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El Cementerio indígena de Córdoba

jueves, 12 de mayo de 2011 Comments off

Por Gustavo Páez Escobar

Es Córdoba un simpático municipio del Quindío con nombre de prócer y alma montañera, dis­tante media hora de Armenia y al que se llega por una carreterita serpenteante y siempre en ascenso, que algún día será pavimentada, ganando catego­ría y elegancia, aunque perdiendo el encanto de verse invadida por la exuberante vegetación tropi­cal que riega al paso del vehículo el aroma del ám­bito campesino.

A lado y lado de la vía se entrela­zan dos frutos de la tierra, símbolos de prosperidad y poderío: el café y el plátano, el uno coquetón y con mejillas sonrosadas tocadas de sol y brisa, y el otro, el de las largas alas protectoras, abanicando y prodigando sombra al grano que se sacrifica, ape­nas en su despertar, para enriquecer las arcas de la patria.

Algún día, digo, quedará asfaltada la carretera, pues no otro puede ser el destino de esta comarca quindiana enganchada al progreso. Prefiero, con todo, el pedregoso camino que avanza con lentitud por entre agrestes parajes, esquivo al tráfago del vértigo, el mismo que me llevó en una saludable evasión hasta Córdoba, movido por la curiosidad de conocer el cementerio indígena que acababa de ser descubierto.

Sería un inmenso tesoro arqueoló­gico cubierto por muchas capas de tierra y gran­des murallas de piedra, de donde emergerían, como en uno de los pasajes de las mil y una noches, vi­siones fantásticas del grandioso ayer que en esta región de guaquerías, de leyendas y de misterios sigue en gran parte sepultado, casi intacto, entre cafetales y platanares, como una riqueza inextingui­ble, por más que la piqueta y la codicia perforen aquí y allá, y a todo instante, y sobre todo bajo el sigilo de largas, de sudorosas horas noctámbulas, las entrañas de la tierra.

El sitio, como era de suponer, debía estar res­guardado por la fuerza pública en previsión de atropellos y piraterías, y muchas gentes llegadas de diversas latitudes del país y del exterior desfilarían en agitada romería. Algo debió entender el vehículo de la impaciencia que a mi amigo y a mí nos embar­gaba, pues apuró la marcha al tocar la primera calle del pueblo y solo se detuvo, medio desconcertado, en lo más alto de la plaza, lugar que se hallaba sosegado, vacío de ventorrillos y de aglomeraciones, y solo habitado por los pocos contertulios que se ven en Córdoba en un día que no sea de mercado, de visitas del Comité de Cafete­ros o de manifestación política.

La maestra del pueblo, que todo lo sabe, nos indicó el camino por donde llegaríamos al punto del hallazgo. Por entre gredas y malezas se deslizó el automotor, no apto para terrenos escabrosos, y luego de avanzar y retroceder muchas veces, de penetrar por trochas equivocadas, de aporrear ca­fetales, de rugir entre los charcos y, finalmente, de destrozar los resortes y quemar medio motor, hllamos el campo de promisión. Estaba desierto, silencioso. ¿Y las multitudes? O estábamos mal informados, o se habían levantado con el tesoro. ¡Triste soledad la del cementerio indí­gena! Pensé, entonces, con Bécquer: «!Qué solos se quedan los muertos!»

Dos muchachos, escondidos tras un matorral, se decidieron al fin a confirmarnos que ese era el cementerio indígena. Pero no hallamos nada. Ni una calavera, ni un hueso, ni una alcarraza, menos ninguna estatua en oro, y ni si­quiera el más simple olor que denunciara la presen­cia de cualquier extraviado cacique. Mi amigo, con un costal al hombro, y yo con una pala miedosa, intentamos en vano, movidos por súbito entu­siasmo científico, encontrarnos con los espectros.

Pero todo fue inútil. Con sonrisa socarrona nos confesaron los dos campesinitos que el buldocero, que explanaba el terreno para una cancha deporti­va, y el policía, a quien habían mandado para que lo cuidara, habían saqueado las tumbas.

