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La muerte del general París

miércoles, 2 de diciembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

El Tiempo, en su edición del pasado 25 de junio, informó que el general Gabriel París Gordillo, presidente de la Junta Militar que reemplazó al general Rojas Pinilla en 1957, había muerto en la ciudad de Bogotá y que sus exequias se realizarían al día siguiente con asistencia del presidente Álvaro Uribe Vélez. Al día siguiente, en lugar de las exequias y de los numerosos avisos funerarios que se presentían, apareció en el mismo diario la rectificación de la noticia, con esta manifestación de un hijo del general: “Él está en una finca del Tolima, no tiene problemas de salud y hasta da conferencias”.

Lo cual, por supuesto, es digno de celebración. Un personaje de la categoría del general París, que aparte de cumplir brillante carrera militar tuvo alta figuración en aquellos lejanos sucesos, ocupa sitio destacado en la historia colombiana. Sus otros compañeros del gobierno provisional fueron los generales Luis E. Ordóñez Castillo, Rafael Navas Pardo, Deogracias Fonseca Espinosa y el contralmirante Rubén Piedrahíta Arango. En ese tiempo, el general París contaba 47 años de edad, y hoy tiene 95. De entonces a hoy mucha agua ha corrido bajo los puentes, y la historia se ha olvidado.

El alto militar resucitó con estas palabras suyas, expresadas desde Flandes a un corresponsal del periódico, municipio donde reside desde hace varios años: “No estoy muerto, estoy vivito y coleando, con 95 años de vida, bien bebidos y bien comidos”. Palabras que equivalen a otra célebre frase que se viene repitiendo a lo largo de los años, como respuesta irónica, e incluso festiva, ante las muertes inexistentes (que las hay, las hay, como queda visto): “Los muertos que vos matáis gozan de completa salud”.

Ya ocurrido el caso, es pertinente hacer unas reflexiones sobre la falsa noticia,   cometida acaso por los apuros con que se arma el diario los fines de semana. Esto, desde luego, no justifica semejante equivocación. Frente a los códigos de responsabilidad que debe observar el periodismo en el campo informativo, no se entiende cómo se coló la pifia sin que nadie la hubiera detectado.

El Manual de Redacción de El Tiempo, en el numeral 2.05.07, dice que “los rumores no son noticia” y recomienda a los periodistas acudir a fuentes serias de información para confirmar la exactitud de los hechos. Aquí se pretermitió esa regla. Era fácil buscar contactos con la familia del presunto muerto, o con los mandos militares, y de paso enterarse de otras circunstancias relacionadas con el deceso. Y no se hizo.

La noticia fue a dar a página interior del periódico y no tuvo la notoriedad que ha debido concedérsele. La presente nota no entra a enjuiciar la gestión pública cumplida por el general París, figura sobresaliente del gobierno militar –tanto el de la dictadura como el le que siguió en el período de transición–, sino la equivocación cometida al darse una noticia infundada.

La rectificación apareció en el mismo espacio interior del diario, cuando lo indicado era hacerlo en primera página por tratarse de un error de gran tamaño, ya difundido en todo el país. Además, El Tiempo ha debido presentar excusas al general y su familia, por las incomodidades y el dolor que les causó. Una hija suya que vive en Bogotá quedó consternada cuando supo la muerte de su padre, y las horas siguientes fueron de ahogo y sufrimiento en medio de las incontables llamadas telefónicas que entraron a su residencia. ¿Qué piensa sobre este caso la defensora del lector de El Tiempo, en lo referente al ejercicio periodístico?

En la hoja de vida del general París se destacan las posiciones de comandante de la segunda y cuarta brigadas, con sedes en Barranquilla y Medellín. Durante el gobierno militar fue comandante del Ejército, embajador extraordinario y plenipotenciario en una misión en Estados Unidos, ministro de Justicia y de Guerra y encargado del Ministerio de Relaciones Exteriores. El 10 de mayo de 1957, a la caída de la dictadura, Rojas Pinilla lo escogió para presidir la Junta Militar, la que designó un gabinete de reconciliación nacional y convocó al plebiscito que estableció la alternación de los partidos en el poder durante 16 años, fórmula conocida como el Frente Nacional.

