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Ámbito regional

jueves, 12 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Poseen las ciudades características propias que les imprimen cierta fiso­nomía, cierto individualismo, sin que se sepa exactamente de dónde pro­vienen los rasgos y las costumbres que se van arraigando y terminan configurando la esencia ambiental de cada sitio. Puede decirse que las ciu­dades, los pueblos o las simples aldeas tienen, al igual que los hombres, per­sonalidad. La personalidad de las regiones no es otra cosa que la mezcla de sus componentes cívicos, cultu­rales y etnográficos, si bien no es raro que lugares afines por muchos aspec­tos, hermanados por la tradición y hasta vecinos inmediatos, sean del to­do distintos.

En no pocas ocasiones la idiosincrasia parece determinarse por la división de un río o una montaña, para no hablar de rivalidades o emula­ciones lugareñas que influyen en tal forma en la conciencia de las gentes, que crean cualidades disímiles y a ve­ces encontradas. Sucede lo propio, para seguir haciendo el parangón entre personas y lugares, en el seno del ho­gar, donde los hijos nacen y crecen diferentes.

Se dice que cada hombre es un mundo. Cada ciudad es un complejo. Tiene vida propia, no solo geográfica o políticamente hablando, sino sobre todo en razón de sus hábitos y parti­cularidades, que le plasman el carác­ter. Es difícil precisar lo que marca la imagen de los pueblos. Son par­tículas que vuelan como hálitos mis­teriosos que se mueven en el ambiente, una especie de cromosomas que, al igual que en el organismo humano, transmiten los perfiles vitales.

Hay ciudades amables y hospitala­rias. Las hay resistentes al forastero. Unas cerradas, casi herméticas, que viven de irremovibles tradiciones; otras, abiertas y progresistas. Alegres unas, taciturnas otras. La diferencia está en el aire. Las gentes son consecuencia del ambiente.

Las ciudades tienen su estilo propio. Y para di­ferenciarlas, o definirlas, se les han puesto apellidos: Bogotá, por su cul­tura, la Atenas Suramericana. Cartagena, por su temple, la “iudad Heroica. Cali, por su esbeltez, la Sul­tana del Valle. Ibagué, por su joviali­dad, la Ciudad Musical; aunque Neiva y Villavicencio, con sus propios festi­vales folclóricos, no son menos musi­cales, y también aflora Valledupar con su vallenato, sin olvidar a Cartage­na y Barranquilla con sus briosos car­navales. Bucaramanga, la soleada y brillante urbe, es la Ciudad de los Parques. Abundan, por el estilo, mu­cho más títulos característicos.

El Gran Caldas, queun día se dividió aras del progreso, es cada vez más próspero. Dicen los sociólogos que la competencia genera el progreso de las regiones. Dentro de esta tónica, Manizales se proclamó como la Ciudad de las Puertas Abier­tas, para al día siguiente amanecer Pereira como la Ciudad sin Puertas. Armenia, que había sido bautizada por el ojo clarividente del maestro Valencia como la Ciudad Milagro, se sintió estimulada por sus dos hermanas mayores que le indica­ban una convivencia sin trabucos ni fronteras.

Son reflexiones que se me ocurren para llenar la cuartilla que me ha pe­dido César Hoyos Salazar, director de Fenalco, para quien de paso van cordiales congra­tulaciones extensivas al comercio de todo el país, a propósito de la realiza­ción en Armenia del Congreso Nacio­nal de Comerciantes. Esta ciudad está de plácemes por la visita de los 500 delegados que habrán de sentir la amistad de la comarca abierta al diálogo y al turismo, ciudad descompli­cada que registra uno de los avances más sorprendentes del país.

Aquí, en­tre el aroma de la brisa cafetera, los distinguidos huéspedes apreciarán el ámbito regional que se ha formado a base de extraños ingredientes que flotan en el aire, que no siempre se ven pero que se respiran, y que hacen de Armenia un sitio de indudable atrac­tivo. Y esto lo dice un forastero an­clado en los maravillosos parajes quindianos.

