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Archivo para lunes, 17 de octubre de 2011

¡Despierta, Colombia!

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Aciago año para los colombianos el de 1985, que pasará a la historia sal­picado de sangre y saturado de cala­midades. Fueron primero las fuerzas de la insubordinación, en permanente reto a la democracia y en progresivos y sangrientos combates, las que pre­tendieron trastocar el orden legal hasta cometer la mayor barbarie con el sa­crificio de los magistrados y demás víctimas inmoladas en el Palacio de Justicia.

Y luego, cuando la nación estaba aún anestesiada por tanta se­vicia —que no es concebible en seres humanos— sobrevino el cataclismo provocado por el Nevado del Ruiz, que sepultó una población entre lodo y lamentos, en la mayor desgracia que haya producido en el mundo un volcán durante el presente siglo.

Decir que Colombia está de luto no precisa el verdadero alcance del drama. Digamos, más bien, que está des­membrada física y moralmente, a merced del desconcierto y la inercia. Atónitos ante tanto desastre, hemos perdido la razón para entender lo que ha sucedido; y no comprenderemos jamás cómo es posible que tras el ho­locausto de la justicia se enfurezca la naturaleza, con sus insondables pode­res, hasta borrar del mapa un pueblo entero. Pero hay que seguir adelante. Es preciso sobrevivir.

Y como si no fueran suficientes estas desgracias, no cesa la metralleta subversiva de cobrar nuevas víctimas en el lejano caserío y en pleno centro de las ciudades. La guerra civil, con todos sus horrores, quiere arrasar lo poco que nos queda. No son suficientes ni la le­galidad ni las normas para contra­rrestar esta asonada continua que no se conforma con asesinar y destruir las familias, sino que busca implantar el caos absoluto.

Tal el precio,muy costoso y bár­baro, que paga esta nación que ha de­jado perder sus principios. Paso a paso, y casi embrutecidos por la sumisión a los abusos de políticos y gobernantes que olvidaron los códigos morales, hemos avanzado en los últimos años hasta la disolución de un pueblo que cree en Dios pero no es valiente para preservar las normas ciudadanas.

Un pueblo como el nuestro, que gime entre hambre y desprotección social mientras los poderosos se enriquecen a expensas del erario y los flagrantes negociados, vive todavía entre cadenas. En lugar de rebelarse y salir de su miseria, contribuye con su manse­dumbre a que la sociedad siga corrupta.

Se ha perdido el sentido de la protesta porque la inmoralidad, que todo lo contamina, apaga la voz de los pusilá­nimes y los  complacientes. Degradada la escala de los valores, el país se con­sume lentamente entre sus miedos y sus cobardías.

Sin principios es imposible que se salve ninguna sociedad. Los partidos, que por su naturaleza son los delegatarios de la voluntad popular, abandonaron sus ideologías para per­seguir mezquinas prebendas. Prefieren pelearse los puestos y se atomizan entre fútiles discusiones, descuidando los verdaderos postulados populares, mientras el conglomerado se disgrega y deja de creer en ellos.

*

No hay valor para asumir la defensa de las instituciones, para oponerse al tráfico de la droga, para formar hijos sanos, para castigar los delitos, para mantener la dignidad y pro­pugnar las buenas costumbres públicas. En cambio,  hay indiferencia por el robo continuado al Estado, por los abusos de políticos y funcionarios, por la desviación de la conducta ciu­dadana, y hasta la complicidad cuando se vuelve a votar por los mismos respon­sables de que el país no progrese.

¡Pobre patria postrada entre sus calamidades! ¡Pobre país desorientado y sin ganas de luchar! Es necesario que Colombia despierte de su marasmo, que se levante de entre sus muertos y sus adversidades para buscar días mejores. Que se enfrente con coraje a los enemigos de la democracia, que desarme a los revoltosos, que le corte las alas a la descomposición social, que recobre la fe en sus capacidades de pueblo grande. Así desactivará la guerra civil que no quiere declararse, pero que existe.

Es necesario levantar el ánimo de entre las matanzas y los volcanes a fin de asegurarnos un futuro digno. Es ese, ni más ni menos, el desafío que presenta el año de 1986, año que ojalá consiga borrar el humo que nos queda en los ojos y en el corazón durante este trecho de mala historia.