Por allí vimos unos boquetes y un manantial de agua límpida. Bajo nuestras plantas el piso se sintió flojo, quebradizo, con denuncia de caverna, y algo se movió en el intestino del monte. Pensé que los dioses tenían sed y preferí escapar con mi amigo.

Cuando oigo hablar del cementerio indígena de Córdoba, me acuerdo del buldocero y el policía. Y también de los dos muchachos escondidos en el monte, que terminaron esfumándose como por obra de encanto. Quizás el episodio pertenece a la fantasía, al misterio con que se escondieron los quimbayas en los predios quindianos.

La guaquería, complicada profesión, está rodeada de secretos, de leyendas y mentiras. Me he puesto a veces a pensar, y que Dios me perdone, que mi amigo regresó cualquier noche de luna llena con la pala y el costal, pues lo noto ahora más erudito en arqueología. Aunque también sospecho que él supone lo mismo respecto a mí, y que Dios lo perdone por mal pensado.

La Patria, Manizales, 15-IV-1974.

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La casa del gamín

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Andrés Pastrana, acaso sin propo­nérselo, ha demostrado sorprendentes condiciones para convertirse en el líder que debe salir de su condición de hijo de presidente. Si tenemos ahora tres delfines disputándose la presidencia de la república, atrás viene otra generación que comienza a empu­jar.

El nuevo delfín nos ha dado un anticipo sobre lo que puede ser su situa­ción en el mañana, al movilizar desde ya grandes masas que han respondido a su llamado para fomentar obras socia­les. Ni corto ni perezoso, le «vendió» al pueblo bogotano fáciles boletos para recorrer la ciudad a pie limpio, sin exponerse al mortal tráfago cotidiano y respirando una atmósfera más pura. No sabemos de dónde sacó la idea de hacer plata en esa forma, y bien clara queda su destreza para escul­carles el bolsillo a las empresas y a las gentes y formar, de peso en peso, una pirámide de sensibilidad so­cial.

Las caminatas comienzan a practi­carse en otras ciudades. Se ha irradiado la fórmula y en poco tiempo pondrá el joven Pastrana a caminar a todo el pue­blo, recordándole que entre paso y pa­so se logra más que con bruscas sa­cudidas. Es posible que en un futuro no remoto, ya que a estos inquietos adolescentes pronto les crece la barba, lo tengamos dosificándonos las cargas tributarias con pildoritas no comple­tamente insípidas.

Armenia, que es pronta para sumar­se a las actitudes constructivas, amane­ció con ánimo trotador en una esplen­dente mañana dominguera. Recorrer diez kilómetros entre el jolgorio de un desfile democrático y retozón, pleno de colorido y simpatía, a peso el kiló­metro, resulta programa atractivo e in­dicado para expandir los pulmones, vi­gorizar el corazón, desalojar toxinas, lubricar órganos oxidados y botar el mal genio. Entre murgas, disfraces, pancartas y grata extroversión, vi­mos desfilar una masa compacta de chicos y grandes,  de mujeres hermosas y hombres feos, confundida en el propósito de ponerle bases al hogar del gamín.

Las autoridades le dieron realce al evento, con el entusiasta gobernador y su esposa a la cabeza. Enti­dades aglutinadas, familias enteras, gentes dispersas, engrosaron este movi­miento humano. Sacerdotes, militares, monjas, colegios, pueblo, mucho pue­blo, se confundieron en un abrazo de solidaridad  para con el gamín. El caudillo Ancízar López, con su capacidad para estar presente en todo acontecimiento, pasó dirigiendo una resuelta comparsa, distante esta vez de los ruidos electorales, mientras en otros lugares de la caravana hacían lo propio varias figuras de la política.

Se habla desde ahora de la ciudadela del gamín y el gobernador ofrece construir las dos primeras casas. Preclaras damas adelantan, al lado de la Orden Franciscana, esta cruzada de rehabili­tación. Lástima que Armenia, ejemplo para el país en tantos órdenes, haya dejado proliferar la vagancia y la indigencia hasta extremos vergonzosos.