Revista de Fenalco, 23-V-1974.
La Patria, Manizales, 3-VI-1974.

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El Cementerio indígena de Córdoba

jueves, 12 de mayo de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Es Córdoba un simpático municipio del Quindío con nombre de prócer y alma montañera, dis­tante media hora de Armenia y al que se llega por una carreterita serpenteante y siempre en ascenso, que algún día será pavimentada, ganando catego­ría y elegancia, aunque perdiendo el encanto de verse invadida por la exuberante vegetación tropi­cal que riega al paso del vehículo el aroma del ám­bito campesino.

A lado y lado de la vía se entrela­zan dos frutos de la tierra, símbolos de prosperidad y poderío: el café y el plátano, el uno coquetón y con mejillas sonrosadas tocadas de sol y brisa, y el otro, el de las largas alas protectoras, abanicando y prodigando sombra al grano que se sacrifica, ape­nas en su despertar, para enriquecer las arcas de la patria.

Algún día, digo, quedará asfaltada la carretera, pues no otro puede ser el destino de esta comarca quindiana enganchada al progreso. Prefiero, con todo, el pedregoso camino que avanza con lentitud por entre agrestes parajes, esquivo al tráfago del vértigo, el mismo que me llevó en una saludable evasión hasta Córdoba, movido por la curiosidad de conocer el cementerio indígena que acababa de ser descubierto.

Sería un inmenso tesoro arqueoló­gico cubierto por muchas capas de tierra y gran­des murallas de piedra, de donde emergerían, como en uno de los pasajes de las mil y una noches, vi­siones fantásticas del grandioso ayer que en esta región de guaquerías, de leyendas y de misterios sigue en gran parte sepultado, casi intacto, entre cafetales y platanares, como una riqueza inextingui­ble, por más que la piqueta y la codicia perforen aquí y allá, y a todo instante, y sobre todo bajo el sigilo de largas, de sudorosas horas noctámbulas, las entrañas de la tierra.

El sitio, como era de suponer, debía estar res­guardado por la fuerza pública en previsión de atropellos y piraterías, y muchas gentes llegadas de diversas latitudes del país y del exterior desfilarían en agitada romería. Algo debió entender el vehículo de la impaciencia que a mi amigo y a mí nos embar­gaba, pues apuró la marcha al tocar la primera calle del pueblo y solo se detuvo, medio desconcertado, en lo más alto de la plaza, lugar que se hallaba sosegado, vacío de ventorrillos y de aglomeraciones, y solo habitado por los pocos contertulios que se ven en Córdoba en un día que no sea de mercado, de visitas del Comité de Cafete­ros o de manifestación política.

La maestra del pueblo, que todo lo sabe, nos indicó el camino por donde llegaríamos al punto del hallazgo. Por entre gredas y malezas se deslizó el automotor, no apto para terrenos escabrosos, y luego de avanzar y retroceder muchas veces, de penetrar por trochas equivocadas, de aporrear ca­fetales, de rugir entre los charcos y, finalmente, de destrozar los resortes y quemar medio motor, hllamos el campo de promisión. Estaba desierto, silencioso. ¿Y las multitudes? O estábamos mal informados, o se habían levantado con el tesoro. ¡Triste soledad la del cementerio indí­gena! Pensé, entonces, con Bécquer: «!Qué solos se quedan los muertos!»

Dos muchachos, escondidos tras un matorral, se decidieron al fin a confirmarnos que ese era el cementerio indígena. Pero no hallamos nada. Ni una calavera, ni un hueso, ni una alcarraza, menos ninguna estatua en oro, y ni si­quiera el más simple olor que denunciara la presen­cia de cualquier extraviado cacique. Mi amigo, con un costal al hombro, y yo con una pala miedosa, intentamos en vano, movidos por súbito entu­siasmo científico, encontrarnos con los espectros.

