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Caminos

lunes, 26 de octubre de 2009 Comments off

ensayos_caminosVa por los mares, picando las olas, y se remonta ligeramente cuando siente sus plumas humedecidas. Pocos espectáculos tan fascinantes como una bandada de golondrinas de mar, que semejan flechas sobre el agua.

cenefita

Prólogo

LA VOCACIÓN LITERARIA DE GUSTAVO PÁEZ ESCOBAR

Gustavo Páez Escobar es boyacense, nacido, concretamente, en el lindo pueblecito de Soatá, que el canónigo Peñuela llamara líricamente «Labranza del Sol» en amorosa monografía publicada hace algún tiempo. Vinculado desde su más temprana mocedad al Banco Popular, ha hecho, gracias a una limpia constancia y a una indiscutible eficiencia, sólida y brillante carrera que lo ha llevado a la gerencia de importantes sucursales en diferentes ciudades del país. Precisamente, en la actualidad ocupa la de la sucursal del Banco en la ciudad de Armenia (Quindío).

«No poseo títulos –anota en algún esbozo de autobiografía–. Me incomoda, me irrita, me desquicia el mote de ‘doctor’ que me acomodan algunos despistados, no sé si por ingenuidad, por adulación o por burla. Es la moda del momento y todos quieren ser doctores. Y si no lo son se lo inventan. Los falsos títulos abundan como la mala hierba, porque el mundo es apergaminado. Somos dados al lustre externo, a la ampulosidad, a los convencionalismos».

Columnista de El Espectador y La Patria, periódicos en los cuales analiza y expone ágil y amenamente muy variados temas del acontecer cotidiano y cultural de los tiempos modernos, es, igualmente, ensayista, cuentista y novelista. Conocedor de los clásicos, ha realizado estupendos ensayos sobre Flaubert –Madame Bovary y Salambó–; y sobre Germinal, la famosa novela de Emilio Zola.

Hombre de férreas disciplinas, madruga todos los días a las cuatro de la mañana y se mete en su biblioteca a leer y a escribir hasta que es la hora de marcharse a ocupar su sillón gerencial. De ahí que pueda vivir muy bien informado y que, de paso, vaya realizando, lenta, firme y calladamente, de espaldas a los consabidos y poderosos sanedrines del privilegio, su obra tanto periodística como literaria.

Tres de sus libros editados hasta el presente son Destinos cruzados, Alborada en penumbra, novelas, y Alas de papel, suma de diversos artículos publicados en los dos periódicos arriba mencionados.

Próximamente, también, el Banco Popular publicará, en su sobria y selecta serie bibliográfica, su primera selección de cuentos, que incluye, obviamente, algunos difundidos en el Magazín de El Espectador.

El de Gustavo Páez Escobar es, pues, como puede juzgarse, un caso de ejecutivo muy especial. De ejecutivo pensante, soñante y opinante. Como quien dice, un caso de doble filo. Riqueza en las cavas y en la cabeza.

Fenómeno trascendente, de veras insólito en el rígido, seco y matemático campo bancario y altamente aleccionador a nivel general.

Fenómeno de doble eficacia, en suma. Con un nombre: Gustavo Páez Escobar. Soatense. Casi, casi tipacoque…

HERNANDO GARCÍA MEJÍA

Comentario aparecido en la revista El Impresor, de la Editorial Bedout, edición de agosto de 1980, de la que es director Hernando García Mejía, poeta y cuentista.

Un fragmento de la obra

LA MUERTE DE UNA GOLONDRINA

A mi despacho bancario acuden con frecuencia las golondrinas. Hay algo que las atrae. Les gusta revolotear alrededor de los ventanales y posarse sobre los voladizos. Algunas veces penetran a la oficina y, al sentirse prisioneras entre cuatro paredes, buscan con torpeza la salida y terminan golpeándose contra los vidrios. En más de una ocasión he recogido del piso al frágil animal, que me mira angustiado y ansioso, y lo he lanzado al aire para que continúe disfrutando de la libertad que no puedo dispensarle en mi recinto. La golondrina es ave tímida y escurridiza, para la que no se hicieron los espacios cerrados. Por eso le gusta el cielo abierto.

