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Un veterano encuentra su destino

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

(Palabras pronunciadas en Armenia: prólogo de la novela de César Hincapié Silva)

Cuando hace 35 años llegué a Armenia conocí a César Hincapié Silva como un inquieto personaje de la vida municipal. Acababa de crearse el departamento del Quindío y él había sido el primer jefe de Planeación, y por lo tanto, protagonista de los planes iniciales del desarrollo regional, qaue por aquellos días hacían destacar al Quindío en el concierto nacional, por su estructura administrativa y su impulso creador, como el “departamento piloto de Colombia”. El joven abogado de la Universidad La Gran Colombia, especializado en España en Derecho Económico y Seguridad Social, también había adelantado en Brasil una maestría en Administración y Planeamiento, títulos con que comenzó a trabajar por la prosperidad de su tierra.

Después ocupó algunos cargos en la capital del país y allí mismo regentó la cátedra en distintas universidades. Radicado de nuevo en el Quindío, se consagró al ejercicio privado de su profesión, con presencia activa en la vida pública de la comarca, como conferencista de prestigio y autor de interesantes artículos en los medios de comunicación. Sus intervenciones suscitaban polémicas y despertaban interés en la comunidad. Este contacto con los medios de su tierra lo vinculó a la actividad política, y a la vuelta de los años lo llevó a ser concejal de Armenia y diputado a la Asamblea del Quindío.

Cuando en 1993 editó el libro El camello de la Planeación, importante estudio que se convertiría en manual de consulta de los estudiosos, el autor revalidaba los viejos conceptos aprendidos en Sao Paulo y practicados en el reciente departamento del Quindío. Y había algo más: fuera de tratarse de una obra escrita para eruditos en el tema, nacía con este libro una serie de publicaciones que el autor trabajaba en silencio, y que iban a descubrir al humanista que se escondía bajo la piel del político, del abogado y del economista que todos identificaban en las calles apacibles de la ciudad nativa.

Dos años después aparecía un libro revelador de la capacidad de estudio del autor, obra valorada hoy como aporte sustantivo para interpretar la historia quindiana bajo los enfoques de la sociología y la economía. Se trata de Inmigrantes extranjeros en el desarrollo del Quindío, una investigación seria y documentada, que nadie había acometido, sobre el poblamiento de la región con diferentes razas y culturas que fueron determinando un estilo social. Desde tiempos remotos, esas corrientes migratorias se vincularon en tal forma al desarrollo de la región, que son hoy parte fundamental de la idiosincrasia quindiana. Esto, de paso, explica por qué el Quindío es tierra abierta y cosmopolita, donde nadie es extraño y todos son bienvenidos como motores del progreso.

Algún día me encontré con un cuento de Hincapié Silva en el periódico La Crónica del Quindío. Se trataba de una narración amena y picante que se movía en un ambiente pueblerino, y no me costó trabajo descubrir que ese pueblo sosegado -y más tarde centro floreciente- era Armenia, escenario ideal para poner a trabajar la imaginación de los escritores. Era la primera noticia que yo tenía sobre la vena cuentística del autor.

A poco andar de aquel hallazgo inesperado, varios cuentos más de su autoría salieron al aire en las páginas del diario quindiano. Sin duda, la cosecha estaba en maduración y había llegado la época de la recolección, como acontece con los granos de café. Esos relatos, extraídos del diario acontecer de la comarca, rescatan con humor e ironía sucesos curiosos y memorables bajo el ropaje de personajes comunes. Y como el nuevo cuentista quindiano es hombre de empresa y acción, en 1997 recogió esos episodios en el libro Cuentos sobre el tapete.

* * *

Ahora lo tenemos de novelista. Para el narrador que hay en Hincapié Silva, pasar del cuento a la novela es un tránsito natural, o por lo menos atractivo. Son dos géneros que en alguna forma se hermanan -”contar cosas”-, pero que tienen sus propias reglas y sus propias complejidades. Visto de otra manera, un buen cuentista puede ser pésimo novelista, y viceversa. Aunque se presentan las dos condiciones a la vez, también en ambos sentidos. En fin, al amigo le ha dado por ser novelista, y debemos celebrar su arrojo.

