de pasada que tal cir­cunstancia es  frustrante para un crecido número de hogares que carecen de recursos para sostener las carreras de sus hijos. Estudiar en Colombia es una utopía. Existe deplorable desenfoque de una realidad que to­dos señalan pero que no se ve fácil corregir dentro del enorme labe­rinto de los problemas insolubles.

La República, Bogotá, 22-IV-1981.

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La vela y el bombillo

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El país creía haber superado la época de la esperma. A comienzos del siglo y algo más hacia adelante era imprescindible la vela, porque la luz eléctrica apenas se vislumbraba como un adelanto sin mucha certeza. Los pueblos conseguían con dificultad su planta elemental, de escasa potencia y sin demasiadas pretensiones, que en­cendía con desgano y por turnos los pocos bombillos que comenzaban a desplazar el hasta entonces indispen­sable candelero.

Las familias más pudientes, una especie de burguesía castigadora, habían dado un paso ha­cia la civilización con la lámpara de gasolina, otro invento deslumbrador que hoy no se aprecia en sus justas proporciones porque en aquellas ca­lendas existía aún mucha distancia de los increíbles progresos de los tiempos actuales.

Cambiar el estertor de una vela por la potente y hasta prepotente lumino­sidad de una Coleman era como traer el sol a la noche. Así se pregonaba aquella audacia. El aparato misterioso que irradiaba una luz estable y vigorosa, dominaría una época de asombro. Despedía rayos como lanzando cho­rros de vida.

Comenzó a retirarse de los hogares cuando el municipio co­lombiano se dio aires progresistas. No era fácil dotar a las comunidades de su propia planta eléctrica, con todas las arandelas y los requisitos que suponía un programa de esa índole, pero como el hombre, monstruo insaciable y aventurero, no se detiene en sus in­cursiones científicas y no se atemoriza ante lo incógnito, a la vuelta de los años ya conocíamos el bombillo como un dios precursor de reservadas reve­laciones.

Y así fuimos entrando silencio­samente a la era de la electricidad, con cautela pero con certeza, tratando de dominar un derecho que parecía esquivo y que era preciso poseer para seguir invadiendo otras áreas. La bandera de la civilización, con la que se han ganado tantos privilegios y se han perdido tantos sosiegos, se man­tendrá siempre desafiante en manos del hombre, para bien o para mal. Después se sabría de inmensas re­presas hidrográficas, generadoras de miles de kilovatios, y se armarían complejos engranajes a lo largo de nuestra absorta geografía. Había irrumpido el grito de la tecnología.

La triste vela, con la que tanto escritor se quemó las cejas tratando de escribir su mensaje para las futuras generaciones, que­daba convertida en pavesas. El país se iluminó y a lo largo de sus carreteras y caminos, en campo abierto como en la escondida vereda, ya no era posible sino la luz articulada del modernismo. Acaso nos acos­tumbramos mal. Botamos corriente hacia todos los confines y un día, cuando menos lo esperábamos, vol­vimos a quedar en tinieblas.

Nos explicaron que habíamos lle­gado a la crisis del petróleo, el mayor dictador de los tiempos presentes. Poco a poco comenzó el racionamien­to, al principio como un juego y finalmente como una dictadura. Nadie entendió que eso fuera posible en pleno arrebato de la tecnología, y por más que el Gobierno hacía cuentas y ce­rraba las palancas del fluido, la gente hablaba de imprevisiones.

No se entendía cómo, de la noche a la mañana, había podido dilapidarse el tesoro conquistado después de medio siglo de avances.

Ya ni siquiera le queda fácil al país volver a la dulce placidez de la vela, porque el hombre no se resigna a los retrocesos. Se halla, en cambio, perplejo ante estos fenómenos de la humanidad desprogramada que primero da mucho y después lo recorta. Y en secreto lanza una maldición contra las autoridades por no permitirle disfru­tar de mayor luminosidad en momen­tos que requieren verdaderos chorros de salvación.

El Espectador, Bogotá, 30-IV-1981.

