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Violencia

miércoles, 26 de abril de 2017 Comments off

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Historia de un robo bancario

viernes, 12 de diciembre de 2014 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

 

Agosto de 1966. Hacía pocos días había llegado a Pasto desde la capital del país con el fin de reemplazar durante sus vacaciones al gerente del Banco Popular. Era la primera vez que estaba en la bella y apacible capital de Nariño, ciudad rodeada de montañas, páramos y paisajes encantadores, y cuyas carreteras hacia los otros municipios eran en verdad escabrosas.

 

Ciudad silenciosa, de gente amable y acogedora. La vida cotidiana no registraba grandes sucesos y solo de tarde en tarde ocurría algún hecho especial que en poco tiempo se esfumaba. Pasto es hoy, medio siglo después, centro populoso que ya pasó la línea de los 400 mil habitantes.

 

Varias veces he querido escribir esta historia: la historia del primer robo bancario ocurrido en la ciudad donde no pasaba nada. Hoy me propongo reconstruir el episodio con la precisión que me concede la circunstancia de haber estado en el  remolino de la noticia y haber sido testigo único de algunos pormenores que no trascendieron aquella vez al público.

 

Se trataba de una remesa de medio millón de pesos que iba a ser trasladada de Pasto a Tumaco. Para tener una idea de cuánto representaría hoy dicha cantidad, baste saber que con ella el banco de Tumaco se proveía de fondos para su flujo de caja en un mes. Su gerente era Hugo Arturo Buchelli, oriundo de Pasto, con quien había hecho amistad en Bogotá años atrás.

 

Él se desplazaba todos los meses a Cali o Pasto a efectuar el traslado de fondos para su oficina. Al saber que yo estaba en esta última ciudad, prefirió viajar allí, donde tendríamos la oportunidad de volver a vernos y reanudar nuestro diálogo. De Tumaco se vino por tierra en su propio carro, manejado por un chofer amigo suyo, en azarosa travesía de nueve o diez horas por aquella carretera de espanto, que él conocía muy bien. Y me llegó a la oficina provisto de la maleta donde siempre acarreaba el dinero. Todo el mundo conocía esa maleta y nadie ignoraba la diligencia que se iba a realizar.

 

La atracción de la esposa

 

A Tumaco pensaba regresar en su mismo vehículo dos días después. La avioneta de Avianca solo volaría allí el lunes siguiente, y él tenía afán de estar el domingo con su esposa. La noticia me preocupó. Pero Hugo Arturo me tranquilizó con el dato de que Nariño era territorio muy tranquilo donde nunca había sido asaltada una remesa bancaria. Nadie se atrevía a intentarlo en territorio tan abrupto, que tenía mínimas posibilidades de escape.

 

De hecho, él había viajado muchas veces en tales condiciones. Me contó que la misma práctica la seguían las otras entidades financieras. “No olvides que el dinero está protegido por la compañía de seguros”, me dijo. Claro que sí. ¿Y quién protegía la vida del gerente? En fin, él era el responsable de su misión.

 

Según todos los indicios, Teresa Ospina, su esposa, estaba encinta: así lo indicaba la prueba del sapo, o prueba de embarazo, tan de moda en los años 60 por donde corre esta historia. Mi amigo no cabía en sí de la felicidad: iba a ser padre después de 20 meses de casado.

 

En nuestra despedida, la noche del viernes, festejamos con gran regocijo el presagio venturoso. Y nos citamos para el día siguiente, a fin de sacar la maleta de la bóveda del banco, donde estaba lista con el medio millón de pesos. Y además, zunchada en la parte interior por un empleado de mi oficina. Creo que esta operación solo se hacía en Pasto. En mi larga trayectoria en la entidad (donde trabajé por espacio de 36 años), nunca supe de un caso similar.