Líbreme Dios de pretender ser crítico literario, y escuche César, que ha tenido la generosidad de pedirme unas palabras de presentación de su novela, este criterio: en literatura todo es válido, y la única falla es dejar de escribir. Hay que escribir pensando siempre en el lector y menos en los críticos, porque aquel es el único juez verdadero. Máximo Gorki expresa lo siguiente: “Soy amante de los libros; cada uno de ellos me parece un milagro y el autor un mago. Un libro es un fenómeno de la vida , del mismo modo que lo es el hombre”. Gorki, que aprendió a escribir sin más maestros que la lectura insaciable de los clásicos -sobre todo los franceses- y que enriqueció la mente con las impresiones que recibía de su trato con la gente y de su observación de los problemas sociales, pinta en sus obras, con crudeza, la miseria de las clases bajas de la Rusia zarista, y dejó preciosos consejos sobre el arte de escribir.

Objetivo primordial de la novela es dibujar la vida. Toda novela, en esencia, debe ser una obra de historia. Y la historia abarca todas las circunstancias que rodean la existencia del hombre, desde la cuna hasta la muerte, y desde las guerras y los conflictos sociales, o la pintura de pueblos y entornos familiares, o la descripción de personajes y en general de los seres humanos, hasta la hondura de los sentimientos y la intimidad de los paisajes interiores. Por eso, el novelista debe ser el mayor historiador del hombre y del tiempo.

Regla fundamental para el novelista es no escribir sino sobre lo que ha vivido o presenciado. De lo contrario se saldrá de la realidad, y ya se sabe que la realidad, así sea presentada con hechos ficticios o en ambientes surrealistas, debe ser probable para que sea verdadera. La novela de César Hincapié Silva, Un veterano encuentra su destino, describe con autenticidad los hechos de su historia. Encara un conflicto de la actualidad colombiana, el del narcotráfico, y esto la hace sugestiva. El relato despierta interés desde las primeras páginas por la acción ágil como se mueven sucesos y personajes, lejos de retruécanos literarios y con el uso de un lenguaje sencillo y directo. Al lector de novela le interesa ante todo que el relato fluya, despierte expectativa y sea de fácil comprensión, y por eso mismo huye de los tonos doctorales y los pasajes pesados u oscuros.

Peñas-Frías, escenario principal de los acontecimientos, que el novelista localiza cerca de Armero, es un pueblo perdido en un lugar escarpado de la cordillera, que languidece en medio de la soledad y el abandono. Una carretera intransitable mantiene detenido el progreso local, y los dirigentes de la población, apabullados por el desamparo y el tedio enfermizo, no encuentran la manera de solucionar las miserias crónicas. Los movimientos sísmicos producidos por el Nevado del Ruiz estremecen la vida pueblerina y la penetran de inseguridad y miedo. Es un pueblo muerto, donde asusta el silencio.

Entre tanto, los notables de la comunidad, personajes lerdos y fosilizados, recorren las calles como sombras huidizas. Lucas Huertas y Manrique, el alcalde, se ha adaptado a todo y no mueve un dedo para quebrar la monotonía. Santiago Sallas, el notario, solo piensa en sus tarifas en declive. Joaquín Lagos, el barbero, propala los chismes de la clientela y aviva la insatisfacción resignada del vecindario. Tarcizo Chávez, el concejal, trata de romper el marasmo colectivo, pero sus protestas no encuentran eco. Bernardino Pedroza, el cura, tacaño y esclavo del dinero, y por añadidura fanático y vociferante, se queja de las limosnas escasas.

¿Qué pueden esperar estas poblaciones sin esperanza que se derrumban entre la resignación y el hastío insalvables, manejadas por dirigentes ineptos y habitadas por almas opacadas? ¿Qué sociedad puede sobrevivir a merced de la pobreza, la explotación y el cretinismo? Peñas-Frías es cualquier pueblo de Colombia. El novelista ha creado un pueblo imaginario -pero cierto-, que lo mismo puede ser su propia tierra nativa o el más escondido rincón de provincia. Ha erigido este prototipo como símbolo de la mediocridad social, y en medio ha situado a personajes de carne y hueso que pueden identificarse con los que existen en cualquier localidad.