El Espectador, Bogotá, 6-I-1986.

La vieja arquitectura antioqueña

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Ponderable labor cumple el Fondo Cultural Cafetero, bajo la di­námica dirección de Aída Martínez, en el rescate y preservación del pasado histórico del país. Se trata de un organismo silencioso y positivo, ajeno a toda ostentación, que de ma­nera elocuente y con el exquisito tono femenino que ha sabido imprimirle su directora, ha vinculado toda su capa­cidad económica y artística a la exal­tación de nuestra cultura.

En este diciembre nos sorprende con la edición, en asocio con la Uni­versidad Nacional, de un hermoso libro dedicado a la arquitectura de la colo­nización antioquena. Es el primero de una obra gigante de varios volúmenes, con la que se abarcará todo el territorio colonizado por los antioqueños.

El autor es el quindiano Néstor Tobón Botero, arquitecto y sociólogo de la Universidad Nacional y especializado en urbanismo en Italia, quien tras largas y profundas investigaciones logra plasmar, rescatándolo de un pa­sado que el modernismo tiende a des­dibujar, el paraíso arquitectónico di­seminado en los pueblos viejos.

La lente fotográfica de Olga Lucía Jordán ha captado en maravilloso juego de colores, y con la autenticidad y el encanto que sólo son posibles en el arte, la hermosura de esos entornos. Es un ayer que va en fuga por el atentado permanente de autoridades y gentes destructoras, y que parece detenerse en el tiempo —y a veces sólo en el re­cuerdo— a través de la policromía de este libro admirable. Por él desfilan pobla­ciones de ensueño: Abejorral, El Jardín, El Retiro, Jericó, La Ceja, Marinilla, Rionegro y Sonsón.

En nuevas jornadas se llegará al Antiguo Caldas, cuyos tres departa­mentos, a pesar de la división territo­rial, conservan íntegra su identidad ancestral. Reformar por reformar, sin el requisito de la estética y el respeto por las joyas coloniales, es destruir, bajo el ímpetu de un urba­nismo atolondrado, el patrimonio cul­tural de los pueblos.

Los editores del libro, Benjamín Vi­llegas y Asociados, conquistan honores con el colorido de sus páginas esplen­dentes, y contaron con el profesionalismo de OP Gráficas. En la obra se conjugan además otros es­fuerzos, y todos merecen reconoci­miento por su contribución a la cultura.

Este empeño no se ha encaminado tan sólo a presentar unas policromías lugareñas, sino a resaltar los ingredientes de una civilización. El viejo modelo greco-quimbaya adquiere esplendor en cada uno de los pueblos inventariados al presentar el conjunto de puertas, canceles, ventanas, cielos rasos, portones y contraportones, pa­tios y zaguanes. Los recursos indígenas de la guadua, el bahareque y la madera se muestran incólumes en este repaso artístico.

Y se destacan los rasgos fundamen­tales del hábitat primitivo. Alrededor del patio giraba la alegría hogareña, con la luminosidad del ambiente y el reposo de los corredores. La destreza artesanal de los antepasados es, por ironía, lo que hoy está derrumbándose en muchos sitios. Esa mezcla de so­briedad y elegancia de las viejas cons­trucciones le inyectaba dignidad a la vida. El fogón, la pesebrera, la puer­ta-ventana enmarcaban el coloquio permanente de las familias.

El libro de Tobón Botero es una ha­zaña de los colores y las dimensiones arquitectónicas del ayer legendario, en buena hora rescatado por el Fondo Cultural Cafetero y la Universidad Nacional. Hay que celebrar que esto ocurra para bien de las futuras gene­raciones, que tanto tienen que aprender de los tiempos pasados.

El Espectador, Bogotá, 26-XII-1985.

 

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Sangre vallenata

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Se ha cumplido el deseo tantas ve­ces aplazado de conocer Valledupar. Para el andador de caminos que tenga receptiva el alma, esto de entrar en un sitio nuevo es motivo de satisfacción por los hallazgos que han de surgir bajo el estímulo de la observación. Recorrer mundos no debe ser cosa distinta a despejar las incógnitas que permanecen ocultas en cada lugar. Llegar al alma de los pueblos significa interpretar sus costumbres e idiosincrasia y captar algo, por lo menos, de sus antecedentes históricos.

