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Un hueco en el camino

domingo, 22 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Michel Dayana Barrera, de dos años de edad, caminaba con su madre por una calle del centro de Bogotá, de pronto vio una paloma y se fue detrás de ella. La paloma de la dulzura. Se me ocurre pensar que esa era la paloma de la paz, que se le aparecía a la pequeña con un mensaje de bienandanza para Colombia, que tanto necesitamos en estos momentos de confusión, de violencia, ira y rencor.

Pero no. Era la paloma de la fatalidad. Un hueco se abrió en el camino, y por allí se fue el cuerpo frágil de Michel Dayana, ante la mirada de terror de su madre. Se trataba de una alcantarilla a la que el abominable vandalismo le había robado la tapa para venderla, por unos pocos pesos, a las mafias de reducidores que hacen de las suyas bajo el amparo de la impunidad.

¿Cuánto tiempo llevaba sin tapa aquella alcantarilla que en minutos segó la vida de este ángel inocente que, pretendiendo alcanzar a la paloma –como se va detrás de  una ilusión–, se encontró con la muerte en la corriente subterránea del río San Francisco? Varios días, se supone. Nadie lo sabe, y esto ya no le importa a la gente, ni impresiona a las autoridades, pues innumerables sitios de la ciudad permanecen en el mismo estado, por días y días. Lo común es ver las alcantarillas abiertas que destrozan a los vehículos y atrapan a las personas. Faltaba que muriera una niña.

Cambiar las tapas se volvió asunto de rutina. Tan rutinario, que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá tiene abierto en su presupuesto un rubro crecido para atender este latrocinio habitual, de todos los días y todas las horas. En Bogotá desaparecen cinco tapas diarias en promedio. En lo corrido del año van 1.400 tapas, cuya reposición tiene un costo de 500 millones de pesos.

Cuantas veces se aborda este tema, se dice que reprimir el robo es muy difícil. Es increíble que en tantos años de vigencia de este crimen callejero no se haya buscado el medio efectivo para ponerle coto a la situación. Medellín sí lo hizo. Allí no se ven alcantarillas abiertas y tampoco un hueco en el pavimento. ¿Por qué lo logra la capital antioqueña, mientras la capital del país vive con los brazos atados? Si las tapas terminan en manos de los reducidores, ¿por qué nunca se ha sabido de un golpe certero a estas bandas?

La respuesta es obvia: lo que falta en la capital del país es eficiencia administrativa. Falta mayor acción policial para descubrir y castigar a los traficantes de este mercado monstruoso. Bogotá es un hueco. No se trata solo de las tapas que desaparecen todos los días, sino de los cráteres de la malla vial que hacen insufrible la vida capitalina. Este hueco, este vacío de autoridad, es el que permite las alcantarillas abiertas y tiene destrozada a la ciudad.

El fenómeno de las tapas es nacional. Otras ciudades, como Ibagué, Bucaramanga, Pereira y Cali, sufren el mismo lastre. La consigna, ante el drama desgarrador de Michel Dayana, debe consistir en desplegar una batalla vigorosa contra los reducidores. Pero que esto no suceda solo porque el país ha levantado su voz de alarma y de rechazo ante la ineficiencia, sino porque eso es lo que corresponde hacer dentro del sano ejercicio de la autoridad.

El Espectador, Bogotá, 25-X_2013.
Eje 21, Manizales, 25-X-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 26-X-2013.

* * *

Comentarios:

Sin duda es un problema de negligencia administrativa, de falta de autoridad y de voluntad, para erradicar esta vergüenza; una más de esta sociedad pasiva e indolente. Gustavo Valencia, Armenia.

 ¡Qué artículo tan acertado! A aquellos que roban y a quienes compran debería acusárseles de homicidio deliberado, o como se le llame en la jerga judicial. Y sin contemplaciones. Pero plantear esto parece cosa de locos en medio de ese inconmensurable hueco de inmoralidad en que se convirtió el Estado colombiano, en todas sus instituciones. Colombia es un hueco sin fondo, y su justicia un hazmerreír que se hace sentir solo para los de ruana. Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA).