Cuando en Peñas-Frías se radica Esteban Altagracia, traficante de narcóticos, la vida se transforma. Todo está dado para sembrar la revolución en aquella comunidad somnolienta. El propio cura le ha vendido, a precio de ambición, la tierra para los cultivos ilícitos. Altagracia hace reconstruir la carretera, por la que en poco tiempo circulan caravanas de turistas entre las que se camuflan los personajes más extraños: aventureros, especuladores, tahúres, prostitutas… Comienza el lavado de dinero en grande, a ojos vistas de la población. El alcalde se une con el mafioso, el barbero aumenta sus tarifas, el notario remodela su oficina, el cura pondera el adelanto conseguido en tan poco tiempo, el concejal Chávez adelanta un juicio público contra el narcotraficante, y se queda solo…

La bonanza marimba invade el poblado y anestesia las conciencias. Coca, heroína, toneladas de billetes… El progreso llega en volandas. Altagracia es ahora el amo y señor del pueblo. Se le condecora, por supuesto, como el gran benefactor público. Esta prosperidad relámpago hace brotar toda clase de negocios populares: almacenes, restaurantes, cantinas. Los bienes se multiplican y el dinero se enseñorea de la vida municipal. Alguien proclama: “Un milagro de Dios”.

En otro ángulo de la novela se mueven un fiscal, un abogado de la Procuraduría y un agente de la DEA. Son fuerzas silenciosas que luchan contra el avance del narcotráfico y, por lo tanto, se enfrentan a un problema descomunal. Yesid Cifuentes, el fiscal, es un intelectual preocupado por la evolución social y cultural de los países del mundo. Patricia Brunel, la abogada, es un lectora apasionada que matiza el ejercicio de su cargo con obras clásicas de la literatura universal. Y Leonard Sicard, el agente de la DEA, veterano de la guerra del Vietnam, libra en varios países una guerra implacable contra el narcotráfico. Estos mundos yuxtapuestos, el de los negociantes de narcóticos y el de los funcionarios judiciales, han incitado a César Hincapié Silva a tramar un argumento novelístico de palpitante interés.

El propio novelista, como abogado e intelectual, parece que se reflejara en algunas facetas de sus personajes y ambientes. El escritor de narrativa, muchas veces sin advertirlo, suele refundirse en el alma de sus criaturas literarias. No hay duda de que Hincapié Silva conoce a fondo el tema que trata. Es un tema nacional y universal que todos conocemos, pero solo el escritor logra trasladarlo como memoria para las futuras generaciones. Es aquí donde se cumple la función del novelista como testigo del tiempo.

Un veterano encuentra su destino es, por otra parte, una novela con fondo romántico en medio del bazar de las drogas y la corrupción del medio ambiente. El amor, que todo lo puede y todo lo ennoblece, parece que iluminara estas páginas infestadas por las yerbas malditas y sacudidas por un volcán desafiante. En medio del turbión de los vicios públicos, de la concupiscencia del dinero y del envilecimiento de una comunidad entera, brilla el amor como el sol maravilloso que dulcifica la vida. Novela de amor donde no falta la frustración amorosa, la cual relampaguea al final de la obra como si se tratara de uno de esos idilios inmortalizados por Beatriz y Laura, heroínas sublimes de Dante y Petrarca.

El personaje real de esta novela es, para mi gusto personal, Peñas-Frías, el pueblito fantasma que se convierte en un eco de la conciencia nacional y de la conciencia individual de los colombianos. En él está representada la comedio humana, con sus miserias y grandezas. Cuando por las calles de la población discurren los miembros de la pequeña sociedad, plantean sus problemas y desencantos y aceptan las soluciones fáciles sin importarles la perversión de la moral pública, es como si las mismas personas, transmutadas a otro ambiente, vivieran en el centro más populoso y allí se ocuparan de sus cotidianos quehaceres. La conducta permisiva que se vivió en el rústico poblado es la misma, guardadas proporciones, que impera en las grandes ciudades. Nada cambia, porque el hombre es igual en todas partes.