 

Los asaltantes, en acecho

 

Como el carro en que mi colega se desplazó desde Tumaco había sufrido un choque inexplicable antes de llegar a Pasto y no estaba disponible para el regreso, el gerente llamaría al azar a un taxi. Mientras tanto, una banda de asaltantes vigilaba nuestros pasos. Todo parece indicar que los delincuentes le seguían la pista a la remesa que iba a salir de un banco diferente al nuestro, pero la presencia del gerente de Tumaco con su reconocida maleta hizo poner los ojos sobre nosotros. Estábamos fichados.

 

Sacado el dinero de la bóveda, me trasladé hasta el hotel en el mismo taxi que llevaba la remesa. Hugo Arturo me insistía en que me fuera con él a Tumaco y regresara en la avioneta del lunes. Desde luego, me halagaba la invitación. Descendí del vehículo para ir a sacar la maleta de mi pieza, pero luego desistí. Muy poco me faltó para dar el paso a la muerte. Algo me detuvo al borde del abismo. Conclusión: no me había llegado la hora.

 

El taxi del banco partió a las tres de la tarde, y yo lo despedí en la puerta del hotel Pacífico. No tomó la salida normal en razón de alguna corazonada de Hugo Arturo, sino una trocha por donde nadie transitaba. Los atracadores, al ver que el vehículo no aparecía en el lugar donde lo esperaban a la salida de Pasto, emprendieron su persecución en otro taxi que tenían listo. Había transcurrido más de media hora, quizás una hora, y no era fácil darle alcance al vehículo del banco. En la carretera quedó constancia de la alta velocidad que llevaba el taxi de los asaltantes.

 

Asaltada la remesa

 

A las nueve de la mañana del domingo me llamó por teléfono el secretario de mi oficina a informarme que había sido asaltada la remesa y no aparecían ni el gerente ni el taxi. Menos, por supuesto, el dinero. El chofer había logrado escapar y fue quien dio el aviso a las autoridades. El secretario de la sucursal y el empleado experto en zunchar maletas estaban detenidos.

 

Y a mí no me encontraba la policía. Cosa extraña, si no había salido de mi pieza. Se me consideraba, por tanto, sospechoso del asalto. Al fin y al cabo, yo era un solemne desconocido en la ciudad. En minutos me presenté a las autoridades y despejé las dudas.

 

Reconstruidos los hechos, se supo que hacia las 11 de la noche, después de 8 horas de viaje, el carro del banco fue alcanzado por el otro taxi, en Puente Verde, cerca de la población de El Diviso. Allí se adelantó el taxi de los asaltantes y bloqueó la entrada al puente, con el argumento de que el motor se había apagado. Ambos conductores se dedicaron a localizar la falla del vehículo. Hugo Arturo, entre tanto, no se inmutó por el percance. No llegó a sospechar que algo extraño sucedía. Buscó el periódico, prendió la luz del techo y se dedicó a leer. Consigo llevaba el revólver de dotación del banco.

 

El jefe de los atracadores, que era sargento activo del Ejército y que ese mismo día había desertado junto con un cabo que integraba la misma banda, planeaba cómo reunir al chofer del taxi con el banquero para matarlos a los dos. El sargento administraba en horas nocturnas un club social de la ciudad y era amigo de Hugo Arturo. Otro de los delincuentes, propietario de un restaurante, también lo era.

 

Después de consumir varias cajas de fósforos sin encontrar el fingido daño del motor, el chofer del banco anunció que buscaría la lámpara de extensión que guardaba en la guantera. Era el momento que buscaba el sargento. Ya con la lámpara en la mano, y muy cerca al gerente, quien viajaba en el puesto delantero y no se había preocupado por descender del vehículo, el sargento disparó todos los tiros de su revólver contra Hugo Arturo, su amigo.

