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Archivo para noviembre, 2009

Paseo por la Séptima

viernes, 27 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

No tiene la Carrera Séptima de Bogotá la espectacularidad de la Gran Vía de Madrid, pero posee, como aquella, encanto y vitalidad. A comienzos del siglo XIX, cuando la incipiente aldea apenas llegaba a 20.000 habitantes, la Calle Real comprendía el sector de la carrera 7a. entre calles 11 y 14, donde estaban localizados los almacenes de entonces. Por allí pasaba el riel para el tranvía de mulas, que andaba (como su nombre lo indica) a paso de mula, y en los alrededores no se advertía ningún signo que mostrara indicios de expansión urbanística.

Un siglo después, la aldea había saltado a 100.000 habitantes, y el comercio, con pasmosa morosidad, se extendía un tramo más sobre la Calle Real. Ese estrecho perímetro, escenario de grandes sucesos religiosos y políticos, se preservaba -y se preserva- como una reliquia histórica de Bogotá. Avancemos otros cien años y estaremos en los albores del siglo actual, donde las 20.000 almas amodorradas se transformaron en más de siete millones de seres frenéticos que pueblan hoy la metrópoli vertiginosa.

La Carrera Séptima -o la Séptima, como la llamamos con abreviación familiar- es el mejor termómetro del crecimiento urbano. Cuando la vía llegó a la plazoleta de San Diego, el alcalde de turno proclamó un progreso evidente, y fue mayor el grito de victoria que se escuchó cuando pasó por Chapinero, y años después por la Avenida Chile, la Calle Cien y Usaquén, hasta desembocar, como una ráfaga del urbanismo incontenible, en La Caro, es decir, en plena autopista hacia Tunja. Nunca los comerciantes de las tres calles morosas del año 1800, época en que podía saborearse la aldea a sorbos de quietud infinita, pudieron pensar que vendrían más de 200 calles de avance desconcertante.

Sin embargo, este cambio de piel ha dejado intacto el sentido de la Calle Real, como referencia amable del ayer legendario. La ciudad monstruo de nuestros días ha destruido el sosiego de antaño y ha traído esta era alborotada y traumática. Cuando el alcalde Fernando Mazuera, un visionario del progreso, construyó los puentes de la calle 26, considerados excesivos en aquellos días y que hoy son elementales, se estaba apenas cortando el cordón umbilical del apretado vecindario.

La Séptima se fue alargando como una serpiente encantada, cada vez con mayor brío, durante los 200 años encerrados en este recuerdo. La vieja Calle Real pasó de ser minúsculo territorio de escasos comercios y taciturnos pobladores, a la arteria briosa y fundamental para el desarrollo capitalino, vía que atraviesa con cierto garbo femenino, y acaso con arrogancia, el alma de la urbe desmesurada de comienzos del nuevo milenio. Es tal su pujanza, que rompió todos los diques y desfiguró la imagen de la remota aldea. El gigantismo destructor respetó, por fortuna, el centro histórico, pero el deterioro que registra la zona lo hubieran llorado los iniciadores del comercio santafereño.

Un grupo de indigentes se apoderó de varias de esas calles y las convirtió, ante la tolerancia de las autoridades, en letrinas y dormitorios públicos, cada vez más lesivos para la sanidad y la estampa del lugar. Los tesoros localizados en sectores como La Candelaria, Egipto, Santa Bárbara, San Victorino, Las Cruces, y en general el centro de la ciudad, van en franco retroceso, debido a la falta de preservación de esas joyas urbanísticas y a la ausencia de normas eficaces que impongan una superior calidad de vida.

Hace poco realicé un paseo detenido por la Séptima, desde la Plaza de Bolívar hasta la plazoleta de San Diego, en plan de contemplación de la antigua Calle Real, remozada hoy con los barnices y el esplendor del modernismo, y el espectáculo fue deprimente. La invasión de menesterosos, desplazados, comerciantes callejeros y toda suerte de estorbos públicos, comprendiendo en ellos los raponeros ocultos en la muchedumbre, son los azotes contemporáneos del transeúnte.

Hoy ya no se transita con tranquilidad por esas calles, y menos con agrado. A cada paso salen al encuentro personas de la peor laya, dedicadas a importunar, exhibir sus lacras y reclamar ayuda con agresividad. El sosiego y el encanto de otras épocas han desaparecido en manos del progreso arrasador. Esta mezcla de fulgores y miserias retrata, es cierto, el drama social de las grandes urbes, pero no podemos ser complacientes con la mediocridad. De lo contrario, tendremos una urbe deshumanizada.