La naturaleza circundante, formada por montañas abruptas y amenazada por un volcán que estallará a cualquier momento, como en efecto sucedió, es otro personaje vital de la novela. Cuando la furia del volcán arrasa con la región, puede decirse que es la misma ira de Dios que castiga al hombre para señalarle el camino acertado. ¿Peñas-Frías fue borrada del mapa por la fuerza sísmica? Los pueblos míticos -como Comala de Juan Rulfo, Tipacoque de Caballero Calderón o Macondo de García Márquez- nunca desaparecen. César Hincapié Silva ha creado otro pueblo mítico en el alma de la cordillera, sujeto ahora a una metamorfosis transitoria, que el novelista describe en estas palabras:

“En Peñas-Frías, la huida de los murciélagos fue evidente y numerosos habitantes observaron este hecho con curiosidad… Los murciélagos, después de la calma, regresaron con oportunismo; merodearon entonces por esos lugares extraños, en donde ya nada quedaba y todo tendría que volver a nacer. Era el paisaje gris oscuro suspendido, en el cual se sentía la presencia de la muerte, como si en ese sitio terminara ese microcosmos”.

Armenia, 4 de junio de 2004

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La leyenda de Françoise Sagan

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Con la muerte de Françoise Sagan, ocurrida en París el pasado 24 de septiembre, crece su leyenda. Leyenda que comenzó a formarse en 1954, después de la publicación de su primera novela, Buenos días, tristeza, cuando la autora apenas había cumplido los 19 años de edad. Esta obra, escrita en siete semanas, le trajo de inmediato un éxito arrollador. De ella se vendieron cuatro millones y medio de copias y ha sido traducida a 22 idiomas. Dos años después se repitió el suceso editorial con Cierta sonrisa. Ambas novelas son las que más la caracterizan entre los más de 40 títulos que componen su obra total.

Nacida en Cajarc (Lot) en junio de 1935, recibe el nombre de Françoise Quoirez, que ella cambiará en su vida de escritora por el de Françoise Sagan, en honor de la princesa Sagan, personaje de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. En París estudia Filosofía y Letras, disciplina que influye de manera categórica en la creación de sus criaturas literarias, sobre todo las femeninas (muchas de ellas un calco de su propia alma), a las que mueve con las fórmulas de la intuición aprendidas de Bergson, su filósofo de cabecera. En 1951, se dedica a escuchar jazz en Saint-Germain-des-Prés, y años después se relaciona allí con grandes intelectuales, como Sartre.

Estos datos someros revelan su formación y su espíritu precoz, gracias al cual irrumpe en las letras francesas y se convierte en una revelación y, más tarde, en una leyenda viva. Françoise Sagan hace parte de los primeros rebeldes de su patria que expresan su divergencia frente a ciertas tradiciones.

En su primera novela aparecen los hijos de la burguesía francesa que después de la guerra actúan en un mundo materialista, manejados por un estado de desacomodo social. En esta novela figuran los ingredientes que moverán toda la obra de la escritora, y en ella queda retratada la vida trivial de las altas clases sociales.

Este es el mundo de la propia novelista, del que toma personajes y sucesos que giran en torno suyo, los condimenta y los dota de caracteres adecuados para que representen la comedia humana que ella vive y a la vez critica. Sus novelas son el retrato fiel del ambiente frívolo que alrededor del sexo, el licor y la droga viven personas aburridas de la burguesía, de la que ella misma es protagonista en la vida real.

Buenos días, tristeza, la fulgurante novela-sorpresa de hace cincuenta años, de breves páginas y de largo alcance, resulta premonitoria de lo que sucederá en la vida de la autora. He vuelto a leerla con motivo de su deceso y descubro en ella similitudes sorprendentes con los rasgos futuros de la escritora.

No me cabe duda de que Cecilia, la protagonista de la novela, es la misma Françoise Sagan. Ambas son adolescentes y estudian Filosofía y Letras en París. La una tiene 17 años y la otra, 19. Ambas son veleidosas, bonitas y sensuales, toman licor y disipan sus tedios en fugaces amoríos. En la velocidad hallan un placer casi sexual. Los coches descapotables que ruedan por las páginas de la novela son los mismos que apasionarán a la escritora en su vida de vértigo y alboroto.