El 7 de agosto de 1958, los cinco militares entregaron el gobierno al doctor Alberto Lleras Camargo tras cumplir un papel de equilibrio y moderación luego de los graves hechos que había vivido la nación, y Colombia pasó a otro proceso histórico. De ese equipo, el único sobreviviente es el general París.

El Espectador, Bogotá, 30 de junio de 2005.

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Comentarios:

Felicitaciones por tu muy acertado y ameno artículo sobre la “muerte” que El Tiempo le dio al general París. Das una lección sobre cómo se deben manejar esas cosas desde el rigor periodístico que merecen. Eduardo Durán Gómez, Bogotá.

En nombre de toda nuestra familia, le agradezco infinitamente el artículo que escribió sobre la metidota de pata de El Tiempo. Y lo que usted dice es cierto: ni le dieron a la noticia la dimensión que merecía, ni la corrigieron con la misma fuerza. Tan cierto es esto, que cuando me comuniqué telefónicamente con él, me dijo que lo grave de ese asunto no era que lo hubieran matado, sino que no lo habían revivido. A mí, además de haberme dañado el sueño –pues mi mamá me llamó muy a las 5 a.m. a darme la noticia–, por poco me hacen abordar un avión hasta Bogotá. ¿Puede creer que hasta la oficina de Protocolo de la Presidencia llamaron a mamá a preguntar si la noticia era cierta, pues el presidente Uribe estaba preocupado y necesitaba saber los detalles de la situación? Enrique Gómez París, director de Desarrollo Económico, Gobernación de Santander.

La reacción que tuvo tu corrección sobre la supuesta muerte del general París es más que merecida, pues tú pusiste las cosas en su sitio. Los columnistas mayores –¿viejos?– al menos tenemos la virtud de la indagación, la reflexión y la prudencia, asuntos bastante menospreciados por los jóvenes picateclas. Hernando García Mejía, Medellín.

(El general París murió en Girardot el 21 de marzo de 2008, a los 98 años de edad. Es decir, murió cerca de tres años después de que El Tiempo dio la falsa noticia).

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Defensora del lector de El Tiempo: Cecilia Orozco T:

El 10 de julio intervino en este caso la Defensora del lector con la columna Sucesión de errores, quien anota, entre otras cosas: “Pese a que las posibilidades de equivocarse siempre están presentes, no es usual que se cometa un error tras otro (…) La responsable es una reportera experta en trabajos espinosos (…) Pero es obvio que en esta oportunidad falló (…)”.

La Defensora del lector  hace hincapié en las siguientes normas periodísticas:

“Podemos aprender varias lecciones de este capítulo excepcional:

“A. Las apariencias son más engañosas de lo que solemos aceptar. Con demasiada frecuencia, los periodistas llegamos a conclusiones apresuradas, basados en premisas tales como “todo indica que”…

“B. Es indispensable entender que cada uno de los datos que se van a utilizar tiene importancia y, en consecuencia, debe ser preciso. Muchos reporteros le dan prioridad a la verificación del punto central de su artículo y subestiman los detalles. Si estos son de corte histórico, el desprecio parece incrementarse, lo que puede conducir a serias inconsistencias, como quedó demostrado.

“C. La falta de interés en la historia es una falencia grave en cualquier periodista, no importa cuál posición ocupe en su profesión.

“Finalmente, si uno se equivoca, lo peor es evitar el tema. La mejor forma de salir airosos del apuro es reconocer con grandeza el error y guardar en la memoria –para no fallar de nuevo– el descuido que nos hizo caer en la trampa”.         

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Miradas a Boyacá

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Por: Gustavo Páez Escobar

Boyacá y su academia

En el Ciclorama del Puente de Boyacá, el pasado 9 de abril, la Academia Boyacense de Historia se reunió en sesión solemne para celebrar sus cien años de vida. No ha podido escogerse mejor escenario para esta efeméride: allí palpita el corazón de la patria en medio de los símbolos que recuerdan la derrota de la opresión española y el nacimiento de la libertad. A partir de ese momento se iniciaba la historia grande de un pueblo que rompía las cadenas de la esclavitud y se volvía soberano.