No es entendible que los entes encargados, Policía, servicios secretos, juzgados, alcaldías menores y ciudadanía en general se hagan los de la vista gorda con los ladrones y bribonzuelos. Un ejemplo: ¿será que no se han enterado de que en los Barrios Unidos, en el centro y en el Barrio Restrepo hay cuadras completas en las que se expenden autopartes de carros robados? Si hasta se ven a los patrulleros de la Policía conversando alegremente con esos “comerciantes”. En la llamada “Playa” de las Calle 6ª –centro–, a cuatro cuadras de la Estación Sexta de Policía, se ven nubes de vendedores ofreciendo la “merca”. ¿Qué pasará? flecha veloz 1943 (correo a El Espectador).

Los reducidores son quienes tienen la mayor culpa. A quien sea detectado comprando este material y los cables que contienen cobre deben cerrarles inmediatamente sus negocios por atentar contra la sociedad. No debe haber ninguna excusa ni dilación en tomar dicha medida.

luisfernagui@live.com.mx (correo a La Crónica del Quindío).

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Un rostro en el tumulto

sábado, 21 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

 Lo que al principio se mostró como un movimiento tranquilo, al paso de las horas se convirtió en una asonada nacional. Era el paro agrario, anunciado para el 19 de agosto. El presidente Santos, que no midió el alcance de la protesta, alcanzó a restarle importancia al paro. Cuando dos días después abrió los ojos a la realidad, ya el país estaba bloqueado.

Al lado de los campesinos se habían infiltrado grandes masas de saboteadores que comenzaron a taponar vías fundamentales para el transporte y cometer toda suerte de atropellos contra los vehículos, las personas y la Policía. Los reportes sobre los desastres ocurridos en lugares neurálgicos eran alarmantes. Los propios campesinos no estaban conscientes de que tales desmanes eran perpetrados por hordas enfurecidas de delincuencia común que nada tenían que ver con las justas demandas del sector.

La ciudad más afectada fue Bogotá. Como la Policía actuaba con moderación, los revoltosos, llevados por sus odios viscerales y su sed de destrucción, se enfrentaron a las fuerzas del orden armados de piedra y garrote. Ellos sabían que el momento era propicio para saquear, incendiar y arrasar cuanto estuviera a su alcance. Y así lo hicieron. Por varios días, la capital quedó en sus manos. Las quemas de vehículos, el robo de los negocios, las agresiones a los policías y al público sembraron de terror la vida capitalina.

Bogotá quedó paralizada y los alimentos comenzaron a escasear. Escenas de humo, de heridos, de balas perdidas, de calles paralizadas y todo un horizonte de barbarie y actitudes criminales hicieron recordar el 9 de abril. Así había comenzado aquella revuelta frenética que destruyó a Bogotá y causó daños incalculables en bienes y en vidas. Así podría suceder ahora si no se actuaba con mano dura para reprimir el ímpetu vesánico.

Eran agitadores profesionales, tan hábiles para pescar en río revuelto, los que se ocultaban tras las capuchas para cometer las mayores tropelías y quedar impunes. La paciencia de la Policía los favorecía. Habían cambiado la ruana por la capucha, y solo días después los campesinos advirtieron que habían sido suplantados.

Gloria Barreto, sencilla habitante del barrio San Cristóbal, salió de su casa con el fin de hacer un reclamo por una factura del agua. En la Plaza de Bolívar quedó envuelta en estas pandillas de maleantes que lanzaban piedras, palos y objetos diversos contra el cordón policial que a duras penas lograba contenerlas. Se encontró con las caras de angustia de algunas uniformadas, y estas le hicieron recordar a su hija de 22 años.

Posesionada de dolor y valentía, alzó los brazos en cruz frente al grupo del Esmad, como escudo humano y la manera de proteger a la Policía. Permaneció estática, expuesta al atropello y los ultrajes de los agitadores. Han podido lincharla, claro está, pero solo recibió empellones y sufrió lesiones menores. Dice que los manifestantes reflejaban “falta de amor y una furia interna en su corazón”.

Detrás de la insania, y controlada ya la asonada, queda el rostro de esta valerosa mujer que se levantó sobre el odio y el salvajismo arrasadores para dejar en el tumulto su mensaje de amor. Por otra parte, es preciso meditar sobre la suerte de estos grupos de desadaptados, de resentidos sociales, que no cuentan con medidas salvadoras para ser rehabilitados.

El Espectador, Bogotá, 6-IX-2013.
Eje 21, Manizales, 5-IX-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 7-IX-2013.