Pero como las grandes necesidades imponen grandes soluciones, ahí tene­mos a la ciudadanía de pie y respon­diendo al llamado para aplicar una cu­ra eficaz. Vamos a limpiar las calles de esos pequeños pordioseros, vagabun­dos por necesidad y hasta por costum­bre, y al proporcionarles una vida decorosa los integraremos a la sociedad de que hacen parte, en lugar de permi­tirles que siga creciendo su rebeldía an­tisocial.

Terminó la caminata con una inva­sión de maizena, para disgusto de mu­chos y diversión de otros. Tuvo cierto toque carnavalesco, ajeno a los organizadores. Algunas monjitas, todas vestidas de negro, corrieron en desbandada, pero eufóricas. Muchas caras pálidas, mucho atuendo desluci­do, muchos ojos llorosos. El gobernador, buen blanco para es­ta puntería, parecía la paloma de la paz. Magnífico símbolo en este mo­mento de luchas ideológicas.

El suceso tuvo bautizo blanco, y los demás colo­res fueron opacados. La gente respon­dió, el producido fue abundante y ha quedado colocada la primera piedra pa­ra la casa del gamín, este vistoso perso­naje que recorre la ciudad en busca de protección, que duerme en las calles y que aprende rápido a delinquir al amparo de una sociedad no siempre sensible ni abordable, pero que también sabe reaccionar como se ha demostrado con esta saludable caminata.

La Patria, Manizales, 16-III-1974.

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La dinámica administración del Quindío

domingo, 8 de mayo de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

Cuando hace cinco años llegué de ocasión al Quindío con el encargo de llenar  por un par de meses la gerencia un banco, y comencé a conocer la clase dirigente del joven departamento que acababa de proclamar su independencia, lejos estaba de suponer que Jesús Antonio Niño Díaz, ciudadano fácil y accesible, dedicado de lleno a su profesión de arquitecto –modelador de media ciudad–, y a sus abundantes cafetales, llegara algún día a meterse de político.

No era difícil por aquella época el poder alternar con él en cualquier me­sa de la ciudad o bajo el abrigo de cualquier casa campesina, y tampoco lo es ahora cuando sus ocupaciones de go­bernante se han multiplicado bajo la acción de su dinamismo. Si algo no ha perdido en el tránsito de la calle al primer puesto del departamento es la sencillez. A muchos, no aptos para tan sensible cambio de costumbres, suele subírseles los humos de su investidura y padecen de la noche a la mañana una completa metamorfosis en su personalidad.

Conocí a Niño Díaz como hom­bre afable, abierto a la conversación y a la amistad. Trabajo le costó, sin du­da, mudar su tradicional camisa depor­tiva por la abrochada vestimenta que le impuso su nueva condición. Pero nin­guna dificultad tendrá en tirar sus há­bitos cuando llegue la hora, y desen­rollar su corbata que yo bien sé que no es de su apetencia, para respirar mejor en su oficina particular.

Regresará sien­do el mismo hombre llano que ha sido toda la vida, y habrá dejado ejecuta­das, para fortuna de esta comarca que da honores y también reclama responsabilidades, obras de positivo al­cance, no todas por desgracia conclui­das, porque el tiempo apremia, pero sí perfiladas para ser pronto realidades.

El joven gobernador, que todavía pregona no ser político, aunque bien puede deducirse que es más zorro que muchos que exhiben título profesio­nal en esas lides, es ante todo un ejecuti­vo. Con esa premisa que no ha dejado debilitar ha ejercido el mando. Si en la vida civil ha realizado grandes empresas, desde la gobernación ha plasmado obras gigantes para el progreso de la región, y particularmente de su capital.

A pocos días de su mandato, su afán progresista lo tenía excavando el suelo de donde todos los días vemos emerger la vigorosa mole que será el palacio de­partamental. Y como el plan debe co­rrer armónico, la piqueta echó a tierra las anticuadas casonas que rodean la plaza de Bolívar, para conformar un conjunto arquitectónico que envidia­rán otras ciudades del país.