La Academia Boyacense de Historia fue fundada el 9 de abril de 1905 con el nombre de Centro de Historia de Tunja (que llevó hasta 1946), por Cayetano Vásquez Elizalde, y su primer presidente fue el canónigo Aquilino Niño Camacho. A través de los años, la entidad se ha encargado de mantener prendida la llama del nacionalismo y el culto a las tradiciones, comenzando por afirmar los episodios históricos de la propia región. Pocas zonas del país aglutinaron en los días de la Independencia tanta variedad de personajes y de sucesos heroicos como los ocurridos en esta tierra de epopeyas y oraciones. Y pocas poseen en los días actuales su misma esencia cultural.

El segundo presidente fue el canónigo Cayo Leonidas Peñuela Quintero, tío de la poetisa Laura Victoria, célebre historiador y polemista que en 1912 fundó el Repertorio Boyacense, órgano oficial de la Academia, que acaba de llegar a 341 ediciones. Se trata de la revista más antigua de las academias regionales de Historia y del departamento de Boyacá, por cuyas páginas han desfilado egregios escritores dedicados a destacar los valores de la comarca, decantar la historia, fortalecer la cultura y afianzar el sentido de pertenencia a la patria. Publicación de lujo y de sólido contenido, en la que se ventilan los temas más variados y profundos que hacen relación con el campo académico, siempre con la mira puesta en Boyacá y en Colombia.

Quince presidentes ha tenido la entidad en su siglo de existencia. Seis de ellos provienen del ámbito eclesiástico, lo que refrenda una de las características más propias de Boyacá: el espíritu religioso que se respira en todas partes. Y dos secretarios perpetuos: Ramón C. Correa Samudio, que estuvo al frente del cargo, con ejemplar entrega y maravillosa labor productiva, durante 68 años, y Enrique Medina Flórez, insigne personaje de las letras y la docencia, que lo remplazó en 1991 y acaba de recibir, en la ceremonia del Puente de Boyacá, la exaltación como miembro benemérito. El presidente actual, que ha ocupado la posición en dos ocasiones, es Javier Ocampo López, maestro de Historia y gran promotor de la cultura boyacense.

En el centro académico se ha dado cita, a través de todas las épocas, lo más granado de la inteligencia boyacense: literatos de amplio prestigio, historiadores de vasta cultura, prestigiosos sacerdotes, profesores e investigadores, dedicados todos a la causa común de escudriñar la historia y difundirla en conferencias, libros y otros medios de comunicación. Son ellos, sin duda, una de las fuerzas vivas con que cuenta el departamento para mantenerse como modelo cultural del país.

Hay varias actividades institucionales que merecen especial mención: una es la Cátedra de Boyacá, dirigida a maestros y estudiantes, programa que se desplaza por los municipios con seminarios sobre la Historia, las letras, el arte y la arquitectura, entre otros aspectos, y que busca la identidad local y regional; otra, el equipo de las “guardias cívicas”, conformadas por grupos juveniles que impulsan el civismo y preservan el patrimonio histórico en toda la comarca; la tercera, la administración del Archivo Histórico Regional de Boyacá, donde se protege la memoria documental que viene desde la conquista y colonización del país; y por último, la estupenda labor bibliográfica que, estimulada por la Gobernación de Boyacá, ha hecho posible la publicación de 135 libros hasta el momento, sobre diferentes asuntos históricos y culturales.

El paisaje y el espíritu son en Boyacá las insignias mayores de una raza legendaria, a la que tanto le cantó Armando Solano en páginas memorables. No en vano los actuales directivos de la corporación prosiguen en el empeño que animó al fundador y a sus colaboradores: recoger e interpretar el alma boyacense en los innumerables estudios realizados por parte de las mentes eruditas que engrandecen la vida regional.

La Cardeñosa

En julio de 1537, cuando los españoles buscaban el camino para llegar a los Llanos Orientales y descubrir el tesoro de El Dorado, encontraron a los indios teguas, que moraban en el actual municipio boyacense de Campohermoso y poseían grandes conocimientos medicinales extraídos de las yerbas. Eran famosos por sus sorprendentes poderes curativos y puede decirse que de allí nació la ciencia médica en Colombia. De ellos se derivó el término “tegua”, con el que más tarde se denominaría a la persona que ejerce la medicina sin poseer título profesional.