 

Los costales cinematográficos

 

Despavorido, el chofer salió disparado hacia el monte, mientras el sargento cargaba de nuevo el arma y la vaciaba contra él. En la oscuridad de las once de la noche, el chofer saltaba de aquí para allá como una liebre. El sargento supuso que lo había matado. Pero falló: ninguna bala lo tocó. Muerto de pánico, el taxista abordó un camión que pasó de casualidad una hora después. Ante la policía de La Espriella relató los hechos. La mano le había quedado petrificada por el terror y no lograba desprender de ella la lámpara de extensión.

 

En la mañana del domingo se conoció la noticia fatal: el taxi fue hallado oculto en la maleza, y al lado del río Mira estaba el cuerpo de Hugo Arturo, perforado por 5 balazos. Los maleantes se repartieron el botín en los costales que habían previsto e iniciaron la fuga. Mientras tanto, un plan conjunto del DAS, la Policía y el Ejército había cerrado todas las vías de escape.

 

Cuando el grupo de facinerosos atravesaba el río Mataje, en la frontera con Ecuador, fue interceptado por las autoridades. Y vino la balacera. Dos de los asaltantes fueron dados de baja y el sargento fue herido en una pierna. Los costales quedaron a la deriva en el río, por fortuna en la parte menos caudalosa, y de ellos salían los billetes como en una escena cinematográfica.

 

Más tarde fueron entregados, aún mojados, a un juzgado de Tumaco. Se habían recuperado 416 mil pesos. Los otros 84 mil nunca aparecieron. Es posible que fuera la cuota del baquiano que condujo a los asaltantes por aquellos terrenos escabrosos.

 

Al sargento lo llevaron al hospital de Tumaco para someterlo a una cirugía urgente. La monja que lo atendía le hizo notar al médico que el hombre había extraído algo del bolsillo del pantalón y lo había guardado en la pijama. Era un fajo de banco: el saldo final de una operación demencial que no pudo tener éxito y dejó un cuadro apocalíptico, indigno de la noble tierra pastusa, donde nunca había sido asaltada una remesa bancaria.

 

La circunstancia más dolorosa de esta fatalidad fue la relacionada con el embarazo de la esposa de Hugo Arturo: se trataba de una falsa alarma. La prueba del sapo había fallado y ella no estaba embarazada. Con la ilusión de la maternidad él se fue del mundo. Dichoso con la noticia, había anticipado el viaje que debía realizar el lunes por avioneta y encontró la muerte en una carretera desierta y espeluznante. Lindo epílogo de amor que sella esta historia trágica.

 

Cuatro meses después (diciembre de 1966) regresé a Bogotá y no volví a saber nada del proceso judicial. Cuando recuerdo este episodio dantesco, se me nubla la mente y se me crispa el alma. Duré varios días dominado por la pena y el desconcierto. Pero había que seguir adelante.

 

El Espectador, 5-XII-2014.

Eje 21, Manizales, 5-XII-2014.

 

* * *

Comentarios:

 

Cuando usted describe a Pasto de aquellos años, de gentes sencillas y trabajadoras, un pueblo donde casi no pasaba nada, recordé el cuento En este pueblo no hay ladrones, de García Márquez. Álvaro Pérez Franco, París.

Excelente narrativa. Un suspense que no deja detenerse al lector. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

 

Qué terrible y angustiante experiencia de la que se salvó de morir, y como usted expresa, a pesar de los muchos años transcurridos aún se le nubla la mente por esos dolorosos recuerdos. Yo también tuve una experiencia de la que milagrosamente sobreviví y la escribí hace algunos años. Se la envío: Vivo de milagro. Antonio Guihur Porto, Barraquilla.

 

Es bueno dejar constancia de que en ese entonces solo robaban los bandidos: hoy lo hace todo el mundo. Óscar Jiménez Leal, Bogotá.

 

Muy buena la remembranza sobre el viejo episodio que los mayores recordamos. Aun cuando ocurrió hace casi medio siglo, me parece un poco atrevida su presunción sobre la pérdida de los 84 mil pesos como «la cuota del baquiano que condujo a los asaltantes», cuando usted mismo detalla cómo los costales con el dinero quedaron a la deriva por el río y de ellos salían los billetes. Felicitaciones por la columna y por su afortunada decisión, de última hora, de no acompañar al confiado colega a Tumaco. Gustavo Valencia García, Armenia.