Pero todo fue inútil. Con sonrisa socarrona nos confesaron los dos campesinitos que el buldocero, que explanaba el terreno para una cancha deporti­va, y el policía, a quien habían mandado para que lo cuidara, habían saqueado las tumbas.

Por allí vimos unos boquetes y un manantial de agua límpida. Bajo nuestras plantas el piso se sintió flojo, quebradizo, con denuncia de caverna, y algo se movió en el intestino del monte. Pensé que los dioses tenían sed y preferí escapar con mi amigo.

Cuando oigo hablar del cementerio indígena de Córdoba, me acuerdo del buldocero y el policía. Y también de los dos muchachos escondidos en el monte, que terminaron esfumándose como por obra de encanto. Quizás el episodio pertenece a la fantasía, al misterio con que se escondieron los quimbayas en los predios quindianos.

La guaquería, complicada profesión, está rodeada de secretos, de leyendas y mentiras. Me he puesto a veces a pensar, y que Dios me perdone, que mi amigo regresó cualquier noche de luna llena con la pala y el costal, pues lo noto ahora más erudito en arqueología. Aunque también sospecho que él supone lo mismo respecto a mí, y que Dios lo perdone por mal pensado.

La Patria, Manizales, 15-IV-1974.

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La casa del gamín

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Andrés Pastrana, acaso sin propo­nérselo, ha demostrado sorprendentes condiciones para convertirse en el líder que debe salir de su condición de hijo de presidente. Si tenemos ahora tres delfines disputándose la presidencia de la república, atrás viene otra generación que comienza a empu­jar.

El nuevo delfín nos ha dado un anticipo sobre lo que puede ser su situa­ción en el mañana, al movilizar desde ya grandes masas que han respondido a su llamado para fomentar obras socia­les. Ni corto ni perezoso, le «vendió» al pueblo bogotano fáciles boletos para recorrer la ciudad a pie limpio, sin exponerse al mortal tráfago cotidiano y respirando una atmósfera más pura. No sabemos de dónde sacó la idea de hacer plata en esa forma, y bien clara queda su destreza para escul­carles el bolsillo a las empresas y a las gentes y formar, de peso en peso, una pirámide de sensibilidad so­cial.

Las caminatas comienzan a practi­carse en otras ciudades. Se ha irradiado la fórmula y en poco tiempo pondrá el joven Pastrana a caminar a todo el pue­blo, recordándole que entre paso y pa­so se logra más que con bruscas sa­cudidas. Es posible que en un futuro no remoto, ya que a estos inquietos adolescentes pronto les crece la barba, lo tengamos dosificándonos las cargas tributarias con pildoritas no comple­tamente insípidas.

Armenia, que es pronta para sumar­se a las actitudes constructivas, amane­ció con ánimo trotador en una esplen­dente mañana dominguera. Recorrer diez kilómetros entre el jolgorio de un desfile democrático y retozón, pleno de colorido y simpatía, a peso el kiló­metro, resulta programa atractivo e in­dicado para expandir los pulmones, vi­gorizar el corazón, desalojar toxinas, lubricar órganos oxidados y botar el mal genio. Entre murgas, disfraces, pancartas y grata extroversión, vi­mos desfilar una masa compacta de chicos y grandes,  de mujeres hermosas y hombres feos, confundida en el propósito de ponerle bases al hogar del gamín.

Las autoridades le dieron realce al evento, con el entusiasta gobernador y su esposa a la cabeza. Enti­dades aglutinadas, familias enteras, gentes dispersas, engrosaron este movi­miento humano. Sacerdotes, militares, monjas, colegios, pueblo, mucho pue­blo, se confundieron en un abrazo de solidaridad  para con el gamín. El caudillo Ancízar López, con su capacidad para estar presente en todo acontecimiento, pasó dirigiendo una resuelta comparsa, distante esta vez de los ruidos electorales, mientras en otros lugares de la caravana hacían lo propio varias figuras de la política.