Estos indios valerosos se opusieron al conquistador español y lucharon con desespero por proteger sus valiosas riquezas, representadas en oro y esmeraldas, que guardaron con sigilo en profundas guacas diseminadas en sus tierras montañosas. De ellos se dice que eran formidables constructores de acueductos y puentes colgantes. Además se distinguían por su amor a la naturaleza y su organización comunitaria. A lo largo del tiempo, los guaqueros se apoderaron en forma gradual de la fortuna escondida en los montes, hasta hacer desaparecer toda huella de la comunidad teguana, que se extinguió durante el siglo XX, en forma silenciosa y en medio del olvido de los nuevos tiempos.

De aquella cultura emerge la imagen fulgurante de la Cardeñosa, india de extraordinaria belleza, rescatada como prototipo de la mujer teguana y, por extensión, de la mujer boyacense. El ilustre escritor de la comarca Pedro Gustavo Huertas Ramírez, expresidente de la Academia Boyacense de Historia y catedrático de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, es autor de una serie de investigaciones sobre este personaje legendario, y a través de los años se ha convertido en el mayor pregonero de sus atributos y su trascendencia histórica.

La primera noticia que tuve sobre la Cardeñosa fue en el libro Guerreros, beldades y curanderos. El enigma de los indios teguas, que el citado escritor publicó en 1995. Ahora, de su misma autoría, sale la obra Boyacá: perfiles de identidad regional y nacional, donde, con el rigor histórico con que Huertas Ramírez elabora sus trabajos, ofrece distintos enfoques sobre la idiosincrasia boyacense y sus símbolos regionales. Entre ellos está el de la preciosa nativa, que esta vez adquiere mayor relevancia gracias al reconocimiento público que ha recibido tanto de los medios culturales como del sector oficial.

¿Quién era la Cardeñosa? La mujer más bella que los españoles hallaron en tierras colombianas, ante quien se sintieron deslumbrados como si el hechizo proviniera de una deidad mágica. Todos pretendían conquistar sus favores, pero ella, recatada y huidiza como el viento, esquivaba los asedios y mantenía su reputación impoluta. Juan de Castellanos dice que era “una india que doquiera pudiera ser juzgada por hermosa, gentil disposición y rostro grave”. Fray Pedro Simón afirma que “era tan hermosa, modesta y grave, que podía competir con la española más adornada de estas prendas”. El obispo Lucas Fernández de Piedrahíta la describe como “una india que en cualquier parte del mundo pudiera señalarse en hermosura”. Todos los documentos de la época coinciden en el mismo concepto.

Las crónicas no revelan el verdadero nombre de la india, pero se sabe que se le dio el apelativo de Cardeñosa por su semejanza con una española dotada también de singulares encantos que los conquistadores habían conocido en la ciudad de Santa Marta, fundada doce años antes. A su turno, la dama española debía su nombre al hecho de ser oriunda del municipio de Cardeñosa, circunstancia ignorada en la época actual y que vino a descubrir el historiador Huertas Ramírez. Con ese motivo viajó en agosto de 2004 a aquella distante localidad española y se entrevistó con sus autoridades para hacerles conocer la existencia de otra Cardeñosa: no un pueblo, sino una india colombiana convertida en mito.

El municipio de Campohermoso, donde se han confeccionado diferentes obras artísticas para exaltar a su diosa aborigen, creó además el galardón bautizado como la Cardeñosa de Oro, estatuilla con que se premia cada dos años a los ganadores del Festival Regional del Folclor Llanero. Así, el fervor popular conserva la memoria de aquella etapa histórica iluminada con el embrujo de esta mujer fabulosa.

 Los demonios de Vargas Vila

Ningún escritor tan odiado y tan admirado como José María Vargas Vila. Mientras muchos lo denostaban por sus escritos urticantes, otros lo aplaudían por su estilo desenfadado y su verbo demoledor. Fue el censor implacable de las tiranías tropicales, bien desde sus artículos en periódicos y revistas, bien desde sus libros, unos y otros huracanados. Nunca cedió en su posición crítica, por más persecuciones que se desataron en su contra. Su furioso anticlericalismo le valió el veto de la Iglesia Católica y la prohibición para los fieles, bajo advertencia de excomunión, de que leyeran sus obras.