Va por los mares, picando las olas, y se remonta ligeramente cuando siente sus plumas humedecidas. Pocos espectáculos tan fascinantes como una bandada de golondrinas de mar, que semejan flechas sobre el agua.

Una vez tomé en mi mano al atontado animal que, inconsciente, había quedado maltrecho sobre la alfombra de mi despacho. Estaba lánguido, pero respiraba. Así doblado, quise indagar en su mínima anatomía el misterio de su existencia huidiza. Era apenas un remedo de esa airosa y sutil raya alada que todos los días veía circuir mis predios de las cifras y los millones ajenos.

Abajo, en al calle, un mundo febril se movía afanoso y apático. Era el torrente de la vida tumultuosa que ignora la indefensión de una pobre golondrina retenida en un cuarto con olor a negocios. En ese momento pensé que tal vez todos los millones que me rodeaban no serían capaces de restituir la vida que se estaba escapando entre mis manos deseosas de milagro.

Tomé con dedos inciertos el cuello abatido y pretendí aplicar conocimientos ignorados. El animal pretendió entender mi afán y entreabrió un ojo confuso. Se encontró, de seguro, con la misma negación de la vida, ya que para ese armonioso suspiro del viento la presencia del hombre debe ser perturbadora. El desvanecido visitante se movió ligeramente. Le insuflé luego calor y observé que se reactivaba.

Pasó en un instante de la muerte a la vida. Lo vi levantarse aturdido y, siempre miedoso, buscó la manera de huir de su salvador. Lo tiré al espacio, como se lanza una ilusión, y permanecí extasiado frene al espectáculo de dos alas raudas y un leve plumaje que ascendía por los aires persiguiendo la vida. Los billetes de banco, entre tanto, seguían en sus bóvedas, prisioneros de la avaricia. Si ellos pudieran sentir, envidiarían el vuelo de las golondrinas.

Otro día la golondrina penetró al laberinto a donde no ha debido llegar. Quiero pensar que la mensajera de los vientos se acostumbró al sitio donde había hallado una mano amiga. Es posible que desde lejos vigilara al circunspecto manejador de cifras, y hasta que le coqueteara desde sus dominios etéreos. Quizá le descubrió el alma que generalmente no se le encuentra al gerente de banco. El diminuto animalejo, que debió de acercarse con curioso instinto, estuvo dando espaciosas vueltas frente a mi ventana e insinuándome, con sus armónicos movimientos, una expresión agradecida.

De pronto se lanzó por el pequeño orificio abierto en el alero de la edificación. Era como una tentación y por allí se introdujo. Estaba como fabricado para su cuerpo. El animal ignoraba que era el respiradero del cemento y que en sus senderos no encontraría sino sombras y frialdades.

Muchas veces, intentando orientarse, se golpearía contra aquellas cavernas, antes de volver a hallar un indicio de luz. Cuando de nuevo lo vi aparecer, ya estaba muerto. Apenas se notaba la cabeza, emergiendo del cautiverio.

Sus compañeras estuvieron una mañana entera tratando de rescatar el cadáver. Las alas habían quedado enredadas contra cualquier obstáculo y ella, mi frágil golondrina, terminó fracturándose todo el organismo. Poco a poco las otras golondrinas halaban, a picotazos, el cuerpo que se resistía a salir del todo. Fue una mañana de incesante solidaridad, y sin duda de angustia, de unos seres minúsculos que no podían hacer nada contra la inclemencia del cemento, pero que tampoco se negaban a abandonar la ímproba labor del rescate.

Qué distinta, pensé, la sociedad humana. Por aquella misma calle que tenía a mi vista rodaba un mundo hostil, ajeno, insolidario. En la esquina un limosnero exponía sus llagas y todos las ignoraban. En los rostros había prevención y en el alma, egoísmo. Y prensado en una ranura traicionera estaba el cuerpo despedazado de la errátil golondrina, enseñándoles a los hombres, como un mensaje a los aires, una lección de amor.

cenefitaComentarios

Fragmentos

Páez Escobar trabaja con reposada mentalidad, en comprimido estilo, con una limpieza conceptual que se realiza en función de pensamientos concretos, sin divagaciones inútiles, a la manera como se pasa sobre las definiciones fáciles para descubrir la almendra verdadera, sin meterse en extravagancias de interpretación o excesos de fronda. Adel López Gómez, La Patria, Manizales, 23 de julio de 1982.