Se habla desde ahora de la ciudadela del gamín y el gobernador ofrece construir las dos primeras casas. Preclaras damas adelantan, al lado de la Orden Franciscana, esta cruzada de rehabili­tación. Lástima que Armenia, ejemplo para el país en tantos órdenes, haya dejado proliferar la vagancia y la indigencia hasta extremos vergonzosos.

Pero como las grandes necesidades imponen grandes soluciones, ahí tene­mos a la ciudadanía de pie y respon­diendo al llamado para aplicar una cu­ra eficaz. Vamos a limpiar las calles de esos pequeños pordioseros, vagabun­dos por necesidad y hasta por costum­bre, y al proporcionarles una vida decorosa los integraremos a la sociedad de que hacen parte, en lugar de permi­tirles que siga creciendo su rebeldía an­tisocial.

Terminó la caminata con una inva­sión de maizena, para disgusto de mu­chos y diversión de otros. Tuvo cierto toque carnavalesco, ajeno a los organizadores. Algunas monjitas, todas vestidas de negro, corrieron en desbandada, pero eufóricas. Muchas caras pálidas, mucho atuendo desluci­do, muchos ojos llorosos. El gobernador, buen blanco para es­ta puntería, parecía la paloma de la paz. Magnífico símbolo en este mo­mento de luchas ideológicas.

El suceso tuvo bautizo blanco, y los demás colo­res fueron opacados. La gente respon­dió, el producido fue abundante y ha quedado colocada la primera piedra pa­ra la casa del gamín, este vistoso perso­naje que recorre la ciudad en busca de protección, que duerme en las calles y que aprende rápido a delinquir al amparo de una sociedad no siempre sensible ni abordable, pero que también sabe reaccionar como se ha demostrado con esta saludable caminata.

La Patria, Manizales, 16-III-1974.

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La dinámica administración del Quindío

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando hace cinco años llegué de ocasión al Quindío con el encargo de llenar  por un par de meses la gerencia un banco, y comencé a conocer la clase dirigente del joven departamento que acababa de proclamar su independencia, lejos estaba de suponer que Jesús Antonio Niño Díaz, ciudadano fácil y accesible, dedicado de lleno a su profesión de arquitecto –modelador de media ciudad–, y a sus abundantes cafetales, llegara algún día a meterse de político.

No era difícil por aquella época el poder alternar con él en cualquier me­sa de la ciudad o bajo el abrigo de cualquier casa campesina, y tampoco lo es ahora cuando sus ocupaciones de go­bernante se han multiplicado bajo la acción de su dinamismo. Si algo no ha perdido en el tránsito de la calle al primer puesto del departamento es la sencillez. A muchos, no aptos para tan sensible cambio de costumbres, suele subírseles los humos de su investidura y padecen de la noche a la mañana una completa metamorfosis en su personalidad.

Conocí a Niño Díaz como hom­bre afable, abierto a la conversación y a la amistad. Trabajo le costó, sin du­da, mudar su tradicional camisa depor­tiva por la abrochada vestimenta que le impuso su nueva condición. Pero nin­guna dificultad tendrá en tirar sus há­bitos cuando llegue la hora, y desen­rollar su corbata que yo bien sé que no es de su apetencia, para respirar mejor en su oficina particular.

Regresará sien­do el mismo hombre llano que ha sido toda la vida, y habrá dejado ejecuta­das, para fortuna de esta comarca que da honores y también reclama responsabilidades, obras de positivo al­cance, no todas por desgracia conclui­das, porque el tiempo apremia, pero sí perfiladas para ser pronto realidades.

El joven gobernador, que todavía pregona no ser político, aunque bien puede deducirse que es más zorro que muchos que exhiben título profesio­nal en esas lides, es ante todo un ejecuti­vo. Con esa premisa que no ha dejado debilitar ha ejercido el mando. Si en la vida civil ha realizado grandes empresas, desde la gobernación ha plasmado obras gigantes para el progreso de la región, y particularmente de su capital.

