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El enredo del tránsito

domingo, 2 de octubre de 2011

Por: Gustavo Páez Escobar

Un personaje que sabe mucho de problemas locales me comentaba que un alcalde haría bastante con solo poner en funcionamiento la carrera 19, vía a Pereira. El tramo incon­cluso, que se ha hecho esperar demasiado tiempo, es consecuencia que la falta de planeación.

La obra se inició con bríos y posibilidades económicas para darla al servicio en corto tiempo. Pero por razones que no se comprenden ha permanecido abandonada, mien­tras la circulación de vehículos pesados por las calles céntricas hace cada vez más difícil la vida urbana.

Proyectada dicha arteria para desviar el tránsito de camiones y buses y acelerar el movimiento general de vehículos, es la solución ideal para que las calles centrales se vean más despejadas y conseguir mayor comodidad  para todos. El transporte pesado, que por lo general pasa de largo, encontraría una salida cómoda por esta periferia y no entrabaría, como está ocurriendo, el movimiento por las zonas de mayor congestión.

Los buses y camiones, acostumbrados a abrirse paso con ímpetus de animal grande, no respetan en absoluto, porque no les interesa, la tranquilidad de la ciudad que apenas tocan de paso y que por cul­pa de ellos cada día se nos está volviendo más enredada.

Si a la carga de nuestros propios au­tomotores le agregamos las bocinas y los estornudos de ese equipo transeúnte que pasa escarbando la tierra, como los toros de lidia, poco nos falta para entregar el escaso reposo que nos queda.

Es un des­file incesante y por lo mis­mo diabólico el de estas legiones de mastodontes de las carreteras que mar­chan con sofocos insopor­tables y que, ante el menor obstáculo, se creen con el derecho de bramar en plena vía, infestando de paso, con toda clase de vapores, la atmósfera de esta urbe respetable.

Bien considera mi amigo que un alcalde con buen olfato debe cometer la alcaldada de alejar a estos enemigos públicos, no importa que se le forme un enredo espantoso en otros lugares, el que por muy denso que fuera, no lo sería tanto como para hacer tambalear su gobier­no. Es preferible una gripe pasajera a que se revienten los nervios de la ciudad. Tal medida, por otra parte, le haría ganar al bur­gomaestre muchas ben­diciones ciudadanas, que tanto se necesitan en los actuales momentos, y de pronto forzaría las ver­daderas soluciones.

La ciudad reclama vías fáciles. La gente aspira a poder movilizarse con mayor comodidad, sin tantas trabas ni atropellos. Es el derecho a la vía pública. Es la necesidad de respirar aire puro y aliviar el sistema nervioso. Mucho resta aún por llegar a la maraña de las grandes ciudades, pero es necesario rechazar desde ahora los cuerpos extraños que comienzan a fatigar y desmejorar el caminado. Ahora apenas tenemos un infierno pequeño, el que si con­tinúa creciendo se nos vol­verá territorio prohibido.

Antes que semáforos, que de todas maneras llegarán, y de policías que viven silbando en sentido contrario y frenando la corriente normal de vehículos, se echa de menos más orden y mayor lógica. Se sabe, por lo pron­to, que la pomposa avenida 19 está desperdiciada. Esto es una ironía, por decir lo menos. «El destino anda en contravía», pre­gona una obra de Euclides Jaramillo Arango.

Dejemos esta sentencia para otros caprichos de la vida. No Y no permitamos que nuestra vía arteria se quede en contravía. Esperar a que se pavimente y se le riegue la apetecida inauguración oficial, pa­rece una medicina tardía para el enfermo grave que se está muriendo de convulsiones.

Satanás, Armenia, 22-I-1977.

 

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