* * *

Comentarios:  

Un justo homenaje a esa valiente mujer, quien brilló con luz propia, y sin pretensión alguna. Sólo la de solidarizarse y defender con su valerosa decisión a un grupo de policías que protegían la catedral. Gustavo Valencia García, Armenia.

He leído con mucho interés esta reflexión sobre la crisis ocasionada por la movilización social del campesinado colombiano y el papel humanitario de la valerosa dama, sin duda un símbolo de concordia y dignidad. Alpher Rojas Carvajal, Bogotá.

La capucha me parece que es símbolo de cobardes, y no importa si la usan los de derecha, los de izquierda o de los organismos de seguridad. Así como condeno el abuso policial, cuando se presenta, condeno también la violencia que se desata contra ellos. El sofisma de que son las fuerzas del sistema no convence. Este no se va a derrumbar porque se lancen piedras o artefactos explosivos a los policías que también son hombres… del pueblo. Además, como bien decía Ciorán, «el revolucionario de hoy es el policía del mañana». Jorge Mora Forero, colombiano residente en Weston (USA).

Una cosa era el paro campesino y otra muy distinta el aprovechamiento del mismo por parte de los terroristas, para hacer lo que siempre hacen: actos vandálicos en contra de la Fuerza Pública y los comerciantes, además de asaltar y robar cajeros automáticos, almacenes y negocios de barrio. Holarunchos (correo a El Espectador).

Memoria del fuego

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

Hace 40 años, el 23 de julio de 1973, ardía el edificio de Avianca. Su torre, de 42 pisos, era la más alta que existía en Suramérica. Por aquellos días se iniciaba la época de los rascacielos, y el edificio bogotano era admirado por su solidez y belleza.

Su diseño y construcción fueron ejecutados por Esguerra Sáenz, Urdaneta y Cía., Ricaurte Carrizosa Prieto y el italiano Doménico Parma. El diseño concluyó en 1963 y la construcción se realizó entre 1966 y 1969. La obra se levantó en el predio que ocupaba el renombrado hotel Regina. Cuatro años después de la inauguración llegaron las llamas e invadieron la soberbia edificación que representaba el mayor símbolo del avance urbanístico de la capital, ante la mirada atónita del país y la insuficiencia técnica para sofocar el ímpetu destructor del fuego.

Pasadas las 7 de la mañana se inició el incendio en el piso 14. Allí, según el relato que años después haría la aseadora Araminta Isea en la revista SoHo, había muchas cosas almacenadas, como tapetes, alfombras y gasolina. Queda fácil deducir que algún descuido originó la combustión. A los 15 minutos llegaron los bomberos y se pusieron al frente de la operación más gigantesca y riesgosa que nunca habían acometido, con la mala fortuna de que las mangueras solo llegaban hasta el piso 12.

Las llamas ascendían con gran velocidad desde el piso 14, y llegarían al 37. La gente que a esa hora se hallaba en el edificio subía a pie por las escaleras, en intento desesperado por no dejarse alcanzar por el fuego. Las operaciones de rescate se cumplían con helicópteros que lanzaban torrentes de agua sobre el gigante herido. Algunas personas atacadas por el pánico se tiraron al vacío y perecieron. Otras llegaron hasta la azotea, donde fueron sacadas en helicóptero. La espantosa escena se prolongó hasta bien entrada la noche.

Días después, el 12 de agosto de 1973, salió publicado en el Magazín Dominical de El Espectador, con gran despliegue –y con impresionante fotografía del edificio devorado por las llamas–, la página que titulé El fuego: amigo y enemigo, donde anoté: “De pronto llegaron las llamas y todo lo arra­saron. La ciudad se sintió impotente para contener su furor y presenció aterrorizada cómo estas len­guas del infierno se iban encaramando de piso en piso, de pared a pared, sin respetar nada, hasta co­ronar la altura y dejar un escombro humeante”.

Miles de colombianos presenciaron en la televisión el avance vertiginoso del fuego y los esfuerzos titánicos de los bomberos y otros organismos de salvación que con medios precarios luchaban contra la hecatombe. El saldo trágico fue de 4 muertos y 63 heridos. Ahora bien, la estructura no sufrió daños considerables.

