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Archivo para martes, 11 de octubre de 2011

Carta a un bombillo

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No sólo titilas sino que también languideces. Hoy, después de las fatigas del día, quise encontrar luz en el sosiego del alma. El alma también es para mí el cuarto de estudio, desde donde te escribo. Tomé el libro de turno y al momento tuve que abandonarlo por falta de clari­dad. No del autor, sino de tus cataratas. No logré avanzar más de dos renglones porque me negabas el don de la vista. Pero no eran mis ojos, te lo juro, sino tu propia miopía. ¡Ya ni ves ni dejar ver! Y eso que te mantengo cuidado como a la niña de mis ojos.

No soy de los que se descuidan cuando llamas a mi puerta. Nunca te he negado una sola factura, aunque pueda no estar de acuerdo con la endiablada computa­ción municipal. En los últimos tiempos vienes creciendo en demasía, casi como un monstruo que desvertebra el presupuesto familiar. Y siempre nos explican que eres costoso porque el mundo llegó al dilema de racionalizar la luz si queremos vivir. Estamos en la guerra del petróleo, o sea, que tú y yo vamos a tener que seguir sufriendo mucho….

Nadie sabe cómo se traduce a cifras cada uno de tus latidos, y es mejor no meterse con esos misteriosos me­didores que se mueven en la sombra de su estuche me­tálico, como si estuvieran dormidos, y después liquidan cuentas fantásticas. La cuenta es fantástica, es decir, como si fuera de de ficción y mentira, cuando se agranda sin que nos estés prestando el servicio que cobras.

¿Y sabes una cosa? En mi barrio, que es el de la Nue­va Cecilia, ya no vales ni un ble­do. Perdona que sea duro contigo, pero es que allí no alumbras como en otros bellos tiempos, cuando pagábamos menos y veíamos más. Los focos están ciegos. Su estado podría corresponder al nombre del barrio, si Santa Cecilia es la patrona de los ciegos, según me parece captarlo en medio de mi oscuridad. Si no lo es, yo la nombro. La nombro para que podamos ver entre las tinieblas.

Te cuento otra cosa, pobre bombillo mío. En este momento estoy escribiendo sin tu ayuda. Hace diez minutos volvió a suspenderse, de un tirón, toda la electricidad en la ciudad. Como estaba prevenido, te remplacé con pilas. Es una humillación para ti y para mí. Cuando te castigan, yo también me siento regañado. Si Einstein lo supiera, descargaría su santa ira contra tus tiranos.

Desde hace muchos años viene luchando la ciudad por mantenerte nutrido. Pero no lo consigue. Cuando no son las redes deterioradas que no te dejan pasar energías, es el transformador que explota por anciano y decrépito. Por ahí, según me cuentan, instalaron nuevos transformadores de alta tensión. Costaron un dineral y todos los estamos pagando religiosamente. Sin embargo, continúas temblando como un pobrecillo desharrapado.

En este momento te quedaste otra vez ciego. Yo alcancé a sacar una chispa, una chispa de mal humor, se entiende, pero luego me serené. Con tus continuas idas, me he vuelto filósofo. Pensé, al instante, que si me falta la luz artificial, me queda la luz del cerebro. Con ella te estoy escribiendo esta misiva.

En fin, me despido porque me arden los ojos. Si te encuentras con el señor Alcalde y el señor gerente de las Empresas Públicas, me los saludas y les dices que mucho los pienso. Hubiera podido escribirles directamente, pero se me fue la luz.

La Patria, Manizales, 3-X-1980.

 

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Una falsa alarma

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

La ciudad fue sacudida con la noticia que daban las emisoras sobre un asalto que se estaba perpetrando contra el Banco de la República. La tranquilidad se alteró en un minuto y comenzó a sentirse zozo­bra, y más tarde pánico, porque también se decía, o se daba a entender, de un enfrentamiento de la fuerza pública. Había motivo poderoso para el desconcierto, cuando las emisoras lanza­ban al aire una noticia de semejante proporción. Ya se sabe que el poder de la radio es muy ágil. Por eso, se re­quiere mucho equilibrio para comuni­carse con el público.

De lo que se trataba era de un simulacro de la policía, o sea, de una maniobra de adiestramiento pa­ra el caso de un asalto. La fuerza policiva se replegó sobre las instalaciones del Banco de la República y puso en acción la mayor técnica para reprimir esa lejana posibilidad.