Eso es lo que hago por las calles de Valledupar, apoyado por expertos guías, como Hernando Fernández de Castro, líder cívico de la localidad, que me enseñan a conocer los sitios de in­terés y a traducir los mitos regionales. Es ésta, en efecto, una provincia llena de leyendas, donde el vallenato, más que una canción popular, es el medio folclórico que se ha encargado de ex­plorar en el pasado para trasladar al presente y al futuro todo ese venero de tradiciones que hoy conforman la esencia de una raza, con sus amores, sus angustias y sus esperanzas.

Leo con interés el libro de Pedro Castro Trespalacios titulado Culturas aborígenes y cesarenses e indepen­dencia de Valle de Upar, y la Casa de la Cultura Cecilia Caballero de López pone en mis manos dos revistas sobre la leyenda vallenata, todo lo cual consti­tuye precioso material para quien desea y busca el acceso a la ciudad. Aquí Macondo es una realidad evidente.

En Valledupar se respira el regio­nalismo auténtico, en el sentido de querer y defender lo propio, y preva­lecen los signos patrióticos legados por la heroína María Concepción Loperena de Fernández de Castro, cuyo nombre se recuerda en monumentos, colegios y títulos co­merciales como gran protagonista de la Independencia. Fue ella la que donó 300 caballos para la campaña emancipadora de Bolívar, quemó en la plaza pública los escudos de armas y el retrato de Fernando VII y, aunque de origen realista, proclamó la independencia de la antigua Provincia de Santa Marta.

Y el paso del doctor Alfonso López Michelsen, primer gobernador del Cesar en el año de 1967, se resalta en variados testimonios públicos. Su presencia en los destinos del nuevo departamento se encargó de relievar el nombre de sus antepasados españoles, los Pumarejo, quienes con la llegada en 1730 de don José de Pumarejo a la ciudad de Santa Marta crearon un núcleo familiar respetable en la historia colombiana.

El sentimiento de los pobladores gira alrededor del vallenato, la mayor identificación regional. El vallenato se lleva en la sangre como una marca, como un estilo de vida, y también po­dría decirse que como una religión. El pueblo habla en tonadas su lenguaje amoroso, rinde honores a sus dioses y sublima sus leyendas. Esta simbiosis del acordeón con la guacharaca y las maracas estremece el alma de los ha­bitantes y los mantiene en combustión espiritual.

En el Festival de la Leyenda Vallenata, donde año por año se dan cita compositores, acordeoneros, poetas, copleros, pintores, cuentistas, explota el júbilo popular como un torrente contenido de la sangre. La copla, festiva o triste, expresa querencias y críticas sociales. Por eso el romancero vallenato se ha convertido en un código social. Y lo social se vuelve religioso.

Rafael Escalona, príncipe del va­llenato, llena toda una historia musical del país. Él les da aliento a los grandes compositores de la comarca, que todos los años compiten por ser reyes del vallenato, denominación que en el fondo significa hombría. Cantando también se es hombre, en el sentir de estas gentes alegres y sentimentales. El primer juglar que tuvo la música vallenata fue Francisco Moscote, que se quedó como Francisco el Hombre. Su memoria crece y se prolonga como eco de la región.

La mujer es el centro musical por excelencia. Se le canta de mil maneras y en múltiples mensajes. Juan Muñoz, viejo cantador de auténtica fibra va­llenata, así vuelca su alma en esta crónica de viaje:

Poner amor en mu­jer / es escribir en el agua, / poner nieve en una fragua / y en el mar un alfiler. / Odiarla, no puede ser / y amarla es un gran error, / así que será mejor / que­rerla de cierto modo / y no quererlas del todo / ni dejarlas de querer. / Por eso es malo tener / una mujer sin gobierno; / le voy a poné a la mía / jáquima, bozal y freno…

El Espectador, Bogotá, 22-XII-1985.

 

 

 

 

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Medalla al Mérito Artístico y Literario

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Regreso hoy al Quindío, después de dos años de ausencia, más que por los merecimientos de la litera­tura, por los caminos del afecto. Aquí está la misma comarca amable que se ha quedado suspensa en el sentimiento, y aquí están los amigos de siempre que hacen más entrañable el retorno. Apenas han variado de la urbe en progreso algunos aspectos externos que la presentan más esbelta, y solo se han movido algunas hojas de calendario para certificar que el tiempo vuela y la amistad perdura.