En Caminos encontramos la expresión del autor acerca de aquellas cosas que por lo triviales no tienen menos importancia para el escritor: el diccionario que siempre lo asiste cuando trabaja; la máquina a la que se acostumbra y apega por más que lo tienten otras más modernas… Y lo más importante, el estilo que es la verdadera personalidad del escritor, su sicología, su emoción, su cultura, el diario de su vida sutilmente transmito. José Jaramillo Mejía, La Patria, Manizales, 5 de agosto de 1982.

El autor de Caminos comprueba con algunos de los ensayos incluidos en este tomo que es un exquisito lector y un fino crítico, y que sabe recorrer los caminos que le brindan los libros. En ocasiones se le sale el poeta que lleva escondido en los pliegues de la prosa. Óscar Echeverri Mejía, Occidente, Cali, 11 de agosto de 1982. La Tarde, Pereira, 24 de octubre de 1982.

Cinco libros publicados lleva Gustavo Páez. Hechos de una solvencia igual a la que le ha servido para despachar no se sabe cuántos problemas de descuentos, encajes, giros, comisiones, sobregiros, balances y «culebras» por cazar. Dueño de una caja de caudales adicional: la que guarda los valores escasos de la sensibilidad y la capacidad creadora. Fernando Solarte Lindo, El País, Cali, 12 de agosto de 1982.

Gustavo Páez es un crítico sagaz que sabe penetrar en el fondo mismo de lo que lee y analiza y estudia. Sus opiniones, de gran valoración crítica, tienen el mérito de no ser gratuitas o improvisadas. Su estilo es correctísimo y brillante, de corte moderno, sin afectación alguna. Une a sus virtudes una conciencia límpida y una bondad inagotable. Horacio Gómez Aristizábal, La Patria, Manizales, 14 de agosto de 1982.

Caminos, con sus crónicas, artículos y ensayos cortos, continúa en su línea de testimoniar la presencia cultural de nuestra provincia. Carlos Enrique Ruiz, Manizales, 10 de septiembre de 1982.

Hay en tu prosa esa sugerente plasticidad de las palabras exornadas de la difícil sencillez, que le imprimen al cotidiano acaecimiento el renovante encanto de las evocaciones. Bernardo Pareja, Quimbaya, Quindío, 25 de septiembre de 1982.

Hay en Caminos un depurado castellano producto de las lecturas y el amor a la cultura. Revista Bancos y Bancarios, septiembre de 1982.

Prosa noble, depurada y cristalina. Por este nuevo libro campea una vivaz inquietud pesquisidora. Y la impresión compacta que deja en el lector es la de estarse encontrando cada vez mejor con un escritor llevado a dejar huella perdurable en muchas direcciones. Bernardo Londoño Villegas, La Patria, Manizales, 28 de noviembre de 1982. El Colombiano, Medellín, 17 de diciembre de 1982.

Volumen de ensayos y artículos periodísticos donde se encuentran caminos que conducen a Flaubert, Voltaire, Alberto Lleras, Caballero Calderón, Otto Morales Benítez, a libros y a lugares amados y remotos. Asombra en la lectura de Gustavo Páez Escobar ese hallazgo permanente de la palabra que como en Azorín, recrea la emoción y los recuerdos. José Luis Díaz Granados, El Tiempo, Lecturas Dominicales, 19 de diciembre de 1982.

Gustavo Páez Escobar no es sólo uno de los columnistas bien escritos de este diario de nuestros afectos, sino que más que eso es un escritor. Un buen y depurado escritor de esos para quienes escribir limpia y responsablemente es la única forma de serlo a cabalidad. Consuelo Araujonoguera, La carta vallenata, El Espectador, Bogotá, 8 de enero de 1983.

Hay en Caminos crónicas plenas de gracia y de encanto. Hay además una apreciable cantidad de textos referentes a libros colombianos, que el autor analiza brevemente en forma casi siempre acertada. Su prosa es clara, rica y directa. Prosa de buen periodista. Y de escritor. Germán Vargas, Ventana al mar, El Heraldo, Barranquilla, 10 de enero de 1983.