 

Presencia de la banca

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Acaba de realizarse una importante reunión de los ge­rentes de bancos de Armenia y en ella se ha acordado man­tener en adelante un contacto permanente para examinar la vida económica de la región. En este primer encuentro, que sucede después de largo receso, se pone de presente el interés de los representantes de los bancos por constituirse en cuerpo deliberante, como sin duda lo es, para que su presencia en los destinos de la ciudad se sienta como una entidad engranada y orientada bajo co­munes propósitos.

Es la banca, por su esencia, la reguladora de los negocios y la que en nuestro medio tiene más influencia en el desarrollo de la comunidad. Las gentes acuden a los bancos en demanda de recursos crediticios para empujar sus actividades económicas y cuentan también con la ase­soría de organismos especializados en irrigar recursos con fines útiles. No todo crédito cumple una finalidad social, y esto es evidente cuando contribuye a crear efectos especulativos o inflacionarios.

La banca en nuestra ciudad, de larga y meritoria exis­tencia, ha sido siempre la gran orientadora de la vida económica y ha participado en forma decisiva en los pro­gramas más importantes del servicio público. Conforme Armenia ha venido creciendo y transformándose en el cen­tro pujante que hoy es, nuevos bancos han abierto operaciones en la plaza y otros estudian la misma posibilidad para el futuro inmediato. Todos emulan en la sana compe­tencia de prestarle un servicio a la comunidad, y no siem­pre, valga la pena mencionarlo, dentro de las condiciones más ambicionadas, porque el decaimiento económico que muestra la región en los últimos tiempos restringe la actividad bancaria.

Habría que deducir que si el cliente necesita del banco, el banco no puede prescindir del cliente. Esa mutua colaboración es la que hace posible que la banca flote y se desarrolle como negocio rentable que no puede dejar de serlo.

La banca colombiana es de las más respetables del continente. Y eso, en lo local, es apenas un reflejo de la situación nacional. Por diversas causas se había venido posponiendo la necesidad de aglutinar en una sola fuerza estos empeños aislados de trece entidades que funcionan con iguales propósitos. Se nota ahora especial interés en mantener estas reuniones frecuentes como un imperativo para participar con mayor claridad e influjo en los programas de Armenia, y también, desde luego, para vigilar la vida de los negocios y controlar los propios sistemas.

La Patria, Manizales, 9-IV-1981.

 

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El morbo de la política

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

¿Será usted capaz de combatir la politiquería, señor Gobernador? ¿Lo será usted, señor Alcalde? Cada uno lo ha afirmado en su discurso de pose­sión. El pueblo cree en sus buenos propósitos, pero tiene razones para dudarlo. De entrada han demostrado que quie­ren hacerlo. Han formado sus gabinetes con personas alejadas de las pasiones políticas, la mayoría de ellas identificadas con las urgencias cívicas.

Es buen comienzo, sin duda. Alrededor de estos nombramientos se ha producido caudaloso plebiscito ciu­dadano, lo que indica la aspiración de la gente de contar con elementos capaces. El deterioro vendrá después, afirman muchos. La garra de la politiquería se im­pondrá más tarde, aunque quiera evitarse. Por ahora nos atenemos a los hechos y expresamos optimismo por que la nueva administración del Quindío, que tiene categoría e independencia, logre mantenerse protegida contra los viejos vicios.

El doctor Héctor Agudelo Zuluaga ha pronunciado un excelente discurso al posesionarse de la Alcaldía. En tono reposado y sencillo, sin grandes anuncios y alejado de la ostentación, mostró su voluntad de querer servir con eficacia los intereses de la comunidad. Manifestó que no es hombre de odios y que, por el contrario, está abierto a todas las opiniones y dispuesto a escuchar consejos. Agregó que su administración no será botín de nadie. Es su mejor anun­cio y ojalá tenga en el decurso de los días la necesaria entereza para no dejarse comprometer ni desviar.

La política, que es el arte de gobernar los pueblos, cambia de ropaje cuando pretende apoderarse de los cargos como única bandera de combate. En tal forma suele equivocar sus finalidades, que hace de la burocracia su razón de ser.