Limar los lunares que afean el centro de Bogotá -el mayor patrimonio de la ciudad y la cara de mostrar- ha de ser afán prioritario. Debe cambiarse la suciedad por el aseo, la zozobra por la seguridad, la dejadez por la estética. Se requiere que las autoridades piensen en grande, animadas por sustantivos planes de desarrollo, y comprometan la voluntad ciudadana y el concurso de arquitectos idóneos y de verdaderos asesores del urbanismo. Las calmosas calles del pasado fueron borradas por la celeridad de los nuevos tiempos, lo que  no puede evitarse y además resulta indispensable para estar en la onda de la “modernidad”. Pero admitamos que nos cambiaron el paraíso por el infierno.

El Espectador, Bogotá, 3 de abril de 2003.

Revistas

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Cultura

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Gracias, Aída

viernes, 27 de noviembre de 2009 Comments off

Con el número 733 del volumen XLV, del actual mes de diciembre, la revista Manizales se despide de sus lectores luego de 64 años de labor continua. Su directora, Aída Jaramillo Isaza, valerosa y perseverante combatiente de las lides culturales, basa su determinación en los agudos problemas económicos que desde tiempo atrás han hecho insostenible la supervivencia de la veterana publicación.

De los 33 anunciadores con que contaba la revista en otra época, el número descendió a tres: Mazda, Varta y Editorial Zapata. A pesar de los ingentes esfuerzos adelantados por Aída, no consiguió que sus paisanos le prestaran el apoyo necesario para superar la crisis.

Hace cinco años, en diciembre de 1999, estuvo a punto de producirse la clausura, pero el tesón y la esperanza de la diligente directora sacaron a flote la empresa. En aquella ocasión, y con el fin de aminorar costos, la publicación dejó de ser mensual y se volvió bimestral, conservando la misma calidad editorial y sobre todo el mismo espíritu de lucha y de entrega a la causa de las letras.

Por aquellos días, teniendo en cuenta la fragilidad de las cifras y la falta de empeño de algunas personas que podían dar su granito de arena, escribí un artículo donde afirmaba: “Si la ciudad de Manizales dejara extinguir esta atalaya, sería lo mismo que arriar una bandera, olvidándose del pasado glorioso”.

De todos modos, la revista Manizales ha llegado a su final doloroso. Aída Jaramillo, en sus palabras de despedida, no tiene tono de reproche sino de conformidad con los hechos inevitables. “No hay lugar en esta despedida -dice- para ninguna queja ni reclamo”.

Y expresa la ilusión de que con el paso de los años aparezca algún descendiente de sus progenitores que pueda proseguir la tarea que ella acometió con tanto brillo y coraje a lo largo de 26 años, tras la muerte de su padre en 1978. En dicho período realizó 280 ediciones, cifra que habla por sí sola de su capacidad de resistencia y de su recia voluntad en medio de los tropiezos, los sinsabores y las incomprensiones.

Sería deseable que, si los organismos culturales de Caldas no hicieron o no pudieron hacer nada para evitar el cierre, la Secretaría de Cultura de Caldas recogiera en una antología los miles de escritos que desfilaron por las páginas de la revista en sus 64 años de existencia. Sería un semillero de las tradiciones y el bien decir que enaltecen la vida de la comarca, convertido en tributo a los forjadores de la gaceta, como sucedió en 1991, por ejemplo, con las páginas del suplemento Generación del periódico El Colombiano, por parte de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Blanca Isaza, la fundadora de la revista, nacida en Abejorral, llegó a Manizales de tres años de edad, y allí se encontraría con Juan Bautista Jaramillo Meza, nacido en Jericó. En 1916 se unieron en matrimonio, y en 1951 fueron coronados poetas. En 1940 nacía la revista Manizales, que fue dirigida por Blanca Isaza hasta el día de su muerte, en 1967. Acto seguido se puso al frente del timonel su esposo Juan Bautista Jaramillo, y muerto este, en 1978, surgió en forma inesperada Aída Jaramillo, que no dejó naufragar el barco.

Hoy, agobiada por las cifras (y dice que sus pasajeros quebrantos de salud no son ningún obstáculo), no lo deja ir al garete sino que lo reclina en puerto seguro, en espera de mejores vientos.

A Aída tenemos que darle las gracias, sus devotos lectores, por la horas de goce espiritual que nos deparó en los 26 años de incesante ejercicio editorial, caracterizado por el rigor de la expresión cultural, por el cultivo del bello idioma y por la lucidez de las ideas. Gracias, Aída, en nombre de la cultura nacional, por todo lo que hiciste para preservar las banderas del espíritu.

El Espectador, Bogotá, 24 de diciembre de 2004.
Eje 21, Manizales, 23 de diciembre de 2015.