No necesitó mucho tiempo para ingresar a la lista de los escritores “malditos”. Con él se inicia en el país esa histórica clasificación, nacida en Francia con Baudelaire, Rimbaud, Verlaine y Mallarmé, los cuatro principales poetas del simbolismo, que marcaron toda una época por su genialidad y rebeldía. Sin ser bohemio como ellos, Vargas Vila se convirtió en el mayor espíritu enjuiciador de la sociedad y los gobernantes y, al igual que los poetas franceses, dio muestras de acendrada independencia y temible capacidad de combate y sarcasmo,  hasta el punto de ser catalogado como monstruo luciferino.

El escritor boyacense Eduardo Torres Quintero lo denominó el “gigantesco paranoico” y con esas palabras definió el ambiente que en parte de la sociedad  irradiaba Vargas Vila por su arrogancia y su carácter panfletario. En el otro extremo de la opinión pública, el poeta Valencia lo calificó como el “divino”, y así pasaría a la historia. Título apropiado para este ser salido de lo común, que parecía irreal y causaba arrebato en la multitud. Arrebato que lo mismo podía provenir de su instinto diabólico que de sus destellos fulgurantes. Personaje casi indefinible, que puede situarse entre ángel y demonio.

Mario H. Perico Ramírez es autor de la estupenda biografía de Vargas Vila titulada “¿Las uñas de Satanás?”, que lleva tres ediciones y ha entrado en nueva circulación en estos días. Dentro de su peculiar estilo de presentar a sus biografiados en primera persona, con la técnica del monólogo interior y el recurso de toques originales (como lo ha hecho, entre otros, con Bolívar, Santander, Núñez, Reyes, Mosquera y Manuelita Sáenz), Perico Ramírez se mete en el alma y en el cuero de sus personajes y los pone a actuar en su momento y sus circunstancias con exactitud histórica.

Su intuitiva facultad de interpretar el carácter de la gente, apoyado por hondas lecturas y su fecunda imaginación, permite al escritor boyacense elaborar novedosos estudios críticos sobre etapas de la vida colombiana que giran alrededor de los protagonistas de la Historia. Se aparta de la regla académica de ofrecer los relatos con la engorrosa enumeración de fechas y circunstancias triviales que poco o nada aportan para el conocimiento genuino de las personas, y emplea la penetración sicológica para definir los hechos y las épocas y desentrañar los rasgos individuales.

A Vargas Vila lo analiza como un ser angustiado desde la niñez, que queda huérfano de padre a los cuatro años y debe soportar la estrechez económica a que se ve sometida su madre, quien con grandes dificultades sobrevive con una pensión insuficiente. Los estudios del futuro libelista son precarios, pero su vocación autodidacta le permitirá obtener sólidos conocimientos. Apenas adolescente, se enrola en la milicia y se compromete con afanes partidistas que dejarán un rastro perturbador en su espíritu, en medio de las grandes conmociones públicas que afectan la vida nacional.

Luego ejerce como maestro de escuela en diferentes pueblos. Suspende esa actividad cuando estalla la revolución de 1885 y toma partido en uno de los bandos en conflicto. Derrotado su ejército, se refugia en los Llanos y caen sobre él duros tiempos de persecución. Su vida queda marcada por una borrascosa época de agitación política y de enormes sinsabores, que incidirá en el carácter rebelde que nunca lo abandonará.

Viaja por distintos países, ejerce el periodismo, funda revistas. Arremete contra los tiranos de Colombia y Venezuela y cada vez sus luchas se vuelven más radicales y más intransigentes. Ingresa a la diplomacia, y su nombre, ya célebre por el éxito y el escándalo de sus libros, resuena con estrépito y admiración en todas partes. Adquiere destreza impresionante para escribir libros de choque ideológico y de pasiones sentimentales, que causan revuelo en el continente e incluso en España, a donde ha llegado su prestigio y donde reside por largos años, hasta su muerte.