El resto permanece igual. ¡Qué grato resulta hallar al paso de los días el mismo semblante y el mismo corazón de los pueblos que uno se acostumbró a querer, y qué bello comprobar que ni el alma cambia ni las emociones se marchitan!

Y aquí está el mismo escritor que antaño deambu­laba, entre asombros y hallazgos, por estas apacibles calles; que proclamó en esta tierra su fe en los valores del espíritu y lanzó desde Quingráficas su primer libro; que aquí hizo sus primeras armas en el periodismo y recibió, superadas las iniciales  tormentas de la escritura, el estímulo de esta ciudad receptiva que contribuía a que el escritor fuera más escritor.

Desde aquellos lejanos inicios hasta el día de hoy muchas cuartillas han sido escritas al filo del tiempo. Fueron primero páginas silenciosas, sudadas en diabólicas noches de persecución de las ideas y disfru­tadas en tranquilas alboradas con el milagro de las realizaciones gratificantes. Y luego, a medida que se conquistaban las páginas de los periódicos y el santuario de los libros, se veía cómo se consolidaba, con el afán diario y la lucha sin tregua, el sentido de ser escritor.

A Armenia, que conoció y sigue conociendo mis vigilias y mis lealtades; que entendió el esfuerzo de mi  disciplina y no ignoró los primeros pasos del inquieto buceador por los territorios de la creación; que respondió siempre, como amante solícita, a los requiebros y las exaltaciones; a esta Armenia de los milagros y los bruñidos paisajes, que jalona el porvenir al lomo le sus leyendas y al impulso de su raza productora de grandeza; a esta ciudad maternal que acogió al forastero y lo hizo sentir como en su propia casa, vengo hoy a devolverle, en admiración y gratitud, lo mucho que me ha dado en oportunidades.

Queda en Armenia la primera jornada del escritor, que será la más importante por ser la más espontánea y la de mayor emotividad y denuedo. De este arranque dependerá la obra futura. No podrá haber proyección sin haber existido entrega. «Escribe con sangre y aprenderás que la sangre es espíritu”, advirtió Nietz­sche. Si algún consejo pudiera darle yo al novel escritor es que no intente serlo si carece de capacidad para el sacrificio; y al viejo escritor le preguntaría con cuánta sangre ha trabajado su producción, para que él mismo se dé la respuesta adecuada.

En esta tierra de escritores y poetas, donde el arte en todos los géneros florece al unísono con los cafe­tales y con la belleza ambiental, bien está que hagamos un alto en el camino para rendirle pleitesía a la cultura. La verdadera cultura es patrimonio de la pro­vincia, de donde se traslada a los centros y allí no siempre se conserva auténtica. El origen seguirá sien­do la provincia, con su acervo de tradiciones y costum­bres, sus poemas, sus cuentos, sus leyendas y fantasías, todo lo cual traduce el alma de los pueblos.

El folclor, que es el museo de lo cotidiano, recoge el modo de pensar, de actuar y de querer de una re­gión. La verdadera trascendencia del hombre consiste en descubrirse a sí mismo y ahondar en los secretos de sus antepasados, para transmitirse como ser social a otras generaciones.

Es necesario defender el legado de los pueblos. Hay que explorar y cuidar la provincia como fuente de cultura y depositaria de las raíces que nos atan al pro­pio terruño y la propia raza. Es aquí donde debe dár­sele énfasis al escritor, el mejor memorialista del tiempo. Destacar los valores de la provincia y las dimensiones de la patria a través de lo terrígeno que llevamos en nosotros mismos, es compromiso social que no puede eludir quien se precie de escritor.

Con humilde alborozo y emocionada sorpresa recibo este homenaje que me ofrece la Gobernación del Quindío, por significar un incentivo para la dura batalla del escritor. De todos los escritores, que yo represento como consecuencia de mi carrera obstinada. Si en algo he contribuido a exaltar la provincia, no puedo escon­derme a la respuesta de la tierra en este encuentro vitalizante.