Ahora viene un dato curioso. En aquella época ocupaba yo la gerencia de un banco en Armenia y enfrentaba una difícil situación con Proexpo (Fondo de Promoción de Exportaciones), cuya sede estaba situada en el edificio de Avianca. El problema nacía del proceder de un cliente de mi oficina en el trámite de una exportación. Nosotros no éramos responsables de la conducta del cliente, pero Proexpo se empeñaba en inculpar a mi oficina, y de paso creaba un problema para todo el banco. Actitud injusta, por supuesto. Entre carta va y carta viene, que fueron muchas, estuve empapelado y mortificado durante largo tiempo. Con todo, no lograba que las cosas se aclararan.

En Proexpo (esto lo sabríatiempo después) había un alto funcionario que ejercía indebida presión contra el banco, por una malquerencia personal. Ese era el  motivo soterrado. Increíble, pero cierto. La condición humana hace cometer a veces actos insólitos. La solución la dio el incendio del edificio de Avianca, ya que todos los archivos de Proexpo desaparecieron entre las llamas. Nunca más volvió a mencionarse el caso. El fuego nos hizo justicia.

El Espectador, Bogotá, 19-VII-2013.
Eje 21, Manizales, 19-VII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 20-VII-2013.

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Comentarios:

El  14 de julio de ese año llegué a Colombia recién casada. Fue el primer acontecimiento terrible que vivimos entonces. El esposo de mi prima Esperanza Feres, Francisco Ramírez (q.e.p.d), tenía su oficina de arquitecto en el piso 14.  Marta Nalús Feres, Bogotá.

Me acuerdo de ese incendio como si fuera ayer. Yo trabajaba en el piso 12 de un edificio en la calle 20 con carrera 10, y todo el día nadie trabajó. Desde allí vimos el incendio que lentamente acabó con el símbolo estructural de ese entonces. Luis Quijano, colombiano residente en Houston (USA).

Hay que anotar que el piso donde se inició el incendio era realmente el 13, pero que por huirle a la mala suerte fue numerado como 14. Marmota Perezosa (correo a El Espectador).

Tenía yo 18 años y recuerdo como si fuera ayer que nos reunimos todos en la casa a observar en el televisor todos los pormenores de semejante hecatombe. Muy similar fue la novelería que causó la movida de un edificio en el centro de la capital, también transmitida por la pantalla chica. Pablo Mejía Arango, Manizales.

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Los abominables vándalos

viernes, 20 de diciembre de 2013 Comments off

Gustavo Páez Escobar

La Rebeca, que pronto cumplirá noventa años de haber sido instalada en Bogotá, es uno de los monumentos que más han sufrido el maltrato callejero. En forma periódica se le hacen costosas reparaciones, y al cabo de los días vuelve a causarse el mismo ultraje. Una vez le pintaron bigote y le pusieron corbata. Después le rompieron la nariz y los dedos. Qué insulto al arte y la cultura.

Lo mismo ocurre con la estatua de Sía, la diosa chibcha del agua, cuya presencia en la capital cumple siete décadas. Los vándalos acabaron con el cuerpo de la deidad tallado en piedra e invadieron el sitio con infamantes grafitis que la mantienen con el rostro cabizbajo, como apenada de vivir entre gente dominada por los peores instintos. Otro tanto sucede con la mayoría de monumentos de Bogotá y de las capitales colombianas.

En el puente peatonal que desemboca en la plazoleta de la carrera 17 con calle 98, las rejas que cubren los sumideros han desaparecido, no sé cuántas veces, en manos de los azotacalles que viven al acecho de cuanto puedan hurtar al amparo de la noche. Tapas de las alcantarillas, sumideros, rejas y luminarias son elementos de fácil sustracción por los rateros. También se apropian de adoquines y postes de la luz, lo que tal vez suene exagerado, pero es la realidad.

Para tener una idea del daño que se produce a la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, que en forma permanente repone los artículos hurtados, es preciso saber que estos tuvieron un costo de 500 millones de pesos durante el primer semestre del año. El costo mensual de las luminarias hurtadas es de 350 millones de pesos.

Por otra parte, están las averías causadas a las señales de tránsito, cuya reparación representa un costo aproximado de 1.000 millones de pesos anuales. Y la de los semáforos, 600 millones anuales. Cuesta otro dineral la reparación de los actos vandálicos contra las estaciones de buses y de Transmilenio. El mantenimiento de estos servicios tiene un costo exorbitante y debe realizarse con la mayor eficacia para garantizar la vida normal de la ciudad. De lo contrario, vendrá el caos.