 

Respuesta. – Los billetes que salieron de los costales no fueron muy numerosos, y de todas maneras se rescataron más abajo (el río en esa parte llevaba muy poca agua y los asaltantes lo atravesaban  a pie). También se pensó que los 84 mil pesos eran la cuota del chofer del taxi de los asaltantes. Pero esto no se pudo comprobar. GPE

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El anillo del Pescador

miércoles, 18 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El mayor símbolo papal lo representa el anillo del Pescador. Lo utiliza el papa para sellar la correspondencia privada. En él se ve a San Pedro pescando en un bote. Cuando termina el período del pontífice, el anillo es destruido y se fabrica uno nuevo, con diferente diseño, para quien entra a remplazarlo.

Es un elemento personal que identifica al papa y le recuerda que él es un humilde pescador, como lo fue Pedro, el primer papa. Este símbolo se ha olvidado, y ahora viene a revivirlo Francisco, quien ha dirigido al mundo claros mensajes sobre la renovación de la Iglesia, que él se propone liderar en momentos tan oscuros como los actuales que han hecho debilitar la fe religiosa y proliferar una ola de corrupción, ambiciones clericales, concupiscencia del dinero y el poder, con olvido de los principios cristianos que constituyen la piedra angular sobre la que Pedro fundó la institución del papado.

Francisco dispuso que su anillo fuera de plata dorada y no de oro macizo, como el de su antecesor. Y aplicó la misma medida a la cruz que lleva sobre el pecho. En estos actos van implícitas no solo su sencillez y pobreza habituales, sino un llamado a la austeridad y la humildad, que contrastan con el boato y la opulencia que se viven en los recintos del Vaticano y en los palacios diocesanos. Algunas vestimentas costosas de los jerarcas de la Iglesia superan los diez millones de pesos. Jesús era pobre.

¿Acaso esa fue la organización establecida por Pedro, un modesto habitante de las riberas que para sobrevivir tenía que lanzar la red a las aguas procelosas en busca del alimento cotidiano? Él no conocía los palacios, ni las limusinas, ni los anillos de oro macizo, ni los trajes color púrpura, ni los bancos. Iba con el pie descalzo por las orillas de los ríos. Su poder estaba en la sencillez, en la vida austera, en su modelo de honradez y transparencia. “El verdadero poder es el servicio”, dice Francisco.

Este papa sorprendente viene, según sus palabras, del “último lugar del mundo”, donde no tenía vehículo propio a pesar de su alta investidura, y donde andaba en metro o en colectivo y residía en una pieza desprovista de todo lujo, por renuncia que hizo de la habitación suntuosa que le brindaba su carácter de arzobispo de Buenos Aires. Huía de la riqueza y la ostentación para seguir los caminos de Pedro y predicar la palabra sabia sin ataduras humanas. A ese lugar fue a buscarlo la Iglesia, con angustia –y su barca elemental–, para que la pusiera a flote y la salvara del naufragio que se veía llegar.

Entendió el reto y se puso el anillo del Pescador, el auténtico anillo, el anillo de los pobres, el que carece de fulgores y falsas pedrerías. El nuevo prelado sabe, no ahora sino desde siempre (según lo confirman sus elocuentes huellas pastorales), que el poder arrogante no puede producir beneficio social. Y tiene a San Francisco de Asís como su prototipo de vida. Este vivió en una época de gran prosperidad eclesiástica y abandonó su propia fortuna para irse por los campos predicando la palabra bienhechora, consintiendo a las plantas y a los animales y aliviando las penurias de los seres humildes.