Caminos, en la Cápsula de El Tiempo. Caminos será un libro obligado para jóvenes escritores. Es la realidad impresa del diario vivir protagonizado por personajes que fueron decisivos en la culturización del país. Nuestro autor ha sido muy refinado al auscultar lo más íntimo de cada personaje, en una obra para la posteridad. Allí están generosos y amplios los caminos que guiarán a las nuevas generaciones. Sobrada razón y sabiduría fue la de El Tiempo para incluir en su cápsula la obra Caminos, la cual rescata del ocultismo algunos escritores nacionales y los enaltece con su pluma. Esta posición de Gustavo Páez Escobar alimenta su vigencia como escritor, periodista y literato. Evelio Pérez Galvis, Meridiano del Quindío, 17 de marzo de 1983.

Caminos no solo encierra un contenido de pluralísima importancia y aquilatado estilo literario, sino que encumbra al autor a los más altos horizontes de la literatura quindiana. Octavio Arbeláez Giraldo, rector de la Universidad La Gran Colombia, Armenia, 4 de abril de 1983.

Caminos traza en sus páginas la verdadera efigie de algunos escritores colombianos. Es labor digna de aplauso esta de recordar los méritos de quienes se han interesado y se interesan por magnificar al país con sus puntos de vista y el relieve de sus ideas. Manuel José Forero, Academia Colombiana de la Lengua, Bogotá, 26 de mayo de 1983.

Caminos recoge una selección de breves notas publicadas en periódicos, sobre diversos temas, la mayoría literarios –y reseñas de libros–. Porque –él mismo lo dice en la primera nota–: …»De pronto el artículo de urgencia, el del afán cotidiano que escarba aquí y allá, es el que perdura». El Tiempo, Carátulas y solapas, 11 de junio de 1983.

Caminos me trajo muchas noticias de Boyacá y reafirmó mi opinión anterior sobre tu elegante desenvoltura, tu manera de expresarte a través de la prosa, con el dinamismo de los artículos de prensa y la vena literaria aunadas. Antonio Martínez Zuláica, Tunja, 22 de junio de 1983.

Con Antonio leímos, en voz alta, Miserias de la literatura, donde usted tiene la gentileza de citar a mi hijo periodista. Aun cuando es un poco tonto tomar un solo tema para referirse a Caminos, debo confesarle que mi preferido es Soatá, Ciudad del Dátil. Como estoy de regreso de tantos recuerdos y, sobre todo, al territorio de mi infancia, cuanto evoque a Boyacá me llena de algo indefinible, pero profundo, como lo es su nota que, inclusive, me ha traído el sabor de los dátiles y de los limones comidos cuando todo sabía a bueno. Próspero Morales Pradilla, Bogotá, 24 de junio de 1983.

La suma de títulos que nos has entregado a quienes comprendemos que la verdadera vida bulle secreta en un destino que solo muestra su perfil cuando el escritor logra el milagro de su verdad y señala su reciedumbre de insomne batallador de la palabra. Hermann Ceballos Duque, Tunja, 25 de octubre de 1983.

De la gama de escritos, son varios los que han atraído nuestra atención. Los hemos leído en el tranquilo discurrir de la redacción del periódico, es decir, en medio de los sonidos repetitivos del teléfono, del ruido lento o ligero de las máquinas, que siempre traducen la prisa de los manejadores de cuartillas. Pero de estos escritos hay uno en especial que nos ha llamado la atención: Defensa del libro. Guillermo García, Apuntes del redactor, El Espectador, 9 de febrero de 1984.

En Caminos encontramos la reflexión del escritor y del periodista que trasegando como bancario espera sus ratos libres que lo alejen de las cifras con el afán de encontrar su equilibrio de caminante y de soñador. Vanguardia Liberal, Libros–Revistas, 18 de febrero de 1985.

Con agudeza crítica, elegante desarrollo de las ideas y un amplio amor por la literatura, este autor hace un recorrido, con su prosa iluminadora, por los ámbitos literarios de Luis Tejada, Flaubert, de Eduardo Arias Suárez a Voltaire, de Otto Morales Benítez a Zola, entre otros, situando dentro de un contexto universal la creación nacional y poética de Colombia. Humberto Senegal, Revista Canora, Calarcá, junio de 1987.