La estampilla pro-palacio, creada tiempo atrás, mantenía congelada en los bancos una millonada, y como el inquieto financista sabe que el dinero no se inventó para permanecer ocioso, ni el poder se hizo para no gobernar, la chequera fue rápida, demasiado rápida para los banqueros, y pronto comenzó a sobresalir la estructura que ya no se detendrá.

Como presidente de la junta de la Lotería del Quindío no dio tregua a su impaciencia creadora y en volandas puso los cimientos del céntrico edificio donde crece otra moderna concepción arquitectónica.

En los planes de remodelación de la ciudad no solo recomienda y revisa prospectos, sino que acosa. Quiere ver una ciudad ágil, floreciente, y él mismo se encarga de empu­jarla. Bien sabe que el tiempo es oro, y contra el querer de otros ciudadanos deseosos de estrenar gobernación, ha manifestado que no hay razón para no quedarse hasta el 7 de agosto. El plazo es breve, pero la ejecución es dinámica y arrolladora.

En inmediaciones del Idema avanzan los trabajos del parque de recreación infantil. Palas, volquetas, obreros, se mueven nerviosamente en aquel her­moso paraje, escogido y planificado para proporcionarle distracción al pue­blo. Allí iremos a columpiar nuestros ratos de ocio y sabe­mos de antemano que será un lugar de verdadera expansión, enmarcado por el colorido del paisaje quindiano y provisto de los elementos adecuados para que la población infantil, y tam­bién los adultos que algo tenemos de niños, explayemos el espíritu.

La Fundación para el Desarrollo del Quindío tuvo aliento en la presente administración. Con un brillante profesional escogido como su director, el organismo trabaja en la elaboración de planes, en la divulgación del potencial industrial y agrícola de la región y en el fomento de los contactos para atraer el interés de inversionistas foráneos. Hay enlaces interesantes y se avanza en el propósito de indus­trializar el Quindío. Porque el Quindío necesita industria. Región de esencia cafetera, su futuro será más sóli­do si entremezcla, con las divisas del grano, la fuerza fabril que es la que hace más prósperas a las ciudades.

Imposible resumir en esta columna las realizaciones de la eficaz administración que preside Jesús Antonio Ni­ño Díaz, un visionario metido a político. No faltan  los detractores, los que distor­sionan su imagen, los que chocan con­tra una voluntad recia que ha impuesto rigidez en el gasto y frenado los apetitos de una burocracia afanosa de prebendas. Ha sentado un inequívoco sentido de autoridad, que parece ser utópico en la administración pública.

Le puso orden al desenfreno de los maestros. Abolió los auxilios estériles, dispensados antes con mano generosa. Su sensibilidad social lo hace receptivo a las penurias de un pueblo que cree, que confía en él. Con la ayuda de su esposa instauró una enti­dad llamada a pasar a la historia: «El aguinaldo de Juanito». Los niños del Quindío, para quienes la navidad era esquiva, han tenido ya en dos ocasio­nes la sorpresa de verse agasajados por la nobleza oficial. Gesto humano y desprovisto de alardes, que debe conservarse.

Se sabrá con el correr de los días que el mandatario regional, como planeador que ha sido de cosas grandes, hizo crecer más al Quin­dío en su paso por la Gobernación. Di­ce que es más técnico que político, y hay que creerle. Aunque para ser buen gerente de la Gobernación, como lo ha sido, se requiere ser buen político para sostenerse entre los altibajos que es preciso sortear cuando se trata de administrar los destinos públicos.

La Patria, Manizales, 30-III-1974.

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Quindío

jueves, 14 de abril de 2011 Comments off

 

 

 

El «Destapado» de Armenia

jueves, 14 de abril de 2011 Comments off

Por: Gustavo Páez Escobar

En una mesa de café se conocen me­jor las noticias y las personas. Hay ma­yor autenticidad mientras más infor­mal sea el ambiente. Al calor de un tinto o de un aguardiente se disfruta más. Soy asiduo cliente de café y gran convencido de su eficacia. Es un excelente medio para el diálogo, para el negocio, para el contacto con la gente y los problemas.