Cada obra suya suscita polémica, rechazo, protesta, adhesión, delirio. Son sentimientos encontrados que crean el mito. Los públicos, que unas veces lo aplauden y otras lo detestan, lo proclaman, de todas maneras, como el “divino Vargas Vila”, rótulo en el que va incluida la imagen del ángel perverso. Sí: Vargas Vila es Lucifer, el príncipe de los ángeles rebeldes. Destruye reputaciones con fulminante poder de condena y así mismo despedaza los ídolos de barro. Su ímpetu jupiterino no tolera los abusos de poder ni la injusticia social. Por eso se le idolatra, se le respeta y se le teme.

Perico Ramírez, otro rebelde de las letras y polémico con sus escritos, diseña a la perfección la figura controvertida de Vargas Vila. Sabe dibujarlo en la distancia de los años y lo trae a nuestros días con cierta duda (que asiste a la mayoría de escritores) sobre la verdadera esencia del personaje. De ahí el título de su libro: “¿Las uñas de Satanás?”. Sobre lo que no existe duda es sobre la trascendencia histórica y literaria de este panfletario de difícil repetición.

Julio Flórez, poeta esencial

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva en secreto a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad  con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de un manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como una leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos (serenatas a él mismo) en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo de un alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla. Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todos nos llega tarde, hasta la muerte…”

Bogotá, 2005.

Política

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De la humildad a la grandeza

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Por: Gustavo Páez Escobar

A 150 años del natalicio de Marco Fidel Suárez y 78 de su muerte, el tiempo se ha encargado de mantener su nombre como el de uno de los hombres más ilustres del país en los campos de las letras, la cultura y la política. Su período presidencial se vio afectado por serios contratiempos, muy propios de aquella época –como la ferocidad de las guerras civiles, las discordias de los partidos y la crisis económica de 1921–, pero la historia le reconocería sus dotes de gobernante y sus acendradas virtudes humanas, intelectuales y patrióticas.

Nace el 23 de abril de 1855 en Hatoviejo, hoy municipio de Bello, en una desmantelada choza donde su madre, Rosalía Suárez, se gana la vida en el oficio de lavandera. Con los precarios ingresos que recibe, y que años después incrementa con el amasijo de galletas que el propio Marco Fidel vende antes de ir a la escuela, la humilde mujer atraviesa una etapa amarga, que no logra superar a pesar de sus esfuerzos por obtener otro nivel de vida.

Este ambiente de pobreza y abandono ensombrece los primeros años del infante y le transmite acerbas sensaciones sobre la sociedad. La condición de hijo natural, tan grave en aquella época, es un estigma que lacera su juventud. Ya en la cumbre del poder, superado con su férrea voluntad aquel maltrato social, y orgulloso con ser el hijo de la lavandera, siente agrado al llamarse a sí mismo el “presidente paria”, y se refiere a su madre como “mi abejita diligente”.

El amor por Rosalía es tan arraigado, limpio y noble, que la ha entronizado en el corazón como su reina irrenunciable. El padre de Marco Fidel, José María Barrientos, esclarecido miembro de la sociedad antioqueña, que no había reconocido a su hijo por gazmoñerías de la época, un día le propone que use su apellido. Pero él le contesta que, si durante tanto tiempo se ha dado a conocer con el sólo apellido de su madre y así ha adquirido notoriedad, no tiene por qué cambiar de denominación, y por tanto conservará su autenticidad.

De las experiencias de la niñez y la juventud se deriva el temperamento tímido y nervioso, movido por ocultos brotes de insatisfacción e hiperestesia, que tendrá toda la vida. Ciertos gestos sombríos y actitudes hostiles nacen de su carácter inseguro y le crean inestabilidad emocional, circunstancia que en la edad adulta, tal vez como una represalia contra la desigualdad humana, lo lleva a empuñar la pluma mordaz contra sus detractores. Esta conducta se refleja con mayor acento en varios pasajes de los Sueños de Luciano Pulgar, obra deslumbrante sobre las letras, la filosofía, la historia y la condición humana, donde campean la sátira, la crítica política y el bello estilo, dones que motivan a don Juan Valera para declararlo como “el Cervantes de nuestro siglo”.