Olvida que en sus manos está la suerte de la comunidad y, sin mayores reflexiones, desvía la labor gubernativa en la discu­sión de un puesto secundario. A las casillas del presupues­to se llega con rótulo partidista, pero sobre todo con afán de enriquecimiento. Hay ociosidad e ineficacia, porque no existe la verdadera carrera administrativa donde se exijan méritos como única fórmula de comportamiento.

A los empleados públicos les interesa, ante todo, estar bien apadrinados. Esta condición, que suele ser el pasaporte para obtener un nombramiento, es la que más debiera combatirse. Los gobernantes gastan la mayor parte de su tiempo resolviendo menudos pleitos de la burocracia. O sea, viven presionados por la politi­quería. Las grandes obras, mientras tanto, quedan aplazadas. El pueblo, angustiado y urgido de soluciones, presencia con desconcierto esta rebatiña de apetitos e intrigas y no ve la acción de sus personeros en los altos mandos de la admi­nistración.

Confiemos en que los doctores Niño Díaz y Agudelo Zuluaga, dos voluntades dispuestas a orientar los asuntos pú­blicos bajo otros lineamientos, sean en realidad capaces de defenderse contra el morbo de la política, el mayor desastre de la vida colombiana. Por lo pronto, la ciudadanía los respalda y los aplaude.

La  Patria, Manizales, 2-IV-1981.

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Ministerio de Cultura

domingo, 16 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En su gira por el Quindío expuso el doctor Virgilio Barco la idea de crear el Ministerio de Cultura como fórmula para impulsar el desarrollo intelectual y artístico del país y preservar las expresiones autóctonas del pueblo. Una rama del Estado que tenga el necesario dinamismo y recursos económicos más generosos para acometer tan magna empresa, vendrá a ser la gran orientadora del inmenso patrimonio espiritual que anda disperso y a veces huérfano de protección.

No se descartan los logros del Instituto Colombiano de Cultura. Las bases están puestas para pensar más en grande. Esta entidad ejecuta, con grandes dificultades, excelentes programas y se ha puesto a la vanguardia de este empeño incentivador. Sus realizaciones de los últimos años son elocuentes. Ha sido la abanderada del libro colombiano, libro económico y bien presentado, a la par que bien escogido para que llegue a todos ­los públicos. Ha rescatado obras inéditas y olvidadas y estimulado las nuevas creaciones. Ha despertado interés por los museos y las casas de cultura, al igual que por la música y el teatro. Pero no alcanza a llenar todos los frentes, y a la provincia llega con menos vigor.

Tan amplia gama de servicios, no siempre justipreciados, representa uno de los avances significativos de los últimos gobiernos, que han emulado en estos nobles propósitos. Hoy se impone una acción más audaz. El Ministerio de Cultura tendría mayor campo de acción. Y no se trataría del simple cambio de nombre, sino de buscar engranajes más adecuados. De entidad subalterna que es Colcultura, limitada por presupuestos estrechos y sin el suficiente influjo en las grandes decisiones nacionales, pasaría a ser la rectora de una activi­dad que no tiene aún toda la dinámi­ca que se requiere.

Todo cuanto tienda a elevar el nivel intelectual del pueblo y que efec­tivamente lo consiga, será un paso más en la civilización. El hombre no logra su pleno desarrollo mientras culturalmente permanezca atrasado.

El actual Ministerio de Educación, que es el encargado de vi­gilar y fomentar los planes pe­dagógicos y de alfabetización, apenas consigue flotar entre las crisis permanentes del profesorado y las protestas estudiantiles, fenóme­no de los nuevos tiempos. La cultu­ra se ve en muchos casos relegada a segundo plano y por eso reclama herramientas más efectivas para su orientación como una de las fuerzas más poderosas de la sociedad.

La idea del doctor Barco es útil para cualquier Gobierno y no debe mirarse sólo como una bandera elec­toral. Llevarle cultura al país es defen­der su libertad y asegurar la digni­dad humana.

La República, Bogotá, 31-III-1981.

 

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