Francisco, que conoce los tugurios, clama por “una Iglesia pobre y para los pobres”. Ojalá la encuentre. Le toca buscarla, porque esta ha perdido su cauce. Ojalá lo dejen trabajar. Está dispuesto a hacerlo. “Nuestra vida es un camino –dijo en su primer día como papa–; cuando nos paramos, la cosa no va. Hay que caminar siempre en presencia del Señor”.

Este sentido del camino, de andar a la vera de los ríos, como Pedro, es aplicable a este turbulento mundo moderno de tan enredados senderos. Francisco ya escogió su itinerario. “Ir adelante es conocer a dónde va el camino”, le advirtió al mundo.

El Espectador, Bogotá, 22-III-2013.
Eje 21, Manizales, 22-III-2013.
La Crónica del Quindío, 23-III-2013.
Red y Acción, Cali, 23-III-2013.

* * *

Comentarios:

Estas apreciaciones sobre la misión de Francisco y las frases citadas de él refuerzan mis reflexiones compartidas con distintos grupos de discípulos en torno a la necesidad de distinguir entre la religiosidad y la espiritualidad. Consciente de la profundidad del tema, leí estas amenas líneas sobre El anillo del pescador, cuya extensa simbología, lejana a los dogmatismos de cualquier “ismo” religioso, conducen al universal espacio de la espiritualidad. Marta Nalús Feres, Bogotá.

Sin genuflexiones, el columnista destaca a una persona muy importante y realza unas condiciones humanas con las que ha sorprendido al mundo, en medio de la crisis que vive la institución que representa. Gustavo Valencia García, Armenia.

Al papa Francisco le toca cambiar la naturaleza humana si quiere renovar la Iglesia. A su favor tiene el ejemplo propio, que es poderosa inspiración. Gloria Chávez Vásquez, colombiana residente en Nueva York.

Lo único que veo en su contra es la edad, pues aunque 76 abriles no son aparentemente muchos para una persona normal, para el que debe tener una agenda terriblemente difícil, sí pueden hacerle mella. Pero jamás conoceremos los designios de Dios. Dios le ayude a cumplir su cometido. Luis  Quijano, colombiano residente en Houston (USA).

Un buen liderazgo genera, siempre y cuando encuentre eco y tenga apoyos internos, serios cambios. Lentos, pero los genera. Francisco tiene la ventaja de que cuenta con imagen, medios de comunicación, y el uso de la palabra, que es el único bien (por ahora) que parece tiene como arma. No hay, por mucho horror que nos rodee, que subestimar el poder de un buen líder, y menos cuando en medio de la decadencia moral y ética que vive este mundo le habla al poco espíritu de unos cuantos. suesse (correo a El Espectador).  

Convertir al Vaticano en un lugar para los pobres, transformar esa opulencia que se vive allí en algo humilde, lo veo muy difícil. Esa corrupción, esas intrigas, ese poderío… es una labor  para personas valientes. El papa como persona me cae bien, pero no creo que logre mucho. Por algo lo eligieron. eradelhielo (correo a El Espectador).

Todos sabemos que, hasta ahora (tal vez, con la fugaz excepción del papa Luciani), la Iglesia y sus jerarcas han sido sumisos y muy útiles alfiles del gran imperialismo y del gran capitalismo occidentales. No le será fácil al papa hacer que los poderosos reconozcan que gran parte de las miserias de este mundo se deben a su egoísmo, su prepotencia y su voracidad. CARV (correo a El Espectador).

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El futuro del libro

lunes, 4 de noviembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

José Mujica, presidente de Uruguay, sobresale en el mundo de la política como modelo de pulcritud. Es la antítesis de los políticos corruptos e ineptos que hacen de la vida pública un medio para enriquecerse, cambiar de piel como los camaleones, pervertir la moral y desentenderse del servicio social.

Hace tres años fue elegido presidente de los uruguayos. Fue la suya una lucha constante y sufrida que inició medio siglo atrás, marcada por su oposición a los gobiernos de facto y por su defensa de los pobres, actitud que le valió 15 años de prisión, hasta obtener en 1985, con el retorno a la democracia, la amnistía por los delitos políticos que se imputaban a los líderes rebeldes.