A los 14 años se matricula en el Seminario de Medellín, donde se descubre su precoz inteligencia. No sólo sobresale en la gramática y el arte, las matemáticas y la física, la teología y el derecho canónigo, sino que abriga la firme ilusión de ser sacerdote. Deseo que se trunca al negársele ese destino. En vista de lo cual, ingresa como maestro a la escuela de varones de Hatoviejo. En 1879 se alista en la guerra y es nombrado teniente en el campo de batalla. Derrotado su ejército, regresa a la vida civil con tres frustraciones: la de no haber podido ser sacerdote, la del fracaso militar y la de haber perdido el puesto de maestro.

Resuelve entonces irse para Bogotá. Un año después irrumpe en el mundo de las letras con un ensayo sobre la Gramática Castellana, que resulta premiado por la Academia Colombiana de la Lengua. A partir de entonces su nombre vuela como un meteoro en el panorama cultural: reemplaza a Miguel Antonio Caro como director de la Biblioteca Nacional, se desempeña como amanuense de Rufino José Cuervo, es elegido miembro de varias academias y escribe eruditos ensayos sobre diversas materias. Con Caro, Carrasquilla y Marroquín integra la nómina  de los retóricos, que tanto lustre le dará al país.

Alterna las tareas académicas y literarias con la penetración en el derecho internacional, y un día descubre la política, que no es su campo de acción, pero que llega a seducirlo. En 1885 es nombrado funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, organismo del que será ministro en tres ocasiones, lo mismo que ministro de Instrucción Pública y encargado del Ministerio de Hacienda. En 1914 es presidente del Congreso y director de su partido. Y en 1918 es elegido Presidente. En este mismo año fallece en Estados Unidos su hijo Gabriel, de 19 años, pena de la que, junto con la pérdida de su esposa en 1899, nunca se repondrá.

El cadáver de su hijo es traído en barco al año siguiente, y para atender los costos de la repatriación ha tenido que vender sus sueldos. Esto da lugar a furiosas manifestaciones de protesta, a la cabeza de las cuales está Laureano Gómez, que tilda el acto como una indignidad. En noviembre de 1921 renuncia a la Presidencia, forzado, ante todo, por las presiones políticas que recibe a raíz de la aguda crisis económica y financiera que vive Colombia, de la que no es responsable, y en segundo lugar, por los ataques de Laureano Gómez a raíz de la venta de los sueldos. En acto de decoro –y al mismo tiempo de humildad–, Marco Fidel Suárez, al dejar la Presidencia, devuelve las condecoraciones que le habían sido conferidas por varias naciones.

Ya por fuera del poder, se suscitan encendidas controversias bajo el fragor de las pasiones políticas. Pero el devenir de los años hace fulgurar su figura como la del gran estadista que tuvo que ejercer el gobierno en medio de un país destrozado por la guerra y carcomido por el sectarismo. Se le escarnece hasta extremos inauditos, incluso por parte de sus secuaces. Sufre la adversidad con temple espartano, y al mismo tiempo con inmensa tristeza. Su honradez y dignidad son superiores a su tiempo. Una personalidad de su época, situado en terreno contrario –Luis Eduardo Nieto Caballero–, proclama, apartándose del montón, que Suárez “es un excelso patriota”. Este juicio lo redime de la iniquidad.

Marco Fidel Suárez muere en Bogotá el 3 de abril de 1927, a los 72 años de edad. En Bello, convertida en monumento nacional, se conserva la modesta choza, visitada todos los años por miles de turistas e intelectuales, donde el personaje llegó al mundo y engrandeció la historia.

El Espectador, Bogotá, 2 de agosto de 2005.

 * * *

Comentarios:

Bello y bien documentado tu artículo sobre Suárez, una de las figuras humanas más puras y apasionantes de la historia colombiana. Hernando García Mejía, Medellín.

Leí sus artículos sobre Laureano Gómez y Marco Fidel Suárez. Magnífica labor desarrolla usted tratando de rescatar la verdadera historia de Colombia. Ojalá todos los colombianos pudiéramos, más temprano que tarde, llegar a conocerla. Alberto Segura Rojas, Lima (Perú).

Me ha conmovido mucho lo que escribiste sobre Marco Fidel Suárez porque desde niña mis padres me enseñaron a quererlo y a apreciarlo. Admito tu ecuanimidad para narrar los sucesos y las desdichas de este compatriota sin igual. Aída Jaramillo Isaza, Manizales.