A pocos días de su mandato, su afán progresista lo tenía excavando el suelo de donde todos los días vemos emerger la vigorosa mole que será el palacio de­partamental. Y como el plan debe co­rrer armónico, la piqueta echó a tierra las anticuadas casonas que rodean la plaza de Bolívar, para conformar un conjunto arquitectónico que envidia­rán otras ciudades del país.

La estampilla pro-palacio, creada tiempo atrás, mantenía congelada en los bancos una millonada, y como el inquieto financista sabe que el dinero no se inventó para permanecer ocioso, ni el poder se hizo para no gobernar, la chequera fue rápida, demasiado rápida para los banqueros, y pronto comenzó a sobresalir la estructura que ya no se detendrá.

Como presidente de la junta de la Lotería del Quindío no dio tregua a su impaciencia creadora y en volandas puso los cimientos del céntrico edificio donde crece otra moderna concepción arquitectónica.

En los planes de remodelación de la ciudad no solo recomienda y revisa prospectos, sino que acosa. Quiere ver una ciudad ágil, floreciente, y él mismo se encarga de empu­jarla. Bien sabe que el tiempo es oro, y contra el querer de otros ciudadanos deseosos de estrenar gobernación, ha manifestado que no hay razón para no quedarse hasta el 7 de agosto. El plazo es breve, pero la ejecución es dinámica y arrolladora.

En inmediaciones del Idema avanzan los trabajos del parque de recreación infantil. Palas, volquetas, obreros, se mueven nerviosamente en aquel her­moso paraje, escogido y planificado para proporcionarle distracción al pue­blo. Allí iremos a columpiar nuestros ratos de ocio y sabe­mos de antemano que será un lugar de verdadera expansión, enmarcado por el colorido del paisaje quindiano y provisto de los elementos adecuados para que la población infantil, y tam­bién los adultos que algo tenemos de niños, explayemos el espíritu.

La Fundación para el Desarrollo del Quindío tuvo aliento en la presente administración. Con un brillante profesional escogido como su director, el organismo trabaja en la elaboración de planes, en la divulgación del potencial industrial y agrícola de la región y en el fomento de los contactos para atraer el interés de inversionistas foráneos. Hay enlaces interesantes y se avanza en el propósito de indus­trializar el Quindío. Porque el Quindío necesita industria. Región de esencia cafetera, su futuro será más sóli­do si entremezcla, con las divisas del grano, la fuerza fabril que es la que hace más prósperas a las ciudades.

Imposible resumir en esta columna las realizaciones de la eficaz administración que preside Jesús Antonio Ni­ño Díaz, un visionario metido a político. No faltan  los detractores, los que distor­sionan su imagen, los que chocan con­tra una voluntad recia que ha impuesto rigidez en el gasto y frenado los apetitos de una burocracia afanosa de prebendas. Ha sentado un inequívoco sentido de autoridad, que parece ser utópico en la administración pública.

Le puso orden al desenfreno de los maestros. Abolió los auxilios estériles, dispensados antes con mano generosa. Su sensibilidad social lo hace receptivo a las penurias de un pueblo que cree, que confía en él. Con la ayuda de su esposa instauró una enti­dad llamada a pasar a la historia: «El aguinaldo de Juanito». Los niños del Quindío, para quienes la navidad era esquiva, han tenido ya en dos ocasio­nes la sorpresa de verse agasajados por la nobleza oficial. Gesto humano y desprovisto de alardes, que debe conservarse.

Se sabrá con el correr de los días que el mandatario regional, como planeador que ha sido de cosas grandes, hizo crecer más al Quin­dío en su paso por la Gobernación. Di­ce que es más técnico que político, y hay que creerle. Aunque para ser buen gerente de la Gobernación, como lo ha sido, se requiere ser buen político para sostenerse entre los altibajos que es preciso sortear cuando se trata de administrar los destinos públicos.

La Patria, Manizales, 30-III-1974.

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jueves, 14 de abril de 2011 Comments off