Caminos es un diccionario de la vida periodística de un autor. Este libro está hecho con un estilo preciso, tallado, corto y brillante. Todo el libro se revienta de sentido común, de sensibilidad artística, de perspicacia social y de preocupación estilística. Vicente Jiménez, Independence, Estados Unidos, 18 de julio de 1988.

Caminos contiene una prosa plena, vigorosa, cargada de aforismos y reflexiones filosóficas originales. Es un libro pletórico de pensamientos oportunos y de enseñanzas profundas. Eres un maestro del ensayo corto. Sabes decir en pocas palabras todo un mundo de sabiduría. Nunca había imaginado que eras el maestro sabio de la palabra exacta. José Antonio Vergel, Moscú, 1° de diciembre de 1990.

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Alas de papel

sábado, 3 de octubre de 2009 Comments off

ensayos_alasLa Academia, en fin de cuentas, no hace otra cosa que investigar para, en últimas, protocolizar lo que la costumbre se ha encargado de imponer. Por eso nuestro real diccionario vive desactualizado. Alguien le replicó a un académico: «usted sabe gramática, yo sé escribir».

cenefitaPrólogo

ESTE LIBRO

Mi libro está hecho de recortes. Pero no es una colcha de retazos. Estos recortes llevan alas. Sobre mi mesa de trabajo he volcado papeles y recuerdos. Es una manera de volver sobre uno mismo, repasando fatigas y satisfacciones. Frente a mis escritos, trabajados a lo largo de cinco años de recias vigilias, y valerosamente, el ánimo no puede hoy menos de sentirse fortificado.

Fue el 30 de mayo de 1971 cuando la página literaria de El Espectador publicó mi primer cuento. Lo que pudiera haber sido una intromisión en las letras, se consolidaría en empeño inquebrantable. Y al paso de los días continuaron hilvanándose páginas perseverantes hasta plasmar una vocación literaria. El Espectador, amplia casa del pensamiento y mecenas de escritores, «alborotó» mi entusiasmo. El aliento dispensado a mis escritos me obligó a no retroceder.

En La Patria, de Manizales, otra cuna de la intelectualidad, ensayé, con igual suerte, mis afanes espirituales. Allí se ha formado toda una generación de escritores, y poder siquiera rastrear sus huellas es ya bastante privilegio.

Son cinco años de ejercicios. Cinco años de sudores. Revuelvo ahora recortes como reviviendo emociones. Se entrecruzan crónicas, cuentos, ensayos. Y se agiganta el alma. Es el itinerario de un ciclo vivido con reflexión, puede que con prisas y sobresaltos, pero en todo momento con la mente abierta y el corazón amplio. Procuro hacer del caso común un punto de apoyo para la inteligencia y para la fabricación de ideas. Detesto las cosas pesadas y por eso mis escritos son leves como espuma.

Entresaco varios trabajos, algunos inéditos, los repaso, los pongo en línea… ¡y ya! Queda hecho un libro. Son temas diversos que pueden leerse en cualquier orden. Tienen la ventaja de permitir saltar páginas para llegar pronto al final, si el lector resiste tanto.

MI libro no tiene prólogo. Es casi una orfandad. No sé si sea una lástima o una fortuna.

Escribir es una actitud del alma. Transitar por los misterios de la palabra, crear imágenes, enhebrar ideas, será siempre, y en cualquier circunstancia, la mayor conquista del espíritu. La palabra escrita es búsqueda, amor, canto. Es sufrimiento y es triunfo. Es agonía, y también luz. Y por sobre todo es vida.

GUSTAVO PÁEZ ESCOBAR

cenefita

Un fragmento de la obra

EL ESTILO

Es el estilo un distintivo, una marca de fábrica. Se dice que el estilo es el hombre. Por su manera de ser se distingue una persona de otra. Por la forma de escribir se diferencia un escritor de otro. Los maestros de la literatura insisten, en variados tonos, en que el escritor debe poseer ciertas condiciones básicas. Se habla también de poderes, de inclinaciones innatas. El estilo se puede superar; no pasa lo mismo con el ingenio, que es algo intrínseco. Se hace énfasis en la pureza y la propiedad; en la espontaneidad; en la fluidez. Ortega y Gasset pedía: temperatura, densidad y música.