Es comprensible que los transeúntes se hubieran alarmado con la movilización de los agentes del orden y hubieran entrado en conjeturas. Pero lo que re­sulta inadmisible es que los medios de comunicación radial que lanzaron la alarma peligrosa no se hubie­ran cerciorado antes, en la propia fuente, de lo que ocurría. Hay locutores a quienes les encanta la fantasía y no se toman el trabajo de buscar la autenticidad, despo­jando a la noticia de toda truculencia.

Se ha cometido una grave ligereza. Algún locutor, según parece, habló hasta de millones precisos. Las emisoras tienen la obligación de comprobar la realidad, y sólo después, con la mesura y la veracidad que requieren los hechos,  pueden informar al público la verdad. Aquí trató de montarse un teatro sensacionalista. Se llegó al censurable extremo de la ligereza radial que cree  estar dando una primicia, y para ponerle mayor énfasis al caso, lo hace a pleno pulmón y con tono desapacible y dramático, olvidando que es entonces cuando se necesita la mayor serenidad frente al micrófono.

A la policía le faltó haber puesto en conocimiento de las emisoras el operativo que se proponía desarrollar, para evitar equívocos. Pero esto no las exime del deber de comprobar el rumor acudiendo a fuentes seguras.

«Sin confirmar no lo decimos», es el célebre eslogan de RCN. En esta ocasión lo puso muy en alto, pues esa emisora se encargó más tarde de aclarar lo que sucedía, tranquilizando los ánimos.

En la radio no es posible la imprevisión y menos la irresponsabilidad. Parece que el simulacro tomó de sorpresa a nuestros bulliciosos locutores y los sometió a una prueba que no supieron pasar.

La Patria, Manizales, 28-IX-1980.

 

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Del aborto y otras cosas

martes, 11 de octubre de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Si todo consistiera en abortar, no habría problema. Pero es que el aborto daña la conciencia. Además, mu­chas veces no sólo mata a la persona en embrión, sino a la propia madre. Hay vergüenzas que pretenden esconderse con el aborto, como si el mayor sonrojo no se llevara en el alma.

Otros (y aquí se incluyen los hombres, ya que ellos también abortan) lo hacen por irresponsabilidad, por­que le tienen miedo a la carga económica. ¿No será preferible meditarlo a tiempo? Se dice que en Colom­bia se producen al año alrededor de doscientos cincuenta mil abortos.

El aborto es un delito. Diríase que un delito simbólico, porque la costumbre lo ha legaliza­do. De ese número considerable se iniciaron en 1979 veinticinco investigaciones, de las cuales hay diez personas sindicadas. O sea, la ley es letra muerta.

Si por lo menos el aborto disminuyera la población, habría un resultado debatible. Pero ésta viene en pro­greso permanente, no obstante haber disminuido la tendencia que se traía. En el año 2000, Colombia tendrá, según los vaticinadores, 37 millones de habitantes. Ha­bremos aumentado diez o doce millones, y para hablar con mejores referencias diremos que dentro de 20 años la población habrá crecido un cuarenta o un cuarenta y cinco por ciento.

¿Los habitantes de este país glorioso tendrán, o tendremos, para entonces, salud, educación y techo? Pre­guntemos más concretamente si vivirán, o viviremos, sin tantas angustias, sin tantas amenazas, sin tantas estrecheces….

Dicen que el índice de supervivencia llega hoy a 65 años. Así, los cuarentones podemos aspirar a vivir en un país irrespirable. También se vaticina, y ojalá los cálculos se equivoquen, que nos aproximamos a un Estado de jubilados y ancia­nos desprotegidos. Aquí habrá que gritar: ¡horror!

La mujer viene mermando, gracias a las campa­ñas de paternidad responsable (y aquí se demuestra que las mujeres se vuelven a veces hombres) el índice de fertilidad. En 1968 tenían en promedio siete hijos; hoy, tres y medio. Ese medio dejémoslo que lo muela la conciencia. La mujer, al liberarse y volverse medio hombre, se ha venido incorporando al trabajo, pero no con sentido de independencia y machismo, sino por necesidad. Los hogares son hoy muy duros de costear.

Según las estadísticas, que a veces sirven para algo, hoy somos más pobres que hace diez años por la pérdi­da del valor adquisitivo de nuestro desmirriado bille­te.

Algunos quieren resolver esta clase de di­lemas acudiendo al aborto, y por lo general al aborto que se practica por comadronas irresponsables, y con él ni siquiera consiguen un mejor estado económico. Y, lo que es más grave, les quedará turbia la con­ciencia para toda la vida.

La Patria, Manizales, 1-X-1980.