La publicación en Eje 21 está precedida de la siguiente nota:

«En su columna Contraplano, Orlando Cadavid Correa rinde sentido homenaje a los poetas Juan Bautista Jaramillo y Blanca Isaza, y a su hija Aída, directores de la revista Manizales, con motivo de la venta de la casona donde residió la ilustre familia. Es oportuna la ocasión para recuperar la presente nota, de diciembre de 2004, que comenta la clausura de la revista y da las gracias a Aída por su heroica labor al frente de la emblemática publicación.

Los periodistas y la guerra

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Daniel Esteban Hernández Vanegas, estudiante de Comunicación Social de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, me hace por internet la siguiente pregunta, dentro de un trabajo de periodismo que adelanta sobre la guerra de Irak: “¿Cuál es el papel que juegan los medios de comunicación en la formación de opinión pública en todo el mundo acerca de la guerra y cómo cree usted que fue el tratamiento periodístico?”. Y yo le respondo:

Lo primero que debe anotarse es que si no existieran sistemas informativos, el hombre se quedaría a oscuras sobre los sucesos de la humanidad. La libertad de expresión, por más defectuosa que sea -como a veces lo es, y no podremos evitarlo-, le permite al individuo identificar el curso de la historia y la contundencia de los hechos, para adaptar su mente y su conducta a las grandes perturbaciones sociales, económicas o políticas de los conflictos vesánicos -como son las guerras- que repercuten en todo el planeta y causan enormes destrozos materiales y morales.

En el caso de Irak, los medios modernos de comunicación fueron los canales  indicados para que el mundo conociera lo que acontecía en el campo de batalla, a veces con precisión asombrosa, minuto a minuto. No siempre, sin embargo, las noticias eran claras, lo que, por lógica, creaba desorientación, pero esa circunstancia obedecía a la misma oscuridad y velocidad con que se presentaban algunos acontecimientos, en esta guerra movida por métodos tan sofisticados como los que se emplearon en Irak, tan diferentes a los de las otras guerras (sobre todo la primera y la segunda guerras mundiales, que tuvieron una duración de varios años y dejaron millones de muertos y daños incontables).

Las noticias confusas de Irak se clarificaban en corto tiempo, gracias al profesionalismo con que las grandes cadenas periodísticas se encargaron de contarle al mundo la verdad de los sucesos. Cuando ocurren estos embrollos de las noticias, tan comunes en cualquier actividad humana y sobre todo en casos vertiginosos, es a la propia persona a quien corresponde desenredar el ovillo, aguzando los sentidos y buscando precisión con cuanto recurso tenga a la mano. Muchos no se enteran bien, o se enteran con desfiguraciones peligrosas, porque no leen bien las noticias o no saben escoger el canal idóneo de información.

Además, hay que distinguir la precipitación y la ligereza con que algunos periodistas, con ánimo de protagonismo o carentes de responsabilidad, narraban los sucesos. Pero la mayoría de los enfoques fueron veraces y supieron transmitir los dramas que se vivían detrás de las balas y los misiles. Puede asegurarse que, en su conjunto, los medios de comunicación formaron opinión pública, y la siguen formando después de derrumbado el régimen de aquel país. ¿Qué habría pasado si los sistemas informativos no hubieran tenido libertad para transmitir sus despachos a todos los vientos de la opinión mundial?

Cuando no existe libertad de prensa, habrá opresión. Las dictaduras prosperan a la sombra del silencio y la mansedumbre de la opinión pública. De ahí que los  tiranos le tengan tanto miedo al periodismo calificado y busquen, por los métodos represivos con que se sostienen en el poder, acallar a los periodistas libres, e incluso arrasarlos.

Por causas diversas, señor Hernández, catorce seguidores de la noble profesión que usted ha elegido pagaron con su vida una  absurda cuota en esta guerra estúpida que marca otra demencia del hombre en su eterna carrera de destrucción, legada por Caín. El gobierno de Irak le ocultó al pueblo la realidad de lo que ocurría en los enfrentamientos con las fuerzas invasoras, al no permitir la transmisión de las noticias desfavorables, alentando falsas esperanzas.

Es preferible un periodismo defectuoso o imperfecto, a otro silenciado o arrodillado. El periodismo y la democracia caminan de la mano. Usted, señor Hernández, ha sabido escoger su destino. Recordemos, a propósito, estas palabras de Ángel Ganivet: “Un pueblo culto, es un pueblo libre; un pueblo salvaje, es un pueblo esclavo; y un pueblo instruido a la ligera, a paso de carga, es un pueblo ingobernable”.

El Espectador, Bogotá, 8 de mayo de 2003.

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