Ocupó las posiciones de diputado, senador y ministro. Para acceder a ellas fue primordial su militancia en movimientos políticos que buscaban la libertad, la que se vio quebrantada por casi 12 años de dictadura, durante los cuales surgió la matrícula guerrillera que lo llevó a la clandestinidad y luego a la cárcel.

Nunca dejó de ser hombre de campo. Lo es hoy, a pesar de su ejercicio presidencial. Es descendiente de españoles que se establecieron en Uruguay hacia 1840 y se dedicaron al cultivo de viñas. Adelantó sus estudios primarios y secundarios en organismos públicos y se inició en la carrera de abogado, que abandonó al poco tiempo.

El periódico ABC de Madrid publicó en estos días un artículo en el que destaca su condición humana dotada de sencillez y humildad, que ha sido su nota característica de siempre, y que ni siquiera la ha debilitado la presidencia de su país. Y lo sitúa en la chacra que adquirió hace mucho tiempo en Rincón del Cerro, en las afueras de Montevideo, a donde se desplaza con frecuencia a departir con los vecinos en forma llana. Es un enamorado de su terruño, que comparte con su esposa, la senadora Lucía Topolansky, y una perrita sin raza llamada Manuela. Ellos constituyen el trío perfecto de la felicidad.

José Mujica mantiene bajo control las tentaciones y abusos del poder. Se jacta en proclamar que es hombre pobre y sin capital. Escrituró la chacra a su esposa, y su único patrimonio es un viejo automóvil VW Fusca avaluado en 1.945 dólares. El carro oficial que utiliza es un sencillo Chevrolet Corsa, que no permite que le sea cambiado, pues no necesita nada superior. Su único afán es servirle a su pueblo.

Del salario de 12.500 dólares que tiene asignado como presidente, solo toma el 10 por ciento, y el resto (11.250 dólares) lo aporta a fondos de bienestar social. Dice que ese dinero es suficiente para vivir con dignidad, y “me tiene que alcanzar porque hay otros uruguayos que viven con menos”. Propone que los expresidentes otorguen para la misma finalidad parte de sus cuantiosas pensiones. Desde luego, ellos –y la cofradía de presidentes de Latinoamérica y del mundo– se harán de oídos sordos a semejante pretensión. También su esposa cede para causas sociales parte de sus ingresos como senadora.

“Yo no soy pobre –afirma–, pobres son los que creen que yo soy pobre. Esa es la verdadera libertad, la austeridad, el consumir poco. La casa pequeña, para dedicar el tiempo a lo que verdaderamente disfruto. Y si tengo muchas cosas me tengo que dedicar a cuidarlas para que no me las lleven. No, con tres piecitas me alcanza. Les pasamos la escoba entre la vieja y yo, y ya, se acabó. Entonces sí tenemos tiempo para lo que realmente nos entusiasma. No somos pobres”.

Este es José Mujica, un hombre elemental, bonachón y feliz, auténtico líder de su comunidad que a los 77 años no desea otra cosa que terminar su período y regresar a Rincón del Cerro, desde donde les da ejemplo de probidad y grandeza a los mandatarios del mundo.

El Espectador, Bogotá, 2-XI-2012.

La Crónica del Quindío, Armenia, 3-XI-2012.

Eje 21, Manizales, 2-XI-2012.

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Comentarios:

Se te olvidó decir que si el presidente Mujica viviera en Colombia, hacía mucho tiempo lo tenían metido en una clínica de reposo o encerrado en Sibaté. Gardeazábal, Tuluá.