Señor Gobernador, distinguida dama de la cultura regional: vengo con mi esposa y el hijo quindiano, y en representación de las hijas ausentes, a decirles gracias, muchas gracias, por el alto honor que nos dispensan con esta medalla nacida de su generosi­dad que nos abruma. Gracias por las amables pala­bras de don Alirio Gallego Valencia, presidente de la Asociación de Escritores del Quindío, que refrendan los vínculos de la amistad y el colegaje. Y mil gracias a esta noble sociedad de amigos, artistas y escritores que nos rodean, por la oportunidad que nos dan de volver sobre las huellas que hemos dejado escritas en el alma del Quindío.

La Patria, Revista Dominial, Manizales, octubre de 1985.
Revista Manizales, N° 534, noviembre de 1985.

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Mensajes:

Aspiro a que una de las primeras felicitaciones, de corazón y de alma, sea la mía por la condecoración que hoy te concedió la Gobernación del Quindío. En tu pecho, tal insignia nos llevará en tu labor literaria por los caminos por donde vayas. Alirio Gallego Valencia, presidente de la Asociación de Escritores del Quindío.

Acepta nuestras congratulaciones por merecido homenaje que te otorga el departamento del Quindío. Tu paso por el Quindío dejó huellas inextinguibles que conservamos con afecto y gratitud. César Hoyos Salazar, Elsa Marina, hijas, Armenia.

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Universidad del Quindío.- Resolución No. 032 del 8 de octubre de 1985.

…La producción literaria del señor Páez Escobar y su vinculación a la cultura regional ameritan un reconocimiento por parte de la Universidad del Quindío y especialmente de sus programas de lingüística y literatura.

Acuerda: Asociarse al homenaje que hoy rinde la Gobernación del Quindío mediante la imposición de la Medalla al Mérito Artístico y Literario 1985. Destacar la obra del señor Gustavo Páez Escobar como un aporte a la narrativa quindiana. Invitar a las juventudes universitarias a conocer su significativa producción y a tomarlo como ejemplo de dedicación intelectual.

Horacio Salazar Montoya, rector, demás miembros del Consejo Académico.

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Registro emocionado y complacido el acierto de la Gobernación del Quindío al condecorar a quien ha cantado y servido a la comarca con tanto brillo y eficiencia. Braulio Botero Londoño, Cali.  

La merecida condecoración a su arte literario, orgullo del Quindío y de Colombia, llena de gozo a la familia betlehemita. Berenice Moreno, superiora general, Bogotá.

Páez Escobar concibió la casi totalidad de sus páginas en el medio quindiano, rodeado de las admirables gentes de la comarca y estimulado por un aire de permanente actividad intelectual. En ésta, se ha movido con alegría espiritual y con afán de mejorar sus condiciones de escudriñador de mundos. Y, muchas veces, el Quindío aparece presidiendo, con la totalidad de su riqueza humana y social, las páginas de este escritor. Por favor, continúe exaltando la inteligencia, señor Gobernador, en esta época que otros valores principian a prevalecer. Es justo, además, que un acto de esta naturaleza se realice en torno a un hombre que su vida la ha armonizado en torno de las palabras. Otto Morales Benítez, Bogotá (carta al gobernador Rodrigo Gómez Jaramillo).

Por Euclides Jaramillo Arango supe que esta noche recibirás en Armenia la condecoración que bien ganada tenías por tus innumerables actos de servicio y amor a la tierra quindiana, a su cultura y a su desarrollo. Cuánto me alegra que se reconozca una labor prudente. Gustavo Álvarez Gardeazábal, Tuluá.

A sus muchos aciertos suma la Gobernación la muy justa condecoración al gran humanista Gustavo Páez Escobar, hombre profundamente comprometido con todo lo quindiano. Gustavo Páez siempre prefiere dar a recibir y practica aquello de que no hay excelencia sin exigencia. Como defensor del Quindío ha sido el primero entre los mejores. Horacio Gómez Aristizábal (mensaje al Gobernador).

La Sociedad de Mejoras Públicas mira con mucha complacencia la imposición de la Medalla al Mérito Artístico y Literario a Gustavo Páez Escobar, distinguido ejecutivo y hombre de letras que por muchos años viene vinculado a nuestra comunidad y de lo cual nos enorgullecemos. Fabio Arias Vélez, presidente, demás miembros dela Sociedad

Quiero dejar constancia de mi aprecio por todo lo que valen sus importantes escritos acerca de la exaltación de nuestros valores; su activísimo interés por los problemas del Quindío y su fecunda gestión como gerente del Banco Popular en Armenia. Julia Emma Silva de Buitrago, gerente regional del Sena, Armenia.  