Los grafitis son otro de los lastres que soportan los cascos urbanos. Esta tendencia arrasadora se estrella contra el patrimonio público y privado, degrada la estética de las viviendas, las fachadas de los edificios, los locales comerciales, las iglesias, los muros, los puentes y los monumentos. Si con la permisión del grafiti se busca el desarrollo del arte, habrá que preguntar de qué arte se trata, si en la mayoría de los casos lo que se ven son horribles mamarrachos, trazos sin sentido, leyendas o palabras injuriosas, mensajes obscenos o insulsos.

Al vándalo lo mueve un instinto cavernario de destrucción y resentimiento social. Goza haciendo mal en la propiedad ajena y camina impune por las calles, muchas veces armado de cuchillo y garrote. Es amo y señor de su propia perversidad. Desafía el orden y las normas, por ser un desadaptado de la sociedad. La sociedad lo enjuicia, pero no lo regenera.

No es posible llegar a tal grado de chabacanería, ruindad e inseguridad. Hemos caído en los abismos de la frivolidad, la indiferencia ante el desatino, la convivencia con la ordinariez, lo dañino o lo mediocre. En lugar de dolernos por lo que existe en forma errónea, debemos rescatar la función de buen ciudadano que dejamos perder a causa de nuestra permisividad o silencio cómplice.

A todos nos corresponde velar por la ciudad. La ciudad es de todos. Existen normas para frenar los abusos del vandalismo, pero poco es lo que hacen las autoridades en tal sentido. Hay que comenzar por educar la conciencia cívica. Y al mismo tiempo reprimir los desmanes que atropellan la vida civilizada.

El Espectador, Bogotá, 5-VII-2013.
Eje 21, Manizales, 5-VII-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 6-VII-2013.

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Comentarios:

La ciudad va quedando en manos de los vándalos y el civismo se ha convertido en una cosa del pasado. Mientras no recuperemos una identidad cultural no hay nada que hacer.Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

La majestuosa escultura del Libertador, obra de Tenerani, exhibida en la plaza de Bolívar, podría trasladarse a un lugar seguro, donde no pueda ser objetivo de los vándalos, como el Museo Nacional. En su lugar, se puede poner una copia. Como en Bogotá no hay semana en que no haya por lo menos una manifestación pública que se dirija a la plaza de Bolívar, de nada sirve limpiar el pedestal porque la chusma vuelve a ensuciar el monumento con sus grafitos. Gilberto Álvarez Ramírez, Bogotá.

Como me lo dijera alguna vez el periodista amigo Héctor Ocampo Marín: “La chabacanería nos está ganando la partida”. Carlos Alberto Villegas, Medellín.

Aterradora radiografía de nuestra realidad. De igual forma se comportan los hinchas de las barras bravas del fútbol quienes se creen con licencia para cometer todo tipo de desmanes; de alguna forma habrá que acabar con esa vagabundería. Pablo Mejía Arango, Manizales.

El código de policía debe tocar este tema. Lo que falta es autoridad. Con seguridad, cuando más de uno de estos vándalos entren a la guandoca lo pensarán dos veces antes de expresar el «libre desarrollo de su personalidad». Otra plaga igual es la de los carteles en paredes y postes de la ciudad. yahir51 (correo a El Espectador).

Los vándalos (grafiteros que manchan fachadas de casas o comercios, que se cuelan y dañan las puertas en el Transmilenio, que destruyen las esculturas) no van a atender a ninguna campaña educativa, lo único que los detendría serían sanciones ejemplarizantes. Y no muy lejos de su conducta antisocial están los indigentes que riegan las basuras y los narcoadictos que consumen y son microtraficantes al mismo tiempo.  Juaco G. Hoyos (correo a El Espectador).

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Condenada a morir

miércoles, 18 de diciembre de 2013 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Los esposos Bernardino Lesmes y Amparo González veían con mucha alegría el nacimiento de Paula Sofía, ocurrido hace nueve meses en una clínica de Bogotá. Su primer hijo tenía nueve años de edad y ellos soñaban con la pareja, ilusión que al fin vieron cumplida con la llegada de Paula Sofía.

Pero la niña nació con graves deficiencias orgánicas, y ahí comenzó el calvario de los padres. Estos nunca se habían imaginado que tres enfermedades simultáneas lesionaran en forma catastrófica la salud de la niña recién nacida: síndrome de Down, hipotiroidismo y cardiopatía congénita. Esta última le significaba serias dificultades para respirar. Como si fuera poco, dos días después de su nacimiento tuvo que ser operada por una obstrucción intestinal.