Sí. Este señor Mujica es un gran líder. Fíjense que no se necesita haber obtenido un título universitario y todos esos requerimientos para ser presidente de un país. Lo único que se necesita es una formación académica secundaria, un gran sentido de lo social, un gran sentido de la lógica simple y buenas bases de ética y moral. Uruguay, en medio de esta crisis económica que empezó en octubre del 2008, causada por 13 torcidos americanos a quienes no les han hecho nada judicialmente, hoy por hoy muestra un crecimiento económico cercano al 8% anual y un desempleo por debajo del 5%. sincorruptos (correo a ElEspectador.com).

Lo que usted propone es la solución perfecta para los problemas de Colombia. La corrupción nace de la ambición desmedida de quienes ostentan los altos cargos públicos, pues su nefasto ejemplo se extiende hacia todos los servidores públicos, quienes actúan bajo esta premisa: «Si él roba mucho, por qué no puedo robar yo mi parte». Esa corrupción permea la principal función del Estado que es la de asegurar la aplicación de la justicia. La corrupción agota los recursos antes de que estos alcancen el objeto para el que han sido destinados, y eso genera descontento y violencia. Toffler (correo a ElEspectador.com).

Creo que es muy difícil encontrar otro presidente o expresidente que se aparte de las  ambiciones económicas. El caso del presidente Mujica es una perla rara, no solo en el continente, en el mundo entero. No es sino conocer los manejos de esos presidentes africanos, solo corrupción, otro Mandela será casi imposible de ver. Yo viví en Argentina en 2006, y allí hasta los taxistas estaban empapados de los acontecimientos cotidianos. Leo La Nación y Clarín, leo El País de España, y uno se asusta cuando conoce acerca de las decisiones que toman muchos mandatarios para esconder sus utilidades, sus negociados. Amparo E. López, colombiana residente en Estados Unidos.

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Médicos y medicinas

jueves, 31 de octubre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Entre los diversos comentarios recibidos sobre mi columna El médico de hoy me llegó este de Pablo Ramírez Duque: “Con respecto a su artículo, me preocupa que generaliza y a todos los médicos nos mete en el mismo costal”.

Tiene razón: no todos los médicos incurren en el mismo grado de deshumanización a que ha llegado la medicina en nuestros días. La crítica se refiere a la medicina en general, y la honrosa excepción la ofrece buen número de galenos humanitarios que a pesar del transcurso del tiempo y la distorsión de las costumbres no han olvidado el juramento de Hipócrates. Si el doctor Ramírez Duque se encuentra en este caso, lo celebro.

La salud en Colombia pasa por una de las encrucijadas más serias desde hace mucho tiempo. Está en cuidados intensivos. La ley 100 de 1991 es la causante principal de los problemas protuberantes que registra el sistema de salud pública. Dice otro comentarista de mi columna: “Los médicos no tenemos la culpa del deterioro de nuestras condiciones de trabajo y también somos víctimas del sistema. Si esta lucha la perdemos los médicos, la perderá la sociedad”. Tal afirmación no puede ser más real.

El encarecimiento de las medicinas sufrió duro golpe con el régimen de libertad de precios decretado en el 2006. Esta medida, lejos de conseguir que las drogas fueran más accesibles al bolsillo de la gente, produjo el efecto contrario: se abrió el camino para las alzas desorbitadas que hoy se incrementan a cada rato y representan un alarmante método de explotación. Duele saber que Colombia es el país con los medicamentos más caros del mundo, como lo prueba un estudio de Health Action International.

Aquí un medicamento puede valer dos, tres, diez veces más… –qué horror– de lo que cuesta en los países vecinos. Así lo demostró Juan Gossaín en su crónica de El Tiempo titulada En Colombia es más barato un ataúd que un remedio. Uno de los  anuncios de Santos en su campaña presidencial fue el de reformar el régimen de la salud con medidas capaces de rectificar los errores cometidos en los últimos veinte años.

A mitad de su gobierno, seguimos lo mismo, o peor que antes. Las EPS se volvieron ingobernables y pueden causar un colapso de incalculables consecuencias. La nueva ley 100, abanderada por Santos (ley 1438 del 2011), terminó en tremendo fracaso.