En 1957, estuvo a punto de morir en un vehículo vertiginoso. (Ana, otro personaje de la obra, muere en el automóvil en el que se desplazaba a gran velocidad). La droga, que también seducirá a Françoise Sagan, no figura en la novela, pero se vislumbra dentro del clima de extravagancias, casinos y  frágiles diversiones que menoscabarán su existencia.

Françoise Sagan fue gran conocedora de la condición humana y sobre todo del alma femenina. En sus novelas, que algunos califican de frívolas, trataba, con aparente levedad y en lenguaje sencillo y ameno, franco y descarnado, temas serios y apasionantes salidos de los escenarios sociales que ella, como Balzac, frecuentaba en sus rutinas agobiantes. No le otorgaron ninguno de los grandes premios franceses, a pesar de que sus obras han sido de las más vendidas en el país y en el exterior. Al conocer la infausta noticia de su muerte, el presidente Chirac dijo: “Francia pierde uno de sus autores más brillantes y sensibles”.

Su agitado discurrir mundano, tal vez producto de su carácter hiperactivo y de su laboriosidad creadora, no le permitió el reposo. Siempre vivía en función de escribir, correr, soñar, gozar de los placeres y los desmanes existenciales. Dos veces se casó, y tuvo un hijo, Denis. Abusaba del alcohol y la droga, y cada vez, a plena conciencia, se hundía más en sus tinieblas.

En medio de esa atmósfera asfixiante, rodeada de aplausos y de la leyenda fantástica que siempre la acompañó, Françoise Sagan acaba de morir a los 69 años, víctima de una embolia pulmonar. Venía enferma desde hacía varios años, y sus propios lectores y admiradores no lo sabían. La niña precoz de mitad del siglo pasado, ídolo de un amplio círculo de admiradores, nunca fue feliz. Buscó la felicidad en las marañas de su existencialismo y no la halló. Siempre llevó consigo una inmensa soledad interior.

Pocos títulos tan acertados para una vida desolada, y a la vez exitosa en medio del gran mundo por donde corrió su fama, como el de su novela inaugural: Buenos días, tristeza.

El Espectador, Bogotá, 7 de octubre de 2004.

 * * *

 Comentario:

Acabo de regresar de vacaciones y no sabía la muerte de Françoise Sagan. También fue ella una de mis admiraciones de juventud y la leía al mismo tiempo de Sartre y Camus. Excelente la nota, me trajo reminiscencias.  Jaime Lopera, Armenia.

Julio Flórez, poeta esencial

jueves, 26 de noviembre de 2009 Comments off

Gustavo Páez Escobar

En el año 1909, bajo el sofoco de tórrida temperatura superior a los 30 grados, avanza Julio Flórez por la vía polvorienta que va de Barranquilla a Usiacurí. Se dirige a este caserío en busca de una cura medicinal para el cáncer que le ha aparecido en el rostro, del que espera curarse en las aguas azufradas, famosas en el país, de que es rico el lugar. Además, el desengaño del mundo y sus vanidades, que ha seguido a sus resonantes días de gloria y a sus bohemias memorables, lo lleva, en secreto, a buscar refugio seguro en aquel pueblo oculto de la Costa Atlántica. “Ya poco o nada de mi gloria queda”, confiesa.

Tiene 42 años de edad, y morirá en cercanía de los 56, el 7 de febrero de 1923, en la misma estrecha aldea (hoy de 8.000 habitantes) escogida como residencia bucólica para el resto de sus días, después de haber probado el alboroto y la embriaguez de las ciudades. Había nacido en Chiquinquirá, el 22 de mayo de 1867. Su época dorada la vivió en Bogotá, en largas noches de bohemia, de tristeza y soledad, si bien allí se le confundía con un alma alegre, por ser el centro y la chispa mayor de la Gruta Simbólica. Había viajado por Guatemala, Méjico, España, París, en aparentes excursiones de placer. Pero su mundo era Colombia. Su gente lo esperaba en los bares de la capital.