El  “Destapado» es un tertuliadero tradicional de Armenia. Se le llama así por no tener puertas. Por eso mismo se le apoda «Café Pulmonía», y aquí sobran las explicaciones. Es sitio movido y lleno a toda hora. En él se sabe la última noticia, se negocia la fin­ca, se combina la pequeña o la gran intriga, se hace el pacto político –que al día siguiente se deshace–, se critica al alcalde, se tumba al gobernador, se fabrica el cuento fino, se murmura, se ríe, se conoce el nombre del comer­ciante que quebrará dentro de dos me­ses, se quitan y se ponen honras, y queda tiempo para tomarse un tinto.

Ya usted se habrá dado cuenta de que se trata de un lugar neurálgico, de una especie de termómetro o radar de la ciudad. Es algo tan propio, tan auténtico de Armenia como su hacha legen­daria o la frase del caficultor en plena bonanza cafetera: «regular la cosechita, pero la próxima será buena».

Entre el aroma de una taza de café escuché una de esas historias que parecen inverosímiles. Con su lado cómico y el fondo humano de toda comedia, trataré de reproducirla, sin ubicarla en ningún lugar, porque para el caso es lo mismo que suceda aquí o en la Indochina, y con nombres supuestos, porque esto es un retrato de la vida real y no una corresponsalía.

Como en las comedias, este es el re­parto:
Narciso: el marido, que acaba de fallecer.
Agripina: la viuda.
Consuelo: la amante.
Justiniano: el alcalde.

Para cada tiesto hay su arepa, y todo parece indicar que Agripina lo fue para Narciso durante varios años, pero de tanto probarla comenzó a parecerle insípida la masa y terminó buscando otro condimento. Y encontró con­suelo a la vuelta de la esquina. No siempre la nueva comida es mejor sazonada que la casera, y para establecer diferencias, alternaba el menú, pero en esto suele ocurrir lo de los sedantes: que el uso frecuente crea hábito.

Y Narciso habitó con Consuelo. De habitar a cohabitar hay solo dos letras, lo que explica la facilidad con que pa­sara de su clandestino concubinato al escándalo. Pero Agripina, enamorada y perseverante, no se dio por vencida y se encaró a su adversaria declarándole la guerra abierta y diciéndole, entre otras cosas, que Agripina y Consuelo tienen igual número de letras, o sea, que la una era tan mujer como la otra.

Lo único imprevisto fue la muerte de Narciso. Por más intentos, y súpli­cas, y lloros, Agripina no dejó entrar a su contrincante al velorio. Y como esta era mujer de armas tomar, aquella en­cajonó rápido el cadáver y lo aseguró con doble hilera de clavos. Deberían aquí haber terminado las pretensiones de la amante, pero no fue así.

Tres días después, Consuelo acudió a las autoridades con argumentos sin duda de mucho peso, pues se autorizó la exhumación. Ya a sus anchas, volvió a encontrarse con el amante. El pobre estaba mal en­vuelto, como lo suponía, y ni si­quiera medias le habían puesto para abrigarlo contra la inclemencia de la tumba. Pero allí estaba el par de calce­tines que había comprado. Justiniano, el alcalde, o don Justo, como se le llamaba por sus nobles sentimientos, ayudó a entubar las piernas yertas del difunto entre la legítima lana. No queda difícil imaginar que Con­suelo, en medio de su desconsuelo, embalsamó a su querido Narciso entre fra­gantes narcisos y le prodigó los derro­ches de amor que no le había permiti­do su competidora.

Me levanté de la mesa del “Café Pulmonía» –cito ahora el otro apo­do del establecimiento por el frío que también estoy sintiendo en el final del relato–,  con el gusto de haber saborea­do un buen tinto y compartido la amistad de una mesa de café, aunque dándome vueltas la cabeza con estos capítulos tragicómicos de la vida.

La Patria, Manizales, 5-XII-1973.
Satanás, Armenia, 2-IV-1977.

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