En cuanto a las medicinas, se presentan dos extremos: si el enfermo es atendido por una EPS, el médico le receta medicinas baratas, a veces ineficaces, por ser a cargo de la entidad, cuyos gastos debe controlar el médico; y si se trata del servicio prepagado, se formulan drogas costosas (bajo la presión de los laboratorios), por suponerse que el paciente dispone de recursos para adquirirlas.

Muy mal anda el país cuando los pacientes tienen que obtener con tutelas el derecho a la salud. En 2011 se presentaron 105.947 tutelas, una cada cinco minutos, y el 67 por ciento fueron para reclamar servicios incluidos en el POS (El Tiempo, 5-VIII-2012).

Cuenta el médico Tulio Bayer en su novela Carretera al mar que al llegar el médico  al pueblo donde debía prestar el año de medicina rural, el boticario, que al mismo tiempo era el gamonal, le mostró las existencias de medicinas y le propuso este negocio: “Usted, doctor, se acuerda de formular lo que yo tengo aquí, y yo le daré el diez por ciento de todas las recetas”. A renglón seguido anotó: “Es un negocio que se hace siempre con los médicos que vienen a los pueblos”. El médico de la novela, que era el propio Tulio Bayer, había recibido dicha oferta en la vida real. Y se negó a aceptarla. Esto le costó su desgracia en el pueblo.

Años después, Bayer sería director científico de los Laboratorios CUP en Bogotá. Especializado en Farmacología en la Universidad de Harvard, aplicó los principios éticos que gobernaban su ejercicio profesional. Pero se encontró con un foco de corrupción en este laboratorio que tenía alto prestigio en el país. Se rebeló ante ciertas prácticas que quisieron imponerle, y fue despedido del cargo. Esta denuncia la hace  Bayer en su libro Carta abierta a un analfabeto político.

Los hechos anteriores sucedieron hace más de medio siglo. De entonces a hoy, por lo que se ve, las cosas no han cambiado.

El Espectador, Bogotá, 10-VIII-2012.
La Crónica del Quindío, Armenia, 11-VIII-2012.
Eje 21, Manizales, 11-VIII-2012.

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Comentarios:

Uno podría pensar que esta columna es una más entre el montón de quejas sobre el sistema de «salud» que sostenemos entre todos, directa o indirectamente. Pero no. Cita vínculos interesantes, y recuerda una verdad de a puño: la plata es la que manda. Y la gente solo está al servicio de ella, no importa si con ello debe pasar por encima de la vida de otros, de la educación de los demás, de los derechos del resto, incluidos, curiosamente, los propios. Porque es chistoso, pero si quienes favorecen la corrupción y se meten en ella cayeran en cuenta que tarde o temprano ellos mismos (o sus familiares, amigos, seres queridos) caerán siendo víctimas de la acción mafiosa… lo pensarían un poco. Suesse (correo a El Espectador).

No creo que Santos cambie la ley 100, si su actual ministra de Salud formó parte en la creación del esperpento de dicha ley al lado de Londoño de la Cuesta. La salud gerenciada que nos impuso la ley 100 fue rechazada en Europa. Pedrito el antitraqueto (correo a El Espectador).

¿Saben cuáles son las tarifas que pagan las EPS a los médicos y laboratorios? La vigente del Seguro Social del año 2001. Así un profesional que se respete y estime no vende su alma y conocimientos que tanto le costó obtener,  por estas limosnas.  Juancala (correo a La Crónica del Quindío).

Y por qué cuestionar tal afirmación si el médico, un profesional que tiene que competir con resultados mas no con calidad para permanecer en el mercado, ha deshumanizado su labor para responder a los intereses de las EPS y entidades que solo buscan lucro pero no calidad y menos respeto por la vida y salud de los pacientes. Antonioruizvelez (correo a La Crónica del Quindío).

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