Compra en Usiacurí una pequeña tierra poblada de frondosa vegetación tropical y se dedica, con amoroso empeño, a reparar la casita rústica que habrá de compartir con su esposa y sus hijos. En los alrededores florecen las matas de florón, los mamoncillos, los olivos, las ceibas y los árboles cargados de frutos generosos, donde escucha desde las primeras horas del día los arpegios de las aves congregadas en torno al santuario de la poesía. Feliz en la vida pastoril, alterna sus horas entre el laboreo agrícola y el cultivo poético. Tanta es su identidad con su nuevo hábitat, que un día exclama: “Oculta entre los árboles mi casa / bajo denso ramaje florecido / aparece a los ojos del que pasa / como un fragante y delicioso nido”. 

Julio Flórez está catalogado como el más representativo de nuestros poetas. Poeta esencial e íntegro. O, como lo define Jorge Rojas, “poeta de la cabeza a los pies”. Era uno de esos trovadores espontáneos que, al igual que en la época medieval, iba por los caminos derramando su cosecha de versos. Sin mayores años de escolaridad (se dice que apenas adelantó estudios mínimos en una escuela o colegio de Puente Nacional), el lenguaje le fluía como de manantial puro, lleno de murmullos y resonancias.

Como nació con alma romántica, al igual que Byron, la inspiración le venía por soplos mágicos, algo indescifrable para los profanos, y que sólo conocen las almas predestinadas para tan noble quehacer. Julio Flórez no era un gramático, ni poseía grandes conocimientos literarios, pero tenía alma sensitiva. Eso es el poeta: una caja de vibración de los amores y pesares del ser humano. La sensibilidad, por encima de los cánones académicos, es la que determina el arte lírico.

Y era gran lector. Desde joven se apasionó por los poetas franceses, y de 16 años le hizo una oda a Víctor Hugo, su ídolo mayor. ¿Qué importa que no fuera culto? ¡Era poeta! Uno de los poetas más populares que ha tenido Colombia. Su genialidad se manifestó en lenguaje sencillo y tierno, sentimental y melancólico, que supo interpretar las alegrías y pesares del pueblo. Por eso estremecía el corazón de las multitudes. Sus cantos movían el amor y el desencanto, la tristeza y la añoranza, la sinceridad y la humildad, el dolor y la nostalgia. La poesía era para él rito sagrado, donde el poeta actúa como ser divino.

Guillermo Valencia, en reportaje a Martín Pomala, en 1928, anota: “Respecto de Flórez le diré que lo he admirado siempre por su inspiración sin igual. Julio fue a mis ojos el poeta por esencia”. Otras figuras destacadas han expresado elogiosos conceptos sobre este personaje bohemio (el legítimo bohemio intelectual de comienzos del siglo XX), que permanece en el tiempo como leyenda romántica y acaso fantasmal.

Se dice de él que acostumbraba irse con sus compañeros de libaciones a darles serenatas a los muertos en el Cementerio Central. Su inclinación a la tristeza y las sombras se advierte en buena parte de su obra, y de ello han quedado claros rastros en poemas como Mis flores negras, Todo nos llega tarde, Boda negra, Resurrecciones. Sus versos son el reflejo del alma desolada y sombría que deambulaba por las calles bogotanas en medio de dolores y amarguras. Fue a dar a Usiacurí para seguir con su sombra a cuestas.

El 14 de enero de 1923, días antes de su muerte, fue coronado poeta nacional en su propio terruño. Todo el país volvió los ojos hacia el escondido refugio sentimental que el ilustre boyacense había elegido como su última morada en la tierra. Con él desapareció el último de los poetas románticos. Años después, la humilde vivienda sería declarada patrimonio cultural de la nación. Y hoy, según dan cuenta las noticias de prensa, está a punto de derrumbarse por falta de recursos para sostenerla.

Mientras tanto, por los contornos sigue vibrando la voz pesarosa del poeta: “Todo nos llega tarde, hasta la muerte…”

El Espectador, 23 de junio de 2005.

 * * * * *

El artículo sobre Julio Flórez no solo es encomiable por la calidad proverbial de tu estilo, sino por algunos datos y aristas del poeta que no he leído en otros textos. Napoleón Peralta Barrera, Bogotá.

Me fascinó aprender un poco más sobre Flórez, a quien aprendí a amar a través de mi padre. Siempre me pregunto qué sería de las letras boyacenses sin este juiciosísimo periodista que les enseña a los colombianos dentro y fuera de las fronteras que Boyacá no sólo es “sumercé”. Colombia Páez, Miami.

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