Estas cualidades, de tan complejo calado, son reglas de oro. El catálogo parece simple. Lo arduo, lo inalcanzable a veces, consiste en mezclar esos misteriosos ingredientes para imprimirle vida a una página. El mundo está lleno de eruditos, de académicos, de maestros de la gramática, y hasta de sabios, pero no de genios. Un Dalí, o un Chaplin, o un Borges, o un Churchill, o un de Greiff, para reseñar apenas algunas de las genialidades, en sus diversos matices, de épocas recientes, solo se revelan de tarde en tarde.

Abundan los pontífices que predican teorías y que sin embargo no saben crear. Escribir bien no es necesariamente saber mucha gramática. Casals nació con la música en el cerebro y ya desde niño, ajeno aún a solfeos y partituras, era un virtuoso. En la literatura deben observarse, obviamente, ciertos cánones y no atropellar la lengua, pero no esclavizarse a gramatiquerías ociosas ni a reglas ortodoxas. Los preceptos son cambiantes, nunca rígidos ni estáticos.

El arte de escribir, dice Silvio Villegas, no está en un vocabulario muy rico, sino en darles una cadencia o un sentido nuevo a las palabras comunes. La cadencia de que habla el maestro no es otra cosa que la musicalidad, la fluidez, la elegancia, dones estos que solo son posibles en un gusto fino; o refinado, mejor, para que el término indique con mayor propiedad la lucha constante que debe imponerse el escritor. Silvio Villegas, que nos ha legado páginas sublimes en la magia de la expresión, asombra con la sencillez, con la sonoridad, cuando al propio tiempo nos está deslumbrando con el esplendor y la profundidad de su pensamiento.

El lenguaje ampuloso es basura. Es fácil distinguir lo superfluo, lo afectado, de lo sobrio y lo exquisito. Incapaces muchos de crear una imagen o expresar un pensamiento, acuden al término sofisticado, torturante para el buen gusto, para ocultar su impotencia. Abusan del circunloquio, de la vaguedad, porque son inhábiles para la concisión y la elocuencia. Construyen frases perfectas, gramaticalmente hablando, y martillan puntuaciones reforzadas que hieren la fluidez; así, el contenido es hueco, sin consistencia y sin altura.

El buen escritor, el artista, con un brochazo nos pintará un paisaje y con pocas palabras nos inquietará la mente. Sin palabras altisonantes, sin términos misteriosos –de esos que hacen consultar el diccionario a cada momento–, nos deleitarán sus argumentos y nos harán pensar. Vivir es saber pensar. El lenguaje sobrio, ajustado, bien medido, es un condimento para el buen paladar. El pintor, lo mismo que el poeta, lo mismo que el músico, lo mismo que el escultor o el escritor, llevan en el subconsciente esa vena, esa rara inspiración que no en todos aflora con igual propiedad; y por eso lo que en unos es mediocre, o apenas común, en otros se sublimiza y se manifiesta en brotes de genialidad.

Los puristas, tan esclavos del perfeccionismo –y ya se sabe que el perfeccionismo, como todo extremo, es vicioso–, pierden sus prédicas atacando giros o palabras que, por no haber recibido las aguas bautismales de los académicos, los consideran un atropello. Son, con todo, expresiones de uso común y expresan, mejor que las sacrosantas, el verdadero sentido, la verdadera traducción vernácula.

Trate usted de encontrar en el Diccionario de la Real Academia un sinnúmero de palabras en boga, empleadas en el lenguaje popular y también culto, y no solo estarán ausentes sino que, de pronto, recibirá un regaño por tratarse de un galicismo, de un barbarismo, de una asonada contra el idioma. Esa palabra, hoy bárbara, medio sacrílega, en pocos años entrará con todos los honores a los registros académicos, con una larga lista de acepciones que ni siquiera habíamos sospechado.

La Academia, en fin de cuentas, no hace otra cosa que investigar para, en últimas, protocolizar lo que la costumbre se ha encargado de imponer. Por eso nuestro real diccionario vive desactualizado. Alguien le replicó a un académico: «usted sabe gramática, yo sé escribir».