No podía el Club de Leones pasar desapercibido el hecho con que el Gobierno Departamental lo distinguió. Sus éxitos en los campos periodístico y literario han trascendido nuestras fronteras y el departamento del Quindío ha sido conocido, en muchas de sus facetas, a través de sus escritos como columnista de uno de los grandes diarios del país. José Gregorio Casas R., Armenia.

Un ministro quindiano

lunes, 17 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El nombre de un ministro se une a la región de donde es oriundo. Son raíces indisolubles que se convierten en tarjeta de identidad social. Un ministro, por eso, constituye la vocería más natural de la periferia ante el alto Gobierno. Las regiones se sienten bien o mal representadas en la medida como sus dirigentes tengan acertado o me­diocre desempeño en la vida pública.

El Quindío, con el nombramiento del doctor Hugo Palacios Mejía como mi­nistro de Hacienda, experimentó la sensación de un honor bien discernido. Como hijo dilecto de la provincia a la que ha servido y ha honrado desde distintas posiciones, su investidura ministerial significa una bandera quindiana.

Al recibir la voz de aplauso que hoy se le dispensa por su ascendente carrera, es también un re­conocimiento que se tributa a su tierra natal, uno de los territorios más positivos y más forjadores del progreso colombiano.

Hombre de derecho y de sólida formación en economía, se ha especia­lizado en el conocimiento del país. Es un estudioso de los problemas sociales y económicos, los que ha sabido inter­pretar, de manera objetiva y con cri­terio especializado, desde la cátedra universitaria y a través de su expe­riencia en foros nacionales e interna­cionales y en importantes cargos.

Se le recuerda, siendo parlamenta­rio de la pasada legislatura, como uno de los más serios y ponderados autores de iniciativas, muchas de ellas con­vertidas en leyes de la República, y como permanente censor de los vicios públicos. Allí dio ejemplo de puntuali­dad y rendimiento y además sobresalió por la claridad y la profundidad de sus tesis. La política la entiende y la prac­tica en grande.

Ha sido además viceministro de Hacienda, presidente de la junta di­rectiva del Banco Popular, miembro del Banco Interamericano de Desarrollo, presidente del Centro, de Estudios Colombianos. Y desde comienzos del actual Gobierno, gerente del Banco de la República, posición desde la que ha intervenido en los principales orga­nismos de planeación financiera.

Toda una demostración de disciplinas y ca­pacidades que hoy, al enfrentar el reto de la cartera más compleja y la más importante en el actual momento de crisis por que atraviesa el país, le hará superar con suerte, como lo es­peramos y se lo deseamos, los apremios de la hora.

En el Quindío lo vimos haciendo po­lítica limpia y jamás se le conocieron triquiñuelas ni actos soterrados. Posee el sentido del decoro y la moral y condena, por eso, los desvíos del poder. Entra ahora a vigilar una serie de organismos vitales en la estructura fi­nanciera del país, donde tendrá oportunidad de aplicar sus principios. Es mucho lo que se espera de su gestión. Como gerente del Banco de la Repú­blica deja para Armenia y la nación una obra admirable con el Parque Museo Quimbaya, cuya financiación, que su­pera los trescientos millones de pesos, se encuentra ya presupuestada y en marcha. La hizo en silencio y sin alar­des, y sobre ella no se ha tomado todavía cabal cuenta.

Es, sin duda, un mensaje elocuente a su tierra sobre el significado de las empresas positivas.

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El primer ministro quindiano, en la cartera de Desarrollo Económico, fue Diego Moreno Jaramillo, otra promi­nente figura de la zona cafetera. Ahora, con este segundo ministerio de Hugo Palacios Mejía, se deja constancia de que el Quindío está presente en las grandes decisiones nacionales.

Saber conciliar la cuota de los impuestos para el pueblo agobiado y confuso, que sin embargo confía en la ejecución de nuevos programas sociales, no es tarea fácil. Del desarrollo estratégico y prudente de la acción ministerial del vocero quindiano, que sin duda cum­plirá con equilibrio y sindéresis, de­pende mucho la paz social que anuncia el Gobierno para el año final de su mandato.

El Espectador, Bogotá, 10-X-1985.

 

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