La alegría del segundo hijo se convirtió en un camino de dolores. Comenzaron las consultas médicas, las preguntas sin respuesta, las negativas de los servicios de asistencia hospitalaria. Para los padres, todo se tornaba complejo, oscuro, impenetrable. Los funcionarios de la salud eran seres lejanos e indolentes que no solo los atendían de afán, como si fueran un estorbo, sino que no les resolvían nada.

La EPS Solsalud, a la que estaban afiliados (y que se encuentra intervenida desde hace un año por fallas en el servicio), los sometió a toda clase de trabas, de trámites tortuosos e interminables. Este es el país de los trámites, donde todo se complica por falta de reglas precisas y eficaces. El ciudadano deja de ser una persona digna para volverse un papel, un número, una ficha de computador manejada por personas carentes de raciocinio y sentido humano. Los funcionarios parecen autómatas.

Sin embargo, los padres angustiados reunieron todos los papeles que Solsalud exigía para practicar a la niña la cirugía cardiovascular ordenada, de manera urgente, por una cardióloga de la clínica del Niño, de Soacha. Pero no fue posible obtener la autorización. Se insistió varias veces, y la entidad, aparte de mostrarse imperturbable frente al drama de la vida que se hallaba en serio peligro de muerte, permanecía muda. Ninguna razón dio para su negativa.

“La EPS todo lo negaba, hasta las bolsas de colostomía. En nueve meses solo nos dieron cuatro. Cada una costaba de 35.000 a 40.000 pesos, que nos tocaba sacar del bolsillo”, manifiesta el padre de Paula Sofía al periódico El Tiempo, de donde se toma esta noticia,

Tuvo que acudirse entonces a la Defensoría del Pueblo, última instancia que busca el ciudadano cuando siente vulnerados sus derechos y no ve más salidas. Se entabló una tutela, y se ganó. Pero Solsalud desatendió la orden. Esto ocurría a principios de abril. El caso se complicó con una bronquiolitis aguda que fue atendida en el hospital San Blas, el 24 de abril.

No fue posible que la EPS remitiera a la paciente a una institución especializada. Hoy aduce que ninguna de las quince entidades a las que solicitó ese servicio lo aceptó. No se entiende cómo estas quince entidades se niegan, en el curso de cinco días, a atender la remisión de la paciente. Este aspecto debe obtener plena claridad en la investigación que adelanta la Superintendencia de Salud.

Paula Sofía falleció por un paro cardiorrespiratorio, el 29 de abril, en el hospital Santa Clara, a causa de una neumonía. Es otro episodio, por demás doloroso, que pinta la ineficiencia de los organismos del Estado que deben proteger la salud de los colombianos. Atribuir toda la culpa a Solsalud sería un escape de la exacta realidad. Es todo el sistema sanitario el que desde hace varios años se halla en crisis y reclama medidas de fondo (que aún no logra sacar adelante el ministro del ramo) para garantizar un derecho primordial del ser humano.

El Espectador, Bogotá, 3-V-2013.
Eje 21, Manizales, 4-V-2013.
La Crónica del Quindío, Armenia, 4-V-2013.
Red y Acción, Cali, 4-V-2013.

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Comentario:

La niña sí se salvó. Se salvó de haber llevado durante unos cuantos años –muchos no habría vivido− una vida (¿vida?) miserable, dolorosa y completamente inútil. Y no solo se salvó ella: también se salvaron sus padres y su hermano de tener que soportar el dolor de verla sufrir largo tiempo hasta que muriera. Y no menos importante, se salvaron de tener que cargar con los enormes costos económicos que hubiera implicado el mantenerla con vida, impulsados solo por el vacuo meme de que «la vida es sagrada» (…)  digamos que el amor y la compasión exigirían así mismo que en el caso de una persona en la plenitud de su ser como Homo sapiens, pero que por causas ordinarias es víctima de circunstancias que truncan bruscamente el desarrollo normal de su vida (soldados víctimas de minas, entre innumerables ejemplos), ese Estado idealmente racional no escatime esfuerzo alguno de ninguna clase por hacer que su paso por el planeta continúe con el menor dolor posible. Bernardo Mayorga, Bucaramanga.