El estilo es el hombre. Lo mismo en la vida privada que en la intelectual. En un mismo periódico, en una colección de libros, se encuentran el estilo pendenciero con el sencillo; el complicado con el llano; el altruista con el ególatra; la modestia y el narcisismo; la humildad y la soberbia; lo florido y lo estéril. Se unen, en fin, la cima y la sima. Es inevitable, porque tal es la miscelánea de la humanidad.

Lo que se escriba, o se ejecute, o se cree, será siempre el espejo del alma. Y el alma es sensitiva, como puede ser burda. Imposible remediarlo.

cenefitaComentarios

Fragmentos

Como lo recuerda Gustavo Páez Escobar en su último libro Alas de papel, aquí, en nuestro Magazine Dominical, se publicó su primer trabajo intelectual. Era un cuento. El 30 de mayo de 1971, por lo tanto, arranca su tarea pública de escritor. Y desde esa época nos ha seguido acompañando en las páginas dominicales y con sus breves ensayos que insertamos en nuestra página editorial.

La constancia y la fe de Páez Escobar en el destino de la inteligencia se hacen evidentes en sus tres libros publicados. Los dos primeros, las novelas Alborada en penumbra y Destinos cruzados. La crítica, en su oportunidad, se ocupó ampliamente de ellas.

Alas de papel es un libro integrado por tres secciones bien delimitadas en el orden intelectual: el breve ensayo literario, la crónica y temas esenciales a la colectividad. En ellos se desenvuelve con natural predisposición para destacar lo que merece consagración por su incidencia en la inteligencia o en la sensibilidad.

En la crítica va adentrándose con reflexiones acerca de la misión del escritor, las características del estilo, para avanzar por el mundo intelectual y creador, en la poesía y en el ensayo, de Alberto Ángel Montoya o de Otto Morales Benítez. Igualmente se detiene en la obra folclórica de Jaramillo Arango; en las producciones de Humberto Jaramillo Ángel, de Jorge Santander Arias, de doña Sofía Ospina o de Alirio Gallego Valencia.

En cuanto a lo que interesa a la comunidad, especialmente a la de Armenia, en donde vive, se podría decir que formula análisis acerca del desenvolvimiento económico, social, cívico de la comunidad. Todo ello puntualizado en un nombre, Raúl Mejía Calderón, que allí es paradigma de las grandes empresas colectivas.

La crónica la maneja con destreza. Lo mismo le sirve la frialdad y crueldad de Francisco Franco, que la rebeldía juvenil, la violencia urbana, los cementerios quimbayas, el desnudismo o los toros, para, en breves síntesis, señalar cómo reacciona, sueña, se alegra o angustia la humanidad. A Gustavo Páez Escobar, nuestro colaborador, le han dado dos medallas por su obra intelectual: La Flor del Café y la de Eduardo Arias Suárez, Calarcá, en memoria del gran cuentista hoy tan extrañamente silenciado en críticas y antologías.

Ahora este libro Alas de papel vuelve la mirada intelectual justamente hacia la obra del escritor Páez Escobar y exalta, una vez más, la admirable labor del editor Javier Londoño en su ejemplar «Quingráficas», de Armenia. El Espectador, Bogotá, 23 de diciembre de 1977.

Por las páginas de Alas de papel, de Gustavo Páez Escobar, pasan los temas de la literatura, la crítica, las meditaciones acerca del destino del escritor. Se detiene el escritor en el análisis de libros que le han despertado inquietudes intelectuales y repite nombres que le han permitido adentrarse en los grandes conflictos del hombre. Además, una serie de crónicas sobre los más diversos temas. Estas Alas de papel confirman la vocación de escritor de Páez Escobar. El Tiempo, Bogotá, 29 de diciembre de 1977.

Gustavo Páez Escobar, banquero y escritor, literato y hombre de bien, entrega esta nueva producción como si entregara una parte de sí mismo, robándole tiempo al descanso y a la recreación. Pero afortunadamente, Gustavo Páez aprendió, hace mucho tiempo, que la más honda satisfacción humana es aquella que se logra con la creación artística. Gabriel Echeverri González, El Espectador, Magazín Dominical, Bogotá, 22 de enero de 1978.

 

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Otro género

martes, 27 de enero de 2009 Comments off
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Viajes

lunes, 27 de octubre de 2008 Comments off
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Raza indígena

lunes, 27 de octubre de 2008 Comments off
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